Ir por lana y volver con el culo desvirgado

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Ir por lana y volver con el culo desvirgado

RESUMEN

Mi mujer y yo improvisamos un lujurioso trío con un cachondo de la hostia

Al llegar a casa, me alarmó el alboroto que salía del dormitorio. Entré en la habitación y me encontré con que un tío se estaba tirando apasionadamente a mi mujer. Metía y sacaba sin tregua su gorda polla en el coño depilado y rezumante de Helena. Ella, como siempre, escandalizaba con su gemidos y sus “¡¡asííí, asííí...!!”. El tío por su parte soltaba sonoros resoplidos cada vez que hundía su vergota a fondo en el chocho de mi mujer. Así, a primera vista, parecían disfrutar sin límites.

En cuanto entré, ella me vio y, aún entre suspiros, murmuró:

—Hola.

El tío tardó unos segundos en darse cuenta de la situación.

—¡Hostia! —gritó sorprendido. Con la polla cimbreando, dio un salto como un resorte, hasta el lado puesto de la cama al que estaba yo.

—Tranquilo. Es mi marido —le informó ella—. Tranquilo —insistió—. No pasa nada. —Y dirigiéndose a mi:— Te presento a Carlos. Nos hemos conocido esta tarde y, ya ves, nos hemos enrollado.

El tío, desnudo, de pie, intentando disimular su frustración, me miraba con cierta incredulidad.

—Hola, Carlos —intervine, saludándolo con un balanceo de la mano—. Soy Alfred, su marido.

Carlos seguía de pie, inmóvil, a la defensiva, desconcertado, intentando asimilar lo que estaba ocurriendo.

—Tranquilo, Carlos —volvió a soltarle mi mujer, y dejó pasar unos segundos esperando que el tío se serenase un poco. Entonces, le explicó:— Tranquilo. Somos un matrimonio sexualmente muy abiertos, tanto individual como conjuntamente. ¿Verdad, Alfred, cariño?

—Verdad... Siento haberos cortado... Se os veía muy metidos en materia... No sabía que estabais en casa... Lo siento.

Carlos seguía estático, pero ahora parecía tomárselo con más calma.

—En fin... A pasarlo bien... Repito que siento haberos interrumpido el polvo —dije, a modo de disculpa, y decidí marcharme.

Pero, ya casi había salido de la habitación, cuando mi mujer, de pronto, me pidió que me esperase un momento.

—¿Qué te parece Carlos? —me preguntó.

—Bueno, se le ve un buen tipo. De esos que siempre caen bien... —eché una ojeada crítica a su cuerpo desnudo, con una incipiente barriga, un culo importante y una polla gorda, aunque ahora en cuarto menguante —. Y parece bien armado. Buena vergota, tío... En fin, qué disfrutéis.

—¿Y a ti, Carlos, qué te parece mi marido? —le interrogó Helena y, antes que el tío dijese nada, argumentó:— Claro que no así..., sino en igualdad de condiciones... Vamos, ponte en pelotas Alfred, cariño...

Imaginando lo que, como en otras ocasiones, la muy zorra de mi mujer tramaba me desnudé en un santiamén. Y encantado me ofrecí a la observación de Carlos, con mi cipote erecto, porque inevitablemente la situación me había puesto muy cachondo.

—Bueno, ¿qué te parece mi marido?

Carlos, con un aire de evidente desconcierto, balbuceó:

—Pues... No sé... No soy gay.

—Lo sé. No eres gay. Pero ¿qué te parece?

—No sé... —insistió, pero en un susurro se le escapó: —Está caliente...

Entonces, mi mujer, aprovechando la indecisión de Carlos, le propuso: —¿Qué dirías a un trío?

Carlos soltó un “¡Hostia, joder!”, como un latigazo, y se puso a reír nerviosamente. Helena se arrastró por la cama hasta ponerse a escasa distancia de Carlos.

—Me muero de gusto pensando en que esas dos pollazas me follen a la vez —aseguró, mientras acariciaba el pene de Carlos que comenzaba a reaccionar—. Por el chocho y por el culo.

—Eres una guarra —ironicé.

—Ya sabes. Una puta muy guarra cuando quiero.

