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La ahijada de mi tía me regaló una tarde erótica

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  • Mientras mis besos entretenían a sus labios, mi diestra ya amasaba con suavidad y delicadeza una de sus tetas y mi izquierda ya reposaba sobre una de sus carnosas nalgas, acariciándola y presionándola para apretarla contra mí

    Las primeras semanas de 2007 fueron las más difíciles de mi vida, pues, me era imposible el aceptar que Angélica (mi esposa) y mis dos pequeños niños hubiesen perdido la vida en un accidente tan espantoso.

    Por ello, la mayor parte del tiempo la pasaba encerrado en casa; y a pesar de las frecuentes visitas de Paolita necesité de ayuda psicológica para volverme a reintegrar a mis quehaceres habituales. Fue recién el lunes 19 de febrero (dos días después del matrimonio de Paola), que regresé a mi oficina y empecé a despachar mis asuntos.

    Entre las primeras personas que me visitaron estuvo Manuela, una tía lejana quien a pesar de ello siempre está a mi lado y que llegó a pedirme el favor de que permitiese a su ahijada entrar a trabajar conmigo como Secretaria practicante, ya que recién había terminado esa carrera. Ella la había criado desde muy chica, desde cuando su madre la había abandonado por irse con otro marido, y aún estaba bajo su tutela; pero, la chica ya quería "empezar a ganar su dinerito", como mi tía Manuela decía.

    La idea no me agradó en lo absoluto; pero, no pude negarme a apoyarla, pues, me sentía en la necesidad de corresponder a las atenciones de mi tía; además, me identifiqué con su situación y acepté. Incluso me comprometí a pagarle sus prácticas; así que desde el lunes 05 de marzo la tuve en mi oficina.

    Desde el primer momento en que vi, a la ahijada de mi tía, me gustó. Se la veía candorosa y sexy a la vez. No sé si era por mi estado de ánimo; pero, si he de ser sincero la nenita me alteró las hormonas con ese par de preciosas piernas, esas exquisitas nalgas y esas deliciosas tetas que imagino deben haber roto más de un corazón.

    Tatiana o Tatty, como suelo llamar a esta preciosidad, era por entonces una muchacha de 19 años –casi 20 años menor que yo- y la verdad es que pronto se convirtió en una obsesión para mí. Por primera vez no me sentí enamorado, simplemente me la quería llevar a la cama, sin importar lo que tuviera que hacer. Era como una forma de desquitarme de la vida. Sé que era injusto de mi parte; pero, soy humano y así ocurrió.

    Fue por ello que calculando bien cada uno de mis movimientos fui ganándome su confianza; y, si a esto añadimos sus “ebullicionantes” hormonas propio de toda muchacha que está en la plenitud de su sexualidad; no es extraño deducir que el resultado no se hizo esperar.

    Durante algunas mañanas Tatty había venido a mi casa para que yo le dictase el trabajo, pues, aduje que no tenía ánimo para ir a la oficina y necesitaba despachar desde mi casa. Todo transcurrió según lo esperado hasta que, aquel inolvidable miércoles 11 de marzo de 2007, cumplí mi objetivo.

    Aquella mañana me había levantado con una tremenda erección y mis ganas por tirarme a Tatiana eran enormes; sin embargo, sospechaba que quizás aún tendría que esperar un poco más para hacerla mía; pero, afortunadamente me equivoque.

    Eran como las nueve y treinta cuando me avisaron que mi señorita Tatty estaba allí. Yo había regresado a la cama después de desayunar y en vez de bajar a recibirla pedí que la hiciesen pasar a mi dormitorio.

    Cuando Tatiana entró a mi recámara quedé perplejo, pues, llevaba un vestido de tiritas que delataba ese par de hermosas tetotas, erguidas y puntiagudas a las que me moría por mamar. El vestidito de marras terminaba en una falda corta, que quedaba arriba de la rodilla permitiéndome ganarme con sus preciosas piernas. La muchachita estaba ¡uuuffff!, para comérsela enterita.

    Yo no quería perderme ese delicioso bocadito así que actué con toda tranquilidad y la invité a sentarse en el silloncito desde donde ahora les escribo y la muy malcriada (no sé si por calentarme o por descuido), cruzó las piernas de tal forma que me regaló una excitante visión de sus muslos y de sus carnosas pantorrillas. Entonces pensé para mis adentros ¡Qué muchachita más rica!; sin embargo, controlando mis impulsos empecé a dictarle mientras urdía un plan de emergencia que me permitiese cepillármela allí mismo.

