Fui infiel en vacaciones en Santa Clara

  • 19
  • 24.318
  • 9,62 (50 Val.)
No sé si el hijo de Juan y su amigo se habían dado cuenta que yo estaba con las lolas al aire pero ellos continuaban con sus cañas de pescar y yo sin la menor intención de ocultarme, al contrario sentía una especie de morbo al verlos allí cerca nuestro

Hola, luego de 10 meses vuelvo a escribir sobre mis deslices carnales. Muchas veces he tratado de hacerlo pero por distintas razones no he podido hasta ahora.

Me identifico como “Laura”, probablemente hayan leído alguno de mis relatos anteriores de infidelidad. Les recuerdo que soy mendocina, ahora tengo 53 años. Me vuelvo a describir: 1,53 m, cuerpo bien conservado 86-63-95, piel trigueña, mis senos son medianos pero bastante firmes, no tengo rollos ni gorduras y mi cola, piernas y caderas suelen volver loquito a más de uno. Mi esposo de 1,70 m con algo de barriga, es muy bueno conmigo. En la cama no tengo frenos ya que soy multiorgásmica y muyyyy gritona, podría decirse que soy ninfómana. Me excito fácilmente con solo pensar en el sexo y ni que hablar si tomo algo de alcohol, a los minutos pierdo los estribos. Cuando hago el amor no puedo parar porque siento como una fiebre y una cosquilla que me invade el cuerpo entero haciendo que descargue mis orgasmos uno tras otro. Mi esposo es una bellísima persona y por supuesto soy su gran atracción sexual. Las locuras que hacemos son iniciativa mía, él me sigue. No es hombre de ver páginas de sexo como estas, cosa que a mí por el contrario me encanta ver videos porno y leer relatos y distintas vivencias que han tenido otras personas. Me siento totalmente confiada y sin ataduras para escribir mis relatos porque estoy segura que nunca él los verá. Creo que tiene los atributos de un perfecto cornudo y yo no puedo dejar de colaborar para que siga siéndolo. Tengo una adicción a la infidelidad y es algo que no puedo evitar, imagino que es como las drogas para el adicto.

Esta vez les quiero contar lo que viví hace unos años cuando fuimos a veranear a Santa Clara del Mar, doce días, yo tenía cuarenta y algo. Habíamos planeado disfrutar nuestra segunda Luna de Miel a todo vapor.

Mi esposo tiene piel blanca y es muy propenso a quemarse con el sol, con facilidad suele ampollarse. Durante varios años se viene cuidando. Sin embargo en nuestro primer día de playa, con un sol infernal, le volvió a pasar. Se quedó dormido bajo la sombrilla y cuando se corrió la sombra sus piernas quedaron expuestas al sol. Yo no sufro ese problema por lo que tomaba sol sin percatarme del suceso. Cuando llegamos al departamento que alquilamos tenía las piernas totalmente rojas y ampolladas, me dio mucha pena verlo así, sufriendo mucho. Teníamos planeado ir esa noche a un boliche de Mar del Plata pero mi pobre maridito no podía ni moverse. Fui a una farmacia a comprar una pomada. En la farmacia me encontré con un señor de unos cincuenta y tantos, muy apuesto y simpático. Me comentó que era viudo y vivía solo en Santa Clara. Tenía de visita a un hijo suyo de 35 años con su familia y solían ir a pescar a la playa en cuatriciclos. Yo le conté lo de mi esposo y con mirada picaresca me dijo que eso no era grave y que si me aburría lo podía encontrar en la playa para pasear en cuatri. Cuando se retiró después de saludarme lo vi caminar de atrás, tan varonil y apuesto que pensé que esta vez mi mente había estado más lenta que lo habitual.

Al día siguiente asistí a mi esposo en lo que pude. Ni intentó levantarse, toda la mañana acostado de espalda con las piernas en alto. Compré algo de comida preparada para el almuerzo y me dijo que no me preocupara, que me fuera a la playa, que él ya se iba a curar pronto. Otras veces ha demorado 2 o 3 días en mejorar y esta vez las quemaduras eran importantes.