La polla de Carlos se estaba endureciendo no sé si por las caricias de Helena y por sus proposiciones. Tal vez por ambas cosas. El caso es que a poco se mostró más espontáneo. Y cuando mi mujer se puso a mamársela, soltó otro “¡Hostia, joder!”

—Vale, vale... Pero sin mariconadas —admitió a continuación, sin dejar de mirarme con cierto recelo.

Lo que venía seguidamente me lo sabía de memoria. Mi mujer se puso a cuatro patas sobre la cama, con el culo provocando a Carlos. Este reaccionó metiéndole su polla ensalivada y dura en el chocho remojado, hasta tocar fondo. Sin parar, la sacó hasta el capullo, y la volvió a hundir profundamente. Y así, una y otra vez... una y otra vez... una y otra vez.. Ella lo estimulaba gimiendo y chillando “¡sí... sí... más... más...!”

El muy cabrón se había puesto a follar con tanto entusiasmo que lo más probable es que se corriese enseguida y abandonase el juego. Así que decidí enfriar un poco el clima. Me subí a la cama y de pie, frente a la cara de mi mujer, le ofrecí mi polla tiesa para que me la mamase.

Carlos había estado tan concentrado follando que se había olvidado de mi presencia. Por eso, cuando me vio allí delante se sorprendió y paró su jodienda, aunque sin sacar su verga del chumino de mi mujer.

—Te da gusto el coño de mi mujer, ¿eh, tío? —le dije—. Pues no veas como la mama, la guarra. ¡Mira, mira!

Y él me miró y, seguramente, contempló mi expresión de gozo y se excitó. Recomenzó su apresurado vaivén copulativo. Helena volvió a gemir de gusto.

—¡Quiero que me folléis los dos a la vez! —aseguró mi mujer, liberándose de la verga de Carlos y de la mía. Y para que quedase clara su actitud, se dio la vuelta y le pegó un morreo libidinoso a Carlos que acabó con un manoseo de su polla, mientras él le magreaba las tetas.

Yo, por mi parte, agarré las nalgas de Helena y las separé para dejar al descubierto su ano fruncido. Con sacudidas ofídicas, le fui metiéndole la punta de mi lengua, estimulando así sus terminaciones nerviosas. Luego, mientras ella volvía a besar a Carlos, le ensalivé el ojete. Mojé un par dedos en el fluido de su coño, y maniobré con ellos dentro de su culo, con intención de dilatarle el agujero.

No costó mucho conseguir que el ano estuviese a punto. Entonces le pedí a Carlos que se tumbase de espaldas a lo largo de la cama. De inmediato, mi mujer se sentó a horcajadas sobre el pubis del tío y se metió su vergota, muy tiesa, profundamente en la vagina. Enseguida comenzó a cabalgarlo rítmicamente. Poco a poco, se fue echando sobre su torso, aplastándolo con sus tetas, sin dejar de follarlo. En esa posición, dejó el culo levantado en plan de reto.

—¡Métela! —me ordenó y paró su galope para facilitarme las cosas.

Y la fui metiendo tan lentamente dentro del culo de mi mujer, que apenas se estremeció y se quejó. Durante unos instantes, los tres nos mantuvimos quietos como adaptándonos a la situación. Pero enseguida Helena reaccionó.

—¡Qué esperáis, tíos? ¡Fólladme de una vez! —reclamó a gritos.

Carlos le hizo caso. Comenzó a joderla, primero muy pausadamente y, al poco, con un vigor y una furia lujuriosa impresionante. A cada embestida, bramando como un poseso, le hundía su gorda polla hasta los huevos. Mi mujer respondía a los empujones del tío meneando el culo y desfogándose son “ayes” y “uyes”, no sé si de placer o de dolor.

Yo, a mi vez, notaba sobre mi verga la presión que ejercía la polla del tío en la vagina de Helena. Notaba cada bombeo enérgico de Carlos, disfrutando del ensopado chocho de mi mujer. Y sentía una creciente excitación que liberaba chispazos de placer por todo mi cuerpo. Era una excitación morbosa que otras veces, en iguales condiciones, incluso me había hecho gozar de gloriosos orgasmos, especialmente cuando el tío se corría dentro del coño de mi mujer.

