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Historias de minimercado

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De aquella época sólo tengo recuerdos entrañables. Bien podría decir que mis mejores aventuras –las que merecen ser contadas– ocurrieron todas en aquel caluroso verano.

Recién egresado del colegio secundario, había decidido tener mi primera experiencia laboral durante los meses previos a mi ingreso a la universidad. Entre los motivos que me llevaron a tomar tal decisión podría mencionar la necesidad de dar mis primeros pasos hacia la independencia económica, descansar un poco de los privilegios y de la comodidad a la cual estaba acostumbrado, saber qué se sentía ganarse la vida comenzando desde abajo… pero estaría mintiendo: lo único que buscaba era escaparle por primera vez a las tediosas vacaciones en familia.

Conseguí empleo como reponedor en un minimercado en el norte de San Ignacio: la ciudad que me vio crecer. Omitiré el nombre del negocio porque es probable que aún esté funcionando y, quién sabe, quizá el Misil continúe trabajando allí. Este particular personaje era el cajero estrella y hombre de confianza de los propietarios.

Nunca supe su verdadero nombre, o quizá lo olvidé. A sus cuarenta años, y a pesar de una vida cargada de reveses y excesos, conservaba una juvenil lozanía que, de acuerdo a sus versiones, le reportaba gran éxito con las mujeres. No había nada que le gustara más que hacer alarde de sus conquistas y de la fama de seductor que lo jerarquizaba como un verdadero macho alfa.

Cuando la clientela flaqueaba me llamaba con un gesto; entonces yo sabía que debía acercarme a la caja y que allí escucharía la historia de alguna de sus gestas amorosas, la mayoría de las cuales tenían lugar, o habían surgido, en el propio establecimiento comercial.

Quien lo escuchaba en sus pasionales exposiciones se hacía la idea de que si no se había cogido a todas las mujeres del barrio era por falta de tiempo libre; aunque el portador del virus del cinismo encontraría difícil creer tales hazañas, sobre todo si se tenía en cuenta su modesto estatus social, sus torpes modales y su denigrante consideración hacia el sexo opuesto; consideración que nunca se molestaba en disimular:

–¡Son todas putas, nene! –Me repetía constantemente– ¡Les gusta la pija más que el dulce de leche!

Cada vez que hacía esta misógina aseveración, yo trataba de disimular mi fastidio y le obsequiaba una aquiescente sonrisa, mientras me preparaba para oír el chiste de la pija embadurnada en dulce de leche, que siempre venía a continuación.

El total desprecio que al principio me provocaba su persona y el resignado escepticismo con que escuchaba sus historias pronto se fueron transformando en algo que se podría confundir con el afecto, el cual fue aumentando a fuerza de compartir juntos momentos increíbles.

A veces me pregunto en qué andará ese pintoresco personaje generador de un sinfín de anécdotas. Alguna vez he sentido ganas de volver al barrio y saber cómo le ha ido en todo este tiempo; pero sé que jamás lo haría; no podría hacerlo el eficiente profesional, con una vida ordenada y monótona, una esposa funcional y dos pequeños tesoros de incalculable valor. Sin embargo, a menudo encuentro un ominoso y secreto placer invocando en mi memoria los detalles de aquellos episodios que marcaron el final de mi adolescencia, y que relataré a continuación.

La madre

Aquella mañana estaba particularmente floja: casi no habían entrado clientes. En comparación con la vorágine que habíamos sufrido en días anteriores en virtud de las fiestas tradicionales, el minimercado parecía una taberna de pueblo fantasma. Es cierto que aún era temprano; pero en días normales, incluso a las 9 am, no hubiera reparado yo en el sonido de las heladeras ni en el del aire acondicionado, y en ese comienzo de jornada el leve zumbido de dichos artefactos me aturdía más de lo que lo podría hacer el silencio absoluto.

Para matar el aburrimiento, o quizá para no tener que escuchar las fatuas historias del cajero, me dispuse a ordenar la góndola de productos de limpieza. Fue allí cuando los vi entrar: era una pareja con un bebé. Los flamantes padres estarían en sus treinta –quizá treinta y cinco– y tenían aspecto refinado.

