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Un día de estos te voy a follar mamá

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  • Un hijo descubre a su madre masturbándose, y poco a poco la cosa va aumentando de intensidad

    Dos años le había costado a Luis aprobar aquella maldita asignatura, y cuando vio el aprobado en el tablón de la facultad, saltó de alegría. Los compañeros le felicitaron y quedaron para ir a tomar unas cervezas.

    Luis llamó a Rosa, su madre, y se lo contó. Rosa casi llora de alegría. Sabía lo que había sufrido Luis con aquella asignatura. Le dijo que en cuanto llegara a casa le daría un fuerte abrazo.

    -Mamá, voy con los compis a tomar unas birras para celebrarlo.

    -Disfruta, mi amor. Al fin tendrás un verano tranquilo

    -Síiii.

    Colgó y se fue a divertir con los amigotes.

    Después de un par de cervezas, decidió volver a casa. Sentía la necesidad de compartir su alegría con su madre, que tanto lo apoyó en las incontables tardes de estudio. Así que se despidió de su gente y se marchó a casa.

    Cuando llegó, no encontró a su madre en el salón. Fue a la cocina y tampoco estaba allí. Oyó un ruido en las habitaciones, y hacia esa dirección se encaminó.

    El ruido provenía de la habitación de sus padres. La puerta estaba entornada. Se acercó, cauteloso, e identificó el ruido. Eran gemidos, suaves gemidos, de su madre. Su mente empezó a trabajar como loca. Se imaginó que sería, y estuvo a punto de darse la vuelta, pero la curiosidad pudo más.

    Con cuidado apoyó la mano en la puerta y la abrió sin hacer ruido. Lo que vio jamás lo olvidaría.

    Su madre, acostada sobre la cama, con la bata abierta. Las piernas, también abiertas, las bragas colgando de uno de los tobillos. Una mano frotando los labios de su coño, que brillaba lleno de jugos. La otra mano, pellizcando uno de sus pezones, que coronaba una enorme teta.

    Miró su cara, rota por el placer. Los ojos fuertemente cerrados. El labio inferior mordido, la espalda subiendo y bajando al ritmo de los espasmos que recorrían su cuerpo.

    Rosa, ajena a todo, sentía como el orgasmo nacía en el interior de su ser y se abría paso, para estallar por todo su cuerpo. Su espalda se arqueó. Todos sus músculos se tensaron y por unos segundos el universo no existía. Sólo ella y el placer.

    Luis miraba como hipnotizado a su madre, corriéndose delante de él. Vio como de su coño salían grandes cantidades de flujo, mojando aún más los dedos que frotaban y frotaban. En el culmen del placer, Rosa no respiraba. Tampoco Luis, cuyos ojos iban de la cara de su madre a su coño.

    Un coño negro, velludo. Un coño que no conocía de depilaciones, ingles brasileñas ni moderneces. Un coño a la antigua, de esos que para comértelos tienes que abrirlo con los dedos, apartar el pelo antes de descubrir su sonrosado interior. De esos de aroma intenso, embriagador.

    Rosa volvió a respirar. Su cuerpo se relajó, aunque sufrió un par de espasmos más. Su cara, antes crispara, era ahora todo paz. Una leve sonrisa se dibujaba en sus labios. Sus ojos, ahora suavemente cerrados.

    Hasta que los abrió para descubrir a su hijo mirándola desde la puerta de su habitación. Por unos instantes creyó que soñaba. Se quedó quieta, hasta que se dio cuenta de que como estaba. Dio un grito y se tapó con la bata.

    -AAAAA ¡Por dios, Luis!

    El grito de su madre sacó a Luis de su embobamiento. Se miraron a los ojos. Ambos con terror.

    -Lo... yo... lo siento… mamá.

    Cerró la puerta de golpe y corrió a su cuarto, con el corazón latiéndole en el pecho. Entró y cerró también su puerta. Había visto a su madre masturbarse. La había visto correrse delante de él. En ese momento fue consciente de que tenía la polla dura. Le dolía, aprisionada en los pantalones.

    Se bajó la cremallera, se sacó la dura estaca y la agarró con una mano. Bastaron dos golpes de muñeca para que se corriera a borbotones manchando el suelo de su cuarto. En su mente, aquel oscuro y prohibido coño.

    Cuando se calmó un poco, se echó a reír. Generalmente son las madres las que pillan a sus hijos cascándose alguna paja, y no a la inversa.