    Pasados varios minutos me detuve y le dije que me ayudase a preparar una presentación de PowerPoint para la conferencia que daría en la UDCH el viernes por la noche.

    Ella muy solícita giró el sillón, prendió mi PC y esperó a que le dictara; sin embargo, jalando un pequeño banquito me senté a sus pies y le dije que ya tenía avanzada la presentación; pero, que tenía problemas con ciertos efectos; así que empezó a explicarme como terminarla. Por supuesto que yo no prestaba atención alguno a sus indicaciones y por el contrario estaba muy atento a mirarle las piernas. Pensaba mucho en cómo sería cogérmela y eso me puso muy nervioso, pues, me la jugaría de una vez en ese mismo momento y que pasara lo que tenía que pasar.

    Desde donde estaba podía ver de cerca sus piernas, sentir el calor de su cuerpo e incluso oler el aroma de su piel joven; eso me dio valor y sin mediar palabra puse mi mano sobre su tibia rodilla y ella por toda respuesta volteo y me sonrió.

    Ambos callamos, yo seguí frotando su rodilla, ella suspiró, acarició mi cabello, cerró sus ojos y tácitamente me dijo que continuara. Yo sin perder el tiempo me incorporé, la miré a los ojos y lentamente me acerqué a sus labios y se los besé. Aquél beso fue mi resurrección a la vida y supe que la suerte había regresado a mí, Tatty devolvería a mi cuerpo las ganas de vivir.

    Mientras besaba sus labios jugueteé con su cabello, acaricié su nuca desde detrás de su oreja y desde allí descendí sin prisas por sus hombros y sus brazos hasta llegar a su espalda; una vez allí ejercí presión con mis manos y la incorporé sin dejar de besarla hasta ponerla de pie.

    No eran besos largos y asfixiantes, no eran de aquellos besos con lengua que no dejan respirar; sino, más bien eran besos infantiles, dulces y tiernos, casi inocentones; aquellos que son como el buen vino, que se prueban dulces; pero, que definitivamente hacen perder la cabeza a las chicas.

    Mientras mis besos entretenían a sus labios mi diestra ya amasaba con suavidad y delicadeza una de sus tetas y mi izquierda ya reposaba sobre una de sus carnosas nalgas, acariciándola y presionándola para apretarla contra mí.

    A esas alturas la voluntad de Tatiana era la mía; pero, había que comprobarlo. Así que retiré con suavidad mis labios de los suyos y ella buscó recuperarlos con un beso más osado; entonces correspondí a su caricia no sólo con otro beso aún más intenso; sino que además descendí mi mano desde su teta hasta su conchita y se la estrujé con la fuerza precisa para excitarla y no para dañarla.

    Cuando cogí su coñito por encima de su calzón y palpé su humedad supe que la calentura de esta niña era la precisa y que ella tenía tantas ganas de hacer el amor como las tenía yo.

    Entonces fui llevándola hasta mi cama, entre caricias más audaces y besos más encendidos. Mis besos ahora ya no estaban en sus labios sino que ahora se los daba en su cuello y en sus orejitas. Ella para entonces sólo gemía.

    Cuando me sentí cerca del borde de la cama me separé de ella y después de disfrutar de su expresión de adolescente lujuriosa busqué las tirillas de su vestido y sin mediar palabra se las baje por los hombros para que su trajecito discurriera por sus formas. Al ver que en vez de objeción encontraba colaboración y aprobación, continué con mi agradable labor hasta que su vestidito quedó recogido sobre sus pies y ella misma se encargó de hacerlo a un lado junto con sus sandalias.

    Tatty quedó quieta por algunos segundos, quizás sin darse cuenta aún de que estaba casi desnuda y yo recreé mi vista mirando su armoniosa figura cubierta aún por un sostén blanco y un calzoncito azul de filitos blancos con los que se la veía primorosa. La chica estaba preciosa y con aquel atuendo me encendió aún más.

    Pronto me le acerque para volver a besarla y; mientras ella rodeó mi cuello con sus brazos yo la sujeté de su estrecha cintura y desde allí descendí hasta sus nalgas.

    Esas nalgotas estaban deliciosas, carnosas, erguidas y apretaditas; como a mí me gustan. Primero se las palpé sobre el calzón y luego metí mis manos por debajo de la tela y sentí la tersura de su piel. Parecía el culito de una bebita.