Sin embargo, esta vez no iba a pasar, porque Helena con un violento culeo se soltó de mi sodomía. Luego, se liberó del coito de Carlos que se incorporó y se quedó arrodillando sobre la cama con cara de confundido y frustrado.

Helena nos sonrió a ambos y se fue hasta Carlos para darle una gran mamada como desagravio. El tío reaccionó (“¡Hostiaaa...!”) sujetando la cabeza de mi mujer y obligándola a una segunda mamada. Mientras ella forcejeaba para zafarse del agarrón, le dije a Carlos que “a nosotros nos divierte siempre experimentar, jugar, con el sexo”.

—¿A ti no? —le cuestioné.

Me miró desconcertado, sin saber que responderme

—¿Haces siempre lo mismo o pruebas cosas nuevas, diferentes? —insistí.

—No... Bueno... ¿Qué quieres decir?

—Pues, por ejemplo, ¿la has metido en algún culo?

—¡Hostia, no soy gay!

—Las mujeres también tienen culo... Mira qué culo más soberbio tiene Helena.

—Sí, claro, claro...

Entonces, intervino mi mujer que, mientras yo preguntaba a Carlos, no había dejado de acariciar su tiesa polla con carantoñas masturbatorias.

—¿Eres curioso, Carlos? —le preguntó y, sin esperar respuesta, lo hostigó retóricamente:— ¿No te gustaría disfrutar del sexo al máximo? ¿Probar cosas que no te atreves o que piensas que no te gustan? ¿Gozar de orgasmos de locura?

—Bueno, no sé...

—¿Te animas a probar a tope?

Carlos estaba tan caliente que apenas dudó,

—Pero sin que nada haga daño —murmuró.

—Sin daño... Al contrario, mucho placer. Cosas viejas y cosas nuevas que debes aceptar sin condiciones —estableció Helena dulcemente.

Evidentemente, el tío estaba tan ardiente como un demonio, con una polla dura, erguida, desafiante. Desarmado por esa calentura, aceptó decididamente con un “vale, vale”.

Helena, del cajón de una mesita de noche, saco un gran pañuelo negro. Con él vendó los ojos a Carlos. Luego, le empujó tumbándolo de espaldas sobre la cama.

—Déjate hacer, cariño —le conminó. Luego, le tomó la polla con delicadeza, mientras le susurraba:— Te voy a matar de gusto, cariño...Me gusta tu polla, cariño...

Y comenzó a chupársela lentamente. Se la mamó un par de veces con mucha parsimonia. Después, la lamió desde el frenillo de capullo a las bolsas de los cojones y regresó lengüeteándola desde los huevos al glande. Así un par de veces, mientras el tío jadeaba sin contenerse, como si la venda que le tapaba los ojos le hiciese sentirse a solas.

De nuevo, Helena volvió a mamarle la gorda polla, a la vez que le acariciaba el ojete (“¡Hostiaaa!”) con un dedo. Muy a poco a poco, se lo fue introduciendo por el ano sin dejar de chuparle la vergota.

—¡Qué haces...? ¡Qué... haces...? —se quejó Carlos sin mucha convicción

Por toda respuesta, Helena, con el dedo, se puso a follarle el culo pausadamente. Al mismo tiempo, yo le pellizcaba las tetillas que estaban endurecidas. Muy pronto el jadeo de Carlos se hizo más progresivo y más sonoro.

Cuando más excitado se mostraba el tío, substituí a mi mujer en la felación y en la sodomía digital. Me metí en la boca su gorda polla, tan lubrificada por la saliva de Helena, la ceñí firmemente con los labios, y le practiqué una chupada vigorosa mientras seguía manipulándole el culo con el dedo.

—¡Hostia, qué gusto! ¡Hossstiaaa...! —profirió Carlos.

Decididamente me concentré en mamarle la polla. Por la excitación que el tío demostraba jadeando y bufando incesantemente, parecía disfrutar al máximo. Y, en efecto, pronto noté que el cipote tenía un sabor algo amargo, seguramente a causa del líquido preseminal, lo que anunciaba una muy próxima eyaculación.