Me detuve a observar a la mujer: era hermosa. Llevaba puesto un ligero vestidito suelto, apenas por encima de las rodillas, del cual bajaban unas piernas exquisitamente formadas que terminaban en unos pies deliciosos, apenas cubiertos por unas frescas sandalias. Disimuladamente seguí con mi mirada su lento andar entre las góndolas empujando el cochecito. Su marido la acompañó durante apenas unos segundos manteniendo una agitada conversación por celular; luego se distanció de ella y le hizo una seña mientras se apartaba el teléfono del oído:

–¡Te espero en el auto! –le gritó.

Ella asintió con su cabeza y continuó recorriendo el local hasta llegar a la góndola de productos de farmacia. Poco después miré por la ventana y pude ver al hombre recostado sobre su auto, ensimismado en su charla telefónica. En ese momento se me ocurrió una idea para poner a prueba al presuntuoso cajero. Entonces me acerqué a su puesto de trabajo y, sin dejar de mirar a la mujer, le comenté a manera de reflexión:

–A ésta jamás te la podrías coger…

Él me miró de soslayo, entrecerrando sus ojos, como condenándome por mi osadía juvenil:

–¿Me estás desafiando, nene? No hay ninguna que no me pueda coger. ¿Querés apostar a que me la garcho ahora mismo?

–¿A una desconocida? ¿A una madre con un bebé y con su marido ahí afuera? ¿Y las 9 am? Pfff… Quinientas monedas a que no…

–Hecho –me dijo mientras estrechaba mi mano para cerrar el trato.

–Pero tiene que ser antes de que salga del local, ¡eh!

–Tranquilo, nene, escondete por ahí y aprendé cómo se hace. Hoy vas a recibir una clase de cómo hay que hacer para cogerse a una putita fina, y sólo te va a costar quinientas monedas.

Me escondí en el estrecho espacio que había entre dos góndolas que a mi criterio estaban ubicadas de manera inconveniente para el favor del cliente pero que me venían de maravillas para mis intenciones furtivas: desde allí podía observarlo todo sin ser visto. Me causaba mucha curiosidad cómo el presunto conquistador iba a intentar intimar con una mujer de porte tan formal. Su seguro fracaso, o su desistimiento, me darían pie para ponerle un manto de duda a todas las historias que me contaba habitualmente.

Minutos después la mujer pasó por la caja y, con extrema seriedad, colocó los productos sobre la mesa. El Misil la recibió con una sonrisa; ella ni lo miró. El cajero comenzó con la facturación de los productos y, al encontrarse con un termómetro digital, comenzó con su artimaña:

–A ver si estudiaste, madre, ¿cuál es la mejor forma de tomarle la temperatura al bebé? –le dijo con aire ganador y con pretensiones de empleado simpático.

Ella frunció el ceño y le lanzó una mirada de desprecio. Luego de unos segundos le respondió con sequedad:

–Vía rectal es la forma más conveniente para tomarle la temperatura a un bebé de seis meses.

Al escuchar la austera solemnidad de la respuesta no pude más que sonreír e imaginar cómo iba a gastar esas quinientas monedas. No había forma de remarla, ni con una selección de Casanovas y Tenorios. En ese momento le hubiera apostado otras mil monedas a que ni siquiera le sacaba una sonrisa. Para colmo, el bebé se puso inquieto, y ella también. Miró hacia afuera dos veces: obviamente se quería marchar rápido. El Misil se mantuvo imperturbable y como si todo marchara de acuerdo con su plan, le dijo:

–¡Muy bien, madre, muy bien! ¿Y a un adulto?

Ella calmó a su bebé, miró por tercera vez hacia el exterior con gesto de hartazgo y luego le respondió con la misma parquedad de antes:

–¿Ehh?... Ahh… Axila, supongo.