    No pude resistirme más, así que la giré dándome la espalda, me arrodillé tras suyo y tiré hacía abajo de la tela hasta quitarle el calzón, dejando su precioso tafanario expuesto ante mis ojos.

    Fue entonces que aparecieron ante mí por primera vez sus apetitosas nalgas y sin pensarlo dos veces las llené de besos, lametones y pequeños mordisquillos para intentar calmar mi ansiedad.

    Debo haber sido bastante impetuoso con mis caricias, pues, la obligué a ir hacia delante hasta que cayó sobre la cama con el culo levantado. Mientras disfrutaba del "espectá-culo" me despojé de mi bata azul y ya en calzoncillos regresé a su culito, separé sus nalguitas y lengüeteé a mi antojo el arrugado orificio de su potito. Aquella práctica oral sobre su ano al parecer no se la esperaba, pues, empezó a menear su cola de modo frenético y a gemir tan ruidosamente que estoy seguro que el personal de servicio de mi casa debe haberla escuchado.

    No estaba dentro de mis planes sodomizar a Tatty en ese momento; pero, su reacción tan evidente de placer ante el estímulo de su culo me hizo cambiar de parecer; ya que ante mis lamidas a su anito, Tatty, se descontroló y yo no pude menos que darle gusto.

    Mis lamidas a su arrugado anito se volvieron cada vez más intensas y el primer orgasmo de Tatty no se hizo esperar. Pronto la tuve arqueándose por la cintura en mi cama y soltando una buena cantidad de jugos por su coñito al que casi ni había atendido.

    Vivida esta experiencia procedí al acostumbrado dedeo con el que comprobé lo estrecho de su ojete; sin embargo, Tatiana no se opuso a ello y por el contrario parecía disfrutarlo mucho. Fue por ello que no tardé en meterle más dedos; mientras su complaciente culo iba cediendo junto con la voluntad de su dueña que para entonces se había acostado casi de lado para facilitar mi labor ofreciéndome su hermoso y virginal culo.

    Tatiana definitivamente gozaba de esta inesperada sodomización y yo estaba incrédulo de lo que estaba viviendo. El culo de Tatty estaba divino. Sus nalguitas tan carnosas, tan duritas y tan apretadas; se sentían frías y sudorosas; sin embargo, al separárselas me encontraba con su diminuto ano arrugado y caliente que presagiaba un enorme placer.

    Yo y mi falo no podíamos esperar más; así que, sin dilatar más ni el tiempo ni su anito, procedí a taladrarle el culito con mi aparato que ya para entonces estaba a más duro que un roble.

    Durante casi toda la sesión Tatiana había permanecido casi en silencio y sólo de vez en cuando gesticulaba una que otra palabra para animarme a seguir; así que creí ocioso pedirle su consentimiento para encularla y sólo me despojé de mis calzoncillos, embadurné con saliva mi verga, coloqué almohadones para acomodarla y facilitar su penetración, le abrí bien los cachetitos de su poto y procedí a invadir las entrañas de aquella hermosa muchachita de 19 primaveras.

    Al comienzo a mi cabezón le costó un poco de trabajo entrar allí, su esfínter rugoso estaba dilatado para mis dedos; pero, no lo estaba para mi pito. Al principio Tatty soporto estoicamente el castigo; pero, la verdad hasta a mí me dolía tanta estrechez.

    Le humedecí con más saliva la cabeza a mi trola y eso empezó a ayudar. Poco a poco la resistencia de su culito se fue doblegando y mi aparto la empezó a atravesar. ¡Qué calentito se sentía estar allí¡ Ese culito tenía fuego y mi verga lo estaba disfrutando a rabiar. Ahora mi avance al interior aquel potito diecinueviero era lento; pero, progresivo.

    La labor fue placentera para mí; aunque ardua y cuidadosa para no dañarla. Ella padeció un poco, sufrió un poquito debido a que era su primera vez y a que la circunferencia de mi verga era demasiado para su anito; sin embargo, a pesar de sus quejidos y lagrimones no me permitió sacárselo ni un milímetro ni desistir en mi avance y más bien me animó en todo momento diciéndome:

    ―Siiigue, siiigue, que ya me está entrando. ¡Aaayyyy!!!

    La tarea se prolongó algunos minutos más hasta que finalmente le acabó de entrar y tuve a toda mi verga encajada en su culo y disfruté como su esfínter se contraía presionando la base de mi aparato como un extraño saludo anal; mientras tanto mis cargadas pelotas reposaban sobre la fría y transpirada piel de su recién estrenado sieso.

