INICIO » Categoría » Historia del chip (040): Una mujer de mundo (Kim 015)

Historia del chip (040): Una mujer de mundo (Kim 015)

  • 22
  • 5.182
  • 8,93 (14 Val.)
  • En alguna ocasión, Roger le preguntaba si quería sexo. A Kim le costó entender la pregunta hasta que por fin descubrió que se refería a si deseaba un orgasmo. Para ella, siempre estaban haciendo el amor. Y desde que lo supo, no le engañó, ya que lo ansiaba con todo su ser, pero le dejaba elegir a él

    Roger no tardó demasiado en volver y a Kim le preocupó que siguiera triste. No le contó nada de su viaje y tampoco le explicó el motivo de pertenecer al club al que había sido entregada.

    —¿Y tú te has divertido? — le preguntó después de eyacular en su boca, en el hotel.

    —Mucho. Pero no sé si se habrán quedado satisfechos conmigo. Y mi culo está dolorido.

    Roger le acarició el pelo antes de besarla.

    —¿Molesta?

    —No, idiota. Pero quizás alguno de ellos lo esté. Es difícil dejar radiante a un hombre si no sabes cómo complacerle. Y no tenía ninguna experiencia sobre eso.

    —¿Y orgasmos?

    —No ha habido. Pero me ha costado— confesó ofreciéndole los pechos. Roger aceptó la oferta y empezó a pellizcarle los pezones.

    —Eso siempre nos gusta a los hombres.

    —Lo que no entiendo es cómo es posible que el chip no esté activo en el club. ¡Ni siquiera me lo dijiste!

    — No tenías por qué saberlo si no ibas a tenerlos.

    Kim no se molestó. Tenía unas reglas. Lo importante era que no le había contestado.

    —¿Y tú y tu brasileña? — preguntó Kim. Recibió nuevos estímulos si bien no apartó los senos. Le gustó haberle hecho reaccionar.

    —Te aseguro que no puedo hacerle esto a pesar de que tiene un cuerpo de ensueño.

    —¿Entonces… por eso estás conmigo?

    —Contigo tengo muchas ventajas, amor. Estoy cansado de hablar. Te he traído un regalo.

    Sacó una cajita envuelta en celofán y Kim la abrió con inquietud. Dentro había tres pinzas.

    —Ya tengo pinzas. ¿Esto es un regalo?

    Se arrepintió al percibir la decepción en su rostro. Era importante para él.

    —Son para que duermas con ellas. Son ligeras y cómodas, aunque dolerán bastante. No son tan fuertes como las que usamos habitualmente. Las de arriba son algo más molestas.

    —¿Me las pongo ahora? — preguntó Kim casi sin inmutarse.

    —Sí, por favor. Quiero que las lleves siempre en la cama o durmiendo.

    —¿Siempre?

    —Sí, cuando tenga ganas de tocarte los pezones las retiraré. Luego si yo no te las he colocado, tienes que volver a ponértelas.

    —Está bien, pero si estoy contigo prefiero que me las pongas tú.

    Kim sabía que prefería ajustar primero las de arriba. Cerró los ojos y puso los brazos en la nuca ofreciendo los senos sin titubeos y con arrogancia. Altiva y recta. Las pinzas eran molestas sin poder compararse con algunas que había llevado en su momento. Abrió las piernas todo lo que pudo para ofrecer su clítoris. Nunca le había puesto nada allí así que le costó no cerrar las piernas y mantener los brazos detrás de la nuca. El dolor la paralizó un momento hasta que Roger le dio un beso. Kim no movió los brazos, suponiendo que el preferiría que los dejase dónde se hallaban.

    —¿Preparada?

    Kim se preguntó a qué se referiría. ¡Le iba a retirar las pinzas recién puestas! Roger se las quitó sin miramientos, no permitiendo que se acostumbrase a la sensación de llevarlas. Suspiró. Roger esperó unos segundos antes de acariciar los pezones liberados. Segundos angustiosos para ella. El deseo era tan intenso que casi tuvo un orgasmo.

    —Tranquila. Nada de irte, intenta evitarlo— ordenó Roger.

    —Es más fácil decirlo que hacerlo— replicó Kim, irritada más con ella misma que con él.

    —Lo siento, amor. Vamos a dormir un poco.

    Kim se acurrucó con las manos por delante. Le acarició el pecho a través de la camisa.

    —¿Puedo pedirte algo? — preguntó.

    —Sé qué quieres.

