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Me venció la victoria

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Nunca supuse que el deseo me venciera y la tentación fuese tan grande. No fue amor, fue erotismo

Nunca consideré vivir ni compartir un acontecimiento como el acaecido en mi vida hace un año. Siempre quedó en el ámbito de lo privado. Pero hoy que se cumple un año lo recuerdo como algo lejano, como algo que no sucedió. O más bien eso pretendo, como algo que no sucedió o que me hubiera gustado que no hubiera sucedido. Ya no lo sé. Pero sucedió. Por ello, la palabra exacta es “Confesión”, por qué nadie lo sabe. Las imágenes y las sensaciones que viví en esos 3600 segundos de mi vida aparecen y se evaporan. Están y no están. Me esclavizan y me liberan. Ese es el dilema en que me encuentro.

Tengo 55 años, 30 años de casada, con un marido al que amo y con el que he sido feliz; él tiene 62 años; tengo dos hijos que ya hicieron su vida. Llevo una vida de privilegio, en el sentido de que no soy rica pero no tengo problemas económicos. Administró tres sucursales de una franquicia que imparte Pilates, mi esposo está al pendiente, aunque en realidad son otros negocios los que ocupan más su tiempo. Además de administrarlas personalmente, imparto también clases de Pilates desde hace más de diez años, pues tomé cursos para ser instructora profesional y me sigo actualizando al respecto. Por supuesto que también tomo clases, intensamente, lo que aunado a mi genética, contribuye a que no represente la edad que tengo, sino menos, bueno, es lo que me dicen. Soy blanca, alta, delgada, mido más de uno setenta de estatura. Siete años fui profesora en la universidad.

Confieso que soy una mujer conservadora, así fui educada, antes de mi marido no conocí a ningún hombre y ya de casada nunca me interesó estar con otro hombre que no fuera él. Por mis anteriores trabajos y el actual, he tenido la oportunidad de conocer a mucha gente y estar rodeada de hombres, y como llega a suceder, han intentado acercarse y en algunos casos seducirme, pero yo sé perfectamente esa historia y nunca lo he permitido ni me lo he permitido. Pues para mí, no tiene ningún sentido ni conduce a ningún lado. Ni aventuras ni nada. En ese sentido soy muy racional. Así fue hasta hace un año.

Y aquí viene mi confesión, de la que dudé en escribirla así como el lenguaje que utilicé en el momento climático de esta historia. Me siento deshonesta y culpable, pues en cierta medida mi voluntad intervino para que se presentara lo que contaré. Sin embargo, elegí en libertad y ahora no sé si me siento culpable o liberada al escribir esta confesión.

La siguiente es la historia y espero no abusar con más palabras de las necesarias, pero creo que están justificadas para que me entiendan los que me lean. Si tienen comentarios, apelo a su respeto y a su comprensión, a su juicio recto y a no especular sobre lo que no se conoce. Lo más fácil es emitir juicios sin saber cómo las circunstancias intervienen para caigamos en contradicciones.

Hace un par de años llegó como instructor a una de las sucursales un joven de 38 años, con un buen curriculum y muy capacitado como instructor de Pilates, con una atención muy profesional para los alumnos y alumnas de este tipo de actividad física. Yo lo contraté, pues es mi responsabilidad, y no me equivoqué, pues además de su experiencia, hizo que aumentara el número de alumnos, y el negocio mejorara todavía más. El criterio para seleccionarlo fue estrictamente profesional, como es con los demás: sean hombres o mujeres. El plus que tenía es que había se había capacitado en EU.

Mi relación con los y las instructores es y ha sido de trabajo, profesional, sin extralimitarse absolutamente en nada, pues a final de cuentas es un negocio y es fundamental la atención y el servicio que se les ofrece a los que asisten a las clases. Sin embargo, con este joven la relación fue diferente pues la iniciamos por compartir la preocupación por actualizarnos y mejorar en el conocimiento de cada ejercicio y comprobar los resultados de nuestros clientes. Así que llegamos a compartir clínicas o diplomados de actualización de Pilates, o de nutrición. Discreto, serio y profesional. Ese era su comportamiento en general. Conmigo, respetuoso y cordial. Al igual que con mi marido, que en ocasiones llegábamos a coincidir los tres, pero todo en el orden profesional, como en algunos de estos cursos o seminarios o en la supervisión del negocio.