    Mientras Luis reía en su habitación, Rosa lloraba en la suya. Estaba muerta de vergüenza. Notaba su cara roja, mojada por las lágrimas... Jamás podría volver a mirar a su hijo. Y jamás olvidaría su expresión cuando la miraba. Sus ojos clavados en su coño. Su boca ligeramente abierta, casi a punto de babear.

    Se maldijo a si misma por haber sido tan descuidada. Debería haber cerrado la puerta con llave. ¿Pero acaso no le había dicho Luis que se iba a celebrar lo del aprobado con sus amigos? ¿Por qué había vuelto tan pronto?

    Se dio la vuelta, enterró su cara en la almohada y continuó llorando.

    Luis limpió el suelo y se fue al salón a esperar a su madre. Después de todo, era un día feliz. Quería abrazarla y que lo felicitara por el aprobado. Pero su madre no salía de su cuarto. A lo diez minutos, no pudo más y se acercó. Toco en la cerrada puerta.

    -Mamá, ¿Estás bien?

    -Sí. -contestó, seca.

    -¿Puedo pasar?

    -No, déjame, por favor.

    Estuvo tentado de abrir, pero respetó el deseo de su madre.

    -No pasa nada, mamá. Fue sólo... un accidente.

    -Luis, por favor, estoy muy avergonzada por lo de antes.

    -Pero mamá. ¿Por qué te pillara haciéndote un dedito? Pero si es lo más natural del mundo.

    Las palabras de su hijo, lejos de aliviarla, la avergonzaron aún más.

    -Por favor, déjame -dijo, al borde, nuevamente, del llanto.

    -Está bien. Pero no puedes estar ahí encerrada para siempre. Tendrás que salir. Yo… yo sólo quería compartir contigo mi felicidad por haber aprobado.

    Se dio la vuelta y volvió al salón. A los pocos segundos oyó la puerta de su madre y luego, la vio aparecer. No lo miraba. Miraba al suelo.

    Luis se levantó y se dirigió a ella.

    -Me dijiste que cuando llegara a casa me darías un fuerte abrazo.

    Rosa dio un paso hacia él y lo abrazó. Luis notó la tensión en el cuerpo de su madre. Lo abrazó, pero como deseando no tocarlo. Luis sí que la rodeó con sus brazos, con fuerza.

    -¡Mamá! Que he aprobado, coño. Que he aprobado.

    Era cierto. Su hijo había aprobado. Por un segundo se olvidó de lo que había pasado y lo abrazó con fuerza.

    -Felicidades, mi amor. Ya te dije que lo conseguirías.

    Sus miradas se cruzaron. Ambos sonreían, hasta que rosa desvió la mirada hacia el suelo. No podía soportar mirarle a esos ojos, ojos que le había visto su parte más íntima, expuesta.

    Con suavidad, deshizo el abrazo.

    -Soy tan feliz, mamá. Este verano me lo voy a pasar haciendo el ganso todo el día. Ya era hora, coño.

    -Luis, no hables así.

    -¿Así? ¿Cómo así?

    -Diciendo esas... palabras.

    Él se quedó un poco sorprendido. No es que hablase con muchos tacos, pero más de un 'coño' soltaba de vez en cuando y hasta ahora su madre nunca le había recriminado por ello. Entonces, comprendió.

    -¿Te refieres a... coño? ¿Es porque vi tu...?

    -Luis, por favor, jamás vuelvas a mencionar eso. Ya estoy bastante avergonzada.

    -No pasa nada, mamá. De verdad.

    -Sí, sí pasa.

    Luis se dio cuenta de que su madre estaba a punto de llorar. Así que intentó zanjar el asunto.

    -Olvidado. Jamás pasó lo que pasó.

    -Gracias. Voy a... preparar la comida.

    Pero sí que pasó. Esa noche, en su cama, Luis recordó todo lo que vio. Recordó las tetas de su madre, grandes y algo caídas bambolearse al ritmo de la paja que se hacía. Y sobre todo, recordó aquel negro coño, brillante por los jugos de placer. Los gemidos ahogados. El rostro de placer en el orgasmo.

    Y mientras lo recordaba, su mano subía y bajaba a lo largo de su polla, hasta que entre contracciones, se corrió, llenando su pecho de largos goterones de caliente y espeso semen.

    Después, reposando su placer, se dio cuenta de que había gozado pensando en su madre. Aunque a veces la había mirado, nunca había pensado realmente en ella como mujer. Pero ahora, al haberla visto masturbarse, no se la quitaba de la cabeza.

    Aunque los dos lo intentaron, las cosas ya no fueron como antes. Rosa no podía mirar a la cara a su hijo. El recuerdo no se le borraba. Y Luis no se sacaba de la cabeza aquella imagen. Su madre abierta de piernas y corriéndose. Todas sus fantasías masturbatorias, a partir de ese día, era con esa imagen.

