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Mi adolescencia (Capítulo 48)

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De repente Iñigo me llamó al móvil para decirme que ya iba camino de mi casa y que en unos 10 minutos estaría en mi portal. No me comentó por teléfono nada acerca de Pilar por lo que supuse que todo fue como la seda y pudo colocar de nuevo toda la ropa en el armario sin que ella se diese cuenta. Nada más verle en mi portal me animé a decirle lo que había estado pensando, es decir, no más fantasías eróticas ni morbosas con la ropa de mis amigas, pero antes de que me diese tiempo a decir eso Iñigo me soltó: “He estado pensando cuál quiero que sea nuestra próxima víctima: Laura”. Eso me desconcertó por completo. No me lo esperaba por nada del mundo y me chocaba muchísimo que Laura supusiese una chica que pudiese atraer a Iñigo ni en su forma de vestir ni en su forma de ser.

De todas las chicas de la pandilla Laura era la más pequeña de todos nosotras, y era muy tímida, recatada, reprimida y jamás había tonteado con ningún chico. Cierto que era guapilla y algo pija pero rezumaba virginidad por todos los poros y era una chica tan discreta y mojigata que me chocaba que Iñigo tuviese algún interés por ella. Por lo que muy desconcertada le pregunté: “¿Laura? ¿En serio?”. Él me respondió afirmativamente con la cabeza, pero me matizó cómo quería que fuese la fantasía: “Sí, pero esta vez nada de camisas ni nada parecido, quiero que cojas de su armario unas simples braguitas, solo eso”. Eso me descolocó por completo, no hacía más que preguntarme a mi misma ¿qué morbo erótico puede tener Laura para un chico? No comprendía a Iñigo pero a él le veía tan ilusionado que no pude negarme a este encargo tan peculiar, por lo que por última vez accedí a jugar con la ropa de alguna de mis amigas. Eso sí, le dejé muy claro que esta sería la última vez, que se acababan ya para siempre estas fantasías fetichistas. Él accedió, parecía que con el tema de las braguitas de Laura ya había conseguido satisfacer del todo todas las perversiones morbosas fetichistas eróticas que tenía en mente relacionadas con la ropa de mis amigas.

Por lo que una tarde, estando en casa de Laura, le robe discretamente unas sencillas braguitas blancas de uno de los cajones de su armario. No me gustaba mucho esta nueva fantasía pero puesto que iba a ser la última de todas las fantasías con el tema de mis amigas pues la llevaría a cambio sin rechistar. Por lo que le pregunté a Iñigo cómo quería que me vistiese aparte de con las braguitas y su respuesta me desconcertó mucho pues se limitó a encogerse de hombros y a decirme un simple: “me da igual”. Por lo que no me compliqué mucho y me puse una camiseta de rayas con una falda negra y debajo, claro está, las famosas braguitas de Laura que tanto ponían a Iñigo. Esa tarde quedamos en el chalet y con suma delicadeza y suavidad Iñigo me cogió de la mano y me llevó hacía la cama. Me dijo: “Túmbate, cierra los ojos y, sientas lo que sientas, no los abras. Solo déjate llevar”. Así lo hice. Lo cierto es que con Iñigo fui siempre muy sumisa, con ningún otro chico (ni antes ni después) fui así de sumisa y complaciente, pero no podía negar que él siempre fue especial para mí y que estaba muy enamorada o atontada en esa época por él. Además, a mí también el morbo de las fantasías me gustaba, aunque estas con la ropa de mis amigas no acabaron nunca de gustarme del todo.

Por lo que me tumbé en la cama, cerré los ojos y me relajé, era en cierto modo como revivir de nuevo la famosa fantasía de hacerme la dormida, solo que para Iñigo tenía el aliciente adicional de llevar puestas unas braguitas de Laura. Con suavidad me levantó la falda y empezó lenta, pausada y hasta yo diría que tímidamente a acariciar mis muslos como si fuese la primera vez que lo hacía. Me trataba como con miedo, como si fuese nuestro primer contacto, como si al ponerme yo las braguitas de Laura fuese igual de virginal, mojigata y reprimida que ella. Y, lo curioso del caso, es que el hecho de que fuera tan despacio me entonó. Me gustó mucho. Pues desde hacía un tiempo mis relaciones sexuales con Iñigo eran ir directamente al grano y que, de repente, me tratara con esa fingida timidez virginal y me acariciase como si fuésemos unos adolescentes que nunca antes han tenido relaciones me motivó y excito de sobremanera. Por lo que sin darme cuenta cuando apenas me rozó por encima de las braguitas me sentí ya sumamente estimulada y excitada. Puede que a él le entonase el fetichismo de la ropa interior, pero a mí me entonó su comportamiento al tratarme y acariciarme así con tanta timidez y delicadeza.

Iñigo siguió acariciándome las braguitas con esa ternura y timidez tan insólita en él. Caricias suaves, sentidas y muy lentas. Como si saborease el momento de estar acariciando unas braguitas que pertenecían a una chica a la que jamás le habían hecho eso. Cierto que era yo quien llevaba las braguitas de Laura pero, en cierta manera, era como si de un modo fetichista eso me convirtiese en tan virginal y apocada como ella. Lo que más me sorprendió de todo este proceso fue que, en un determinado momento, abrí los ojos e Iñigo no se estaba acariciando a sí mismo, es decir, no solo no se había bajado su pantalón sino que ni tan siquiera se estaba acariciando él por encima de la ropa. Era como si solo quisiera disfrutar y gozar acariciándome a mí. Como si su mayor placer proviniese de restregar esas braguitas blancas contra mi entrepierna. Y, curiosamente, esto me excitó más todavía y sin quererlo solté un pequeño suspiro que sonó a un leve gemido. En esos momentos sus caricias se intensificaron, aunque nunca me llegó a acariciar por dentro de las braguitas, nunca, era como si lo esquivara, como si solo le estuviese permitido por fuera. Lo cual al final me excitó más de lo que pensaba. Y, de repente, de forma totalmente inesperada (sobre todo teniendo en cuenta los pocos minutos que llevaba haciéndomelo) acabé teniendo un pequeño orgasmo y eyaculando en las braguitas.

Yo fui la primera sorprendida de haber eyaculado así tan pronto. Iñigo también se quedó un poco flipado pero complacido mirándome con satisfacción, como orgulloso del trabajo bien realizado, pero yo, en cambio, me sentí muy avergonzada. Supongo que fue el cocktail de muchas cosas lo que aceleró todo el proceso y que acabase pasando a los pocos minutos. Solo sé que para mí fue una experiencia muy especial y para Iñigo también. Digamos que entre los dos habíamos desvirgado esas braguitas tan inocentes y virginales de Laura. De todos modos esa iba a ser la última vez que íbamos a jugar con la ropa de mis amigas y como broche de oro a estos juegos fantasiosos fetichistas no estuvo nada mal. En el futuro nos esperarían nuevas fantasías también bastante originales y placenteras, pero ya nada relacionadas con mis amigas. Y en parte lo agradecía, porque el fondo me ponía siempre un poco celosa que cierta ropa de mis amigas fuese lo que excitara a Iñigo.

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