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Desafío de galaxias (capitulo 79)

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  • Este es un relato de ciencia ficción, con aventuras, camaradería, amistad y algo de humor. En el capítulo de hoy: ofensiva general.

    A primera hora de la mañana, Marisol había convocado una reunión del Estado Mayor, para ponerles al corriente de sus planes y dar las ordenes oportunas. Un par de días antes, se había reunido con Oriyan para que conociera sus intenciones e informarla ligeramente de la existencia del túnel. A la reunión, asistían también el vicealmirante Trens y el general Hoz, pero la que más curiosidad despertaba, era la general Morales, y es que nadie conocía a esta general de brigada del cuerpo de ingenieros, que además, era la única que había en todo el ejército federal.

    —Pasado mañana, de madrugada, con las primeras luces, iniciaremos un ataque: primero contra el Cerro de la Muerte, y a continuación, contra el flanco occidental enemigo, a través del campo de contaminación radioactiva, —el anuncio provocó que todos los asistentes se miraran entre si, pero ninguno se atrevió a abrir la boca—. Este segundo ataque, lo liderara Oriyan, que dispondrá de tres divisiones acorazadas, dos de autopropulsados y dos de infantería motorizada, que disponen de vehículos acorazados de transporte. El objetivo será el grupo principal de defensas planetarias que están situadas a unos cuarenta kilómetros tras las líneas de frente, y junto al flanco occidental.

    »Bien. Como Oriyan se muere de ganas de decir algo, —risas, incluso de la aludida— primero quiero deciros algo: en estos últimos tres meses, unidades del cuerpo de ingenieros, a las ordenes de la general Morales, han construido la mayor infraestructura militar de la historia de la galaxia, y estoy por asegurar que de la otra también, —más risas, mientras Sarita activaba el plano holográfico—. En un tiempo récord, trabajando día y noche, y en un esfuerzo titánico no exento de riesgos, han construido un túnel de sesenta y dos kilómetros de largo, por debajo de toda la zona radioactiva, hasta un punto situado a siete kilómetros del flanco enemigo, —Marisol mostró el esquema de túnel— pero es mejor que la general Morales, nos explique ella misma las especificaciones de la obra.

    —Gracias mi señora, —dijo levantándose y acercándose al mapa. Comenzó a detallar la obra, y finalizó dando cifras—: Como ha dicho la comandante en jefe, el túnel principal mide sesenta y dos kilómetros de largo por dieciséis metros de diámetro, pero también se han perforado otros túneles de menor sección hasta casi igualar la longitud del principal. En total, se han movido veinte millones de metros cúbicos de tierra, con un peso de aproximado de sesenta y ocho millones de toneladas. Mil seiscientos cincuenta camiones mineros de gran tonelaje, se han encargado de mover esos materiales, sacándolos del túnel y transportándolos hasta una zona a doce kilómetros de la entrada. En total, han trabajado ocho mil doscientos obreros civiles, mil novecientos conductores, además de mis tres mil ingenieros y zapadores.

    —Gracias general Morales. Amigos, vamos a poner en marcha una operación de una complejidad inusitada, pero, si algo hemos aprendido en estos once años de guerra, es a enfrentar los problemas y superarlos. La clave es el Cerro de la Muerte donde el enemigo concentra la mayor parte de su artillería pesada y planetaria. Si cae, cae todo el sistema de defensa enemigo y la batalla es nuestra, pero, tenemos que estar concentrados y prestar mucha atención a las ordenes.

    Desde que termino la reunión, Oriyan, enfundada en un traje de protección, y acompañada por Morales, estuvo inspeccionando el túnel, sus ramales y los puestos de artillería exterior. Se dio cuenta de que en la reunión no se había exagerado, la obra era colosal, como se diría en la Tierra: faraónica, y en solo tres meses.