    El tramo final había resultado muy difícil para el culito de Tatty, pues, al parecer ya no daba más y por eso ella gritó, lloró e incluso pataleó un poco golpeándome con sus talones; así que cuando la tuve bien ensartada por la cola se la dejé un rato sin movérsela hasta que ella reaccionó.

    Primero, llevó una de sus manos hacía atrás y comprobó que la tenía hasta el fondo y luego empezó a menear su cola como pidiendo más placer. Fue entonces que empecé a mecerme en un lento sube y baja que cada vez intensificamos más los dos hasta que acabé reventándole el culo como se debe al imprimirle unas fuertes y profundas embestidas que la hicieron delirar.

    Tatiana acabó gozando de tal modo que del dolor inicial ya ni se habló. Durante esos minutos cambiamos de poses; ya que de estar sobre ella la puse de costado y me la enculé de "a cucharita", para luego hacerla que me montara y saltara sobre mí con su culo bien ensartado en mi verga; finalmente la puse de "a perrito" y allí le di caña hasta reventar; y, acabé cuando ella estaba en pleno orgasmo con lo que la hice gozar más.

    Una vez que le llené el culo con mi leche me dejé caer sobre ella y sentí en mi pubis como el temblor de sus nalgas fue descendiendo hasta que Tatty se durmió con mi estaca enterrada en su adolorido poto.

    Cuando desperté yo estaba a su lado mirando al techo mientras que ella reposaba inmóvil aún sobre los almohadones con el culito hacia arriba. Disfruté de ese cuadro por algún tiempo hasta que descendí hasta su cola y se la besé sin atreverme siquiera a abrírsela aunque la curiosidad por ver cómo le había quedado su anillito era tremenda.

    Al poco rato Tatty se despertó y para entonces eran cerca de las 14.00 horas. La invité a ducharnos y ella aceptó.

    Se le veía feliz; pero, me confesó que sentía su colita (como ella llama a su culo), muy adolorida así que me ofrecí como enfermero y ella asintió gustosa.

    Salimos de la ducha más frescos y Tatty se acostó bocabajo sobre los almohadones y de inmediato precedí a separarle sus nalguitas con todo cuidado. Si bien es cierto que sentí pena al verle su anito tan inflamado también he de admitir que aquello me excitó en sobremanera, pues, era el resultado de la majestuosa enchufada a su culo que le había dado con mi trola.

    Ante tamaña inflamación pedí que me trajesen hielo y ungüento de manzana e ipso-facto procedí a darle un buen tratamiento que pronto surtió efecto.

    Mientras esperábamos a que nos trajeran el hielo y el ungüento, nos alcanzaron el almuerzo a mi recámara y ella procedió a interrogarme más o menos así mientras comíamos:

    ―Dime la verdad, ¿desde hace cuánto me lo querías hacer?

    ―Pues... la verdad… me gustaste desde que te vi.

    ―Sí; pero, ¿desde cuándo querías hacérmelo?

    ―Creo que desde ese momento.

    ―¡¿En serio?!

    ―Pues, sí.

    ―Y ¿cómo sabías que yo quería que me lo hicieran primero por atrás?

    ―Ah, eso recién lo descubrí hoy.

    ―No entiendo

    ―Veras siempre me gustaron tus nalgas. Creo que tienes una cola preciosa. Así que cuando las tuve a mi alcance quise darme el gusto; pero, al hacerlo descubrí que te gustaba mucho lo que te hacía y bueno una cosa llevó a la otra y ya vez.

    ―Eres maravilloso –y me besó.

    ―Ahora dime ¿Por qué querías hacerlo por allí?, ¿Por adelante no te gusta? –sonriendo me respondió.

    ―La verdad… nunca lo he hecho –y continuó ruborizada- Soy virgen… o mejor dicho, casi…

    ―Ahora el que no entiende soy yo.

    ―La verdad es que ni yo misma lo sé; pero… desde hace mucho quería probar que se siente que me lo metieran por la cola… Lo había pensado mucho y no se… Alguna vez leí que a veces se debe a que a una le han puesto muchos enemas o lavativas ¿me entiendes no? –yo asentí- y bueno mi madrina siempre me las ponía incluso ya de grande… Una vez vi en una revista como un chico le metía su cosa a una chica por la cola y desde entonces quise probarlo.

    ―¿Y pensabas que lo harías conmigo?