    Roger se quitó la camisa, aunque no los pantalones y dejó que ella pudiese tocarle el torso desnudo.

    —Gracias— dijo él cariñosamente. —Te las pongo de nuevo.

    Kim notó como le cerraba el metal el pezón derecho antes que el izquierdo. No pensaba que fuera a dormir… equivocándose.

    *—*—*

    Los siguientes meses fueron un carrusel. Roger iba y venía a su gusto, llevándose casi siempre a India 2, 3 o 4, mientras Kim era entregada a Mike 2 o Mike 3. Casi nunca dormía sola y no había vuelto a tener un sólo orgasmo. Era más difícil que nunca sabiendo que el chip no estaba actuando. La falta de impedimento físico era una tortura en sí misma. Siempre llevaba las tres pinzas si estaba en la cama, aunque fuera para una simple siesta.

    Solían usar su culo, siguiendo las preferencias de Roger. A veces, para variar, eyaculaban en su boca. Cuando Roger llegaba y devolvía alguna mujer al redil, solía llevarse a Kim al hotel y practicaban sexo durante horas. Luego volvían a la rutina habitual de taparrabos, playa, voleibol y exhibición continua por la isla. Kim nunca llegaba a entender las idas y venidas de Roger. Por suerte, casi nunca estaba más de un par de semanas fuera.

    En alguna ocasión, Roger le preguntaba si quería sexo. A Kim le costó entender la pregunta hasta que por fin descubrió que se refería a si deseaba un orgasmo. Para ella, siempre estaban haciendo el amor. Y desde que lo supo, no le engañó, ya que lo ansiaba con todo su ser, pero le dejaba elegir a él. Una cierta soberbia se traslucía en la mirada de Roger, como si poseer esa autoridad sobre ella fuera lo más esencial del mundo.

    Kim no llegaba a entender qué hacía tan significativo sus orgasmos. Hablaba con las otras amantes de Roger, nada le hubiera impedido indagar sobre sus escarceos. Roger las trataba con consideración, follaba de manera habitual y ninguna se quejó nunca de falta de espasmos. Llegó al entendimiento de que las demás chicas del club tenían permiso para tener culminación y no podían hablar o preferían no hablar de ello. Y eso hacía todavía más misterioso que el chip no actuase en el club.

    Una parte de Kim resolvió que, si Roger deseaba o necesitaba tenerla de esa manera tan extraña, tan posesiva, ella podía asumirlo. Después de todo, él siempre había requerido esa devoción por su parte.

    Un día, -después de una perfecta sesión de voleibol-, se dieron un baño caliente y él le dijo que tenía un nuevo regalo. Kim conocía la necesidad de Roger de que la aceptación fuera completa y sin fisuras. Eran tres pinzas como las que llevaba puestas en ese momento, pero con la diferencia de que partían tres cadenas de las que colgaban tres pequeñas bolas redondas y doradas. Burlaban a la vista. Cualquiera creería que eran más bien elementos decorativos pero su peso sería difícil de aguantar. Kim puso las manos en la nuca para que Roger pudiese colocarlas y también denotando qué se sometía el regalo. Roger se explicó primero.

    —Las pinzas son más fuertes que las que sueles llevar porque si no podrían caerse. Atormentarán un poco más y, como ya sabes, eso hará que sea más duro cuando tu amante te las quite.

    Kim no pudo dejar de notar la expresión tu amante, la forma en que Roger lo había recalcado. Tuvo la paciencia de esperar a que Roger acabase de engrandecer los pezones, notando su ansiedad. A Kim le parecía en ocasiones que Roger no confiaba del todo en ella, ¿por qué si no esa inquietud?

    Después de colocarle las pinzas de arriba, le pidió que se levantase del agua. Kim estaba tan acostumbrada a moverse con sus artilugios que ni siquiera se planteaba el dolor que surgió. Llevó los brazos delante y vigiló para no resbalar en la bañera o caer a algún lado. Su piel, olivácea y mojada, tan sensual que a Roger le daba erecciones de contemplarla, apareció brillante. Kim abrió las piernas para ayudarse y ofrecerse mientras le ponía la tercera pinza con su borla, a la vez que llevaba la atención a los senos. No por el dolor, -siempre presente y un poco más agudo por la nueva fuerza del metal-, más bien por el traqueteo de las bolas. El movimiento era erótico y excitante a pesar del tormento, entre constante e imprevisible.