Con todo, seguí chupando aquella polla, dura como de piedra, y trabajando aquel culo procaz, ahora con un par de dedos. Pero le hice una seña a Helena para que le quitase el pañuelo a Carlos.

Cuando abrió los ojos y vio que era yo quien le daba placer, reaccionó bruscamente.

—¡Hostia, tío, qué estás haciendo! —gritó, aunque no intentó ni apartarme ni liberarse de mi felación.

—Pero te gusta, ¿verdad, Carlos? —le indicó mi mujer—. Te gusta y estás a punto de correrte.

— ¡No soy maricón! —proclamó y, sin avisar, me disparó contra el paladar un chorro de semen tibio, mientras seguía pregonando que no era maricón.

Antes del segundo chorro, expulsé de la boca ese cipote agitado, que, mientras el tío resoplaba (“¡Aaaaj! ¡Aaaaj! ¡Aaaaj!”), aún soltó dos o tres disparos de leche antes de detenerse. Yo quedé con la cara, la barba, el pelo, embadurnados de su esperma y él con una inefable expresión de gozo.

Después de unos instantes de silencio, finalmente se rio a carcajadas.

—Hostia, tíos, ha sido increíble... increíble... —dijo, y ya dirigiéndose a mí: —Me ha gustado probar... Qué mamada, tío... Alucinante... Qué mamada... —y cerró como conclusión:— Pero... no soy gay.

—Ni yo tampoco —repliqué—. Pero sí muy curioso y me gusta experimentar... Como a ti, aunque no lo sabías.

Carlos se quedó un momento pensativo.

—Tal vez... —admitió—. Quizá llevas razón... —volvió a quedarse pensando y al poco acabó pidiéndome (“No fumáis, ¿verdad?”) un whisky “si es posible”.

Me fui a la sala de estar por vasos y el whisky y lo dejé reflexionando todavía. Pero al regresar, estaba charlando relajadamente con mi mujer. “Reconozco que nunca había disfrutado tanto con una mamada —le decía—. No me lo imaginaba”.

Serví whisky para los tres. Carlos nos hizo brindar por algo así como “por orgasmos de la hostia” y vació el vaso casi de un trago. Mientras le escanciaba otro whisky, conseguí que repitiese lo de que “no hubiese imaginado nunca que me gustase tanto la mamada de un tío”.

—Sobre todo, porque no soy gay —concluyó, tras acabarse el segundo whisky.

Le volví a llenar el vaso, mientras le argumentaba que no era necesario ser gay para ser sexualmente curioso y flexible.

—Si lo pruebas, puedes elegir —terminé.

—¡Vamos, vamos! Menos charlar y más actuar, tíos —se quejó Helena, tumbada de espaldas sobre la cama—. Estoy supercaliente. ¡Necesito una polla brava! —abierta de piernas, exhibía la raja rosada de su coño mojado.

Carlos, que ya se había pimplado también el tercer whisky y que tenía de nuevo una digna erección, se fue hacia mi mujer alegremente. Subió a la cama y, arrodillándose frente a ella, le clavó su gorda polla en el chocho y se puso a follarla con entusiasmo.

Yo, de un salto, me subí a la cama. Me coloqué de pie frente a Carlos, con las piernas abiertas en compás, una a cada lado de la cintura de mi mujer, y con mi verga apuntando a la cara del tío. Aprovechando el flamante ataque de júbilo de éste, le acerqué mi polla a la boca.

—¡Chúpamela! —le exigí.

—¡Hostia! —exclamó, parando de golpe la jodienda e, indeciso, se quedó mirando, como hipnotizado, mi cipote en primer plano.

Helena, que lo contemplaba todo desde abajo (prácticamente desde debajo de mis cojones), protestó:

—¡Aaaah! ¡Tío, no pares! ¡Aaaah! ¡Fóllame y mámasela de una vez!

Carlos, con mi polla en sus narices, dudó unos segundos más.

—¡Vamos, vamos, cariño! —le estimuló Helena.

Finalmente, tal vez a causa de la desinhibición alcohólica, balbuceó:

—Todo... Quiero probarlo todo... Todo... Muy caliente... Lo haré todo... Lo quiero... Tíos... Me caéis muy... muy bien...