    Los primeros en entrar al túnel fueron los autopropulsados que ocuparían los puestos fijos. A continuación, los carros de combate, y por último la infantería. A la hora fijada, todo estaba preparado: los zapadores habían colocado las cargas, los ingenieros con las excavadoras, los carros de la primera oleada, y Oriyan, a bordo de su vehículo acorazado de mando.

    Despuntaba el alba, cuándo los carros de combate de Bertil, iniciaban el avance y comenzaban a ascender las primeras estribaciones del Cerro de la Muerte. Desde el aire, miles de interceptores atacaban las posiciones artilleras intentando colapsar los escudos que los protegían.

    Una hora después de iniciado el ataque, en el campo contaminado los zapadores volaban las entradas a los túneles y las excavadoras comenzaban a mover la tierra para despejar el camino a los carros de combate. Dieciséis minutos después, las primeras unidades acorazadas salían al exterior mientras las excavadoras se dedicaban a preparar los fosos donde se estacionarían parte de los autopropulsados, y el vehículo de mando de Oriyan, para protegerse de la acción de la artillería enemiga. Los carros de combate iniciaron su ataque contra el grupo de defensas planetarias, destruyéndolas una hora más tarde.

    El líder bulban, considero entonces que el ataque principal era el de Oriyan, y que el ataque al Cerro de la Muerte era de distracción, y cayó en la trampa. Desvió recursos hacia el flanco occidental, mientras un grupo de fragatas bulban aliadas y de corbetas se aproximaban sobrevolando el campo contaminado y comenzaban a atacar los escudos de energía que protegían el Cerro de la Muerte en una acción coordinada con los interceptores. Era tal la cantidad de impactos que recibían, que los sensores de tiro se sobrecargaron, hasta que, finalmente, los escudos se colapsaron y toda la zona superior del Cerro, fue batida sin descanso por la artillería naval aliada.

    Seis horas después de iniciado el ataque, las vanguardias de Bertil coronaban el Cerro de la Muerte, al tiempo que todo el ala derecha federal, a las ordenes de Pulqueria, entraba en acción presionando en diagonal, hacia la zona central del frente enemigo. Igualmente, el grupo de ejércitos del centro, atacaba también, en un avance general, para intentar rodear por el sur el cerro y separarlo de las líneas de defensa de la capital.

    Con la artillería de defensa planetaria destruida, y asegurada la cobertura de las unidades terrestres, la flota aliada comenzó a machacar la retaguardia bulban, al tiempo que agentes del Mundo Bulban, transmitían mensajes animando a los soldados a la deserción. Lo que en un principio fue a cuenta gotas, termino convirtiéndose en un río, y al final del día, cuándo la actividad bélica decreció por la llegada de la noche, cientos de miles de soldados bulban se había rendido.

    Desde Beta Pictoris, convertida provisionalmente en capital de la galaxia, a causa de la presencia del presidente Fiakro, el parlamento y el gobierno, las noticias provocaron que todo el mundo echara las campanas al vuelo. Miles de políticos daban ruedas de prensa, o hacían declaraciones, o visitaban acuartelamientos abrazando soldados, intentando salir en los informativos. Todos, menos el presidente, que sabía que aunque la batalla iba bien, todavía no había terminado.

    —Has dejado a todos con la boca abierta con lo del túnel.

    —No lo hubiéramos podido hacer sin su ayuda señor presidente; gracias a usted, conseguimos las tuneladoras y los camiones mineros, rápidamente y con total discreción.

    —¡Para algo serviré! —bromeó el presidente—. Aparte de la magnitud de la obra, lo que más me asombra es que nadie se haya enterado.

    —No ha sido tan difícil, se alojaban en un campamento separado del resto y cerca de la entrada del túnel, en una zona segura.

    —Ya he visto que por fin controlamos el puto Cerro de la Muerte.

    —Sí, sí, pero ha sido duro de cojones, aunque las bajas están dentro de las previsiones.

    —¿Y ahora?