    Pero eso eran sólo fantasías. No le gustaba era como la relación con su madre se había resentido. La notaba fría con él, distante. Intentó hablar con ella, pero siempre le decía lo mismo, que lo olvidara todo. Pero ella no olvidaba. Cada vez que intentaba mirarle a los ojos, recordaba la mirada de aquel día.

    Las cosas fueron a peor, hasta que un día, estando los dos solos, viendo la tele en el salón, Luis decidió que todo tenía que acabar ya.

    -Mamá, esto no puede seguir así.

    -Te he dicho mil veces que no hay nada de qué hablar, Luis -dijo Rosa, sin mirarlo.

    -Coño, mamá. Ya está bien. Sí, te vi haciéndote una paja. ¿Y qué? Todos nos hacemos pajas.

    -Luis, por el amor de dios. Déjalo ya.

    -No, ya me cansé. Ya no me miras, no me hablas.

    -Es que... me muero de vergüenza.

    Rosa fue a levantarse, para irse a su cuarto.

    -No. No te muevas, joder. Quédate quieta. Hablemos.

    El tono imperativo de su hijo la sorprendió. Se quedó quieta y se atrevió a mirarlo. Luis se dio cuenta de lo sorprendida que se quedó su madre.

    -Que te viera haciéndote... haciendo eso no cambia en nada mi opinión de ti -mintió.

    -Son cosas que un hijo no debería ver hacer a su madre -dijo, bajado la mirada.

    -Pero las vi, y no hay nada que podamos hacer. Bueno, sí, hay una cosa.

    -¿Cual? -preguntó, levantando la vista.

    -Que veas tú lo mismo.

    -¿QUEEE?

    -Que veas cómo me hago una paja. Estaríamos empatados

    -Estás loco.

    Sin más, Luis se bajó la bragueta y se sacó la polla, aún no dura del todo. Su madre se quedó mirándolo, congelada, sin palabras. No se podía creer lo que estaba pasando.

    La mano de Luis empezó a subir y bajar a lo largo del grueso tronco, y en pocos segundos la polla estaba en todo su esplendor, bien dura. Miraba a su madre a los ojos, pero ella los tenía clavados en la polla.

    -¿Ves? Es sólo una paja. Una simple paja. No pasa nada.

    Durante un minuto más, Luis siguió moviendo la mano, gimiendo de placer. La manera en que su madre lo miraba lo excitaba. Se colocó mejor y disfrutó de la masturbación. Ella le miró a los ojos.

    -Ya está bien... Eres... eres un...

    -¿Un qué?

    -Para ya, por favor. Deja de... tocarte.

    -Ummmm mamá... vi cómo te corrías. Vi como tu coño se estremecía y mojaba tus dedos con tus jugos. Vi tu cuerpo tensarse por el placer.

    -Luis… por favor... para… para.

    -No... tienes que verlo, mamá. Tienes que ver cómo me corro. Así... agggg estaremos en paz.

    Aceleró el ritmo de la paja hasta que se empezó a estremecer.

    -Ummm mamá... mamá...

    Rosa no contestó. Miraba la mano se Luis subir y bajar a lo largo de aquella polla. No lo sabía, pero la miraba igual que él le miraba el coño aquel día.

    -Ya… ya… me corro... ahhhhh

    Como a cámara lenta, Rosa vio como de la polla empezaban a saltar chorros y chorros de semen, que describían un arco y caían sobre el pecho de Luis, sobre su camiseta. Lo oía gemir. Lo veía tensarse. Fue un largo e intenso orgasmo. Cuando terminó, Luis se quedó con una sonrisa en los labios, los ojos cerrados. Soltó la polla, que aún tenía pequeños espasmo.

    Rosa la miraba, aún hipnotizada.

    -Ahora estamos en paz, mamá.

    Levantó la vista y miró directamente a los ojos de su hijo. Aún no podía creerse lo que había pasado. Su propio hijo se había hecho una paja delante de ella. Ahora estaba, tumbado en el sofá, con la camiseta llena de semen, la polla aún palpitante saliendo por su bragueta y una sonrisa en la cara.

    Y ella, en vez de pararlo, en vez de haberse ido, se quedó allí, mirando. Hasta que al fin tuvo las fuerzas para ponerse de pie.

    -Eres... eres un depravado.