La mujer mostró su impaciencia apurando la transacción. El Misil le entregó el ticket junto con el cambio e inmediatamente –para mi sorpresa y la de la mujer– llevó sus manos hacia la bragueta de su pantalón. Sin dudar un instante, sacó su pija y la exhibió en frente de la dama. ¡Era tremenda pija! Mediría unos veinte centímetros, quizá más; era gruesa y estaba erguida y dura como hierro. Tenía una cabezota gordota y brillante. La madre, al verla, abrió unos ojos gigantes. Él prosiguió como si nada:

–Mirá este termómetro, madre. ¿Te lo meterías debajo del brazo para tomarte la temperatura?

Cualquier otro hubiera recibido una bofetada por desubicado, y hasta una denuncia por acoso; y bien merecida que la hubiera tenido. Sin embargo, la madre, luego de observar la ostentosa pija del cajero durante unos segundos, y tras escudriñar en todas direcciones, se volvió de espaldas a la caja y se levantó el vestido hasta la cintura.

–No… acá –le respondió.

¡Peló el orto ahí nomás la hija de puta! ¡Terrible orto! ¡Y entangado hasta la manija! ¡Tremendo colaless bien incrustado en el ojete tenía la muy perra! Sus agraciadas nalgas al aire hicieron que la enorme verga del Misil empezara a palpitar fuerte. El afortunado cajero se levantó rápidamente de su asiento y, con la pija al aire, convidó a la mujer a que lo siguiera hasta el depósito. Ella fue tras él. Cuando él la invitó a entrar, ella volvió su cabeza, miró el cochecito estacionado junto a la caja y vaciló. Él se apresuró a tranquilizarla:

–No te preocupes, madre, no le va a pasar nada al niño. Vení putita, vení…

Entonces la tomó del brazo y la introdujo en la sala del depósito. Era increíble cómo aquella circunspecta madre había dejado a su bebé abandonado por ir tras una pija; y parecía como si no le importara que su marido volviera al local y la descubriera.

Cuando me asomé a la puerta del depósito, el Misil tenía a aquella madre totalmente sometida: inclinada hacia adelante, apoyada sobre una heladera horizontal, con el culo en pompa y la tanga a la altura de las rodillas. Le estaba dando por el orto sin piedad; la embestía con la violencia de una bestia salvaje mientras le metía los dedos en la boca; ella se los chupaba como desesperada.

La banda sonora de la mañana ya no era dominada por el tedioso zumbido de las máquinas, sino el estrepitoso sonido producido por el choque del bajo vientre del Misil contra aquellos cachetotes redondos de pura carne: ¡pla pla pla pla! Ufff… ¡Qué serruchada de ojete, por Dios!

Llevarían unos cinco minutos culeando cuando el bebé comenzó a llorar fuerte. Ellos ni se mosquearon: siguieron como si nada. La enculada madre mantuvo su carita de puta, mordiéndose el labio e impulsando su culo hacia atrás con vehemencia en busca del vergón del cajero; estaba gozando como perra en celo.

Un minuto después empezó a gemir tan fuerte que sus gritos taparon el llanto de su pequeño hijo; su concha empezó a chorrearse como si fuera una canilla, y no cesó de hacerlo hasta que el Misil, a punto de acabar, la tomó fuerte del pelo y la indujo a arrodillarse de frente a él. Entonces ella abrió bien grande la boca y él le vació los huevos en ella: grandes chorros de semen fluyeron hacia la garganta de la perra. Ella no solamente se tragó toda la leche del cajero, sino que luego le limpió la verga con su boca. ¡Tremenda lustrada de sable post coito anal! Recuerdo que le apoyó la punta de su lengua sobre el orificio del glande y la hizo serpentear para recoger hasta la última gota de leche.

Instantes más tarde, mientras la putita se subía la tanga y se acomodaba el vestido, aproveché para correr hasta mi escondite. Desde allí la vi salir y marcharse apurada intentando calmar a su bebé, que continuaba llorando. Luego apareció el Misil, venía abrochándose el pantalón. Con actitud soberbia y satisfecho semblante, me repitió por enésima vez:

–Son todas putas, nene, ¡todas putas! Y estas chetas son las peores.