Después, con cierta cautela, se metió en la boca solo el capullo de mi polla y se mantuvo inmóvil momentáneamente. Noté enseguida su lengua húmeda que me rozaba el frenillo y, por todo mi sistema nervioso, saltaron chispas de placer. Así que le retuve su cabeza, le hundí el cipote hasta la garganta y me puse a follarle la boca con una profunda lascivia que hacía crecer mi placer rápidamente.

Carlos reaccionó con cierta contención. En principio, se dejó hacer. Se adaptó al ritmo de mi irrumación e, incluso, a cada vaivén, intentaba tomar la iniciativa.

Pero pronto le entró una desbordante euforia. Aceleró su movimiento coital para gozo de mi mujer que se puso a gemir de gusto. Tuve que sujetarme la polla para que no la expulsase de su boca. Y, con el arreón, el tío tomó al fin la iniciativa, chupándomela y lamiéndomela arrebatadamente, lo que me puso al borde del orgasmo.

—¡Así, así, tío...! ¡Pónmela dura para que te la meta en el culo! —pregoné.

Carlos tardó unos segundos en darse cuenta de lo que acababa de decir. Cuando entendió el alcance de mi comentario detuvo su mamada y su polvo.

—¡Hostia, no! ¡Eso no! —profirió.

Sin embargo, me pareció que no había mucha convicción en su tono. Por eso, repetí que iba a follarlo por el culo y le recordé:

—Dijiste que querías probarlo todo.

—Por el culo, no... Que duele... Dicen que duele... —volvió a justificarse Carlos, pero parecía algo dubitativo, indeciso, vacilante.

—Cariño, Alfred sabe cómo no hacerte daño —intervino Helena.

—Un poco de molestias al principio, la verdad —expliqué—. Después, te acostumbras y disfrutas de una manera muy especial...

Carlos calló como reflexionando. Se puso en pie sobre la cama para colocarse a mi altura.

—No soy maricón —soltó entonces como argumento definitivo.

—A millones de tíos, en el mundo, los follan por el culo cada día y la mayoría no son gays —le largué sarcásticamente—. Porque también lo hagan los gay, ¿vas a perderte gozadas tan morbosas?

Carlos volvió a quedarse pensativo. Me miraba fijamente a la cara, pero a veces también a mi polla. Y de pronto tuvo otro ataque de entusiasmo y alzando la voz, implícitamente ya decidido, manifestó: “¡Vale! ¡Hostia, vaaale...! Pero no me hagas daño. Tienes una polla muy grande”.

—Pero más delgada que la tuya —dijo mi mujer, sonriendo, mientras yo me calzaba un condón y buscaba en la mesilla de noche un espray lubricante.

Por indicación de Helena, Carlos se colocó arrodillado, al borde de la cama, apoyado en sus antebrazos, ofreciéndome su culo provocativo, levantado en pompa. Estaba expectante y muy tenso. Mi mujer le dio un par de azotitos para que rebajase la tensión.

—Relájate... Tranquilo, cariño... Relájate... —le decía, mientras le separaba las nalgas a fin de que dejase al descubierto un ano bastante apretado.

Le eché abundante espray sobre su ojete y me puse a masajearlo con un dedo.

—Relájate... Tranquilo, cariño... Relájate... —seguía `pidiéndole mi mujer.

—Afloja el esfínter —le ordené yo, al tiempo que le metía el dedo por el ano.

Soltó un quejido más de sorpresa que de dolor, pero toleró la penetración casi con complacencia. En vista de lo cual, comencé a trabajar su canal anal para conseguir la dilatación. Le hundí un segundo dedo que encontró una mayor resistencia (“Relájate... Relájate”), aunque muy leve. Ensayé un mete y saca con los dos dedos que provocó resoplidos y ligeros quejidos de Carlos. Y en un momento dado, le entré también un tercer dedo para abrir el agujero definitivamente.

Le dejé recuperarse unos segundos. Luego, le volví a rociar con espray por fuera y algo por dentro de su ano. Por fin apoyé la punta de mi glande sobre ese ojete lubricado y muy lentamente comencé la penetración

—Si te duele, me lo dices y pararé —le garanticé y seguí, muy despacio, hundiendo la polla en aquel agujero todavía poco dilatado

Apenas le había metido medio capullo, cuando Carlos soltó un grito de dolor y me pidió que pararse.