Dormí un rato pero ante la insistencia de mi esposo que no perdiera el día tan hermoso, como a las 5 de la tarde tomé mi bolso y me fui a la playa.

Estábamos en una cabaña en donde comienza la zona de los acantilados, donde se baja por unas escaleras hechas con madera y tierra hasta la arena. Allí el mar no tiene gran profundidad, la playa tiene varios kilómetros de longitud hacia el norte y está bordeada en toda su extensión por una especie de barranco de unos 5 o más metros de alto de tierra muy dura tipo tosca, que el mar y el viento se han encargado de horadar formando especie de cavernas, cortes irregulares y en algunos lugares hay como grandes peñascos que se han desprendido de la barranca.

El agua estaba maravillosa y luego de un buen chapuzón me puse a tomar sol. Como a las 7 de la tarde para matar el aburrimiento me dispuse a caminar por la playa, alejándome del sector donde está la muchedumbre. Dejé mi bolso encargado a una familia, comencé a andar por la arena húmeda descalza y con solo mi bikini. El agua apenas lamía la playa y refrescaba mis pies al caminar. La gente a esa hora ya se estaba retirando y solo algunos pocos caminantes recorrían la playa, la mayoría regresando del lugar hacia el cual yo iba. Entretenida juntando algunas conchas y caracolitos no me di cuenta que había caminado como 3 km, me crucé con una pareja de jóvenes solitarios como yo. El sol me había entibiado la piel y me dieron ganas de darme un chapuzón. En esa zona la playa se extiende bajo el mar con poca profundidad y el agua con olas muy suaves apenas cubría mi cola. En un momento pensé en mi irresponsabilidad de estar en ese lugar tan solitario bañándome sola, pero lo disfrutaba con gran placer.

De pronto escuché unos ruidos lejanos de motores y a los pocos minutos vi que se aproximaban 3 cuatriciclos, que en unos minutos más ya estaban frente a mí.

Eran 3 hombres en esas motos. Uno de ellos se detuvo y me gritó desde la arena si estaba bien o necesitaba algo. Yo le contesté que estaba todo bien y él volvió a gritar algo pero el ruido de las olas no me dejaban entender lo que me decía. Entonces comencé a caminar hacia el cuatri y cuando me acerco veo que oh! casualidad, era nada menos que el cincuentón que había conocido en la farmacia. Él tardó unos segundos en reconocerme, luego, con una sonrisa espléndida me saludó diciéndome que se alegraba de verme y preguntándome de nuevo si estaba todo bien y por mi esposo. Le conté que seguía postrado y de inmediato nos pusimos a charlar alegremente. Me dijo que se llamaba Juan y me invitó a que lo acompañara 1 km más al norte donde estaban su hijo y un amigo para disponerse a pescar.

No vi motivos para no aceptar, serían las 7 y media de la tarde, no tenía reloj ni celular y me valía de la posición del sol que estaba bastante bajo. El mar plateado y el cielo rojizo daban un marco espectacular al entorno. Sin más, monté el cuatri tomándome de su cintura y él arrancó velozmente.

Juan me presentó a su hijo y al otro tipo que tendría como cuarenta y algo, diciéndoles que éramos amigos de mucho tiempo. Esto me agradó porque me dio confianza. Los compañeros de Juan ya habían preparado sus cañas para pescar y de inmediato comenzaron su tarea. Juan me preguntó si quería bañarme, el agua estaba muy apetecible y él me dijo que no tenía muchas ganas de pescar.