Segundos después pude observar, a través de una de las ventanas del local, el tierno beso en la boca que la joven madre le obsequiaba a su marido –que seguía hablando por celular– antes de partir con sus compras.

Ese día perdí quinientas monedas, pero gané argumento para pajearme casi hasta la deshidratación.

La pendeja

Ya la habíamos visto antes en el minimercado, siempre acompañada por su novio: un joven fortachón con una evidente sobredosis de gimnasio. Era una joven muy hermosa y las pequeñas minifaldas que vestía la hacían aún más llamativa. Sus piernas lucían perfectamente torneadas y su culito respingón sobresalía de manera singular; daban ganas de manotearlo a la pasada. Yo traté de contemplar su belleza en forma disimulada, pero el Misil –en honor a su apodo– no andaba con rodeos: a pesar de que la joven estaba acompañada, le clavó los ojos como para comérsela entera.

–Qué pendeja más hermosa; cómo me la garcharía toda –me dijo en voz baja.

–Tranquilo Misil, que el novio está grande –le advertí.

Pero el Misil no conocía el miedo, y aprovechando que era última hora y quedaban pocos clientes, me hizo la siguiente proposición:

–Distraémelo un ratito que me garcho a la pendeja acá nomás –se lo notaba muy excitado–; si me hacés este favor te devuelvo las quinientas monedas.

–¡Ni por todo el oro del mundo! Vamos a terminar golpeados y encima presos.

–Pero mirá que sos cagón, nene, jaja.

Luego me ausenté unos minutos: primero visité el baño y más tarde estuve en el depósito. Regresé a tiempo para presenciarlo todo: mientras el fortachón inspeccionaba la góndola de los vinos, el Misil llamó a la pendeja con un gesto y ella caminó hasta la caja. Cuando llegó, el impetuoso cajero la estaba esperando con la verga al aire y dura como tronco de roble; esa tremenda verga que parecía ser su arma secreta.

La pendeja la observó sorprendida. Inmediatamente, como poseída por ese majestuoso vergón, cruzó para el otro lado de la caja, se arrodilló y se lo empezó a chupar como si no hubiera nadie alrededor. Yo contuve mi respiración: había gente recorriendo el establecimiento y el fornido novio de la joven estaba ahí, a unos pocos metros de la felación. Le hice una seña al Misil para que recapacitara de su peligroso accionar; lo que conseguí fue que se llevara a la pendeja para el depósito. Allí pude soltar mi primera gran exhalación: al menos de esa manera no quedaba tan expuesto.

Instantes después el grandote giró su cabeza en todas direcciones, seguramente buscando a su novia; fue allí cuando decidí abordarlo:

–Hola, ¿te puedo ayudar? Los vinos con mi especialidad –no tenía siquiera conocimiento básico acerca de bebidas alcohólicas, sólo sabía que había un estrecho vínculo entre el vino y la uva.

El joven me agradeció la ayuda y me comentó acerca de su indecisión; tenía una botella en cada mano:

–No sé si el seco o el semiseco…

Yo improvisé un discurso de sommelier desde la más pura ignorancia mientras me preguntaba qué carajos hacía un pendejo adicto a los esteroides analizando vinos. Me dieron ganas de decirle que se llevara un par de cervezas y se dejara de joder. Pero necesitaba ganar tiempo. Para colmo, los últimos clientes que quedaban comenzaron a amontonarse en la caja que el Misil había dejado desierta.

–No te muevas de aquí –de dije al forzudo– creo que en el depósito está lo que vos estás buscando, ya vuelvo.

En realidad, en el depósito estaba lo otro que él estaba buscando. Me dirigí raudo hacia allí y, al llegar, pude observar al Misil en plena acción con la pendeja; o quizá deba decir a la pendeja en plena acción con el Misil. Porque era ella la que se lo estaba garchando a él.