Con el tiempo la confianza se instaló en nuestra relación y en una ocasión me extendió una invitación a cenar. Yo le pregunté si era para conversar aspectos del trabajo o qué, y no, él me dijo que era personal, que sentía empatía conmigo, no solo como su jefa sino como mujer, que me quería conocer en otro ámbito, no en el laboral, sino en otro más relajado, como en un restaurante. Yo me negué y le dije que nuestra relación era de trabajo y nada más. Que me parecía una persona agradable y punto. Mi negativa fue contundente. Lo aceptó y me dijo que le apenaba haber provocado una situación de incomodidad y se disculpó.

La relación continuó sin contratiempos, cuando coincidíamos me saludaba cordialmente y yo a él, como personas maduras, como si nada hubiera pasado. En ocasiones él me daba alguna clase y nunca dejó de ser respetuoso conmigo. Admito que me gustaba que me diera clase pues me hacía trabajar muy bien las diferentes partes de mi cuerpo. Por obvias razones llegaba a tocar partes de mi cuerpo pero sin malas intenciones. Reconozco haber sentido como miraba, eso sí, discretamente, mi trasero u otra parte de mi cuerpo, los cuales resaltaban por el tipo de leggins que llevaba, ajustados y de colores. De igual manera yo observaba sus clases, como buen profesional que era y punto. Algunas chicas y señoras les gustaba tomar clase con él, pues además de que era muy bueno como instructor, influía su presencia pues tenía un cuerpo bien formado, espaldas anchas, hombros redondos, brazos fuertes, cintura reducida, piernas bien proporcionadas, delgado, no voluminoso. Me daba cuenta como lo miraban, ellas en particular, con dejo de coquetería. Yo en realidad no me había detenido a verlo en detalle, pues ni lo veía seguido y cuando así era, me limitaba a la supervisión del negocio.

Sin embargo, a raíz de los comentarios, empecé a poner atención en su cuerpo y cuando tenía oportunidad lo miraba pero discretamente, de manera que no lo percibiera y sí, en efecto, en una ocasión que fui a visitar la sucursal donde trabajaba, cercana a mi domicilio, confirmé lo que se decía, y debo aceptarlo, tenía un cuerpazo pues en aquella ocasión traía unos pants pegados de color azul rey y una playera de color blanca ajustada. Las diez camas del Pilates, no sé si por esa situación, estaban llenas de mujeres y había otras tantas esperando la siguiente sesión. Yo terminé por mirarlo también, aunque más detenidamente y pensé cómo no había puesto tanta atención en su figura corporal.

Empecé a visitar más esta sucursal para coincidir con él, además de quedaba cerca de mi casa, sin saber el porqué, o más bien, sabía por qué, aspecto que ya no me gustaba y que me lo reprochaba constantemente. Sin embargo, me agradaba verlo y bueno, decía entre mí, “no peco por echarme un taco de ojo”. Supongo que se dio cuenta que iba más seguido y por qué, pues ya no dejó de usar esa vestimenta (pants y playeras ajustados) y en verdad yo no podía hacerme de la vista gorda con ese cuerpo que se cargaba ese joven, bueno, ya no tan joven, no era fácil que pasara inadvertido. Yo hice algo similar: cuando me programaba para ir a esa sucursal, llevaba faldas cortas o leggins de colores llamativos. Pero hubo algo en él que hizo que no me prestara ya tanta atención, tal vez fue una estrategia inducida por él ante la negativa a salir a cenar. Me moleste conmigo misma: cómo era posible que me estuviera pasando esto, una señora de 55 años, aparentemente racional y ya con una vida hecha, lidiando con esa situación.

El negocio iba viento en popa y mi esposo propuso que se abrieran dos sucursales en Centroamérica. Se hicieron los trámites y todo estaba listo para abrirlas. Sabía que parte del crecimiento del negocio se debía al profesionalismo y a la imagen que representaba este joven para el negocio, así que mi marido lo propuso para que fuera a hacerse cargo de las dos sucursales; me pidió mi opinión y ante lo la situación que estaba viviendo no dudé en decirle que me parecía perfecto. Resultaba excelente tanto para el negocio como para mí. No me gustaba para nada que mis pensamientos estuvieran donde no deberían estar. Esto me dio tranquilidad y certidumbre y sobre todo paz, paz espiritual, paz conmigo misma, con mi familia y sobre todo con mi marido.

