Cambiador número dos (Parte final)

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Pues, pasó lo que tenía que pasar y mucho más. Final de mi experiencia masturbatoria

Sin más me metí en el cambiador, resuelto a llevar las cosas hasta un límite que estaba por descubrir.

Conmigo llevé el teléfono celular, y una determinación semejante a la de aquella vez primera en el cibercafé, cuando quise masturbarme y no pude hacerlo. Me pareció notar que Jimena intentaba detenerme, y muy nerviosa miraba hacia donde estaban las chicas, que dicho sea de paso estaban absortas conversando de cara a la calle, sin apenas prestarnos atención.

Volteé la cabeza antes de ingresar en el cambiador número dos y sonreí ligeramente. Esta vez dejé levemente corrida la cortina del cubículo. Si Jimena era tal cual yo la imaginaba, pues no aguantaría la curiosidad y querría comprobar si era cierto aquello que yo había señalado acerca del espejo que abarcaba el ancho de la pared.

Me aseguré de dejar corrida la cortina tanto como para que viera desde el exterior, pero no demasiado... Pues si se acercaban al probador de ropa mis otras dos compañeras, no quería que me viesen haciendo una locura.

Me miré en el espejo entendía que tenía que ser cauto, pero también veloz para concretar lo que sea que estuviese por hacer... No tenía un plan, pero sí estaba lleno de coraje y calentura.

Lamentablemente desde el interior del cambiador no podía mirar hacia afuera; no sabía Jimena estaba o no mirándome. Quería creer que sí... Necesitaba pensar eso.

Me miré nuevamente en el espejo y comencé a desabrochar mi pantalón de jean, asumiendo que Jimena estaría mirándome absolutamente espantada y nerviosa. Pero también pensé que cuando los nervios se le esfumasen podría calentarse, pues la situación era en extremo morbosa. Las voces de Nancy y Marisa se oían lejanas, así que evidentemente estaban ellas todavía en la puerta que daba a la vereda del negocio. Esto me animó y dejé caer mi pantalón, al tiempo que levanté mi remera para que se vieran mis abdominales. Recién entonces abrí la cámara fotográfica de mi teléfono celular.

No necesité mirar mi pija para darme cuenta de que estaba chorreando de calentura. La tenía dura y la punta del glande estaba brillosa y resbalosa. Sentía unas ganas locas de masturbarme, pero seguí con el plan y me limité a hacer algunas fotos porno, tremendamente porno. Estaba pensando ya que Jimena disfrutaría muchísimo al verlas.

Entonces recobré la poca conciencia que habitualmente tengo y me dije que tenía que salir al instante del cambiador, antes de que alguien más notase que algo raro ocurría conmigo. Tampoco me quería quedar sin trabajo por un juego sexual.

Cuando salí del cambiador me topé con una imagen inesperada: las chicas estaban en el mostrador conversando con Jimena.

¿En qué momento se habían acercado? ¿Jimena me había visto desnudo, a través del hueco de la cortina corrida, o yo había echado a volar mis fantasías y nada de eso había pasado?

Me quedé con las ganas de mostrarle a Jimena las fotos pornográficas. No tuve un solo momento de intimidad en el resto del día; y cuando estábamos por terminar la jornada, apareció Ana y se fueron juntas.

Me quedé conversando con Nancy y Marisa, mientras hacía la caja del día y ordenaba las facturas de lo vendido en las últimas horas. La dueña del negocio me había dado la orden de cerrar y no esperarla. Yo tenía llave, así que procedí como hacía normalmente.

Marisa estaba rara, tal vez un poco enferma o desganada. Yo no alcanzaba a descubrir qué le ocurría. Pero a los pocos minutos se acercó al mostrador, mientras Nancy acomodaba unas prendas de vestir, y comenzó a hablarme de manera irreverente.

―¡Qué cara de puta tiene Ana, ¿eh?! ―gruño con gesto desdeñoso―. Me revienta cuando viene a buscar a Jimena apenas cerramos la tienda... Qué se cree, que vamos a robarle a esa flaca escuálida ―dijo alzando las cejas―. Jimena es buena mina, pero su novia es un asco y es tan estúpida y altanera que la odio... ¿Saben qué? Mejor me voy a casa, antes de que me enferme de nuevo.