Lo notaba algo picarón y su mirada reflejaba cierto aire de atrevido, lo cual me gustaba porque lo hacía más atractivo, acepté con gusto la idea. Me tomó de la mano y comenzó a correr en diagonal, alejándonos un poco del sector donde pescaban sus compañeros e internándonos en el agua, riendo como niños hasta zambullirnos. Yo intentando sacarme los cabellos de la cara para abrir los ojos no me había percatado que el sostén de mi bikini estaba en mi cuello. Cuando me di cuenta de inmediato intenté colocármelo, pero Juan con gran naturalidad me dijo que lo dejara que así me veía muy bien, además en ese lugar estaba bueno que una dama hiciera topless, dijo. Yo no sé porque acepté su idea, pero sentí como si hicieran años que nos conociéramos. Me sentía muy atraída por este atractivo señor y sin más lo dejé que me terminara de sacar el sostén que guardó en el bolsillo de su malla. Me sentía totalmente liberada y con enormes ganas de jugar en el agua con este experto engatusador que lo facilitaba todo. Nos salpicábamos, nos zambullíamos, dando giros entrelazados.

No sé si el hijo de Juan y su amigo se habían dado cuenta que yo estaba con las lolas al aire pero ellos continuaban con sus cañas de pescar y yo sin la menor intención de ocultarme, al contrario sentía una especie de morbo al verlos allí cerca nuestro. Todo era naturalmente agradable, más aun sabiendo que ellos nos creían amigos de mucho tiempo, aunque era la primera vez que yo estaba con Juan.

De pronto en un intento de alejarme de él nadando para que me atrapara, él rápidamente me alcanzó y con gran habilidad me tomó la bikini, deslizándola hasta mis tobillos. Yo intenté detenerlo pero las olas y la bikini enredándome los pies no me permitieron defenderme, solo atiné a soltar una carcajada de risa. Cuando me paré con el agua a la altura de mi ombligo, vi que mi bombachita estaba en la mano de Juan que me la mostraba como su trofeo, para luego meterla en la parte delantera de su malla. Yo, bastante agitada por el juego y sin dejar de reírme de lo gracioso de su destreza, le pedí que me devolviera mi traje de baño, diciéndole que su hijo y el amigo podían darse cuenta que estaba desnuda. Él me dijo que lo buscara yo misma y se puso frente a mí con los brazos alzados. Le dije que era un atrevido sinvergüenza y que no pensara que yo tenía miedo de rescatar mi bombacha. Me acerqué, le di un pellizco en el vientre y deslicé mi mano por dentro de su malla. Verdaderamente en ese momento lo que menos quería era encontrar mi bombacha. De inmediato alcancé su órgano que noté semierecto y se lo apreté diciéndole que si no me devolvía mi ropita perdería su miembro viril. Él me dijo que si tenía ganas, se lo podía sacar de la malla. Actué sin titubeos porque realmente tenía muuuchas ganas de vérselo. Al hacerlo pude observar un grueso y enorme pene de unos 20 cm de largo, ya totalmente rígido. Uauu, el señor carga un magnun, le dije y él me respondió que estaba cargado por si quería jugar a la guerra. A esta altura de los acontecimientos yo ya estaba entregada y no me preocupaba que alguien nos viera, ni siquiera los compañeros de Juan que de vez en cuando miraban hacia donde estábamos. Le pedí que se arrodillara y me monté sobre su pelvis, sosteniéndome de su cuello con mis brazos. El maravilloso botón quedó rozando los labios de mi vagina empapada en flujo y agua salada. Con una de mis manos sostuve ese maravilloso tronco y un fuerte gemido escapó de mi garganta al sentir la hermosa penetración. No sé si el agua de mar había rigidizado mi vagina, pero sentí como ese maravilloso miembro se deslizaba hacia el fondo apretado y con algo de dificultad. Que bello fue este momento que duró no más de dos minutos con mi cuerpo cabalgando desenfrenado tragándose esa majestuosa pija que entraba y salía ajustadamente, hasta ahogarse en el flujo de mi clímax.

