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Desafío de galaxias (capitulo 78)

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  • Este relato no es erótico. Este es un relato de ciencia ficción, con aventuras, camaradería, amistad y algo de humor. En el capítulo de hoy: el frente se estanca, pero…

    Toda la zona norte de los campos de Taragüm, se había convertido en un inmenso mar de miles de módulos prefabricados, tiendas de campaña de todos los tamaños y colores, aunque predominaba el pardo, y naves de abastecimiento, donde reinaba, con su impresionante presencia, el Fénix. Aun así, Marisol trabajaba en el Centro de Mando Avanzado, instalado en un grupo de grandes carpas de lona que, protegidas por escudos de energía, estaban situadas a un par de kilómetros escasos de la línea de frente. A diario, las visitaba a pesar de las protestas de sus colaboradores, que lo consideraban, no sin razón, extremadamente peligroso. Quería tener una idea clara de la situación de los distintos frentes, pero en el fondo necesitaba estar en contacto con los suyos, con los soldados que aguantaban bajo los escudos de energía, el terrible bombardeo de la artillería enemiga, o que avanzaban con la bayoneta calada contra las posiciones enemigas, o protegiéndose con los carros de combate. Visitaba los hospitales de evacuación de primera línea, los de retaguardia, y los depósitos de cadáveres. Había pasado ya mes y medio desde el comienzo de las operaciones terrestres y el avance de las fuerzas federales era, en algunos sectores, continuo, pero desesperantemente lento. En otros, se habían estancado en una maraña de trincheras, alambre de espino y posiciones fortificadas.

    Marión daba dos ruedas de prensa diarias y se había convertido en la imagen de las operaciones en Faralia, aunque ya era de sobra conocida en toda la galaxia. La intención de Marisol, y también del presidente y de la reverenda madre, era promocionar su imagen de cara a una, todavía hipotética, presentación como candidata a las elecciones presidenciales. Digamos que esta era una «confabulación» de la que Marión permanecía ajena por el momento, no así Hirell, que con la mosca detrás la oreja, sospechaba algo.

    —Quiero que hablemos cuándo tengas un momento, —dijo Hirell a Marisol, un día que la acompañó a primera línea.

    —Claro, cuándo quieras. Ahora es buen momento, —estaban en una zona de trincheras y con una indicación, entraron en un pequeño refugio que estaba vacío.

    —Sé que estás planeando algo para Marión, a sus espaldas, y quiero saber que es, —Hirell estaba tremendamente serio. Marisol le miró fijamente mientras pensaba la respuesta.

    —¿Lo has comentado con ella?

    —No, no, ella no tiene ni idea: confía tanto en ti que ni se lo plantea.

    —Y por el momento debe seguir así: es necesario que sea ella misma y que no se ponga nerviosa y sobreactúe.

    —¿Pero por qué?

    —Esto no se lo puedes decir: ni a ella, ni a nadie. Solo el presidente, la reverenda madre, algunos cancilleres, y yo, estamos al tanto de este asunto.

    —¿La reverenda madre esta metida en esto?

    —Sí, lo está. Nuestra intención es que Marión sustituya al presidente al frente de la República, —la revelación hizo que Hirell se quedara con la boca abierta mientras se sentaba en un banco.

    —¡No jodas!

    —Ella es perfectamente capaz…

    —¡Claro que es perfectamente capaz!

    —…pero tiene que creérselo, y no queremos asustarla antes de tiempo.

    —¿Pero algún día tendréis que decírselo?

    —Sí, sí, pero por el momento que siga saliendo en la tele. La reverenda madre se ocupara: para eso esta aquí, entre otras cosas.

    —Está claro que si alguien puede hacerlo es ella.

    —Eso creemos nosotros también. Mira, necesitamos en la presidencia a alguien de confianza, que sea capaz de continuar el trabajo del presidente y tener a raya a esa banda de hijos de puta del Parlamento Federal, y no solo me refiero a los representantes parlamentarios, también a los burócratas y trepas que pululan por allí.

    —A lo mejor la persona ideal eres tú.

    —¿Yo?, imposible: diezmaría el parlamento, —bromeó— y provocaría gastos extra con nuevos procesos electorales y en limpiar la sangre. No, ahora en serio: ella es infinitamente más diplomática que yo, y lo sabes. Cuándo acabe la guerra, acabará mi tiempo, no lo dudes, y debe de ser así, y empezara el de personas como tú o ella, o Anahis, personas razonables, no como yo que lo resuelvo todo a tiros y espadazos.

    —Pues a mí me gusta tu estilo.

    —¡Anda!, no seas bobo. Sigamos con la inspección.

    A los dos meses de batalla, harta de la situación, Marisol se encerró en el Fénix y transfirió el mando general de las operaciones a Marión. En compañía de Hirell y Sarita, trabajó para encontrar una solución al problema: casi se habían estancado a causa de la lentitud del avance federal en todos los sectores.

