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Masaje con final feliz

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  • Era un día cualquiera en la sala de espera del masajista al que solía acudir por repentinos dolores de espalda desde hace tiempo. Siempre acudía a él porque era un antiguo amigo de mi adolescencia y me relajaban mucho el dolor sus masajes

    Era un día cualquiera en la sala de espera del masajista al que solía acudir por repentinos dolores de espalda desde hace tiempo. Siempre acudía a él porque era un antiguo amigo de mi adolescencia y me relajaban mucho el dolor sus masajes. Tras un rato de espera, salió uno de sus últimos pacientes del día y enseguida me llamó a la camilla para mi masaje ya que era su última paciente del día.

    Mientras me quitaba la ropa, me envolvía con la toalla y me tumbaba boca abajo en la camilla, él preparaba los aceites y cremas con los que me haría el masaje. Ya estaba lista y lo avisé. Enseguida vino, puso la luz tenue que pone habitualmente para los masajes y dejo caer unas frías gotas de aceite sobre mi espalda. Pero ese frío pronto pasó a ser sensación relajante gracias a sus manos que lentamente empezaban a acariciar mi espalda buscando los focos donde sentía más dolor.

    Fue poco a poco acariciando mi espalda por cada esquina mientras me preguntaba sobre mis dolores de espalda con un tono suave que pronto me erizaba la piel. Mi masajista era un chico rubio, con buen cuerpo, mirada penetrante y que cuando hablaba suave, te excitaba. Siguió hablándome suave mientras iba presionando cada vez más en mi espalda relajando cada esquina y cada músculo. Estaba tan relajada y disfrutando del masaje que, sin darme cuenta, deje escapar algún que otro suave gemido, del que se fue dando cuenta mi masajista.

    Mi masaje de espalda empezó a cambiar y tornarse más relajante pasando a ser masaje de cuerpo porque empezaba a pasar sus manos suaves y aceitosas por mis brazos. Como no le decía nada y notaba que estaba muy relajada, paso del masaje de brazos a bajar sus manos hasta mis piernas, que masajeó suavemente de los tobillos subiendo poco a poco al resto de la pierna.

    Empecé a sentirme un tanto excitada por sus caricias y no tardó en percatarse de ello, así que sus manos doblaron un poco la toalla que tenía en mi cintura para masajear mis piernas un poco más arriba. Noté frío otra vez sobre mis nalgas y me di cuenta que la toalla había desaparecido y unas gotas de aceite de masaje se resbalaban hacia mis piernas. Pero pronto me acarició lentamente recogiendo entre sus dedos las gotas de aceite mientras masajeaba mis nalgas e iba bajando poco a poco hasta encontrarse con mi vagina.

    Al darse cuenta que no me molestaba, empezó a masajearme suavemente el clítoris mientras notaba como mi cuerpo se estremecía, y dejó que un dedo se colara lentamente dentro de mí vagina excitada y jugosa a la vez que un poco juguetona. El calor que sentía iba aumentando y con ello unos suaves gemidos se escapaban de mi boca. Durante un rato solo se centró en jugar con sus dedos en mi vagina y masajear suavemente mi clítoris hasta que, tal era mi nivel de excitación, que me incorporé lentamente en la camilla, lo acerqué hacía mi cuerpo desnudo y resbaladizo y nos fundimos en un apasionado beso que encendió aún más esa llama que teníamos entre nosotros.

    Entre besos y caricias, le iba quitando la ropa y bajando mi mano en busca de su polla para llevármela a la boca. La acaricié suavemente con mi lengua mientras la tenía entre mis dedos hasta que, sin esperar más, me la metí entre mis labios haciéndole disfrutar como nunca mientras le echaba una de mis excitantes miradas felinas. No pasaría mucho tiempo hasta que, ardiendo de deseos, me tumbó sobre la camilla y me penetró salvajemente haciéndome tener orgasmo tras orgasmo mientras sus manos acariciaban mis pechos y sus labios buscaban los míos. Todo estaba llegando a su fin cuando, en pleno éxtasis tuve mi último orgasmo mientras su semen acababa resbalando sobre mi pecho.

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