    Luis ni se inmutó. Se quedó mirándola, con aquella sonrisa en los labios. Miró como su madre se daba la vuelta, pero tuvo tiempo de ver como sus pezones se marcaban claramente. Lo que no vio era como su madre cerraba los ojos al darle la espalda. Como suspiraba. Como sentía un tremendo calor entre las piernas. La vio alejarse y encerrarse en su cuarto.

    Se miró. Y se sorprendió de haber sido capaz de hacerlo. Reconoció que le encantó que su madre lo mirara. Y sintió un escalofrío a saber que ella se había puesto cachonda. Se dijo que seguramente había ido a su cuarto a hacerse una paja, pensando en él. En su polla.

    Se sintió muy bien. Se quitó la manchada camiseta y la dejó en el cesto de la ropa sucia.

    Pero Rosa no se estaba haciendo una paja. Estaba en la cama, llorando. Había llamado depravado a su hijo, pero era ella la que fue sorprendida masturbándose. Era ella la que se quedó mirando como su hijo se corría. Y era ella la que sentía su coño palpitar, sus pezones dolerle bajo la blusa. Era ella la que deseaba meter su mano dentro de las bragas y frotarse hasta correrse una y otra vez.

    No lo hizo. La culpa era más fuerte. Se quedó en su dormitorio hasta que llegó su marido y no tuvo más remedio que salir. Si antes no podía mirar a Luis a la cara, ahora, menos.

    Luis se dio cuenta. Su plan no había salido como él esperaba. En vez de volver a unirlos, como antes, los separó aún más. Y le enseñó otra cosa. Que su voluntad había sido más fuerte que la de ella, y eso le gustaba. Quería volver a ver en su madre esa mirada. Quería más. Y lo iba a conseguir.

    Mientras cenaban, la miraba. Ella intentaba disimular, hacer como que todo era normal, pero cada vez que sus miradas se cruzaban fugazmente, él le sonreía, y ella sentía un escalofrío.

    La dejó tranquila un par de días, sin hacer más referencias al asunto, dándole confianza. Ella seguía igual, pero ya no le importaba. En su cabeza se formaban ideas, fantasías. Tres días después, estando de nuevo solos, dio su próximo movimiento.

    Rosa estaba en la cocina, y Luis fue para allí. Se sentó en una silla y miró a su madre trabajar. Ella le daba la espalda y él le miraba el amplio y tentador culete. ¿Cómo no se había fijado antes en el culo de su madre?

    -Hola mamá, ¿Cómo estás?

    -Bien.

    -¿Bien? Pensé que ahora que estamos 'empatados' te sentirías mejor.

    -Luis, por favor. Déjalo ya.

    -No puedo, mamá. No dejo de pensar en ti. Desde que te vi haciéndote aquella estupenda paja no me quito tu coño de la cabeza. Cuando te dejé y fui a mi cuarto me hice yo también una buena paja y me corrí enseguida.

    -Luis, no sigas. Esto no puede ser. Por el amor de dios. Soy tu madre.

    -Sí, lo sé. Pero tu coño me tiene obsesionado. Tan negro, tan... salvaje. Si supieras las veces que me la he cascado desde entonces.

    Rosa se quedó quieta. Los dedos le temblaban. ¿Qué podía hacer? ¿Cómo acabar con aquello? No había a nadie con quien hablar. Y Luis no parecía dispuesto a dejarlo. Lentamente, se dio la vuelta, encarando a su hijo. Todo iba a terminar en ese momento. Le exigiría que la respetase. Que jamás volviera a hablarle así. Y que si no lo dejaba, hablaría con su padre.

    Pero cuando miró, Luis tenía la polla en la mano que subía lentamente a los largo del duro tronco. Con la boca abierta, paralizada, miró la cara de Luis. Éste sonreía.

    -¿Qué… qué haces? ¿Estás loco?

    -¿Qué hago? Pues me hago una paja, mamá. Estoy muy cachondo. Y en vez de irme al baño a pelármela, me pone más hacerlo aquí. Me excita que me mires.

    -Luis... esto no está bien. Soy tu madre. Para.

    Debería de haberse acercado a él y cruzarle la cara de un tortazo. Al menos, debería haberse ido. Pero se quedó allí, mirando como su hijo se tocaba la polla delante de ella.

    -Mmmm, es sólo una pajita, mamá. Ya me hice una para ti hace unos días, y no pasó nada ¿No?

    Rosa no contestó. Siguió mirando la mano subir y bajar a lo largo de la polla. Sintió calor en sus mejillas, en su entrepierna. Y notó como los pezones se le endurecían.

    -¿Por qué no te haces tú también un dedito, mamá? Me encantaría volver a ver ese precioso coño tuyo.