Cuando se le informó le pareció bien, pues significaba progreso en todos los órdenes. Se acercaba la fecha en que tenía que irse, sin embargo, me buscó días antes para darme las gracias y disculparse nuevamente por el atrevimiento que tuvo de invitarme a cenar. Le respondí que no se preocupara, que había cosas que simplemente solían suceder y que hacíamos lecturas diferentes de la realidad y de las personas. Yo sabía, aunque negara sus intenciones, por qué me había invitado a cenar y en eso era como todos los hombres. Invitar a una mujer casada a cenar? Para qué? Con qué intención? Yo ya me sabía esa película. Sin embargo, le pregunté las razones de su invitación. Su respuesta fue la misma: quería conocerme en otra situación. Por qué, le pregunté, y me dijo que le parecía una mujer muy atractiva. Adjetivo que había escuchado muchas veces y que no me impresionaba. Pero agregó: atractiva por madura. Eso fue diferente. La belleza y la sexualidad se identifican siempre con la juventud. Con dicha palabra (madura) agregó algo más pues supongo que veía algo más en mí.

Finalmente, me pidió si nos podíamos ver un par de días antes de que se marchara. Para qué, fui mi pregunta. Para despedirnos, dijo él. Ahora mismo nos podemos despedir, le respondí. Además, por cuestiones de trabajo es posible volvernos a ver más adelante. No, insistió, despedirnos de otra manera, no así. Entonces, en ese momento, pasaron muchas cosas por mi mente, como negarme y punto. De acuerdo, le dije, pero no a cenar ni nada, en una de las sucursales con el pretexto de que me entregues las carpetas de las rutinas. Eso le diré a mi marido pues no estoy dispuesta a mentirle. Y agregué algo más: no esperes lo que deseas, conozco a los hombres, soy una mujer casada y no me interesa una aventura ni contigo ni con nadie. No sé a qué te refieras, por otro lado, a despedirnos de otra manera, subrayé. Bueno, sólo por decir, atinó a responderme. Él aceptó y acordamos vernos el viernes en la noche, después de finalizada la última clase, y en la sucursal cercana a mi domicilio, donde él tenía clase.

Me acompañó a mi automóvil y en el camino me dijo que si podía proponer algo. ¿Qué? le pregunte y él me dijo: dame la libertad de decirte en esta cita lo que me hubiera gustado decirte cuando te invite a cenar y si los astros se alinean a nuestro favor, que cada quien elija en su libertad. Ok, le respondí. Algo me estremeció y me gustó al mismo tiempo. Sin embargo, para evitar equívocos, surgió la mujer racional y en sentido de aclaración, le dije: desde ahora te digo y espero lo cumplas, nada de besos, nada de abrazos, nada de sexo oral, nada de coito, nada de desnudarse. Fui todavía más explícita: y respecto del tiempo, no más de una hora; yo le diré a mi marido que vendré contigo a que me hagas la entrega de algunos materiales, es decir, no le mentiré. Le pediré que venga por mí. Con esto consideré haber cerrado cualquier posibilidad de otra cosa. ¿Estás de acuerdo? Sí, cumpliré tus condiciones, me respondió. De inmediato y no sé por qué, le dije, “si tu imaginación da para más, nos despedimos como propones”. Me miró fijamente y dijo, ok, acepto tu propuesta. Nos vemos el viernes.

En el camino a mi casa, reconsideré lo que le había dicho, en particular sobre la imaginación. Pasaron por mi mente muchas cosas. Cancelar la cita y adiós. Después ya no quise pensar y esperé un día más para la cita de despedida, según él. Para mí fue algo novedoso, nunca me había citado con un hombre en esos términos. Me molesté conmigo misma por pensar en cómo iría vestida, qué podría proponerme, y yo, qué haría y cómo me sentiría.