    —Es cuestión de tiempo: nuestras fragatas y corbetas sobrevuelan más de la mitad de los campos de Taragüm, y apoyan el avance de nuestras tropas. Ahora mismo, el enemigo solo dispone de las defensas artilleras de la capital, con las que intenta cubrir la retirada de sus tropas. La clave estará, en cuantas tropas más se van a rendir: ya lo han hecho cerca de un millón, creemos que otro millón ya se han refugiado en la ciudad, pero sobre el terreno quedan todavía cinco millones más.

    —¿Por qué has parado el avance de las fuerzas de Oriyan?

    —Es una parada técnica, hay que lavar con agua los equipos acorazados para eliminar la contaminación radioactiva y que las tripulaciones puedan salir de su interior. De madrugada estarán listas para reemprender el ataque.

    —¿Y mis tuneladoras?

    —Están a salvo, tranquilo, en un par de días empezaran a sacarlas del túnel.

    —Te recuerdo que como te las cargues, las pagas tú.

    —¡Cuidado que está pesado con las putas tuneladoras!

    —Es que valen una pasta, ¡joder!

    —¡Que sí, pesado, que sí!

    A la mañana siguiente, Marisol mando a primera línea a varias divisiones de aliados bulban, con la intención de que animaran a las fuerzas de líder a desertar. Aunque los combates eran intensos, dio resultado, y a la caída de la tarde, tal era el número de las deserciones que las operaciones se fueron ralentizando para detenerse definitivamente hasta que se les pudiera mandar a retaguardia bajo la supervisión de los soldados aliados del general Hoz.

    La ofensiva federal había seccionado al ejército enemigo en dos mitades: una, que se había rendido o lo estaba haciendo, y la otra, que se había atrincherado bajo la protección de la artillería pesada de la ciudad. Aunque la opinión general del Estado Mayor era que se podía dar por finalizada la batalla, Marisol no estaba de acuerdo.

    —¡No quiero tropas enemigas fuera de los limites de la ciudad! —afirmaba con vehemencia.

    —Pero es que casi lo están…

    —¡No, no lo están! —afirmó Oriyan, como siempre, alineada del lado de Marisol—. Sus líneas de vanguardia están a veinte kilómetros de los limites de la ciudad nueva.

    —Y en un futuro, el líder podría usar esa plataforma para lanzar una contraofensiva, —intentó razonar Opx.

    —Tenemos tropas suficientes para parar veinte ofensivas…

    —¡He dicho que no! A ver si ahora nos van a entrar las putas prisas. Hasta que no eliminemos esta amenaza no daré por terminada esta parte de las operaciones, ¿ha quedado claro?

    —Centrémonos en el problema, —ofreció Marión para quitar tensión al debate e intentando moderar—. El enemigo ha logrado activar sus escudos de infantería, ¿qué hacemos? ¿Oriyan?

    —Lo primero saturar los escudos tirando desde el Cerro de la Muerte, pero para eso hay que desescombrar y limpiar la parte alta para poder instalar nuestra artillería.

    —Pero de antemano, hay que protegerlo con escudos: están a tiro de la artillería de la ciudad.

    —De acuerdo, daré la orden a Morales para que inicie los trabajos en el Cerro, —dijo Marisol— pero el ataque, necesariamente, tiene que llegar por otro lado.

    —Así es, mientras disparemos bajo los escudos, nuestra artillería no colapsara los del enemigo, —afirmó Hirell.

    —Y desde la órbita está descartado.

    —Hay que hacerlo desde más cerca, con la artillería naval.

    —La zona esta bajo el radio de acción de las baterías planetarias de la ciudad: las naves no pueden acercarse desde ningún vector.

    —Bien. Todo eso está claro, pero hay que encontrar una solución, —afirmó Marisol—. Necesito tiempo para pensar, mientras tanto, que nuestra artillería presione sin descanso toda la línea de frente, y cuándo instalemos las baterías en el Cerro de la Muerte, también, continuamente, día y noche. ¿Alguna cosa más? —y ante la negativa general—. Pues se levanta la sesión.