    Lo miró, abriendo los ojos. Estaba loco, eso estaba claro.

    -No.

    -Mamá, ya lo he visto. Ya vi tus tetas. Vi tu cara de placer mientras te corrías. ¿No quieres correrte otra vez? Podríamos corrernos a la vez. ¿O es que no te pone cachonda mirarme la polla?

    -No... eres un...

    -¿Un qué? Tú eres una mentirosa. Desde que aquí veo como se te marcan los pezones. Deben de estar duritos como piedras. Seguro que ya tienes el coño mojado. ¿Tienes el coño mojado, mamá?

    Lo tenía más que mojado. Lo sentía empapando las bragas. Pero no dijo nada. Se quedó mirando como Luis aceleraba al movimiento de su mano, como entrecerraba los ojos por el placer que sentía.

    -Agggg estoy casi a punto de correrme, mamá. Enséñame el coño, por favor. Es precioso, tan negro.

    -Para Luis... para ya... por... favor.

    -Ummm no mamá… no...

    -Esto es... horrible... para... no… me hagas esto.

    Luis dio un par de sacudidas más y llegó al punto sin retorno. El orgasmo nació y ya nada lo pararía. Se soltó la polla, que quedó mirando al techo, palpitando. Tensándose, la engañó.

    -Está bien... mamá... ya... pa... ro.

    Rosa pensó que Luis había entrado en razón. Pero de repente, su polla dio un brinco sola y un largo y espeso chorro de semen salió disparado, cayendo luego sobre los pantalones. Otro espasmo y otro chorro salió disparado. Rosa no miraba la cara de intenso placer de su hijo al correrse sin tocarse. No podía apartar los ojos de aquella preciosa polla, que parecía un ser vivo. Se tensaba y escupía. Caía un poco, se volvía a tensar y volvía e lanzar más leche espesa y blanquecina.

    Fueron cinco o seis latigazos, cinco o seis manguerazos. Con el último espasmo, más débil, un reguerito de leche bajó desde la punta de polla hasta los huevos.

    -Ummmm vaya… corrida, mamá. Me he puesto perdido, otra vez -le dijo, sonriendo.

    Rosa no podía articular palabra. Estaba a punto de correrse. Sabía que si se movía los más mínimo, el más mínimo roce de sus bragas, la haría correrse delante de Luis. Así que se quedó quieta, mirando la polla que tenía aún pequeños espasmos.

    Cuando por fin pudo reaccionar, sin decir una palabra, se marchó a su cuarto, cerró la puerta, apoyó la espalda contra ella, cerró con fuerza los muslos y estalló, cerrando con fuerza la boca para no gritar. Se quedó sin fuerza y lentamente fue cayendo hasta quedar sentada en el suelo.

    Tocaron a su puerta. Se sobresaltó.

    -¿Estás bien, mamá?

    -Sí. Déjame.

    -¿No te estarás haciendo una pajita, verdad? No es justo. Déjame verlo.

    -LUIS!!! Déjalo ya.

    -Está bien, está bien -dijo, alejándose.

    Pero no estaba dispuesto a dejarlo. Quería más. Mucho más. Por ese día, la dejó tranquila. Se cambió de ropa y se fue a jugar un rato al ordenador.

    Durante la cena, Rosa estuvo a punto de hablar con su marido. Contarle todo lo que estaba pasando. ¿Pero cómo explicaría que había visto a su hijo masturbarse delante de ella dos veces y que no había hecho nada?

    Decidió callar. Luis se aburriría y todo se olvidaría. Lo miró. Sus miradas se encontraron. Él le sonrió y Rosa comprendió que su hijo no se aburriría. Aun así, calló.

    Sus temores se confirmaron al día siguiente. En cuando su marido se fue, estaba sentada en su cama y apareció Luis en su dormitorio. Su mirada fue fugazmente a su bragueta. Tenía la polla dura, formando un bulto en el pantalón de pijama. Él se dio cuenta de donde miraba ella.

    -Sí, mamá. Tengo la polla dura. Pensando en ti

    -¿Cuándo va a terminar esto, Luis?

    Sin contestar, Luis se bajó el pantalón y la polla saltó, libre, tiesa. Se la agarró y empezó una nueva paja. Estaba de pie. Se acercó a su madre y se sentó a su lado. Mirándola a los ojos, empezó a suspirar.

    -Ummmm que rico, mamá. Cómo me gusta que me mires mientras me toco. ¿Y a ti? Te gusta, ¿Verdad? Te gusta mirarme mientras me toco la polla.

    Rosa no dijo nada. Sus pezones contestaron por ella, como dos pitones contra su blusa. Juntó los muslos, sintiendo como su piel se erizaba.