    Marisol llevaba varias horas estudiando con paciencia el plano de la zona de contaminación radioactiva: se daba cuenta de que era necesario entrar por ahí, para aligerar la presión atacando los flancos. Toda la zona, que era enorme, estaba llena de profundos cráteres, y amontonamientos de escombros geológicos, producto de las formidables explosiones de hacia diez años. Era necesario atacar con los carros de combate, que solo levantaban del suelo algo más de tres metros. Las lanzaderas y transbordadores, tenían que operar a diez metros y quedaban expuestos a las baterías antiaéreas enemigas.

    —Sarita, Pulqui tiene bajo su mando a una unidad española de ingenieros: localiza a su comandante y que venga a verme.

    —Ahora mismo.

    —Toma Hirell, mira esto. He trazado varias rutas por el campo de escombros: revísalas por favor, a ver que te parece.

    —¿Los ingenieros son para allanar el camino? —preguntó después de echar un vistazo.

    —Si es posible, sí.

    —Un poco más al sur veo otra posibilidad, —dijo Hirell señalando sobre el mapa.

    —Genial. Trázala y únela a las mías, a ver si hay suerte. —los dos siguieron trabajando.

    —Marisol, el comandante de ingenieros María Morales, —anuncio Sarita entrando en el despacho una hora después.

    —Buenos días comandante, —dijo Marisol tendiéndola la mano—le presento al general Hirell.

    —Buenos días mi señora. Mi señor.

    —Este es un plano de la zona de exclusión radioactiva, —dijo Marisol acercándose a la mesa de operaciones— y como ves, hemos trazado varias rutas por él. Quiero saber dos cosas: la primera, si es posible suavizar el terreno para que pasen los medios acorazados sin dificultad, y la segunda, si es posible conectar de alguna manera estos cuatro cráteres, —señalo un grupo de grandes cráteres que estaban alineados— para hacer pasar nuestros morteros autopropulsados y ponerlos en posición de disparo. Y todo, con sigilo, y de noche.

    —Y con equipos de protección radiológica, —añadió Hirell.

    —No puedo darle una respuesta ahora mismo, necesito estudiar la situación.

    —De acuerdo.

    —¿Pueden proporcionarme un lugar para trabajar?

    —Aquí mismo, nosotros tenemos que ir a almorzar, y luego tengo que hacer unas cosas. Todo lo que necesites, pídeselo a Sarita, mi ayudante de campo.

    —De acuerdo, me pondré a trabajar de inmediato.

    —Por cierto, ¿tu ya has almorzado?

    —Sí, sí, nosotros lo hacemos en el primer turno.

    —Entonce de acuerdo: dame una respuesta lo antes posible.

    —No se preocupe.

    A media tarde, el comunicador de Marisol sonó, y rápidamente se encaminó al Centro de Mando.

    —¿Ya puedes decirme algo?

    —Sí, mi señora, y me temo que no tengo buenas noticias.

    —¡No me jodas!

    —Lo siento mi señora, —dijo la comandante Morales acercándose al mapa holográfico—. Las rutas que ha trazado pueden ser viables, pero, para abrirlas, tenemos que utilizar maquinaria pesada, no es posible hacerlo a mano, e incluso tendríamos que efectuar voladuras. Todas las rutas van bordeando los cráteres, por la parte alta: por las coronas. Está formado por materiales muy compactos, producto de la fusión de rocas a altas temperaturas y alta presión. Si hubiera habido impactos directos sobre el terreno, toda la zona estaría repleta de productos de la deyección, pero los Delta detonaron en superficie, y hay dos efectos principales, entre otros muchos: el pulso térmico, que pudo alcanzar fácilmente los 300 millones de grados, y la onda de choque que comprimió toda la zona de una manera brutal en pocos segundos.

    —Pues estamos jodidos. ¿Y sobre los morteros?

    —Igual o peor. Todos los Delta, no detonaron a la misma altura. Según mis cálculos, esos cuatro cráteres corresponden a bombas que detonaron por debajo de los 200 metros…

    —¿Y como es posible? Todos los Delta estaban programados igual.

    —No tiene nada que ver, tenga en cuenta que todos no llegaron al mismo tiempo y por lo tanto no detonaron igual. Posiblemente cuándo estás bombas llegaron, ya se estaban produciendo detonaciones en toda la zona, y esos Delta, se verían afectados por las ondas de choque que como mínimo alcanzaron la velocidad del sonido. Esos cráteres son muy escarpados en su interior: tendríamos que rebajar la corona al menos cincuenta metros, y para eso, hace falta maquinaria y voladuras.

    —¡Me cago en la leche! Tenía esperanzas en este plan, —Marisol apoyó las manos sobre la mesa con gesto de desaliento—. Hemos estado perdiendo el tiempo, ¡mierda!