Me quedé unos segundos sintiendo la dureza de ese enorme pene erecto que no había eyaculado y luego me salí, para ponerme la bikini como pude. Salimos del agua para tirarnos junto a los cuatriciclos en una lona que Juan extendió en la arena. Allí sacó un par de cervezas frescas de una heladera portátil, que descargamos sedientos en segundos. Recuerdo que le dije a Juan que no lo creía tan atrevido, que su imagen mostraba un hombre serio y respetable. Él riendo me respondió que era bastante serio en comparación con sus otros dos compañeros de pesca, que eran mucho más atrevidos aún que él.

No me digas, son también violadores como vos, le dije riendo, a lo que me respondió que eran mucho más peligrosos, diciéndome que si estaba dispuesta podía llamarlos para que yo lo comprobara en persona. No gracias, le dije. Ya eran como las ocho y media de la tarde y mi esposo se iba a empezar a preocupar.

En eso mientras charlábamos de temas eróticos y bebíamos otra cerveza, levanto la vista y veo que están a nuestro lado el hijo y el amigo. Diciendo que no había pique y que estaban sedientos, se sentaron a beber cerveza también ellos, formando un triángulo con Juan y yo en el medio. Una hermosa luna enorme se recortaba en el cielo gris rojizo y en el reflejo del mar se recortaban otras 3 figuras negras de pescadores que tiraban sus líneas cerca de allí.

La primera cerveza ya me había comenzado a hacer efecto, dejando escapar mis risitas en respuesta a cada insinuación que me hacían los tres para que practicáramos sexo grupal.

Yo sonriendo les decía que era una mujer casada y seria, aunque Juan había probado mi debilidad por la carne. Yo pensaba en la hora y la tardanza de mi regreso pero como siempre, mi piel ardiente indujo mis acciones y el alcohol nubló mis pensamientos. Juan tomó la iniciativa, comenzando a besarme el cuello me sacó el sostén y continúo con mis senos. Yo me derretía, con el efecto del alcohol y el morbo de estar siendo acosada por esos tres hermosos machos. El amigo tironeó mi bombachita para sacármela, yo levanté la cola para facilitarle la tarea. Recostada en la lona con unos buzos de almohada, comencé a chuparle el pene con gran devoción a Juan, que me lo entregó arrodillándose junto a mi cabeza. En ese momento sentí que el amigo me hacía una increíble felatio en la vulva y el ano. Ya no pude contenerme y un feroz orgasmo se liberó desde mis entrañas, coronado con ahogados gritos de placer, sintiendo como la lengua del tipo chapoteaba en mi flujo. Le pedí que por favor no demorara, que me la diera ya y él comenzó a rozar con el botón la puerta de mi vagina hasta que en un suave movimiento me la mandó a guardar. La sentí tan hermosa y grande como la de Juan a quien se la seguía chupando junto a su hijo que me la acercaba por el otro lado de mi rostro. La del hijo era algo más grande aún que la del padre y bastante más dura, parecía un palo.

Los movimientos de mi pelvis se hicieron cada vez más bruscos liberando un nuevo orgasmo con la hermosa poronga que llenaba mi vagina.

El hijo de Juan dijo, ahora me toca a mis señores, se acostó boca arriba en la lona y me hizo montar sobre su formidable aparato. Ah, que penetración fantástica, todavía me excito al recordar lo que sentí bajando por ese garrote que se introdujo casi todo en mi conchita, haciendo tope con su botón en el fondo. Juan le cedió su lugar al amigo que me dio su pene en la boca, duro como piedra a punto de romperse. Juan se puso detrás de mí y con sus manos me soliviaba el cuerpo levantando mi cola que se movía al ritmo del bombeo de su hijo. Introdujo un dedo en mi ano y viendo que entraba con facilidad metió otro, comenzando a masajearme. Esperé deseosa lo que Juan planeaba hasta que sentí su botón apoyado en mi esfínter, algo dilatado por los masajes previos. Lo sentí entrar como una ciruela y a continuación el resto del tronco se fue deslizando en suaves y cortos enviones hasta perderse completamente en mi recto. Mientras esto ocurría un nuevo orgasmo se liberaba desde mi interior haciéndome gritar el goce y el deseo que me dieran más y más.