De pie, con la pollerita subida hasta la cintura y la tanga corrida hacia un costado, con una pierna apoyada en el suelo y la otra levantada y con el pie apoyado sobre un cajón de cerveza, lo tenía arrinconado contra la heladera y parecía que lo estaba matando a conchazos. Le daba con un ritmo atroz y una energía inusitada. De vez en cuando se desenvainaba y se arrodillaba para devorarle la pija: le recorría la rosada cabezota con su lengua a gran velocidad y luego se la tragaba casi hasta el punto de la arcada. Luego se ensartaba de vuelta en aquel imponente falo y continuaba con su ritmo infernal. El Misil tenía los ojos en blanco. Estaba completamente entregado a la arrolladora fogosidad de la pendeja.

Me calenté tanto que pelé la verga ahí nomás y me hice tremenda paja. Acabé en diez segundos; derramé unos buenos chorros de leche sobre unos packs de juguito que formaban una pequeña montaña en la entrada del depósito. Inmediatamente después volví al frente del local con una botella en la mano y se la entregué al grandote:

–Tomá, comparalo con los otros, para mí éste es mucho mejor –le dije con autoridad.

Luego volé hacia la caja, en donde los clientes se encontraban por demás impacientes. Les pedí disculpas y procedí a realizar la facturación de los productos. Por suerte, en un rato de ocio, el Misil me había explicado los detalles de su trabajo.

Luego fue el fortachón el que se me apersonó en la caja. Me dijo que la botella que le había traído del depósito no era vino sino Fernet, pero que ya se había decidido por uno de los que me había mostrado antes. Mientras pagaba por su compra volvió a examinar los alrededores:

–¿No has visto a mi novia? Es morocha y más o menos así de alta –me dijo mientras colocaba su mano extendida a un metro y medio del suelo.

Apenas llegué a realizar un leve movimiento de negación con mi cabeza cuando un sonido proveniente del fondo lo alertó. El grandote, sin mediar palabra, se dirigió con decisión hacia el lugar y cuando iba a atravesar la puerta hacia el depósito, se encontró con su novia, que volvía al frente del local; estaba un poco desalineada.

–¿Dónde estabas? –le preguntó el fortachón.

–Atrás… tuve una urgencia –respondió la pendeja traviesa (no le mintió). En ese momento solté mi segunda gran exhalación de la noche.

Ellos fueron los últimos clientes. Al mismo tiempo que los observaba marcharse abrazados, me dispuse a cerrar el negocio. Luego fui corriendo hasta el depósito. Allí estaba el Misil: tirado en el suelo boca arriba, todavía con los pantalones bajos y todo lecheado. Su cuerpo entero exhibía el húmedo brillo de una gran lluvia dorada.

–¡Un fueeego la pendeja! ¡Me destrozó la pija! ¡Y me meo todo la hija de puta! jaja –me dijo extasiado. Sentí ganas de acogotarlo.

Esa noche no solamente me pajeé hasta la saciedad, también recuperé mis quinientas monedas.

La bomba

En aquella histórica tarde, como era lógico, no había ningún cliente en el minimercado. Una pantalla de televisor, aunque fuera pequeña, hubiera valido para mí lo mismo que el oro; sin embargo, el albur me encontró intentando sintonizar –sin éxito– una vieja radio a pilas. Mientras tanto, el Misil calmaba su tedio observando las calles desiertas a través de la ventana.

–Nene, ¿qué pasa que no hay nadie por ningún lado?

–Parece que sos el único que no está enterado…

–¿Enterado de qué, nene?

–De la final, Misil, la final… El San Ignacio… Si ganamos subimos a primera por primera vez en nuestra historia –le respondí mientras un desesperante ruido blanco me iba resignando a no tener noticias del partido.

La novedad no lo entusiasmó demasiado pero lo motivó para comenzar contar a viva voz una hazaña amorosa que había transcurrido bajo las gradas del modesto estadio del club: se había cogido a la novia del arquero mientras éste defendía nuestros sagrados colores. Por suerte el cimbrar del teléfono del local me salvó de continuar siendo espectador de tal herejía. En la soledad de la tarde alguien llamaba para realizar un pedido. Tomé nota con cuidado.