    Una semana después, la situación se mantenía inamovible. Marisol había ideado una operación muy arriesgada para neutralizar parte de las defensas de la ciudad que impedían acercarse a las unidades navales federales. Hacia varias horas que Marisol estaba en el Centro de Mando del Fénix.

    —¿Por qué no te vas a tu despacho y descansas un poco? —dijo Marión acariciándola la mejilla— ya no puedes hacer nada, ahora todo esta en sus manos.

    —No, no, estoy bien. De todas maneras no podría dormir: esos chicos se la están jugando.

    —Sí, pero era la única opción que teníamos, no seas negativa.

    La operación se había puesto en marcha durante la noche. Un comando mixto, de fuerzas especiales y aliados bulban, al mando de un cónsul, se había infiltrado en las líneas enemigas. La idea era hacerse pasar por un grupo de soldados que conducían a prisioneros a la capital para ser interrogados por los pretores. Una vez allí, intentarían llegar a los generadores que alimentaban las baterías fijas de artillería pesada, e inutilizarlos. Los ingenieros militares, calculaban que el enemigo tardaría al menos un par de horas en restablecer la energía de las baterías, tiempo suficiente para que las unidades navales federales machacaran los escudos de la infantería y las unidades acorazadas iniciaran el avance.

    A media mañana, los equipos electrónicos del Fénix captaron la señal.

    —«Aurora»… «Aurora»… «Aurora».

    —Mi señora, recibimos la señal.

    —Conteste a la señal: «Pendragón».

    —Atención: «Pendragón»… «Pendragón»… «Pendragón».

    —Orden a todas las unidades: preparados para avanzar. Que la flota ocupe sus posiciones de tiro.

    —¡Se confirma! Las baterías pesadas no disparan. Aurora confirma la destrucción de los generadores.

    —Adelante según el plan, —Marisol, de pie, con los brazos cruzados, observo en las pantallas como las unidades navales, tanto bulban como federales, comenzaban a bombardear los escudos de la infantería, que se iluminaban con destellos fantasmagóricos.

    Trece divisiones acorazadas, casi cuatro mil carros de combate, más mil quinientos autopropulsados, comenzaron el avance contra un frente de veinte kilómetros en el ala izquierda. Los escudos de energía bulban no aguantaron la enorme presión de la artillería naval aliada, y comenzaron a colapsarse dejando al descubierto a la infantería enemiga que empezó a retirarse ante la presión de los blindados federales.

    —¿Hay noticias del comando? —preguntó Marisol.

    —Negativo, pero las lanzaderas de rescate no han podido llegar todavía al punto de encuentro.

    —¡Tienen que llegar, cueste lo que cueste! ¿Está claro?

    —La situación allí es muy complicada, mi señora.

    —Mucho más complicada la tiene el comando: ¡no quiero excusas!

    —Marisol, el tiempo límite ha pasado, —dijo Marión acercándose a ella y bajando el tono— sabes que tenemos que bombardear esa zona antes de que vuelvan a estar operativas esas baterías.

    —Vamos a darles más tiempo.

    —No podemos contactar con ellos y no hay tiempo.

    —Cinco minutos Marión, solo cinco minutos.

    —Mi señora, dos lanzaderas han llegado al punto de encuentro: no están y no contestan.

    —Que intenten aguantar cinco minutos y luego se retiren.

    Transcurridos los cinco minutos, todos miraron a Marisol que permanecía impasible ante las pantallas.

    —Marisol, no podemos esperar más, —volvió a susurrar Marión.

    —Esta bien, que se retiren las lanzaderas, y ordena el ataque, —respondió Marisol sentándose en su sillón.

    La artillería naval aliada comenzó el bombardeo de la zona arrasando todo lo que en ella había. En el curso del día, las divisiones acorazadas penetraron con profundidad hasta casi los limites de la ciudad mientras miles de soldados enemigos se rendían y deponían las armas.

    Definitivamente, la batalla de los campos de Taragüm, había concluido.

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