    —¿Me permite hacer una sugerencia?

    —Pues claro, dime.

    —¿De cuánto tiempo disponemos?

    —De todo lo que quieras, al ritmo actual, podemos tardar meses en empujar al enemigo hasta la capital.

    —Entonces no hay problema: ¿y si hacemos un túnel?

    —¿Un túnel? —preguntaron todos al mismo tiempo.

    —Si los cráteres fueran por impacto directo, toda la parte baja de ellos estaría formado por estratos fracturados por la presión, pero al ser de detonación aérea, como ya he explicado antes, el terreno es bastante estable, no tendríamos que profundizar, y podríamos perforar a unos diez metros.

    —¡Vale! Vamos a ver si yo me entero, —dijo Marisol— porque estamos hablando de hacer un túnel de más de… cincuenta kilómetros y no creo que quieras hacerlo con pico y pala.

    —Claro que no mi señora, —respondió la comandante Morales con una sonrisa—: usaríamos una tuneladora.

    —Pero… aquí no tenemos tuneladoras.

    —Pues la traemos mi señora. No es ningún problema, en obras publicas se hace habitualmente.

    —¿A que te dedicabas antes de la guerra? —preguntó Hirell que estaba flipando como Marisol.

    —Soy ingeniero de caminos, canales y puertos. Trabajaba en el departamento de Obras Publicas de Nueva España y de la Confederación Federal de Planetas.

    —Vale, ¿de cuánto tiempo estamos hablando?

    —Un mes para traer la perforadora y montarla, y luego, hasta donde quiera llegar. Tiene que tener en cuenta que como no vamos a ser muy estrictos con las medidas de seguridad habituales, podemos pasar de los mil metros diarios, posiblemente mil quinientos.

    —¿Kilómetro y medio diario? —preguntó. La comandante Morales asintió y Marisol estuvo unos segundos pensativa—. Entonces… ya no es necesario ir por nuestro trazado…

    —Solo tiene que decirme por donde quiere que aflore el túnel.

    —¿Y podremos meter un carro de combate por él?

    —De sobra, la tuneladora que tendríamos que utilizar, perfora con un diámetro de dieciséis metros: una perforadora láser de percusión sónica.

    —De acuerdo. Si avanzamos 60 kilómetros, lo tendríamos todo preparado en un plazo de… ¿tres meses? —la comandante asintió.

    —¿Y podríamos ir más profundos para evitar la radiación?

    —No nos interesa. He estudiado los informes geológicos disponibles y por debajo de los cincuenta metros hay gran cantidad de capas freáticas, y no nos conviene pinchar corrientes de agua: eso nos retrasaría, y mucho.

    —Muy bien, vas a regresar a tu unidad, recoges tus cosas, y te vienes con los colaboradores que necesites. Tenemos mucho que hacer. Aparte de una tuneladora, ¿qué más necesitas?

    —Este trabajo no lo puedo hacer solo con mis ingenieros y zapadores, hay que traer otras unidades: al menos otras cuatro. Además, hay que traer camiones mineros, excavadoras, miles de toneladas de hormigón de silicona…

    —No es problema.

    —Y conductores para los camiones…

    —Traeremos las que tú creas que son las mejores unidades de ingenieros: no hay problema. En cuanto a los conductores, tampoco.

    —Hay comandantes con más antigüedad que yo, seria mejor esperar a que llegaran…

    —De eso nada, tú has empezado esto y tú lo acabaras.

    —Los grupos operativos de ingenieros, tienen estructura de batallones y los mandan comandantes especialistas. Si la asciendes a coronel, no puede mandar su unidad.

    —¡Joder! Hoy estáis por darme el día. Vale, serian en total cinco batallones, que más o menos, son dos regimientos, o sea, una brigada. Sarita, redacta una orden de creación de unidad, y dos ascensos correlativos a general de brigada para la comandante Morales.

    —De acuerdo, —dijo Sarita y mirando a Morales, añadió—: Cuándo regrese con sus cosas tendré preparado el nombramiento y podrá recoger el nuevo uniforme.

    —Gracias mi señora.

    La nueva general y su brigada, se pusieron a trabajar rápidamente. Tras determinar el punto exacto de perforación, fuera de la zona contaminada, aunque próxima, instalaron un campamento ficticio y lo llenaron de tiendas de campaña, carpas y módulos prefabricados para enmascarar sus actividades. En el centro, comenzaron a preparar el terreno para la tuneladora: con excavadoras comenzaron a mover grandes cantidades de tierras preparando el lecho donde la instalarían. También prepararon una enorme zanja de veinte metros de ancho, diez de profundidad y doce kilómetros de largo, por donde circularían, fuera de ojos indiscretos, los camiones que acarrearían la enorme cantidad de tierra y piedras que produciría la perforación.