    El tirón en el clítoris era más difícil de soportar. La pinza que había llevado era menos dolorosa y sin peso que tirase hacia abajo. No sólo no protestó, sino que se quedó quieta permitiendo que su amante la contemplase extasiado. Pocas veces tenía la oportunidad de ver la expresión de Roger y ahora era de embelesamiento. La adoración que sintió por su parte la hizo más consciente del amor entre ambos. Su papel era ser admirada, la de él disfrutar de la belleza que brotaba.

    Y para colmo, Roger comenzó a acariciarle los muslos, despreocupado del dolor que afligía a Kim, como si no hubiera otra cosa mejor que hacer o, -puede-, nada más importante. Kim se volvía loca en cuanto Roger acariciaba esa zona de su cuerpo. Cuando lo hacía con tanta pasión y fervor, no podía hacerla más feliz.

    Para facilitarle la tarea, se movió levemente, dejando sus piernas enfrente de sus ojos. No apareció ninguna duda, no dejó de moverse por el dolor. Roger aceptó la ofrenda y disfrutó de la borla colgante del clítoris, enmarcada por los muslos más deseables que se pudiera imaginar.

    Después de pasar una eternidad, Kim se movió para besarlo. Roger aprovechó para quitarle las pinzas de los pezones, darle las borlas, que Kim se encargó de coger con cada mano y llevarlas a su espalda, para ofrecerle los pezones ahora libres. Poco después, Roger descargaba en su boca. Como colofón, le quitó la pinza del clítoris, provocando un nuevo suspiro interior en Kim ante la llegada de la sangre a la zona. Pero no le importó en absoluto.

    Roger puso más agua en la bañera y la dejó a solas como si proseguir juntos no fuera soportable. A Kim le gustaba esa sutileza de Roger, aunque casi no la manifestase. Esa capacidad de ser galante justo cuando más cruel parecía. Antes de dejarla le dijo: “Quiero que tengas un orgasmo, justo antes de que me vaya mañana. Ponte guapa, maquillaje rojo. Iremos a cenar fuera. Te dejare un vestido en la cama. Saldremos en dos horas.”

    Kim solo asintió levemente, tendría tiempo de sobra de relajarse en la bañera. No necesitaba casi tiempo para maquillarse. Y el vestido tardaría un minuto en ponérselo.

    *—*—*

    Después de unos días, Roger se volvió a ir, sin olvidarse de dejar instrucciones concretas. Esta vez Kim no se quedaría en el club, sino que se iría con Mike 3 y Mike 7 a recorrer Córcega. A Kim le agradó el plan hasta que supo cómo iba a ser el paseo turístico.

    El primer día fue el más difícil. Se sentó en la parte de atrás del vehículo mientras los dos hombres se quedaban delante. Se puso las pinzas con bolas y se movió hacia delante apoyando los brazos en los asientos delanteros y manteniendo las piernas abiertas. Las tres bolas colgando. En cuanto el coche empezó a moverse, comenzaron a agitarse por el traqueteo.

    Mike 3 y Mike 7 fueron muy solícitos con ella durante el viaje. Paraban cada dos horas para descansar, tomar algo, ver el paisaje y, sobre todo, para que las zonas sensibles de Kim pudieran descansar. Al salir del coche, llevaba únicamente los tacones ultra altos, que ya parecían ser costumbre. Nunca podría caminar cómodamente con ellos y tampoco quedarse de pie mucho rato, así que si Mike 3 y 7 se turnaban para llevarla en los hombros si se alejaban del vehículo para ver una ermita o explorar un sendero.

    La humillación que sentía Kim era pareja a su continua excitación. Mike 3 y 7 también estaban calientes y no perdían la oportunidad de usarla a sus anchas cuando lo consideraban conveniente. Aunque trataban de penetrarla por detrás únicamente, en ocasiones descargaban en la boca de la novia prestada si su erección no les permitía esperar demasiado.

    Al tercer día de viaje, Kim ya era capaz de disfrutar mínimamente del paisaje y no estar sólo pendiente de las esferas y su momentum. Apreció la isla y sólo lamentaba no recorrerla con Roger. Diez días después ya estaban en el club. Mike 2 le dijo que Roger no había llegado y que no podría dormir allí. Le entregó un atuendo y le dijo que tendría que buscarse la vida. Pareció lamentar tener que echarla pero explicó que eran órdenes de Roger. Debía llamar cada día para que informarla de cuándo llegaba Roger o por si tenía algún problema.

