Abertura al placer

  • 6
  • 9.445
  • 9,29 (7 Val.)
Unas medias negras cubrían hasta la mitad de los muslos de la tal Frida; ella comenzó a bailar de una forma peculiar, casi inexperta pero que, con esos soberbios pilares de carne, bastaron para que mi dardo se levantara, listo para jugar a la distancia y discreción de semejante acto

Al salir del baño y, una vez dentro de la habitación, se paseó desnuda, ofreciendo un cuerpo de anchas caderas, bien dotado y proporcionado. Ni siquiera se calzó las sandalias ni mucho menos tomó su camisón provisto para cubrir su espalda que yacía con gotitas deslizándose hasta sus tobillos. Athziri fue al espejo, tomó una toalla larga y se la echó al rostro. Dijo algo ininteligible y después comenzó a reír. Pensé que me había advertido; tan turbado estaba que todo suspenso, toda risa o todo ademán se me figuraba que eran dirigidos a mi persona. “¿Y si salgo?”.

De pronto tocaron la puerta. Athziri se puso la bata y abrió:

-¡Ah, eres tú! Pasa rápido, anda.

De acuerdo a mi posición me era imposible ver al nuevo invitado; vi a Athziri sentarse en la esquina de la cama, cruzada de piernas y dándome la espalda.

-Bueno, ya traje todo. Nadie nos molestará –dijo de pronto una chica. La voz me pareció conocida.

-¡Ay, cállate, mi amor! –Respondió Athziri, quitándose la bata y echándose a la cama. Entonces pude ver una silueta femenina, joven y delgada, con el pecho desnudo aproximarse al santuario. Tomó las piernas de Athziri y las besó, luego tomó las nalgas de mi amiga y las chupó con una ansiedad tremenda.

-Tienes buen apetito, zorrita. Ven…

Aquello fue pronunciado de forma tan extraña, tan excelsa, que hizo nada más ni nada menos que incitarme a salir, sujetar a ambas y follarlas ahí mismo; pero era contraproducente… me detuve, a pesar mío.

-Quiero lamer tu culo en honor a tu belleza, Frida. Todo en ti es delicioso y tu talle incita al corazón de toda voluptuosidad posible.

Unas medias negras cubrían hasta la mitad de los muslos de la tal Frida; ella comenzó a bailar de una forma peculiar, casi inexperta pero que, con esos soberbios pilares de carne, bastaron para que mi dardo se levantara, listo para jugar a la distancia y discreción de semejante acto. Paulatinamente, Frida deslizaba sus medias con tácitos movimientos; así, con este paso lento y sensual, dejó desnudos sus talones rosados y suaves.

-Querida, ¿puedes seguir? –Le susurró a su amante humedeciéndole el oído.

Athziri, por su parte, besó a Frida y obedeció la petición; tomó las medias ya dobladas y desnudó los pies de su querida y los chupó largo rato hasta bañarlos. Ambas se manoseaban las tetas y se murmuraban mil condenas de acuerdo a sus hondos deseos.

-Saliste muy putita, mi amor… muy tierna, bebé –dijo Athziri.

-¿Crees? Ay… ay, ¡me aprietas!

Athziri fue al tocador, tomó un dildo y se abrochó las correas rojas del mismo. Lo sacudió frente a su víctima y las dos comenzaron a reír, excitadas de las locuras impuras que alimentaban sus mentes.

-¡Mira lo que te voy a meter, putita! Todo hasta el fondo.

Frida se carcajeó.

-Esta cosa está más grande que la de mi ex –Respondió.

Cesan las risas; sus bocas se juntan y las pasiones se mezclan con honda lujuria juvenil. Sus dedos se entrelazan, se apoyan y ejercitan sus pechos, sus nalgas redondas y rabiosas gozan del calor que las fricciona. Veo los pies de las dos, las cuatro plantas me miran y se revolotean por los recios movimientos de las que se aman. Aquellas plantas rosadas parecen arder de placer como si fuesen a estallar de alegría. Athziri toma los pies de Frida y los aprieta. Para la cabalgata: Frida se reincorpora y le ofrece a su amante las tetas más tiernas que se hayan visto. En virtud de semejante vista, tomo unos tacones que yacen esparcidos en el armario y empiezo a lamerlos, besuqueando la piel sintética que en algún momento amparó los pies de mi amiga Athziri y que aún emitían cierto olorcillo a piel. Los tomé y me masturbé.

En este punto no me importaba nada que no fuera ver los dos cuerpos que se unían y se empalmaban con ardor frente a mis ojos. Era, precisamente, mi situación de mirón lo que estimulaba mi adrenalina; el saber que aquellas dos putas, vestidas de santas en la escuela, eran tan extravagantes, tan impuras y tan deliciosas, me causaron un perfecto desenfreno. Ellas ignoraban que un intruso las miraba desde lo alto a través de un resquicio y que se deleitaba en verlas jugar.

Frida se levantó, tomó su bolso y sacó una botellita oscura. Masajeó los pies de su dueña y se los untó con un líquido que asemejaba ser un jarabe. Le tiñó los pies de color amarillo y éste hizo brillar las plantas de mi amiga como dos medallas de oro puro.

-Lame, puta. Chúpalos… sí…

Así lo hizo la sumisa Frida; su lengua recorrió todo el pie de Athziri, chupó los deditos y, con tenues mordiscos, los selló para siempre, bebiendo el jugo que emanaba como río. Chupó el talón, lo escupió y se sentó para colocarlo en su vagina. Athziri supo del deseo de su compañera de modo que movió el pie de abajo hacia arriba. Frida susurraba blasfemias.

No aguanté más y descargué dentro de los susodichos tacones mientras Frida gozaba. Athziri tomó el dildo y comenzó a chuparlo y menearlo, dándose golpecitos en sus labios y mejillas. Frida suspendió su goce para regalárselo a su compañera; así, le arrebató el dildo, se abrochó los arneses y penetró a su esclava. De nuevo tenía, frente a mí, las cuatro delgadas plantas que se retorcían de alegría. Athziri regresaba la vista hacia su verdugo y le pedía que acelerara el paso. Frida la nalgueó, se burló de ella y comenzó la cabalgata.

Mi verga se recuperó y empecé de nuevo. Pasaron unos minutos más y Athziri llegó al éxtasis. Aulló y se regocijó en las almohadillas que rodeaban su rostro.

-Ah, qué rico, qué rico… Vaya, me llevaste al mismo cielo. ¡Dios!

-Maldita puta, eres dura pero cediste a mi verga de plástico, ja, ja, ja. ¡Te amo! –Exclamó Frida.

Ambas quedaron satisfechas de una u otra manera, a lo que procedieron a descansar. ¿Y yo? Preguntarás… pues bueno, una experiencia exquisita que la situación me concedió.

Tuve que esperar a que pasara una hora después de la acción y estar seguro que efectivamente estaban en un profundo sueño. Y ya cuando estaba cruzando la puerta, una de ellas gritó.

-¿Quién abrió la puerta? ¡Dios, Frida, la puerta!

Se escuchó el relinchar de la cama.

-¡Hermoso! –Alcancé a gritar mientras corría por los oscuros pasillos de la casa.

Con mis amigos debatí el tema del Voyerismo y la mayoría concluyó que era un acto imprudente e irritante (no por ello menos placentero, pues de la vista surgen imaginaciones increíbles). Pero, en mi caso, ¿qué se le puede hacer si sólo iba en busca de un buen libro en aquel aposento?

  • (7)
  • Compartir en redes