    Cuando llegó la perforadora principal, tardaron dos semanas en instalarla y tenerla lista. También llegaron dos más pequeñas que serian utilizadas para ramificar el túnel principal.

    Se trabajó día y noche en turnos continuos las treinta y dos horas que tenía un día faraliano, y no solo se llegó a los mil quinientos metros diarios, en ocasiones, se superó. Un mes después del inicio de la perforación, se alcanzaron los 47 kilómetros, y las dos perforadoras más pequeñas comenzaron a ramificar el túnel para conectar los cráteres donde se instalaría la artillería pesada y los morteros de plasma.

    —A pesar de que me imaginaba que esto iba a ser la hostia, la verdad es que impresiona mucho más, —Marisol, provista de un equipo de protección radiológica, conducía su boogie a través del túnel principal, intercalada en una caravana de camiones que se dirigía a la cabecera de perforación. La acompañaban la general Morales y dos de sus colaboradores más cercanos, así como dos escoltas—. Estáis haciendo un trabajo increíble. Felicita a todos en mi nombre.

    —Gracias mi señora, así lo haré, —dijo Morales—. Entre en ese corredor de la derecha.

    —Todavía no me has dicho que me vas a enseñar.

    —Hemos terminado uno de los emplazamientos artilleros y lo hemos preparado con unas infraestructuras que queremos que vea y nos de su opinión.

    Tras un recorrido de seis kilómetros por el ramal, y ya sin camiones, salieron a cielo abierto en el fondo de una profunda quebrada natural, achicharrada por la radiación. En ese momento el sol daba en la parte baja y la temperatura en el interior de los trajes de protección de goma subió considerablemente. Marisol vio cuatro grandes plataformas metálicas, situadas a ras del suelo.

    —¿Qué le parece mi señora? —preguntó Morales mientras el boogie se paraba al lado—. Son hidráulico-magnéticas, y se elevaran quince metros.

    —¿Y podrán con las ciento cincuenta toneladas de un mortero autopropulsado?

    —Y mucho más, tiene que tener en cuenta que estos equipos disparan con retroceso, lo que aumenta considerablemente la fuerza vertical que ejercen sobre el suelo. No habrá problema.

    —Perfecto. Nos ayudara a afinar el tiro, habéis tenido una gran idea.

    —Esta quebrada, avanza dos kilómetros hacia el oeste y uno hacia el este, —intervino uno de los ayudantes— queremos instalar también plataformas en los extremos.

    —Genial. ¿Y el resto de emplazamientos?

    —Estarán listos para cuándo la perforadora principal llegue al final.

    —Me preocupa el final del túnel, es necesario que los carros de combate salgan rápidamente de él.

    —Ya hemos pensado en eso, —dijo el otro ayudante— y hemos descartado hacerlo desde los cráteres. Lo mejor es salir a campo abierto.

    —Construiremos unas zonas de estacionamiento cerca de la superficie, y la comunicaremos con ella, mediante varios corredores. Creemos poder llegar a los tres metros. Después, haremos voladuras y las excavadoras empujaran los escombros hacia fuera.

    —¿Cuánto se tardara?

    —Creemos que en un cuarto de hora, los carros de combate podrán empezar a salir.

    —Será muy peligroso para los de las excavadoras.

    —Somos militares, aunque en lugar de un fusil, cojamos un pico y una pala. Será peligroso para todos.

    —¿Y con la tuneladora que vais a hacer?

    —La haremos retroceder hasta la bóveda de estacionamiento, que ya estará terminada, y perforaremos por un lateral para quitarla de en medio.

    —¿Ahí estará protegida? —preguntó Marisol—. Lo digo porque el Departamento Federal de Obras Publicas, me ha pasado la factura de lo que valen esas perforadoras, y me he quedado asustada. ¡Valen una pasta!

    —Pero, ¿la tenemos que pagar?

    —No, no. Solo si nos la cargamos. Por eso lo digo.

    —La grande estará bien, sin problemas, y las pequeñas, habíamos pensado dejarlas al descubierto en el fondo de algún cráter, pero…

    —Las haremos perforar otra vez y las enterramos como la grande.

    —Casi mejor. ¿En cuanto tiempo podremos iniciar el ataque?

    —En cuatro semanas. ¿Cómo lo va a hacer? ¿unos días antes empezara a meter los carros de combate, o…?

    —No, no. Aunque los carros tienen protección radiológica, no puedo tener varios días a las tripulaciones encerradas en su interior.

    —De acuerdo.

    —El ataque será de madrugada, con las primeras luces. Primero entraran los autopropulsados, al final de la tarde. Después, los carros de combate: a marcha lenta, tardaran tres horas en ponerse en posición.

    —Lo tendremos todo preparado.

    —Lo sé.

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