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Cambiador número dos

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A diferencia de mis compañeras de trabajo, Jimena parecía abierta a experimentar y le gustaba hablar de sexo. Lo supe de inmediato, tan pronto me animé a darle insinuaciones ¿Podría cumplir con ella alguna de mis fantasías u ocurrencias?

Ya no volví al cibercafé en el cual procuré dar rienda a mi locura sexual. En efecto, como conté en el anterior relato, fracasé de modo lamentable en mi primera masturbación en público. ¿Por qué no volví a cibercafé? Porque me daba vergüenza que la señora pudiese reconocerme.

Por curioso que parezca, pasaron como cinco meses (o tal vez cuatro) hasta que surgió una buena chance para hacer lo que quería... o algo más o menos parecido. Todo lo que tenga relación con el sexo lo acepto gustoso.

Yo seguía soltero, así que mi creciente apetito sexual no se saciaba consiguiendo mujeres de la manera ordinaria en que las conseguía (generalmente en clubes nocturnos). No me bastaba coger, quiero decir. En realidad, buscaba alguna experiencia que fuese divertida, emocionante o más bien morbosa. Y lamentablemente lo que conseguía con las mujeres que conquistaba o conocía apenas si podía catalogarse de "común".

En esta época entró en juego algo que no pensé que marcaría un antes y un después en mi vida sexual: el teléfono celular... Y no digo el celular con sus aplicaciones y redes sociales y demás, sino me refiero a la cámara de fotos.

Trabajaba yo en un comercio de ropa y me la pasaba todo el día sentado detrás de un mostrador, frente a una caja registradora, cobrando a las mujeres y hombres que venían a comprar. ¿Mis compañeras de trabajo? Mmm... Nada especiales. Trabajaba con dos mujeres ―sin contar a la dueña del negocio― y ninguna de las dos me provocaba gran cosa. Marisa tenía buen culo y unas tetas pequeñas pero paradas. Se hacía la refinada y estaba muy enamorada de su novio, un idiota que siempre la venía a buscar en un vehículo que hacía un ruido infernal. Así que Marisa estaba fuera de mi alcance. Nancy, en cambio, me caía muy bien... Era una mina buena, pero muy tímida. Se me ocurría a mí que debía de ser muy puta en la cama, como ocurre usualmente con las chicas que son reservadas. Era tan tímida que a veces no podía soportar cuando alguien hacía chistes que derivaban en cuestiones sexuales.

―¿Con tu novio lo hacen dentro del auto? ―preguntaba Marisa, por ejemplo, de manera muy guarra.

Y Nancy se ponía terriblemente colorada.

―¡Basta! No voy a hablar de eso ―decía, y se marchaba o trataba de cambiar el ángulo de la conversación.

Marisa se reía un poco antes de ofrecerle un abrazo. Le decía, pues, que era un chiste y que no quería que se enojara.

Me gustaba notar que Nancy exageraba su timidez. Me producía cierto morbo, al margen de que como mujer no me atrajera demasiado.

Sobre el verano la dueña del negocio contrató a otra chica, llamada Jimena. Era habitual que esto pasara, sobre todo en épocas de mucho trabajo.

Habrá quien piense ―siendo hombre― que trabajar rodeado de mujeres tiene múltiples beneficios... Pero en la práctica eso no es cierto... Estar rodeado de mujeres, por lo menos en mi caso, no resulta muy beneficioso. Es más, a veces quiero conversar de algo que me pasa o de fútbol y no hay quien entienda un corno de lo que digo. Y cuando ellas hablan, por ejemplo de lo que hicieron el fin de semana, soy el único que queda al margen de las conversaciones. Es decir, siempre vamos en contramano.

En fin, luego de tres o cuatro días del ingreso de Jimena, vine a confirmar algo que había previsto por meros indicios. Jimena era lesbiana... No me produjo nada especial este conocimiento, y de hecho en cuestión de días pude conocer Ana, la novia que tenía. Cabe decir que Ana estaba buenísima... Un gran culo, unas buenas tetas, y, sobre todo, cara de perra. Jesica, en cambio, tenía una belleza..., ¿cómo decirlo?, más bien modesta. Tenía una de esas gentiles bellezas que no necesitan perturbarse con las maneras de vestir... Si Jimena hubiese utilizado pantalones ajustados, por ejemplo, difícilmente eso habría colaborado para hacerla más deseable. Estoy seguro de que sus encantos tenían otros orígenes, posiblemente intelectuales. Y de otra cosa no me cabía la menor duda: si alguna de las dos cumplía rol activo, o era parte dominante, esa era Jesica. Ana, la novia, se veía más... “femenina”, por así decirlo.