    El atuendo que le entregó era una malla, similar al top de prostituta que portaba cuando fue por primera vez al club. Los tacones eran los acostumbrados hasta hacía poco tiempo, antes de los imposibles. Se puso la malla/vestido, comprobando que se ajustaba a su piel como un guante. Estaba tan acostumbrada a mover las piernas con lentitud y a pasos cortos que con el actual calzado sus caderas y sus pechos iban de lado a lado sin remisión.

    Hubiera preferido ir desnuda. Eso en Córcega destacaba menos que ese vestido. Y los tacones le parecían ahora bajos comparándolos con los verticales. Supo que los había elegido Roger porque todo era rojo. Mike 2 le dio también unos pendientes de aro abiertos. Le indicó que no debían quitárselos nunca, ni siquiera en la cama, estuviera sola o acompañada.

    —¿Debo prostituirme? — preguntó Kim que no sabía cómo iba a pagarse una pensión o una simple comida al día.

    —Eso sería muy fácil. Roger prefiere que busques amigos. Pero no puedes estar con la misma persona más de cuatro horas cada día o repetir más de tres días seguidos.

    —¿Ni siquiera para dormir? — preguntó con ansia. Mike 2 le dio tregua.

    —No. La regla es para el día. Puedes dormir con quién desees. En ese caso tienes que hacerlo con los pendientes, las manos atadas a la espalda y una venda en los ojos.

    —¿Tengo que llevar el vestido siempre de día? ¿Incluso en la playa? — preguntó, más por fastidiarle al notar como estaba disfrutando pero sabiendo que su novia nunca obedecería como ella hacía.

    —Roger no ha dicho nada del tema. El vestido es extremadamente caro. No debes dejarlo tirado por ahí— dijo Mike 2. Lo pensó unos instantes. —Cuando quieras bañarte, deberás dárselo al camarero de un bar. Luego cuando te lo devuelva, le das una recompensa.

    Kim sabía a qué tipo de recompensa se refería. Para molestarle un poco, le dio las gracias antes de ofrecerle un beso de tornillo y regalarle una erección de caballo. Conocía esas vergas a la perfección y sabía qué hacer en cada momento para levantarlas.

    *__*__*

    Al cabo de una semana, Kim tenía tres amantes regulares y dos camareros en el bolsillo invisible de su vestido. Roger llegó un par de semanas después. Kim lo esperó con cierta sensación de inseguridad. Sabía que probablemente él había estado con alguna mujer, -o con varias-, pero ella había estado con perfectos desconocidos. Ni una sola noche había dormido sola.

    Roger ni preguntó cómo le había ido en el periplo por Córcega o sobre su vagabundeo con extraños. En cuanto la cogió por banda la llevó a la cama. Kim ya no estaba tan acostumbra a las borlas colgantes y el dolor la acompañó durante la penetración ardiente y necesitada de Roger.

    Ya duchados de nuevo y con Kim en su malla/vestido, -ya que Roger quería ver como le sentaba-, empezaron a hablar de sus aventuras. En tono de broma le preguntó si creía que tendría algún problema para sobrevivir si la depositaban en cualquier ciudad del mundo.

    —Creo que sabes la respuesta— contestó Kim. Tampoco le parecía gran cosa.

    Al salir a cenar, terminaron en un bar de playa que Kim conocía muy bien. Allí estaba uno de sus guardianes de vestido. Se lo presentó a Roger, que quiso conocer la historia con más detalle. Kim se la relató y pareció muy orgulloso. Por mucho que Kim creía conocer a Roger, no entendía qué tenía de fantástica la historia y este tuvo que explicarse.

    —El hecho de que no tengas problema en venir aquí conmigo es lo que me admira. Tu falta de inhibición. Y con verle a él, que está tan contento y orgulloso, radiante. Nos haces felices y no cuestionas mis deseos.

    —Eso fue lo que me pediste hace mucho ¿no? Ser tu esclava, tu sumisa. ¿Te he decepcionado alguna vez?

    Roger cambio el tono.

    —No, claro que no. ¡Ah! Piensas que como me voy y te dejo con otros, te estoy castigando. Perdóname, amor. No quiero que imagines eso nunca.

    Volver a oír el término amor terminó por camelar a Kim.

    —No he querido decir nada parecido, pero me reconocerás que es de lo más extraño todo el asunto. Simplemente no soy capaz de acertar que tipos de fantasías tienes sobre mí.