Las poses fueron variando, me ponían boca abajo luego boca arriba, de costado, en distintas posiciones y las penetraciones se fueron intercambiando en mis dos agujeros y boca provocándome un infernal estado orgásmico continuo. El hijo de Juan fue quien acabó primero llenándome el ano de semen. Juan le siguió con una hermosa masturbación que le prodigué para hacerlo eyacular en mi boca y luego lo hizo el amigo, casi me ahogan en leche.

Pregunté la hora y alguien me respondió, las nueve y media. Di un salto de un brinco recordando que mi esposo debía estar preocupado pensando que me había pasado algo.

A pesar de eso, la calentura no se me había pasado pero le pedí a Juan que nos fuéramos de ese lugar. El regreso por la playa fue muy loco montada en el cuatri, tomada del pene de Juan.

Cuando llegamos, Juan se detuvo algo alejado y me bajé con solo mi bikini y el cuerpo lleno de arena y semen. En ese momento recordé que había dejado el bolso encargado a esa familia en la playa pero ya no podía pensar en eso.

Al entrar me limpié un poco el cuerpo y pasé al dormitorio a ver a mi esposo. Nena, al fin, me dijo. Le conté que me había encontrado con unas amigas y que nos habíamos puesto a jugar al vóley en la playa, por eso estaba llena de arena, sin darnos cuenta se nos hizo la noche. Él me dijo que me había llamado alguien desde mi celular diciéndole que lo tenía y que mañana estaría en la playa en el mismo lugar. Yo le dije que era una suerte que alguien lo había encontrado, porque se me había perdido en la playa. Mañana lo iré a buscar le dije. Mi esposo me contó que había visto hermosos partidos de tenis en la tele y había cenado frutas. Entonces me metí al baño a ducharme y después me acosté quedándome dormida de inmediato. El cansancio de mi cuerpo era brutal y mis agujeros estaban algo ardidos de tanto sexo en la arena.

Bueno, podrán imaginar cómo siguieron mis días en Santa Clara, fue inolvidable. El día siguiente comenzó tarde, casi al mediodía. De nuevo compré comida preparada y luego de almorzar con mi esposo en el dormitorio, él me dijo que me fuera a la playa que él se iba a entretener viendo el torneo de tenis en la tele, o leyendo. Le dije que no se preocupara si volvía tarde y que posiblemente en la playa no tendría buena señal con mi celular.

Partí como a las tres de la tarde para aprovechar a pleno la tarde en la playa. Como tengo piel resistente, con facilidad adquiere un dorado intenso, aunque trato de no tomar sol al mediodía.

En la playa me encontré a la familia a quien le había dejado en custodia el bolso el día anterior, y me lo entregaron con todas mis cosas. Yo muy agradecida.

Un par de chapuzones en el mar se intercalaron con mis horas de sol, escuchando música. Ya casi a las siete de la tarde guardé las cosas en el bolso pero esta vez se lo dejé en guarda a unos jóvenes que vendían artesanías en una especie de tienda de lona, donde se quedaban hasta tarde.

No habré caminado ni diez minutos cuando sentí el motor de los cuatri. Me volteé y vi que eran dos tipos con cañas de pescar que se fueron perdiendo con sus vehículos yendo hacia el norte.

Unos cinco minutos después aparecieron mis tres amigos. Monté el cuatri de Juan y salimos rápidamente hacia el fondo, donde la gente no llegaba caminando.