–¿Quién era, nene? ¿Un pedido? Justo hoy que no vino el hijo de puta del delivery –el delivery era sobrino de uno de los dueños y aprovechaba ese privilegio para presentarse a trabajar cuando le venía en ganas. Seguramente en ese momento estaba en la cancha disfrutando de unas cervezas y vibrando con las emociones del juego… Sentí envidia.

–Era la señora de Castro –respondí.

–¡Uhh, la bomba! –exclamó el Misil con entusiasmo.

–¿La llamo y le aviso que hoy no hacemos delivery?

–No, esperá… ¿qué pidió?

–Bananas, huevos, leche, polvo para hornear... y un salchichón.

–Ahh, pero parece broma… ¿No te das cuenta, nene? Lo que está pidiendo es pija. Seguramente su marido está como tarado con el partido y no la atiende. No la llames: prepará el paquete y se lo llevamos nosotros personalmente; es acá cerca, a una cuadra. Me faltaba cogerme a esta putita...

Cerramos el minimercado y nos dirigimos hacia la casa de Castro. Durante el corto trayecto el Misil me fue dando algunas referencias de la señora.

–No sabés el lomazo que tiene la veterana, nene; está mejor ahora que cuando era joven; echó un orto increíble, y últimamente se le ha dado por mostrarlo, parece que le va a explotar, por eso le dicen la bomba; ella sabe que está buena y anda por ahí calentando pijas descaradamente; tiene una carita de puta traga leche…

–Qué raro que todavía no te la cogiste –le dije de manera socarrona.

–Es que el marido la marca de cerca; imaginate… –respondió mi compañero con algo de ingenuidad. Luego continuó– El hijo de puta del delivery conoce a los hijos. Dice que cuando Castro no está, la putona se les pasea por la casa medio en bolas; los tiene todo el día calientes como caldera de sordo. Fijate que los tipos andan por los treinta años y todavía viven con los padres... Y si… si mi madre tuviera ese culo yo tampoco me mudaría. Parece que ni siquiera trabajan los hijos de puta, se pasan todo el santo día mirándole el orto a su madre y matándose a paja. Pero no sé qué tanto se le puede creer al delivery: es medio mentiroso…

Cuando la señora nos abrió la puerta de su casa pude comprobar que el Misil no había exagerado en lo más mínimo, y es muy probable que el delivery tampoco. Tendría unos cincuenta años muy bien llevados. Era rubia, muy coqueta y se cargaba un cuerpazo maduro de voluminosas tetas y tremendo ojete: una verdadera bomba. Vestía una musculosa y un pequeño shortcito que revelaba sus redondeados encantos con deliciosa indecencia.

–Buenas tardes, pasen, pasen –nos dijo mientras nos invitaba a seguirla hasta la cocina.

Caminamos detrás de ella e inmediatamente nuestros ojos se fijaron en esas increíbles nalgotas que el exiguo pantaloncito apenas podía contener: parte de los macizos cachetes se escapaban por debajo de la tela y el resto parecía que la iba a reventar durante el bamboleo que originaba sus pasos contoneados. Ella sabía muy bien que nuestras miradas estaban concentradas en su terrible ojete y lo movía de un lado a otro de manera más que elocuente. Una diminuta tanga bien metida en el orto se le divisaba tras la delgada tela del short.

Terminamos la breve persecución con los ojos desorbitados, la lengua afuera y la verga como garrote, haciendo un enorme esfuerzo para disimular nuestra conmoción. Me puse en los zapatos de los pobres hijos: tener que ver eso todo el día, todos los días… ¡Qué tortura! ¡Deliciosa!

De lado opuesto a la cocina estaba la bulliciosa sala; parecía que allí había unos cuantos disfrutando del partido.