Se me ocurrió que podía intentar algo con Jimena, así que puse mi plan en marcha para ver si era “demasiado lesbiana” o se atrevía a jugar con un hombre... Entonces un día, sin pensármelo dos veces, dije:

―Tengo curiosidad... Espero que no te enojes.

―A ver... ―dijo Jimena, más bien curiosa.

―En tu relación.... ¿vos serías el hombre?

Jimena distendió el gesto que guardaba su rostro. Miró hacia cada lado del negocio. Las chicas estaban atendiendo a unas personas que había entrado.

―Bueno... ―dijo pensativa―, no necesariamente. También me gusta recibir.

Oír eso me sorprendió.

―¿Recibir? ―le pregunté riendo.

―Claro... Ya sabés... ―insinuó también riendo, y para mi asombro hizo un gesto lascivo aludiendo a su parte íntima.

Ese día, a partir de este pequeño intercambio, supe que Jimena podía ser compinche y contarme, como mínimo, ciertas infidencias. Me animó esa conjetura, ciertamente. Pensé que podía encontrar en ella una persona con la cual atravesar los ratos de aburrimiento y calentarme, al menos conversando... Repito: no buscaba una mujer para coger; que Jimena fuese lesbiana, por tanto, me era indiferente.

Al cabo de unos días hice un movimiento para nada planeado... No sé en qué estaba pensando, pero se me ocurrió mencionar aquello de las masturbaciones en lugares públicos.

―¿De qué hablas? ―preguntó sorprendida, mirando de reojo a las chicas que justo hablaban con la dueña del comercio. Estaban las tres mujeres a cierta distancia del mostrador que a nosotros nos separaba. Yo estaba de un lado, Jimena del otro.

―No pienses mal... ―le dije haciéndome el prudente―. Pero cuando miro videos de masturbaciones en lugares públicos... Eso..., no sé: ¡me calienta muchísimo! Para qué negarlo.

Mi compañera por fin mostró algo de recato.

―Dios mío. ¡Qué cosas decís!

Y en un acto reflejo se alejó mostrador, tal como si mi confidencia la hubiese sorprendido. Pensé que mi buena suerte había acabado. Me dije que había atacado muy rápido, de manera descuidada, y por eso la había ofendido.

Pero Jimena volvió a su postura original y me miró fijamente. Le corrí la mirada, de modo cobarde; supuse que iba a pedirme que no hablásemos más de tales asuntos.

―¿Alguna vez hiciste eso? ―me preguntó en voz baja. En su voz había cierto dejo de asombro.

Esa pregunta podía generar consecuencias... “¿Qué mierda digo?”, pensé con la velocidad de un rayo. Si confieso que lo hice, o que intenté hacerlo, va a pensar que soy un pervertido.

―Es una pregunta complicada... ―repliqué con una sonrisa vergonzosa.

―¡Dale! Ahora contéstame... ―dijo entusiasmada―. ¡¿Lo hiciste?!

Oír esto hizo que el alma volviese a mi cuerpo. Me tranquilé.

―Todo el tiempo... ―revelé sin más―. Lo hago todo el tiempo.

Y al segundo pensé: “Qué respuesta de mierda...”.

Pero Jimena parecía no desanimarse.

―¿Cómo que todo el tiempo...? Decime la verdad...

―Es la pura verdad ―dije mintiendo. Y de pronto en una ocurrencia miré el cambiador número dos, que justo tenía la cortina abierta.

―¡Me estás jodiendo! ―exclamó Jimena y se largó a reír, mirando también hacia el cambiador. Y cuando iba a preguntar algo más, justo se acercó al mostrador Nancy y enseguida también Marisa.

¡Al carajo nuestra charla!

Me dio un poco de bronca, sinceramente, pero tuve que sonreír y hacerme el desentendido. Jimena hizo lo mismo y se puso a ordenar ropa que estaba suelta sobre el mostrador que teníamos enfrente. Me dio la espalda, mientras doblaba la ropa y la iba guardando, y ya no volvimos a hablar en todo el día.