    —Me basta con que hagas lo que se te pide. Quizás en un futuro llegues a entenderlo. ¿Cómo fue la visita por la isla?

    —Fantástica. Aunque igual fue un poco dura para Mike 3 y Mike 7.

    —Me da la sensación de que no van a olvidarla nunca. De hecho, lo extraño es que no hayan ido a buscarte.

    Kim se encogió de hombros. No era asunto suyo. Estaba siempre disponible salvo cuando Roger se hallaba en Córcega.

    —Vi que las pinzas te dolieron. Tenía pensado ir a bucear con los del club pasado mañana.

    Kim sabía a qué se refería. No había dormido con pinzas durante ese tiempo y sus zonas predilectas habían perdido un poco de su capacidad para soportar el dolor.

    —No te preocupes. Me han tratado demasiado bien los hombres. Para pasado mañana, ya estaré preparada.

    —Está bien. Me apetece un baño. ¿Vienes?

    Kim supo inmediatamente lo que quería. Dejaron a cargo de su amante/camarero/amigo el vestido de Kim y la ropa de Roger. Se bañaron un buen rato y Roger la folló con pasión. A Kim le costó no tener un orgasmo. Casi lamentó haber dejado las bolas en el hotel. Cuando Roger acabó le dijo: “Tendrás que agradecer a tu amigo la custodia, ¿no? ¿Cuánto tardarás?”

    —Dame diez minutos. Le gusta charlar y sobar un poco. Vamos juntos. Recoge tu ropa y te vas al lado contrario. A él le encantará que lo haga estando tú. No se lo esperará.

    —Nunca se lo impediría. No me gustaría perder el vestido— explicó Roger con seriedad.

    Kim casi no se dio cuenta de la broma, pero luego le golpeó con el codo. Con fuerza. Él aceptó el golpe sin rechistar.

    Cuando Kim volvió con la ropa de los dos, Roger se puso la suya y cogió la de Kim, solo los tacones y los pendientes. Llevaba tanto tiempo en la isla que ni se planteaba su desnudez. Pero para él era algo completamente distinto.

    — Te amo, Kim.

    Ella sonrió.

    *—*—*

    Roger llegó a la hora acordada. Kim estaba esperándole sentada en la cama. Se levantó como pudo pues los tacones eran tan ridículamente altos que prácticamente dejaban los pies en vertical, siendo el único sustento los dedos de los pies, un buen agarre al tobillo y un tacón de aguja fino y milimétrico. Viendo su dificultad, Roger le ofreció su brazo. Kim se disculpó.

    —Lo siento. ¿Vamos a caminar mucho? He estado probando y no creo que no pueda dar más de dos pasos sin resbalar.

    —Lo sé. No te los he dado para ir a pasear por el puerto. Iremos en taxi, pero ¿podrás caminar hasta la parada? — le preguntó casi retándola. Kim se echó a reír.

    —Sabes que sí. Pero va a ser un espectáculo.

    Con paciencia y un brazo dónde poder apoyarse no fue tan difícil. Los viandantes se giraban para verla. Kim estaba acostumbrada pero hoy notaba algo distinto en las miradas. Al preguntarle a Roger el porqué de la extrañeza, éste no tardó en explicárselo.

    —Esta isla es una maravilla. Aquí no hay día de San Valentín, pues todos los días son de amor. Aquí se celebra el día de la sumisión. Se supone que hoy te ofreces a mí, incondicionalmente. Por eso, están todos tan embelesados.

    Kim ya hacía tiempo que se había sometido, pero nunca lo habían hecho oficial, no lo habían proclamado.

    —Es como una celebración... un anuncio.

    —No sé qué nombre podemos ponerle. Ya hemos llegado.

    Roger le abrió la puerta del taxi. Kim se levantó la parte inferior del vestido para entrar. Era demasiado estrecho para hacer otra cosa. Se sentó con las nalgas desnudas y los muslos al descubierto. No cerró las piernas, tal y como tenían establecido salvo causa de fuerza mayor. El vestido era blanco, de satén y sin nada a la espalda. Tenía un fuerte escote frontal y lo que ocultaba era la mitad de la piel de los pechos, descubriendo su forma. Los pezones amenazaban con salirse a cada momento. Pero a Kim todo eso le daba igual, le bastaba con estar sentada y no estar apoyada en los tacones de aguja. Ni siquiera recordaba si los pezones habían quedado al descubierto durante la caminata, aunque con los movimientos que había realizado no es que debiera tener demasiadas dudas.