Yo estaba ensimismado, un poco encabronado porque Jimena se había ido sin que yo pudiera enterarme si había visto o no mi pija parada. Así que no le di bolilla a Marisa, ni tampoco me sorprendí por los comentarios de mierda que hizo. Resulta ser que Marisa no era buena mina, y esto en ella era algo habitual.

Me saludó y luego le pidió a Nancy que a su espalda cerrase la puerta con llave, como hacíamos siempre por seguridad. Yo estaba por contar el dinero recaudado.

Ni ganas tenía yo de charlar con Nancy, así que permanecí en silencio y terminé de hacer la caja del día. Yo quería irme de inmediato, pero mi compañera parecía estar acomodando el despelote de prendas sueltas más lentamente que otras veces. Me puse a tontear con el teléfono y verifiqué las fotos que más temprano me había tomado en el cambiador número dos. En la calentura que tenía cuando imaginaba a Jimena mirándome, no me había dado cuenta y había tomado no menos de diez fotos. Seis o siete eran bastante malas, a decir verdad.

Entonces ocurrió aquello que yo jamás hubiese esperado...

―¿Por qué nunca te reís conmigo? ―me preguntó Nancy. Yo la miré confundido, en silencio―. Sí, no me mires con esa cara... ¿Es que te parezco tonta o algo así?

―No... ¡Por Dios, Nancy! ―contesté avergonzado sin saber por qué―. ¿Cómo se te ocurre?

―Yo sé que no soy como Marisa, y menos aún como Jimena ―dijo en tono quejumbroso―. Pero ¿te creés que no me gustaría sentirme como se sienten ellas?...

“¿De qué mierda habla?”, pensé embrollado. No atiné a contestar.

―Y me molesta sabés por qué... ―agregó irritada―. Puedo entender que mires el culo de Marisa y te babees imaginándolo... No tiene caso restarle mérito. ¿Pero desear a Jimena, que es lesbiana...? Eso para mí es un insulto.

Yo permanecía estupefacto. Jamás había escuchado insultar a Nancy.; mucho menos la había escuchado alguna vez hablar en esos términos.

―Tu culo está muy bien, Nancy ―dije en un arrebato. No sé por qué dije tal estupidez.

―Pues parece que encima mentís... Nos conocemos hace un año y jamás me miraste.

Esto último sí que me extrañó. Pensé que me estaba haciendo una joda, o que estaba tramando alguna jugarreta y querría hacerme confesar una burrada sexual que luego me podría costar el mismísimo empleo.

―No digas locuras, Nancy. ¿De qué hablás? Vos tenés novio... Además, no puedo andar diciendo si te miro o no el culo.

Ya me había puesto nervioso. La verdad es que sentía mucha desconfianza.

―Y ¿cómo lo tengo? ―preguntó en santiamén―. A ver si no mentís...

¡Dios mío! De pronto, entre el susto que sentía y los nervios que me acogotaban, noté que esa pregunta impactaba en mi bajo vientre. No pude más que pensar que estaba loco y nunca terminaba de escarmentar.

―No entiendo... ―balbuceé incómodo. No podía dar crédito al comportamiento de mi compañera―. ¿Qué querés que te diga, Nancy? Si te lo describo, vas a pensar que soy un degenerado.

―¿Cómo lo tengo? ―repitió con tono agresivo.

“Tengo que resolver esto”, me dije en un segundo. Algo me hacía suponer que Nancy estaba preparándome una trampa.

―Lo tenés lindo ―respondí de modo gentil, sintiéndome tonto.

―Eso confirma mi teoría: me crees tonta...

―¿Qué se supone que tengo que decirte...? ―exclamé―. Me ponés nervioso.

―Jimena te mostró el culo, ¿verdad? La muy puta... ¿Te lo mostró?

―No, qué... No, cómo me va a mostrar el culo, Nancy. Qué decís, por Dios. Jimena es lesbiana... o ¿no te acordás?

―Sí, me creés tonta... ―insistió―. No importa si tengo novio. Quiero que me muestres lo que hacías con Jimena en el cambiador... O ¿creés que no me di cuenta?

“La puta madre... ¡Estoy frito!”, pensé.

―A ver, dale... ―agregó. Su voz adquirió un matiz picaresco―. Decime qué hacen en el cambiador.

―Nada, Nancy. ¡Te juro!... Nunca entramos juntos... ―confirmé como un mamerto―. Unas fotos nomás. Eso, nada más...