Experimenté morbo, desde luego, pero también me había puesto nervioso. No era habilidoso mintiendo, y mucho menos si debía hacerlo de manera improvisada. Tenía que pensar una estrategia sostenible.

Tres días pasaron y siquiera tuve chances de hablar a solas con Jimena. Cuando no estaba presente Marisa, estaba Nancy o la dueña del negocio. Y cuando no estaba ninguna entrometiéndose, pues el negocio estaba lleno de gente.

Pero un mediodía por fin pudimos quedarnos solos. Marisa y Nancy habían salido al kiosco a comprar gaseosas y la dueña no estaba. La ciudad estaba desierta. Un calor de morir hacía.

Tenía pocos minutos para conversar, así que apuré las cosas.

―El otro día me hiciste ruborizar ―le dije―. Nunca le conté a nadie de... eso que hago.

Jimena abrió los ojos y sonrió.

―¡Entonces no mentías...! ―exclamó―. Me jodés... ¿Lo hiciste ahí adentro?

Hice un gesto de afirmación, sutil pero franco. No abrí la boca.

―¿Y cuál es el punto? ―preguntó mecánicamente―. Encerrarse ahí no es lo mismo que hacerlo en público...

Esta simple observación me descolocó. Tenía razón. Qué mentira de mierda había ideado... Tenía que inventar otra ya..., en un segundo. No podía estropear la chance.

―Habrás notado ―dije con sagacidad― que el espejo del cambiador número dos está muy cerca de la cortina de cierre... ¿Notaste eso? ―pregunté haciéndome el lúcido.

Jimena frunció el entrecejo.

―¿Y eso qué tiene de especial?

―Pues... si la cortina no se cierra por completo, te aseguro que cualquiera puede ver lo que ocurre en el interior del cambiador. Es un problema que no se da en el cambiador número uno ―señalé, lo cual era cierto. El espejo del cambiador número dos era de mayor tamaño y abarcaba el ancho de la pared.

Jimena echó una mirada indagadora en dirección al cambiador.

―No lo había notado ―dijo, y se quedó pensando―. ¿Te metiste ahí adentro... y lo hiciste?

No pude determinar, por medio de su voz, si estaba sintiéndose caliente o pasmada por lo que yo le decía. Entonces se me ocurrió una nueva mentira, que en todo caso me dejaría no como un perfecto degenerado sino como un tipo apenas descuidado.

―No ocurrió tal como lo imaginás ―observé y alcé las cejas―. Mejor te cuento... Pasó un día que... ―Me detuve un instante―. No podés reírte... porque al principio fue más bien vergonzoso.

―¡Contameee! Dale... ―dijo apurada, y en acto reflejo miró hacia la vereda. Tal vez Nancy y Marisa estuviesen por volver.

Su voz seguía siendo plana, así que no podía determinar si mi confesión le estaba provocando morbo o extrañeza. Y no quería arriesgarme.

―Te advierto que no me estaba pajeando... ―dije con total descaro.

El rostro de Jimena mostró una ligera sonrisa al oír la frase vulgar. Me gustó notar eso.

―Dale, dale... Contame ―dijo, y volvió a mirar hacia la vereda.

Era todo lo que yo necesitaba saber. Al menos le producía curiosidad...

―Un día ―dije mirando hacia la puerta también― me metí en el cambiador para sacarme un par de fotos frente al espejo. Quería enviárselas a una amiga...

Jimena abrió los ojos.

―¿Lo hiciste con la cortina abierta?

―No... ¡No! ―exclamé extrañado por la ocurrencia―. Pero aproveché ese momento porque las chicas estaban adelante, arreglando la vidriera. Entonces me desnudé y enseguida empecé a sacar fotos... Quería hacer tres o cuatro para elegir luego la mejor.

―¿Fotos de qué? ―preguntó Jimena con verdadera ingenuidad.

Mi respuesta la hizo sonrojar.

―Fotos de mi pija... ―respondí sin dudarlo, y eché a reír.

En efecto, y como ambos lo temíamos, volvieron nuestras compañeras de trabajo con algunas gaseosas para matar el calor y nuestra conversación quedó en stand-by.

Continuará...

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