Llego el viernes, le dije a mi marido de la cita, que el motivo era para que me entregará las carpetas de las diferentes rutinas, en la sucursal cercana al domicilio, que me iría caminando, como diez cuadras y que pasara a recogerme a la nueve de la noche. A pesar de que era una noche cálida de primavera, no quise vestirme provocativa: nada de faldas cortas o vestidos ajustados o pantalones ceñidos al cuerpo. Sólo me recogí el pelo, me puse un vestido largo, casi a los tobillos, de licra, color blanco, poco ajustado, pero con tacones, que dudé en ponérmelos. Casi no me pinté, no quería que pensara que me había arreglado para él. La ropa interior normal nada de tangas ni nada, pues no me gustan, para mí son incómodas.

Llegué al local, estaba cerrado, lo tuve que abrir. Como él había impartido clase hasta las seis pensaba que lo iba a encontrar. Pero no, no estaba, llegó a los cinco minutos, había ido a comprar una botella de agua, apareció recién duchado con el cabello mojado y olía a limpio: lo vi entrar con unos pants ajustados color amarillo y una playera negra ajustada, con tenis, lo que provocó que cuando lo saludé me viera más alta que él, pues mis tacones eran como de cinco centímetros, con lo cual mi estatura llegaba como a 1.78. Nos dimos un beso en la mejilla y regresó al fondo del local para traer dos sillas.

Acomodó las dos sillas, frente a frente y me invitó a amablemente a que nos sentáramos, inmediatamente me miró a los ojos, me tomo de las manos y el diálogo se inició, no sin antes decir: tenemos una hora y debemos aprovechar el tiempo.

-Eres una mujer demasiado atractiva, por lo menos para mí, pues tengo debilidad por las mujeres maduras. Desde que te conocí así me pareciste y hoy en esta noche lo confirmo. Tu marido debe sentirse orgulloso de tener una mujer como tú a su lado.

-Por supuesto, le respondí, ya me lo han dicho muchas veces, no es nuevo. Y así continuó, con más cumplidos, nada novedosos, pero después, sus palabras empezaron a envolverme por subir de tono.

-A pesar de todo lo que has provocado y estás provocando en mí en este momento, te reitero que cumpliré el acuerdo. Después se levantó de la silla, supuse para que lo mirara y dijo: Me basta tu presencia y me intriga y seduce al mismo tiempo saber y sentir si una mujer como tú, pelirroja, con pecas en el rostro, labios carnosos, esbelta, con más de 50 años y con la menopausia a cuestas, es capaz que desde su interior se despierte un erotismo diferente al que ha vivido.

Después, sacó una tarjeta de su chamarra del pants y me dijo mirándome a los ojos: En relación a si mi imaginación da para más -me lo dijo en tono de sentencia- permíteme leerte lo siguiente: “Mi imaginación sí da para más, pues te imaginé frente de mí, como ahora, mirándome y haciéndome lo que has imaginado hacer pero nunca lo aceptaste para sí, pues preferías coartar tu imaginación; en este momento sé que imaginaste imaginar este momento, y que ahora tu imaginación es más real de lo que imaginaste. Tus manos no son imaginarias, son tan reales como cada parte de mi cuerpo y depende de ti, sólo de ti, que tus manos dejen de imaginar lo que imaginaron y hagan realidad lo que imaginaron”. (Debo decir que reescribo fielmente estas palabras porque conservo aún la tarjeta).

Quedé absorta, no por las palabras en sí mismas, sino por lo que prometían y sugerían en ese preciso momento. Sabía lo que significaban esas palabras, no había necesidad de solicitar explicaciones. Mi corazón empezó a latir con vehemencia. Mis ojos empezaron a contemplar la simetría de su cuerpo, de arriba abajo; me di cuenta que me dejé vencer cuando dirigí la mirada hacia el punto intermedio de su cuerpo de donde brotaba aquella armonía y de reojo miraba el reloj: el minutero rebasaba el número 10, es decir, eran más de las ocho. El tiempo, entonces, significaba poco y mucho al mismo tiempo. La tentación era fuerte, inconmensurable, y no pude resistirme. Me sentí vencida por el deseo.