Cuando llegamos al lugar, el hijo de Juan me dijo que yo era una privilegiada ya que habían decidido esa tarde cambiarme por la pesca, cosa que nuestras mujeres jamás lo han logrado. Esto sonó muy cómico y me largue a reír. De inmediato se bajaron de sus cuatri diciéndome que en ese momento se inauguraba la playa nudista en Santa Clara. Yo no estaba tan motivada pero ante los hechos no me resistí mucho a sacarme la bikini, viendo que no había gente cerca. Ellos hicieron lo propio y los cuatro desnudos, salimos corriendo como locos hacia el agua hasta que nos zambullimos en un torbellino humano. Es de imaginar que podría hacer una mujer totalmente despojada de su ropa en ese lugar solitario, con tres hombres también en cuero. La sal del agua no era impedimento para que yo les chupara las vergas uno a uno de mis hombres que habían formado una ronda a mi alrededor. En uno o dos minutos sus maravillosos penes ya estaban totalmente firmes, dispuestos para la batalla. El hijo de Juan me alzó yo lo le aprisioné sus caderas con mis piernas, produciéndose la fantástica penetración de su robusto miembro en mi vagina. El amigo me tomó por atrás los glúteos y salivando su botón me lo introdujo en el ano. Un poco de dolor no fue motivo para abandonar el trance y poco a poco la dilatación permitió que el majestuoso pene se perdiera en mi recto. Yo comencé a mover mis caderas y pelvis cada vez con más intensidad hasta que alcancé el momento sublime de mi primer clímax. Juan me acariciaba los pechos y me besaba en la boca lo que me causaba un desesperante deseo de poseerlo también a él. Dos parejas en cuatriciclos, regresando se detuvieron a ver si necesitábamos algo. Juan les gritó que estaba todo bien. Seguramente ellos notaron que estábamos transando y continuaron su camino.

La interrupción nos hizo desprender y comenzamos a jugar en el agua con mucho erotismo. Las seis manos acariciaban y toqueteaban todos los rincones de mi cuerpo, lo cual me excitaba de sobremanera. El amigo de Juan de buen porte y musculatura me levantaba parándome en sus hombros y luego me arrojaba al agua, los otros dos se me tiraban encima haciéndome sentir la penetración de sus penes en mi vagina y ano.

En un momento comencé a correr hacia la arena y ellos me dieron tiempo de llegar a los cuatri. Tomé una botella de cerveza muy fría y comencé a beber esperándolos. No tardaron más de un minuto en salir, sus miembros estaban demasiado firmes como para quedarse en el agua. Tenían urgencia de introducirlos en mi cuerpo para descargar su contenido y yo estaba deseosa esperándolos con mi vagina húmeda pero ahora por el flujo que producía. No me dieron tiempo a tender la lona sobre la arena. Primero me cogieron parados, manteniéndome suspendida en dos penes penetrándome por delante y por atrás, luego continuamos en el suelo. La arena que se removía entre mis piernas salpicaba nuestras partes sexuales pero eso no impedía las maravillosas penetraciones y mis continuos orgasmos. En un momento mis hombres se acomodaron de tal manera que tuve una triple penetración, dos en la vagina y una en el ano, fue algo que me enloqueció, algo desesperante que me mantenía en un éxtasis sublime haciéndome acabar como una fiera. Luego intentaron invertir los roles, con doble anal y una vaginal pero los dolores en mi colita fueron demasiado intensos y no pudimos lograrlo.

Una vez, recibí los espermas de los tres en mi boca, lo cual me produjo un placer inmenso al mostrarles el semen colmando mi cavidad bucal antes de tragármelo, algo verdaderamente delicioso. Luego los dos más jóvenes volvieron a descargar su esperma en mi culito, uno luego del otro, mientras yo se la chupaba a Juan sin lograr hacerlo acabar nuevamente.

Al regresar le pedí a Juan que me dejaran en la tiendita de los artesanos y luego de recoger mi bolso me fui caminando a la cabaña, eran como las nueve de la noche. Mi esposo algo molesto me dijo que le hubiera gustado cenar algo, le ofrecí comida que había quedado en la heladera y luego me metí a la ducha porque el olor a semen que despedía mi cuerpo podría ser detectado por mi querido. Mi conchita y mi ano estaban llenos de esperma y arena por lo que me tardé más de lo habitual en dejarlos bien limpios.