    Sonrió al recordar su atuendo de prostituta, comparado al que llevaba ahora puesto. Éste era mucho mejor, más acorde a lo que Roger requería de ella. Y también se divirtió pensando en lo mucho que le hacía sentir más desnuda ir con más ropa. Hacía mucho tiempo que no tenía inhibiciones con su cuerpo, más bien pensaba que era Roger el que no podía dejar de mirarla.

    Como premio, le besó en cuanto salieron del taxi cuidando de que los pezones rozasen su camisa y llevando los brazos a la nuca de él. Con esos tacones, casi era más alta. Hubiera podido tener el orgasmo allí mismo, sólo con los labios pegados.

    Un concierto. A los dos les gustaba el nuevo jazz y el pop suave. O las mezclas con acústica. Kim no acertó a saber de qué se trataba por los carteles. Roger le aseguró que le gustaría. No iban a la zona vip, -algo extraño-, pero sí fueron hasta el recibidor para que Roger recogiese algo.

    Al llegar al mostrador, Roger le quitó el vestido. No lo pidió, ni preguntó. Simplemente tiró de él. Kim, sin dudarlo, subió los brazos para ayudarle. Vio como guardaban el vestido una taquilla y le entregaban una ficha a Roger. Un método primitivo, nada de códigos. Igual de efectivo en todo caso.

    Fueron a por unos bocadillos y cervezas pues Roger le dijo que estarían delante y sería harto difícil conseguir nada más tarde. Kim fue previsoramente al servicio. Todavía no estaba muy lleno el estadio y pudieron colocarse en la décima fila, bastante cerca del escenario.

    —No creo que pueda aguantar de pie durante todo el concierto, Roger— confesó Kim con pesar.

    —No pretendo que lo hagas, amor— dijo Roger. Amor. Realmente estaba contento de tenerla desnuda en un concierto, de la sesión en el baño y de las pinzas con borlas pesadas.

    —¿Y cuál es la idea? — preguntó intrigada. Allí no iban a poder sentarse.

    —Te subiré de cuando en cuando— explicó Roger como si no tuviese la menor importancia. Kim se quedó de piedra.

    —Va a ser difícil cuando esté todo esto lleno de gente— objetó.

    —Pues practiquemos.

    Roger se agachó doblando las piernas y esperó a que Kim pasase una pierna sobre su cabeza. A Kim ese gesto la excitaba con sólo pensar en él. Demasiados viajes al bosque en moto. Pero no iba a realizarlo en un callejón desierto o en un bosque solitario, sino en mitad de un estadio repleto de gente. Con esos tacones la dificultad era máxima y lo único que se le ocurría era alejarse ligeramente y abrir más de lo necesario las piernas. Pero era flexible: sus piernas ya estaban delante del pecho de Roger, que la elevó agarrándola de los muslos. Kim pensó que su culo estaría a la altura adecuada para ser apreciado sin cortapisas. Sin contar que iba a ser contemplada por medio estadio. Roger la mantuvo un par de minutos arriba antes de bajarla. Fue cuando Kim comprobó que los tacones parecían kilométricos y que, si iban a estar prácticamente ocultos entre la maraña de piernas, no dejarían de anunciarse a voces cada vez que se subiese o bajase

    Roger fue delicado al ayudarla a descender y Kim tuvo que volver a abrir las piernas y elevar una de ellas más de lo recomendable para poder pasar por su cabeza. Por precaución, tenía agarrado una muñeca, sabedor de la dificultad del proceso con esos tacones.

    —Fantástico. Sigues igual de ágil y elástica— reconoció Roger.

    —Practico voleibol y natación, señor. Además de follar con medio planeta— añadió con cierto humor. —Quizás molestemos si me elevas.

    —Claro que vamos a molestar. Pero nadie va a protestar. ¿Sabes de algo mejor que ver un buen concierto con una mujer bella y desnuda en tu línea de visión?

    —Me estás comprando, señor taimado. Nunca me has llamado bella. Pero si protestan, no subiré más a tu nuca y me buscaré un negrata mientras tú te dedicas a la música.

    —Es un trato. Si otra mujer se desnuda y es elevada, tendrás un orgasmo aquí. Uno por cada chica que se muestre desnuda y arriba.

    Kim se quedó sorprendida.

    —¿Me permitirás más orgasmos? ¿El prometido no está incluido?