Mis manos empezaron a deslizarse por su cuerpo, iniciando por su pecho, luego sus hombros, sus brazos, lo hacía para comprobar si eran reales. Después su abdomen, que era como una piedra, después sus muslos, demasiado duros. Después me puse detrás de él y deslice mis manos por su espalda, ancha y bien formada, luego toqué sus brazos nuevamente pero deteniéndome en sus tríceps, después nuevamente su espalda, hasta la cintura, haciendo un triángulo inverso y luego sus nalgas, redondas, paradas, duras, bien proporcionadas. Él se mantenía erguido, sin moverse. Estando todavía detrás de él, volví a tocar su abdomen, sentía cada músculo de su abdomen, a pesar de que los sentía encima de su playera. Después, brevemente bajé mis manos y rocé su miembro, cuando lo toqué ambos nos estremecimos. Di la vuelta y me puse nuevamente enfrente de él, pero me senté en la silla, miré hacia arriba y me encontré con sus ojos. Bajé la mirada, la cual se dirigió a su miembro, miraba cómo crecía y se marcaba, hacia arriba y de lado izquierdo en su pants. En ese momento, mi corazón latía a mil por hora. Lo estaba viendo crecer, como si fuera a salirse. Empecé a concentrarme en su miembro, lo tocaba suavemente y lo miraba, acercaba mi mejilla para sentirlo, lo sentía caliente y en algunos segundos mi mirada se encontraba con la suya, la cual denotaba cierto orgullo de su parte.

Miraba el reloj, el minutero se acercaba a la media. Sabía que quedaba poco tiempo. Dudé en seguir acariciando su miembro sobre el pants o sacarlo, no dejaba de mirarlo y tocarlo. Finalmente, mis ojos buscaron nuevamente a los suyos, bajé un poco sus pants y saqué su miembro, el cual surgió antes mis ojos: impresionante, nunca le había visto el pene a un hombre que no fuera a mi marido. Llegaba a mirar en ocasiones la entrepierna de algunos hombres pero me reprimía y quitaba la mirada. Ahora tenía frente a mí un pene diferente al de mi marido. No sé si las proporciones eran mayores o similares, pues mi marido está bien dotado, pero sí éste lo vi demasiado erecto, grueso y grande. Lo tomé con las dos manos y no lo abarcaba todo, me gustó esa sensación. Empecé a realizar movimientos suaves, después me detenía y mis dedos buscaban su glande y se encontraban con la humedad consabida. Mis dedos se deslizaban alrededor de su glande, sentía como latía ese pedazo de carne y como crecía su excitación. Pasó por mi mente llevármelo a la boca y mamársela despacio, pero recordé lo que le había dicho: nada de sexo oral. Entonces, lo volví a agarrar con mis dos manos y empecé a masturbarlo, como sabía hacerlo, con la experiencia adquirida durante treinta años de casada. Lo hacía en ocasiones rápido y en otras lento, finalmente mis manos sintieron como venía en camino el fluido desde sus entrañas. Fue una explosión, tenía tiempo de no ver tanto semen producto de una eyaculación. (Mi marido, por obvias razones, la edad, ya no eyacula así). Pero lo que más me impresionó fue la fuerza con que salió, despidiéndolo todo en diferentes momentos y direcciones, y al mismo tiempo que sentía sus espasmos, sentía como su semen salpicaba mi rostro.