Al acostarme junto a mi esposo, él me dijo que le dolían mucho las piernas. Entonces comencé a acariciarle el pene a pesar de sus quejidos, logrando ponerlo en erección. Más de media hora necesité para lograr su eyaculación en mi boca, mientras me masajeaba la vulva con un juguetito eléctrico con el que pude tener dos orgasmos. Ya era demasiado para un día tan intenso y me quedé profundamente dormida hasta las once del día siguiente.

Los días que siguieron fueron muy agitados con Juan y el amigo. Su hijo se fue al tercer día con su familia. A veces nos íbamos los tres a la playa y otras veces a la casa de Juan.

Cuando mi esposo se mejoró de sus piernas como al quinto día, comenzó a ir a la playa pero sin quitarse un pantalón muy liviano que lo protegía del sol.

Para poder estar con mis amigos le decía que me iba a caminar y él se quedaba leyendo un libro bajo la sombrilla, cosa que le encanta hacer, cuidando las cosas y esperando a que volviera. Yo regresaba luego de un par de horas o más, de la zona de pesca o de la casa de Juan y recogíamos las cosas para irnos a la cabaña.

Juan tenía muchos amigos, algunos casados y otros separados. Me invitó un par de veces a comer pizas con ellos, pero yo no acepté porque le conocía las intenciones. Seguramente me iba a querer hacer participar de un gangbang con todos sus amigos, pero yo no estaba convencida para hacer eso, al menos gratis.

Solamente acepté quedarme una tarde que fui a su casa, él estaba con nuestro amigo y otros dos más. Yo sola contra cuatro fue un desafío temerario que me motivó fuertemente. Qué manera de coger ese día. En el cómodo sofá de la casa todo era mucho más placentero y por lo tanto mi goce fue inolvidable. Que maravilloso día, todavía recuerdo con detalles las magníficas penetraciones, corridas de ellos y mis cuantiosos orgasmos, hasta el agotamiento total. Después vino la placidez y el sosiego que se siente cuando una ha calmado el apetito sexual. Cervezas de por medio, conversaciones, anécdotas y revelaciones a veces insospechadas. Como por ejemplo la de uno de los nuevos, al que Juan le pidió que contara sobre su actividad empresarial. Este tipo llamado Guillermo, de unos cuarenta y ocho años, dijo que era productor de películas porno en rosario. Contó algo de su actividad, lo que me mantuvo muy atenta, despertando mi curiosidad de saber sobre el asunto. Tal fue mi aparente interés que Guillermo me invitó a que lo visitara cuando quisiera en Rosario donde tenía su estudio de filmación y fotografía. Nos intercambiamos los números de teléfono y me pidió que le llamara pronto para acordar una visita a Rosario para conocer su estudio.

Siempre me ha intrigado saber sobre la filmación de videos porno, por lo que le dije que seguramente pronto le llamaría. Esto sucedió realmente, fue otra experiencia inolvidable que viví hace muy poco y es uno de los relatos que intentaré escribir y publicar próximamente.

No quisiera que piensen mal de mí, no soy una prostituta aunque no quiero desmerecer esa profesión. Solo soy una dama casada con un voraz apetito sexual, que se da sus gustos a escondidas, sin que ello signifique faltar al honor de mi querido marido a quien le debo todo lo que soy y lo que tengo. Con él disfruto de una buena posición económica y social y soy muy bien querida y respetada entre nuestros familiares y amigos.

Espero que les hayan gustado mis vivencias en Santa Clara del Mar. Si hay alguna lectora femenina, supongo que se sentirá atraída a imitar mis aventuras y si los lectores son hombres, les digo que los amo. Todo hombre es apetecible para mí y no tengo frenos para tener múltiples orgasmos con cualquiera, independientemente de su potencia sexual, a falta de erección, el sexo oral me enloquece también.

Espero que si alguien lee este relato me deje alguna opinión o comentario, le responderé con gusto, ya sea hombre o mujer.

Hasta la próxima.

  • (50)
  • Compartir en redes