    -¿Estás caliente, mamá? No lo niegues. Sé que estás cachonda. Te delatan tus pezones. Tus labios. El rubor de tus mejillas. Dímelo. Dime que estás cachonda.

    -Luis... no... no me hagas esto.

    -No te hago nada. No te estoy tocando. Me toco yo solo. Aggg recordando ese precioso coñito tuyo, tan negro, tan mojadito. Porque seguro que ahora lo tienes mojadito, ¿Verdad?

    Rosa se calló, mordiéndose el labio inferior, mirando como de la punta de la polla de su hijo manaba un líquido transparente, reflejo de su gran excitación.

    -Venga. Dime la verdad, mamá. ¿Estás cachonda? ¿Tienes el coño rezumando juguitos? DÍMELO, dímelo, dímelooo.

    Ella no pudo más, y un apenas audible 'sí', salido de sus labios.

    -¿Qué? No te oigo. ¿Qué has dicho?

    -Que sí.

    -¿Que sí qué?

    -Que sí estoy... cachonda...

    -Ummm lo sabía… ¿Y el coño? ¿Cómo tienes el coño?

    -Excitado. Mojado.

    -Enséñamelo mamá. Enséñame tu precioso coño.

    -No… eso no.

    -¿Por qué no? Ya lo he visto. Necesito volver a verlo.

    -No.

    Luis estaba cada vez más caliente. Bajaba el ritmo de la paja para no correrse aún.

    -Está bien. Pero... al menos... tócate.

    Rosa lo miró, con los ojos abiertos.

    -Hazte una paja, como yo. Mira como me corro y yo miraré como tú te corres. Será fantástico.

    Deseaba tanto sentir placer. Pero su mente aún se resistía, luchaba. Luis vio sus dudas, su lucha interior. Supo que solo le faltaba un empujoncito más.

    -Mamá, por favor... lo necesito. Necesito verte gozar, tu carita de placer. Hazlo ya, o me correré yo solo... Agggg... mamá... hazlo. HAZLO!

    Su mano se movió sola. Se metió por debajo de su pantaloncito, por debajo de su braga, y sus dedos acariciaron su encharcado coño.

    -Aggggg

    -Sí, sí, eso, eso. Así. Tócate. Mira mi polla, que está a punto de correrse.

    Luis hubiese deseado verlo. Ver los dedos acariciar aquel negro coño. Pero ver el bulto que formaba la mano de su madre debajo del pantalón, ver como se movía, oírla gemir, y sobre todo, ver otra vez aquella expresión de placer en su cara, era casi igual. Su orgasmo se desató y todo su cuerpo se tensó.

    -Mamá... me... corrooo mira como me… corroooo

    Esta vez no se corrió solo. En cuanto Rosa vio el primer chorro de leche salir disparado con fuerza, estalló. Al unísono los dos cuerpos se tensaron y gozaron de aquel intenso placer que recorría sus cuerpos. El coño de la mujer se estremecía a la vez que la polla, ambos sexo soltando jugos de placer.

    Después, se quedaron lacios, sin fuerzas. Las respiraciones agitadas. Se miraron a los ojos. Luis sonrió. Y Rosa, después de varios días, también sonrió.

    -La próxima vez mejor me desnudo, que no hago más que mancharme la ropa.

    -Sí, será lo mejor -añadió su madre.

    Luis se dijo que había ganado. Ella no dijo que no habría próxima vez, que todo había sido un error. Nada. Sólo se quedó mirándole, con la mano aún dentro de las bragas.

    -Voy a cambiarme -dijo Luis levantándose de la cama.

    Dejó la ropa manchada en la lavadora, mientras su madre se quedaba en la cama. Lo oyó gritarle que se iba a dar una vuelta con los amigos y luego, la puerta principal cerrarse.

    La mano de Rosa continuaba en donde la había dejado. Su coño continuaba mojado. Se recostó en la cama y se masturbó otra vez, lentamente, cerrando los ojos. En su mente sólo había una cosa: La polla de Luis. Aquella preciosa polla, dura, desafiante, corriéndose. Revivía una y otra vez el momento en que Luis había dejado de pajearse y de repente su polla empezó a correrse sola. Aquellos espasmos, como se movía, escupiendo toda aquella leche.

    Se corrió, gritando, sabiéndose sola en la casa, y después, le entró el remordimiento de lo que había hecho. Era algo que se suponía que no debía pasar entre madre e hijo. A su cabeza acudieron toda clase acusaciones, de culpas. Pero también de escusas. Recordó, sin saber porqué, que Clinton se había escudado en que lo de la Lewinsky no había sido sexo. Y se dijo que lo suyo tampoco. Sólo era masturbación. No se habían tocado le uno al otro. Sólo se habían mirado.