—Pero no la saques —añadió—. Espera un momento.

Y yo esperé casi un minuto. Cuando me pareció que Carlos se había habituado, continué penetrándole. Muy poco a poco, fui estrenándole el culo. Él se iba quejando débilmente. Cuando le había metido casi media polla, volvió a pedirme que esperase.

Yo volví a parar y, cuando reanudé la sodomía (“Afloja el esfínter”), más que seguir profundizando, comencé un ligero vaivén follador. Carlos cambió sus quejas por resoplidos, mientras yo empezaba a disfrutar de su culo. Finalmente, le entré la polla entera. En compensación, agarré su cipote y me puse a masturbarlo.

—Me siento raro —exclamó de pronto—. Muy raro.

—Pero ¿te gusta? —le susurré al oído.

—No sé... Es diferente... Me duele un poco... Pero está bien...

En plan de tanteo, aumenté el ritmo de mi bombeo. Con decisión, le fui rompiendo el culo. Mi verga entraba abriéndose paso por su ojete hasta encajarse en el recto y entonces retrocedía restregándose entre las paredes estrechas de su canal anal, lo que aviva mi sistema nervioso con trallazos de un goce intenso. Un goce que aumentaba imparablemente a cada penetración.

De súbito, Carlos se dio cuenta que era yo quien le hacía una paja y reaccionó sorprendentemente.

—¿Te gusta pelármela? —me soltó en un murmullo. Pero no parecía indignarse, ni repudiar la situación.

—Te lo dije: a Helena y a mí, nos gusta todo del sexo... Mírala... Mírala como se está calentando viendo cómo te doy por el culo... Fíjate en su chocho tan mojado...

Helena se estaba masturbando con caricias sobre sus clítoris. Pero Carlos, de momento, sólo estaba concentrado en la lujuria de su cuerpo.

—¡Hostia, tío! Si te gusta a ti... a mí también me gusta... ¡Hostia, tío, pajéame, pajéame...! —casi me rogó, entre “ayes” ahogados de dolor o de placer.

Entonces, decidí follarlo cara a cara. Así que se la saqué del culo y le mandé que se tumbase en la cama de espaldas y frente a mí, que me había puesto de pie en el suelo. Luego, lo sujeté por las pantorrillas y lo arrastré hasta el borde del lecho hasta que quedó con las piernas colgando. Se las levanté, agarradas por los tobillos, y me las puse sobre mis hombros lo más separadas que pude. De esta manera, gracias a la altura del colchón, el culo de Carlos, con un ano algo abierto, algo dilatado, quedaba al alcance de mi polla. En esta posición, veía claramente la expresión temerosa de su cara.

Le pedí a Helena que, por fuera y por dentro del ojete, le aplicase otra vez espray lubrificante. Lo hizo abundantemente, mientras yo no cesaba de recordarle a Carlos que se tranquilizase y que se relajase.

Cuando me pareció oportuno, coloqué la punta de mi polla sobre su ano y, muy lentamente, se la fui metiendo en el culo. Tuve que detenerme tres o cuatro veces, porque me lo pedía Carlos, reflejando en la cara más molestias que dolor. Pero, al poco, lo estaba follando y el tío aguantaba. Y siguió aguantando, cuando sus piernas resbalaron de mis hombros y quedó frente a mí, con mi polla bombeando dentro de su culo y la suya, algo consistente, colgando sobre su vientre.

Entonces, Helena se subió encima de él, sobre su torso, más o menos en posición de 69, y comenzó a mamarle la polla. En cuanto se acomodó, le refregó el chocho empapado por la cara hasta que el tío se puso a lamerlo.

Verlos disfrutando a su manera me excitó. Aceleré la penetración y Carlos aguantó sin gimoteos. Nuevamente, volví a romperle ese culo inexperto, virgen. Gozaba intensamente cada vez que mi polla se abría camino hasta el recto. Sentía un placer agobiante (“Dios, qué gusto, qué guuustooo”) que me llevaba hacia un orgasmo delirante.