    —Claro que no. Y los otros son por tu falta de fe. Estarás arriba durante tres canciones, justo al final de la tercera tendrás el orgasmo. Espero que sea elocuente pero silencioso. Luego reposaremos otras tres canciones.

    Era divertido ver a Roger negociar, cuando simplemente podía ordenárselo. Kim sabía que habría más mujeres desnudas en el concierto, sólo dudaba que alguna otra se atreviese a subirse. Y ninguna habría venido con unos tacones tan incómodos a un concierto. Y, por otra parte, cuánto más fallase en su previsión más orgasmos tendría. En público y a la vista de todos.

    —Acepto, mi señor, pero no puedo garantizar precisión.

    —Me basta con tu palabra.

    Kim lo besó para sellar el acuerdo. Roger le golpeó el culo para refrendarlo. Estaba duro como una piedra y alzado tremendamente con esos tacones. Se comieron los bocadillos y se tomaron las cervezas para tener las manos libres. Comenzó el concierto. Por fin supo Kim de qué iba a ser el concierto: danzas africanas.

    Todo el mundo chilló de contento y empezó a moverse al son de los tambores. Kim se contagió y empezó a mover pechos y caderas. Estaba preparada cuando acabó la tercera canción. Ya había visto otras dos mujeres en aparente estado de desnudez. Confiaba en que no llegarían a subirse a nadie o a nada.

    Después de abrir su vagina y encerrarla en el cuello de Roger, notó como él se movía ligeramente al compás del tambor. Kim le siguió con cuidado. Roger era fuerte, sólo que dudaba que pudiese estar estable mucho tiempo en esas circunstancias. Nadie protestó ante la posible falta de visión y Kim, -muy a su pesar-, tuvo que admitir que preferían verla a ella desnuda que a los músicos. Ahora se sentía una verdadera zorra, pero no una que se vendía por dinero sino por simple sexo. Le llegó la palabra: ninfomanía. Puede que tuviese tratamiento, uno largo y costoso. Al bajar, los pies y las pantorrillas le empezaron a doler a los pocos segundos. Tendría que alternar el dolor con la humillación. Fue cuando vio a otra chica desnuda y alzada. Se fijó durante un buen rato para saber cómo la veían a ella cuando estaba elevada. Era todo un espectáculo. Le cuchicheó a Roger.

    —Te entiendo perfectamente. Dios ha sabido hacer a las mujeres.

    —¡Y qué lo digas! Me debes un orgasmo— cuchicheó Roger de vuelta.

    Kim siguió danzando. Quería vivir en ese mundo, donde Roger le imploraba los orgasmos. Ojalá durase años. Subió con esmero a su caballo-hombre, con elegancia, soltura y lentitud. La justa para que todos los que estaban cerca aplaudiesen ante la exhibición de un apetecible delicatessen femenino en estado salvaje.

    Kim estuvo inquieta durante las tres canciones sabiendo de la precisión requerida. Entre su cuerpo expuesto, su ansia reprimida largamente y su agitación interna la espera pareció inacabable. Notó como Roger cambiaba ligeramente el agarre en los muslos y Kim llevó las caderas para delante, presionando con fuerza en la nuca de su amado. No fue un orgasmo sino una sucesión corta de ellos, pues Kim pretendía abreviarlo todo lo posible. No sólo no lo consiguió, probablemente el efecto fue el contrario. Si Roger no hubiera estado agarrándola con fuerza hubiera caído para atrás. Además, Roger se agachó para llevarla hacia delante. Kim casi no tuvo tiempo de apreciar el momento posterior, siempre tan agradable, teniendo que mostrar sus cañerías húmedas a los afortunados vecinos.

    Pero en su euforia no lo tuvo en cuenta. Su sonrisa contagiosa y alegre equivalía a la sonrisa entre sus piernas. Roger la cogió por la cintura. Kim se enderezó todo lo que pudo, tal y como tenía establecido, con más rigor si cabe, para demostrarle que por el haría cualquier cosa.

    —Gracias, amor— le dijo mientras le rozaba la camisa con los pezones como tanto le gustaba. Prosiguió. —Quiero estar toda la noche con tu regalo.

    Roger asintió, feliz de que lo expresase. Sería la primera vez que no sería una imposición.

    Otras tres mujeres tuvieron la valentía de quedar tan expuestas y permitieron, -sin saberlo-, que Kim tuviera otros tres orgasmos. Al llegar al hotel se ducharon juntos y Kim fue a buscar de inmediato las pinzas con bolas. Pensó en los tacones. Se los puso antes de recoger las pinzas. Volvió al baño y esperó a que Roger le pusiese los aderezos. Ya con las pinzas en los pezones, el correspondiente en el clítoris y los tacones ultra elevados en los pies le preguntó: “¿Así te gusta más?”