    Así sería siempre. Si volvía a pasar, y sabía que volvería a pasar, sólo se mirarían. Eso no era sexo.

    Y pasó. A diario. En cuanto estaban solos, Luis empezaba a tocarse. Se miraban. Como había dicho, ahora se quitaba la camisa que llevara y se bajaba o quitaba los pantalones. Rosa no. Ella sólo metía una mano por dentro de sus bragas y se frotaba. Aguantaba hasta que notaba como Luis se tensaba y entonces se corría mirando como la polla escupía leche en grandes y potentes chorros, que caían sobre el pecho y los muslos del muchacho.

    Luis le decía siempre que le enseñara el coño, que se moría de ganas de volver a verlo. Rosa se negaba. Decía que estaba bien así. Que así podían seguir haciéndolo.

    -Venga mamá. Que ya te lo he visto, y tú me ves a mí la polla en todo su esplendor.

    -Que no, Luis. No insistas.

    -Jooo, al menos abre bien las piernas, para que vea como te tocas por debajo de las bragas.

    -Ummm, no seas pesado... y córrete ya.

    -¿Te gusta ver cómo me corro?

    -Ummm, sí, me gusta.

    -Y a mí verte correr a ti. Pero sería mejor aún si viera ese precioso coñito tuyo.

    A los pocos segundos, los dos se corrían entre espasmos y suspiros de placer.

    Las negativas no hacían que Luis dejara de insistir. A los pocos días, consiguió que su madre, al fin, abriera bien sus piernas. Ahora sólo la fina tela de las bragas impedía que pudiese ver los dedos recorrer la mojada hendidura, clavarse en el coño y mojarse con los jugos. Cuando las bragas eran de satén, se veía perfectamente la mancha de humedad.

    -Ummmm mamá, hoy estás bien mojadita. Tienes las bragas mojadas. ¿Estás muy cachonda?

    -Aggggg, sí, muy cachonda -respondió, metiendo la mano por dentro de las bragas y pasándose dos dedos a la largo de la raja, hasta llegar a su clítoris.

    -¿Por qué mamá? ¿Tenías ganas de verme la polla?

    -Sí, sí.

    Era verdad. Pero no toda la verdad. Ese día estaba especialmente cachonda porque por la mañana su marido se la había follado antes de irse a trabajar. Y, como casi siempre, él se corrió antes de que ella lo hiciese, dejándola sobre la cama, ardiendo.

    Y ahora, abierta de piernas, se hacía una paja mirando a Luis menearse la polla. Con el coño lleno de la marital leche, no pudo aguantar hasta que se corriera Luis, y estalló en un fuerte orgasmo que mojó aún más las bragas.

    Después de la fabulosa corrida, seguía caliente. Luis lo notó, y lo aprovechó. Consiguió que ella se tocara las tetas con la otra mano, sobre la blusa, se pellizcara los pezones. Era como aquel día en que la pilló, solo que ahora estaba vestida. Sin embargo, la imagen era igual de caliente. Cuando él se corrió, Rosa volvió a correrse, con él.

    Se miraron, sonriendo y respirando agitadamente.

    -Enséñamelo.

    -Eres un pesado.

    -Enséñame el coño.

    Ella seguía con las piernas abiertas. Sacó la mano y apartó unos segundos la braga, mostrándole a su hijo su encharcado coño, que rezumaba jugos. La mirada que Luis le echó la hizo estremecer.

    -Que preciosidad, mamá. Tienes un coño precioso.

    -¿Tú crees? No lo tengo arregladito, como las chicas de ahora.

    -Ni falta que te hace. Tienes el coño más bonito que he visto.

    -¿Y has visto muchos, pillín?

    -Jajaja. No tantos, no tantos. Pero todos depilados o pelones. Ninguno así, tan... salvaje

    Rosa volvió a taparse.

    -No, por favor. Déjamelo ver un poco más.

    -Eres... incorregible -respondió, pero volvió a apartar las bragas.

    -Joder, sigo como una moto, mamá. Me la voy a cascar otra vez.

    Aún estaba manchado, lleno de la corrida anterior, pero la visión del coño de su madre, tan anhelado, lo llevó a un segundo orgasmo, tan placentero, o más, que el primero.

    Al día siguiente, sin que él se lo pidiera, Ros que quitó, por fin, las bragas. Y al siguiente día, los dos estaban completamente desnudos. Fue una conquista para Luis.