―¿Unas fotos?... ¿Qué significa eso? A ver, mostrame...

Y se dirigió al cambiador número dos. Descorrió la cortina y me miró expectante. Yo me quedé clavado en la banqueta, detrás del mostrador. “¿Qué mierda se propone?”, me dije asustado. “Me va a chantajear... No lo puedo creer”.

―Vení para acá ―dijo con tono grave.

Y yo tuve que acceder. Abandoné la banqueta y decidí acercarme. Ella me vio y agregó:

―Traé el teléfono, obviamente.

“Dios, Nancy es re puta”, pensé. A pesar de que me sentía asustado, mi pija estaba parada. Tomé el teléfono celular, que estaba sobre el mostrador, y fui al encuentro de Nancy. Ella estaba parada en la entrada del cambiador.

―Metete ―me ordenó.

Jamás alguien me había dado una orden así. Me provocó morbo eso.

Me metí con la cabeza gacha, arrastrando los pies.

―¿Qué hacías? ―preguntó―. Todavía no entiendo...

―Fotos... Ya te dije.

―Bueno, a ver. Mostrame qué fotos. No hay nadie que pueda interrumpirte...

¿Nancy había seguido cada uno de mis pasos con Jimena? Me sentí prácticamente humillado, a la vez que perdí todo dominio de la situación.

―¿Enfrente tuyo? ―balbuceé.

La idea me había empezado a calentar.

―Más vale... Quiero ver cómo lo haces. O pensás que como tengo novio nunca vi la pija de otro hombre.

Oír cómo me hablaba también me estaba acobardando. Me sentía a su lado pequeño, también disminuido.

―¿Qué esperás? ―me apuró. Seguía apoyada contra el borde del cubículo de madera. La cortina permanecía completamente abierta y yo en el interior, a un metro de distancia, bajo su mirada acechadora.

Me paré delante del espejo y ya no volví a hacer contacto visual con Nancy; ahora la miraba a través del vidrio. Encendí la pantalla de mi teléfono celular y miré vacilante a mi compañera.

―¿Hago fotos? ―pregunté.

Ella gesticuló con aire altivo y me dijo que procediera.

Yo, tan nervioso como no había estado nunca, abrí la cámara del celular y traté de hacer foco sobre mi cuerpo. Me sentía estúpido. Jamás había visto a Nancy mirarme de modo tan agresivo y dominante. Se mantenía parada, casi inmóvil, cruzada de brazos en la entrada del probador de ropa. ¿Estaba yo en un sueño o mi compañera había perdido la cabeza?

Lo primero que hice fue sacar fotos de mis abdominales, al tiempo que miraba de reojo a Nancy. Seguía preguntándome en silencio cómo mierda era el culo de mi compañera de trabajo. Creo que lo tenía flaco...

Entonces tuve que decir algo, porque el silencio me estaba matando.

―Nunca pensé que te gustarían estas cosas, Nancy.

Ella no pareció atender a mi comentario. Me miraba a través del espejo, como hipnotizada.

―¿La tenés parada? Sí, creo que sí... ―se respondió―. Hacé fotos de tu pija ya mismo... ¿No es eso lo que hacías para Jimena?

En este punto noté que ya no podía defender mi posición. Además, estaba perdiendo todas las precauciones.

―¿Estás segura? ―balbuceé, entendiendo que el juego había empezado.

―Sí, mostrá la pija y sacale fotos... Y esas fotos van a ser para mí, ¿eh?, no para la puta de Jimena. ¿Está claro?

Esta nueva advertencia hizo que me calentara muchísimo. Nancy tenía el control...

―Como digas... ―balbuceé, y desabroché mi pantalón para dejarlo caer lentamente hacia mis tobillos.

Nancy parecía absorta en los detalles... Me estaba gustando el juego.

―Mostrá la pija... Quiero ver si es grande. Por algo Jimena debe calentarse...

Y esto me terminó de encender, realmente.

―A veces me siento bastante puta... ―dijo con un ligero cambio en el tono de la voz―. ¿Es tan difícil de creer?

―Para nada, Nancy.

―Pues ahora me siento muy puta... Y no quiero que digas nada. Seguí haciendo tu trabajo. Mostrá tu pija y no dejes de sacarle fotos.