    Roger asintió y la llevó lentamente a la cama. Cada bamboleo era una tortura y un estímulo para Kim. Imaginaba que Roger esperaría un buen rato antes de darle el orgasmo prometido así que trataba de apaciguar su cuerpo. Estaba tan caliente que pensó que de poco había servido la ducha.

    Se quitó los zapatos para no romper las sábanas. Y empezó a ondularse y ofrecerse. Roger optó por follarla como primera opción. Le quitó las pinzas de los pezones cuando eyaculaba como gustaba de hacer habitualmente y se quedó tumbado boca arriba exhausto después del esfuerzo tanto en la cama como en el concierto.

    Kim hubiera querido ponerse de nuevo las pinzas con bolas en los pezones para que Roger se despertase con esa imagen, pero la había dicho que no debía estar tanto tiempo con ellas, porque las nuevas eran demasiado potentes. No creyó oportuno arriesgarse. Roger era cuidadoso con esas cosas y ella debía de serlo también. Se quitó la pinza del clítoris intentando no hacer ruido o cerrar las piernas. El dolor fue espantoso. Estaba demasiado sensible después de los orgasmos anteriores.

    Fue a buscar sus pinzas habituales para la noche. Se colocó las tres y se acurrucó junto a Roger que no se había enterado de nada. Kim se durmió con rapidez. Se despertó cuando una mano soltó la pinza del pezón izquierdo. A Roger le encantaba hacerlo mientras dormían. Kim creía que era el momento más íntimo entre los dos. Era un juego de seducción. Le decía cuanto la deseaba. El penetrante e intenso dolor que Kim sentía por unos segundos quedaba acallado en cuanto los dedos acariciaban el pezón caliente y necesitado. A veces, dejaba en paz al otro pezón o también lo liberaba. Y si le apetecía volvía a encerrarlos mientras llevaba el falo a su boca para soltarlos al eyacular. Kim adoraba esos momentos. Eran tiernos a pesar de la aflicción.

    Esa noche se anticipó. En cuanto sintió la sangre en el pezón se revolvió y fue a por las otras pinzas para ponerlas en las manos de Roger, que cambió unas por otras. Eyaculó en su boca mientras las bolas colgaban de los puntos más sensibles de Kim. Roger le quitó las pinzas con bolas y sin darle tiempo a aliviar su tormento volvió a colocar las pinzas de dormir en los estratégicos lugares.

    La segunda vez que ocurrió lo mismo volvieron a repetir todo el proceso. Cuando Kim creyó que Roger iba a eyacular sacó su verga de la boca de Kim y le dijo: “Voy abajo. Ten el orgasmo cuando yo lo tenga.”

    Sin casi mirarla le quitó la pinza del clítoris y la penetró. Kim podía hacerle eyacular casi a voluntad con sus músculos vaginales, estrechos y casi virginales, -era una zona muy poco usada-, pero entrenaba la musculatura a diario. Prefirió esperar un rato. Y siguiendo con las órdenes se corrió al notar el esperma de Roger empezar a salir con las pesadas bolas colgando de los pezones.

    Roger se durmió enseguida y Kim se cambió de pinzas después de una ducha rápida. Se despertó antes que Roger y decidió levantarse a hacer el desayuno. Lo hizo con los tacones y las pinzas de bolas. Con sumo cuidado llevó una bandeja a la cama. Le costó lo suyo entre el estímulo maldito de las pesadas bolas y el giro que obligaba a dar cada paso en esos tacones.

    Roger se despertó viendo la bola central entre los muslos entreabiertos de Kim. Tuvo la erección correspondiente pero el pene le dolía.

    —Piedad— dijo en voz baja.

    Kim le devolvió el cumplido.

    —Dentro de unas horas, estará de vuelta.

    Acercó los pechos para que Roger le quitara las pinzas y posteriormente se dobló y elevó para que el del clítoris también descansase un rato. Kim se puso una camisa de Roger para desayunar con él. La primera vez que se ponía algo sin su permiso explícito. Roger lo aprobó con la mirada, sin poder dejar de valorar las perfectas piernas, eróticamente enmarcadas por la camisa. Eran una pareja.

    • Valorar relato
    • (14)
    • Compartir en redes