    ―La verdad, la verdad… no. Si me gustaste desde el comienzo; pero, no lo tenía pensado… Pero, no me arrepiento.

    ―¿Me dejarás continuar enseñándote más?

    ―Sí –selló su lacónica respuesta con un beso.

    Luego de esto llamó por teléfono a casa de su madrina y dejó dicho que se quedaría en casa de una amiga hasta al día siguiente (la típica excusa) y al parecer resultó.

    Después de esto vino lo del tratamiento de su cola con el hielo y el ungüento y eso fue excitándonos a los dos.

    Cada que le ponía el hielo ella cerraba sus glúteos y eso lo tomé como excusa para darle de nalgadas. Eso al parecer la fue calentando y antes de que terminara con "su tratamiento" ya estaba besando y mordiendo los ricos cachetes de su culo; mientras ella reía y gemía a la vez.

    Yo estaba consciente de que Tatty tenía la cola adolorida y maltrecha; y, que sería una desconsideración mía metérsela por allí otra vez; sin embargo, mis deseos eran superiores a mi razón; así que sin consultárselo decidí que era hora de dejar que mi verga recorriese su deliciosa conchita; total aquello resultaría más sencillo.

    Para entonces mi Tatty reposaba sobre mi cama, con el culo bien levantado gracias a la ayuda de almohadones; mientras que yo arrodillado a su lado le colocaba hielo y ungüento de manzana entre sus dos cachetitos.

    Poco a poco y desde allí fui descendiendo con mis masajes desde su culo hasta su coñito y al llegar allí descubrí que sus labios estaban húmedos. Eran un par de carnecitas tersas, rosadas y palpitantes que cabían en la palma de mi mano con toda comodidad. Así que, si al comenzar la tarde se los había estrujado sobre la tela de su calzón ahora sólo me provocaban disfrutar de ellos por toda la eternidad.

    De éste modo fui adueñándome de aquél coñito y mi mano fue descubriendo que al abrirse y al cerrarse sobre él le aumentaba el placer y por supuesto la humedad.

    Tatty paulatinamente fue acelerando las contracciones de su coñito mientras que sus gemidos delataban su excitación.

    Mis ganas de metérsela eran tremendas; así que, sin más excusas cogí mi verga por su base, la dirigí a su entradita; así bocabajo como estaba, y empecé a empujársela mientras que con mi izquierda acariciaba sus nalgotas que aún las mantenía elevadas.

    Ante mi primer embiste Tatty protestó con un sonoro y quejumbroso:

    ―¡Auuusshhhh…!!!, pacito, pacito, que duele…!!!

    Pero, para entonces mi falo ya había tropezado con su himen y se lo había llevado de encuentro "hasta el rincón de las ánimas" (como suele decirse en el fútbol).

    La sensación que en aquel momento sentí fue lo máximo, fue como volver a nacer. El quejido que mi verga arrancó de los labios de Tatiana al abrirle su coñito fue como un renacer para mí.

    Entonces, saque me pedazo de su pequeño huequecillo y al verlo embadurnado con su sangre, me sentí orgulloso de mi suerte y empecé a ensartársela con toda la maestría que mis años de experiencia me otorgan.

    Mi tarea no tardó en dar sus primeros frutos y pronto tuve a Tatty jadeando y bamboleando su cola para darse más placer.

    Aquella pose la enloqueció y así la tuve por largo rato, hasta que decidimos probar nuevas posturas.

    Su coñito me estrujaba la verga cada vez con más entusiasmo; pero, no logró doblegar mi resistencia y le trabajé su agujerito por cerca de una hora hasta dejárselo bien habilitado; porque eso sí, uno debe darle a la mujer un buen estreno para que nunca más vuelva a dolerle al hacerle el amor.

    Después de varias poses la coloque debajo de mí y con sus piernitas recogidas sobre sus tetitas le aceleré a mis embestidas hasta hacerla correrse por enésimas vez; entonces concentré todos mis sentimientos en aquel maravilloso momento y descargué todo mi leche dentro de su cuevita recién estrenada. Aquello fue maravilloso; yo descargándole todo mi semen y ella gritando y pataleando al mismo tiempo.

    Cuando ambos descargamos todo sucumbimos a un profundo sueño que duraría varias horas. Cuando desperté Tatty aún dormía.

    Desde entonces han pasado más de dos años y aunque Tatty tiene como novio a un tal Enrique y yo también he tenido otras parejas, ambos seguimos acostándonos cada vez que podemos y espero que continuemos así.

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