Y yo, casi enloquecido, entre foto y foto, comencé a masturbarme y mirar con lujuria a mi compañera de trabajo. Quería hacerlo con suavidad, para no acabar en cuestión de segundos. Miraba a Nancy a través del espejo, nunca directamente (ella tampoco lo hacía), y no podía creer lo que estaba pasándome.

―Me gusta mirar porno ―dijo ella en un balbuceo―, y cuando miro pijas como las tuyas termino masturbándome porque mi novio tiene pija chica. ¿Entendés? Soy puta y también desgraciada y miserable. Merezco lo peor... Tu pija me calienta.

Oír esto casi provoca una eyaculación. Detuve el suave masaje de mi pija y miré a Nancy. Ella había cerrado los ojos y yo no lo había notado.

Pero abrió los ojos, y con mueca algo desencajada dijo:

―Si me novio nota que estoy mojada, ¿qué voy a decirle...? ¿Eh? Es por tu culpa, Martín, por tu culpa.

―Jamás va a enterarse ―dije por decir algo―. ¿En verdad tenés la concha mojada, Nancy?

―Creo que estoy hecha un desastre... ―Y en un reflejo atinó a palparse, aunque por encima del pantalón―. Sí, mi tanga está empapada... Voy a tener que sacármela antes de llegar a mi casa.

―Y claro... Podrías sacártela ahora mismo.

―Vos me creés muy puta, ¿verdad? ―murmuró, ya absolutamente caliente―. No me voy a sacar una foto jamás... ¡Eso olvidalo! Que Jimena te dé los gustos... ¡¿Oíste?!

Y entonces, cuando lo mejor estaba por venir, pasó algo terrible...

―Voy a hacer lo que me ordenes ―le dije mecánicamente.

Nancy me miró y una sonrisa se le dibujó en sus labios. Su oído se aguzó y pareció descubrir algo que yo no había advertido.

―Viene alguien... ―farfulló asustada, y rápidamente abandonó la entrada del cambiador.

Yo, con la pija y la mano empapada por mi propia lubricación, cerré la cortina del cambiador con un brusco movimiento y comencé a vestirme a la velocidad de un rayo.

Nancy abrió la puerta del negocio y dejó pasar a Marta.

―¡Hola, Marta! ―Escuché a Nancy saludar, con su habitual voz de niña ingenua.

“Dios mío”, pensé. “La vieja... ¿Por qué mierda aparece justo ahora?”.

Y lo próximo que ocurrió superó los límites retorcidos de mi imaginación.

―¿Y Martín? ―preguntó Marta.

―Ahí atrás, desnudo en el cambiador... ―dijo Nancy de manera terriblemente traicionera. La sangre se me congeló y pensé con desesperación que iría a desmayarme.

Se me cruzaron miles de cosas por la mente, pero ninguna de ellas me llevó a la acción. Estaba paralizado.

―¿Lo está haciendo? ―preguntó Marta, casi en un murmulló. Alcancé a oír la pregunta de mi jefa porque yo estaba aterrado y mis sentidos se había disparado.

―Lo sorprendí, Marta. Le juro que fue muy desagradable. Hace en el cambiador lo que tanto temíamos...

No podría yo explicar la insólita vergüenza que inundó mi corazón. Pasaron unos segundos y abandoné el cambiador número dos. Marta, que estaba parada detrás del mostrador, me miraba con aire reprobatorio pero permanecía en silencio, tal vez para martirizarme aún más. Nancy estaba parada a su lado, de brazos cruzados, con una ligera mueca de satisfacción en su rostro.

No pude defenderme... Mis ideas no fluían y la lengua me pesaba como para hablar. Dije, únicamente, que enviaría mi telegrama de renuncia. Eso fue todo. No podía pensar en otra cosa que no fuera abandonar el local y ya no mirar la cara de las dos mujeres. Deseaba que el asunto se enterrase para siempre... No quería imaginar qué pasaría si Marta presentaba una denuncia o algo parecido.

Me fui aturdido, sin emitir más palabras, sin hacerle a Nancy un solo reproche.

Ese fue mi último día en la tienda de ropa. Jamás volví a caminar cerca del lugar y jamás pude saber si Nancy, Marisa y Jimena ―aprovechando mi ausencia― seguían trabajando allí.

Esto pasó hace dos años. ¿Fue un complot? No podría hoy afirmarlo... Lo que sí puedo decir es que me quedaron pocas ganas de pajearme en lugares que no sean seguros.

Otra mala y frustrada experiencia, según se vea.

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