    Pero quería más. El siguiente paso sería decisivo.

    Esperó unos días a que ella bajase la guardia. Se estaba metiendo dos dedos a fondo el en coño, gimiendo de placer, pellizcándose el pezón derecho, y cerraba de vez en cuando los ojos. Una de las veces que los cerró, Luis se levantó y se acercó a ella, sin dejar de pajearse.

    Cuando Rosa abrió los ojos, se sobresaltó. Él estaba de pie a su lado. La polla casi a la altura de su cara, y la miraba.

    -Sigue mamá. Sigue haciéndote la paja... No dejes de... ahhhh tocarte el coñito.

    Los dos estaban y punto de correrse. La cogió tan desprevenida, que siguió tocándose, mirando la polla que nunca había estado tan cerca. Cuando Luis sintió los espasmos del orgasmo, se agachó un poco, acercó la polla a las tetas de su madre y empezó a correrse sobre ellas.

    El orgasmo de Rosa se desató al sentir en su piel la fuerza y calor del primer chorro. Siguió subiendo de intensidad mientras sus tetas y hasta la mano que pellizcaba su pezón quedaron cubiertas de semen, y continuó incluso después de que la polla dejó de lanzar más leche.

    El pecho de Luis se movía al ritmo de su respiración. De la polla colgaba un hilillo de semen que caía sobre las tetas de su madre. Rosa, aún estremecida, lo miraba. Se miró las tetas, bañadas por la copiosa corrida, y lo volvió a mirar.

    -Luis… pero… ¿Qué has hecho?

    -Lo de siempre, mamá. Hacerme una paja mirando como tú te haces otra.

    Hasta Rosa llegó el fuerte aroma del semen de su hijo. Aquel olor la embriagó. Era como un afrodisíaco que llegaba directamente a su cerebro.

    -Pero... no podíamos tocarnos... no… no debíamos tocarnos

    -No te he tocado.

    Se agachó, acercó la punta de la polla al pezón izquierdo y se limpió la gotita de semen que colgaba.

    -Ahora si te he tocado.

    Se apartó a tiempo de esquivar el manotazo de su madre.

    -Jajajaja, mamá. No pasa nada.

    -Capullo. Trae algo para limpiarme

    Fue al baño y le trajo una toalla. Se la lanzó a una distancia prudencial, divertido.

    -Eres un capullo -le dijo, limpiándose. No había enfado real en su voz.

    No dijo nada cuando al día siguiente, antes de empezar con su sesión diaria, Luis apareció con una toalla y la dejó a su lado. Ni cuando él de nuevo se puso de pie a su lado. Simplemente disfrutó de la visión de la polla, los gemidos y el calor de la leche sobre sus tetas. Su propio orgasmo fue intenso, largo, y la dejó agotada sobre el sofá. Agotada y con las tetas cubiertas de aromático semen.

    Luis la dejó para ir al baño. Aprovechó que él no estaba para, antes de limpiarse con la toalla, acariciarse las tetas y esparcir la leche de su hijo por toda la superficie. Se llevó las manos a la cara y las olió, aspirando profundamente. Cuando lo oyó regresar, cogió la toalla y se limpió.

    Comprendió que estaba enganchada. A su hijo, a su polla, a su leche. Estaba en sus manos. Por eso, cuando al día siguiente él acercó su polla a su cara y le dijo que cerrara los ojos, lo hizo. Por eso se corrió como nunca cuando Luis estalló en su cara, y le dejó luego pasarle la polla por su rostro. Siguió masturbándose y se corrió otra vez.

    Abrió los ojos. Él la miraba, con deseo, con admiración, con amor. La ayudó a levantar y la llevó frente al espejo. Ambos, desnudos. Se puso detrás de ella. Notó la polla rozarle las nalgas. Se miraron a través del reflejo. Luis recorrió la piel de sus brazos, la besó en el cuello.

    Rosa entornó los ojos, sintiendo un estremecimiento en todo su cuerpo. Una gota de semen cayó de su cara sobre una de sus tetas. Luis la recogió con un dedo y lo llevó a la boca de su madre. Ella separó los labios y chupó el dedo que su hijo le ofrecía. Su boca se llenó de su sabor. Era la primera vez que lo probaba.

    Mirándola fijamente a los ojos, se pegó a ella, le restregó la polla por el culo y le susurró al oído.

    -Mamá. Un día de estos te voy a follar. ¿Lo sabes, verdad?

    Rosa cerró los ojos. Suspiró. Cogió aire.

    -Lo sé

    FIN

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