Me levanté de la silla, saqué algunos pañuelos desechables de mi bolsa y me sequé la cara. Después utilicé otros para limpiarle su miembro, el cual, si ya no completamente erecto, todavía mantenía un buen tamaño. Miré el reloj y faltaban poco más de veinte minutos para las nueve. Ambos nos manteníamos callados. Se subió el pants, me tomó de la mano y me llevó a una de las camas de los Pilates. Se puso detrás de mí, me tomo de los hombros, me los acarició, después bajo sus manos a mi cintura y me susurró que subiera mis rodillas a la cama y pusiera las manos adelante, es decir, me puso en cuatro, como se dice. Sus manos empezaron a acariciar mi cintura, luego mis caderas y mis nalgas, pero sobre el vestido. Después sentí como una ligera brisa en mis piernas y mi culo, pues me había levantado el vestido. Detrás de mí, sentí sus manos como empezaron a tocarme las pantorrillas, después mis muslos interiores, y finalmente mis nalgas, no completamente pues las pantaletas que traía lo impedía. Pretendió quitármelas pero me negué, así que sólo las hizo a un lado y empezó acariciarme alrededor de mi vagina, para después meter sus dedos en mi coño y buscar mi clítoris. Debo decir que no me sentía muy cómoda, pero lo dejé seguir como sus dedos hurgaban en mis entrañas. Me llamó la atención no estar reseca pues a mi edad suele suceder. Me gustó que lo hiciera delicadamente, y aunque lo estaba disfrutando no sentía que fuera a llegar al esperado orgasmo. Después ya no sentí nada y le pregunté qué pasaba, me dijo que me estaba contemplando de esa manera y disfrutaba ver ese culo blanco y grande que tantos veces imagino vérmelo. Voltee lo que pude para poder verlo, miré su entrepierna y noté que ya la tenía erecta nuevamente: supuse que se había excitado al contemplarme en esa posición. Le dije que se acercara, se acercó y sentí su miembro en medio de mi culo, me gustó sentirlo, grande y duro. Miré nuevamente el reloj: faltaban menos de diez minutos para la hora.

Le dije que la hora se acercaba. Se retiró y mis nalgas volvieron a sentir las caricias de sus manos, y luego sus dedos volvieron a hurgarme en el coño, empecé a excitarme por la forma en que me acariciaba. Sentía como aumentaba mi placer, y como no podía más, recordé su pene y me sentí vencida: le dije que me la metiera, hizo a un lado mis calzones y empezó a penetrarme, de manera suave y delicada, poco a poco, tomando con sus manos mis caderas, la sensación era increíble, tal vez la posición ayudaba, era un placer indescriptible como iba entrando su miembro en mí coño, sentía su abdomen duro en mis nalgas, sentía que me traspasaba. Me gustó que no me embistiera rudamente, lo hacía despacio, y a pesar de no ser mi posición preferida, lo estaba disfrutando En ese momento, sonó un mensaje en mi teléfono, vi rápidamente el reloj y vi que ya casi eran las las nueve, el teléfono lo había puesto a un lado de la cama, así que tomé el teléfono y leí el mensaje, era mi marido, para decirme que en quince minutos estaba por mí pues estaba retrasado: había ido a comprar unos vinos y estaba esperando a que le trajeran del almacén los que había pedido. Leí el mensaje y le respondí que no había problema. Yo quería seguir pues ya me estaba excitando.

Tenemos diez minutos, mantente quieto, le dije. Ya no quería que me siguiera embistiendo, me dolía un poco, así que empecé a mover mi culo de diferentes formas, de atrás hacia adelante, pero después empecé a moverme en forma circular, sintiendo como palpitaba su miembro y como se agrandaba, iba en el camino correcto: me concentré en que los movimientos fueran más circulares, pero no teniendo todos su miembro dentro de mí sino la puntita. Fue un instante explosivo. Al mismo tiempo. Sentí como todos sus fluidos bañaban mis entrañas. Quedamos uno segundos así, recuperándonos. Sólo pensé que pocas veces había tenido un orgasmo con mi marido en esa posición.

A los pocos minutos sonó el claxon de un auto. Supuse que era mi marido. Me paré y me bajé el vestido. Le di un paquete de pañuelos higiénicos para que se limpiara, le di un beso en la mejilla, tomé las carpetas y salí del local. Mi marido estaba dentro del auto, me subí, nos dimos un beso en la mejilla y me preguntó si todo había estado bien, le dije que sí. Arrancó el auto y después bajo a la velocidad y me dijo que le hubiera gustado despedirse nuevamente del instructor, pero después aceleró y se respondió, bueno, ya iré a verlo próximamente. O podríamos ir juntos. Después hizo una pausa y dijo: aunque en ocasiones tal vez tendrás que ir sola, pues estás más involucrada en este negocio del Pilates que yo. No crees? Me preguntó.

Me quedé callada, no le respondí, luego le dije, tal vez, ya veremos. En ese momento sentí como iba saliendo poco a poco el semen de mi vagina. Me sentí desleal, pero también liberada. Vencida pero victoriosa.

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