Entretanto, el cipote de Carlos se había puesto muy tieso en la boca de Helena. Así que ella, aprovechando esta circunstancia, se salió del 69 y se montó sobre Carlos. Se metió en el coño la polla empalmada del tío y se puso a follarlo, mientras yo, al mismo tiempo, seguía dándole por el culo, disfrutando intensamente.

El placer que sentía muy pronto se me hizo insoportable. Me quedé quieto momentáneamente, con la polla palpitando dentro del recto de Carlos. Apenas un par de segundos después, sentí como se disparaba mi sistema nervioso y por todo mi cuerpo se expandía una gozada indescriptible mientras me corría... me corría... me corría... Eyaculé en el condón, con la polla exprimida por los esfínteres anales de Carlos, que también se estaba corriendo (“¡Aaaaj...! ¡Hostia, Dios, qué bueeenoooo...!”) dentro del chocho de mi mujer. Por unos instantes, perdí la noción de las cosas, extasiado por la fastuosidad de la gozada.

Prácticamente, no me di cuenta de la realidad, hasta que me vi despojándome del preservativo pringado de leche.

De ese regreso del estupor, también tuvo culpa el griterío de Helena que cabalgaba furiosa sobre Carlos, con la polla del tío hundida en el coño, y masturbándose clitorianamente. Él, por su parte, liberado de mi sodomía, aturdido, estaba magreando sin muchas ganas las tetas y los pezones de mi mujer.

Me tumbé en la cama panza arriba esperando de un momento a otro el grito salvaje que siempre suelta ella cuando alcanza un orgasmo importante. Carlos ponía una cara de circunstancias, intentando mantenerse con la polla dentro de Helena que practicaba un galope frenético.

El espectáculo duró muy poco, porque mi mujer soltó su grito habitual y se corrió entre ligeros estertores que le hicieron descabalgar de la polla de Carlos. Este se dejó caer a mi lado en la cama.

—¡Ufff...! —resolló—. Ha sido algo increíble, muy extraño.

—Pero... ¿te ha gustado? —le sondeé

—Bueno... sí... Pero, ¡hostia!, no soy maricón.

—Ni yo tampoco... Ya te lo he dije.

Se quedó pensativo unos instantes y finalmente se puso a reír.

—Me siento raro... Pero sí, sí me ha gustado probar —prorrumpió—. ¡Hostia, tío, hacía tiempo que no me corría disfrutando tanto! En realidad, ni mucho menos, me imaginaba algo así, esta tarde, cuando me enrollé con Helena.

Entretanto, mi mujer ya se había bajado de la cama.

—Joder, tíos, qué pasada... Me habéis dejado muerta de gusto... —comentó, mientras nos repartía toallitas para que nos limpiásemos las vergas.

Se inclinó para susurrarme al oído:

—Has desvirgado un bonito culo, cabronazo —y me morreó libidinosamente.

Luego, le dio también un beso apasionado a Carlos.

—Ha sido fantástico, tío... Eres muy macho —le dijo, como intentando tranquilizarlo sobre su masculinidad—. Pero también muy curioso y atrevido... Tío, no creía que te dejases romper el culo. Ha sido una pasada.

—Ni yo me lo creo —admitió Carlos—. Pero ha sido una experiencia alucinante... Aunque, ¡hostia!, me está doliendo.

—Se te pasará —intenté tranquilizarle—. La próxima vez te dolerá menos.

—La próxima vez... —masculló—. La próxima vez quiero metértela yo por el culo y disfrutar como un maricón —soltó una carcajada ostentosa—. Tengo que deciros algo... Es el tercer trío que hago. Aunque siempre con mi mujer y amigos íntimos. Uno, con una amiga suya. El otro, con un amigo mío de toda la vida. Pero, eso sí, él y yo no nos tocamos ni un pelo.

—¿O sea que nos has vacilado haciéndote el desinteresado?

—Un poco, sí... Pero, ¡hostia!, no os conocía de nada... Ahora, ya sé cómo sois... La próxima vez, si os parece bien, intentaré que venga mi mujer, que, cuando se suelta, le va la marcha un montón... Pero, ¡hostia!, no le expliquéis cómo os he conocido... Ya inventaré algo.

Pero lo que son las cosas, en realidad, nunca hubo esa “próxima vez”.

por Werther el Viejo

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