–¡Qué quilombo que tienen ahí! –exclamó el Misil volviendo su cabeza en dirección del bullicio.

–¡Sí!... El famoso partido ese… –dijo la milf mientras revisaba el pedido– Me tiene harta. Mi marido y mis hijos se ponen como estúpidos; parece como si yo no existiera, ni me miran –el Misil me guiñó un ojo en señal de confirmación de su teoría– ¡falta el salchichón! –exclamó la fémina interrumpiéndose.

–Estoy seguro de que lo agregué en el paquete –me apresuré a responder.

En ese momento el Misil se me acercó y me dijo al oído:

–Nene, quedate ahí afuera y vigilá. Si alguien viene para la cocina prendé una alarma.

Allí comprendí que había sido el pícaro cajero quien había hecho desaparecer el embutido, y creí adivinar el motivo. La confirmación de que estaba yo en lo cierto llegó apenas unos instantes después, cuando el Misil se acercó a la señora, se desprendió el pantalón y sacó la pija a tomar aire:

–Acá tenés el salchichón, putita. ¿Te gusta?

La hermosa madura abrió unos ojos enormes y exclamó:

–¡Qué pedazo de pija, hijo de puta! –luego giró su cabeza y me miró– avisá si viene alguien, mi amor– me dijo con dulzura antes de tirarse de cabeza y tragarse ese suculento pedazo de carne pulsante.

El maldito lo estaba haciendo otra vez… Después de llenarle la boca, la recostó boca arriba sobre la mesa, desplazó hacia un costado todo obstáculo de tela y le rellenó la concha con el tremendo salchichón que la naturaleza le había colgado entre las piernas. Comenzó a serruchar a ritmo bestial; la milf emitía gemidos de intensidad y volumen creciente.

Yo quedé varado en el ancho corredor a medio camino entre la cocina y la sala, testigo de cómo el pijudo cajero reventaba aquella ardiente concha madura de labios gruesos. De un lado, el ruidoso plaf plaf y el extasiado llanto de la bomba rubia; del otro, la estruendosa algarabía de los hinchas y el emocionante relato del tipo de la televisión que, afortunadamente para todos, no dejaban que la familia se enterara de lo que estaba ocurriendo a tan sólo unos metros con la putona esposa y madre.

La suerte quiso que las principales emociones llegaran al mismo tiempo; de pronto, dos grandes estruendos resonaron en mi cabeza: de un lado, la explosión de la bomba; el imponente orgasmo de la rubia fue revelado por sus gritos desgarradores y una gigante convulsión en donde todo su cuerpo se estremeció de manera fulminante; del otro, el ensordecedor festejo del primer gol del San Ignacio.

Pronto llegó el segundo gol, y el tercero. Si estaba sumamente excitado observando la cogida que el Misil le metía a la bomba, más lo estaba con la goleada que le permitía a nuestra amada institución alcanzar los cielos de la gloria. Así que lentamente me fui arrimando a la sala. Una vez allí, pude ver las espaldas de los hombres que saltaban del sofá ante cada peligrosa incursión de nuestros delanteros en el área rival y pude ver la gran pantalla en el fondo y en ella el cuarto gol de nuestro equipo. Salté al mismo tiempo que los demás. La euforia general y mi oportuna posición de retaguardia me hicieron invisible.

El partido terminó. Los hombres en la sala se abrazaban. Emocionadas lágrimas recorrían sus rostros… y el mío. Me dieron ganas de fundirme en el abrazo con aquellos desconocidos, pero reaccioné a tiempo y volví raudo a la cocina a advertir a los cachondos amantes sobre el peligro que corrían.

Allí la acción continuaba a ritmo infernal. La bomba estaba de rodillas sobre una silla, con los con los antebrazos apoyados sobre la mesada. Detrás de ella, el Misil le reventaba el orto a pijazos. El choque de humanidades ocurría de manera desesperada. Mientras la serruchaba, el cajero le palmeaba las nalgas, la sujetaba fuerte del pelo, se le prendía de las tetas con sus afiladas garras, le pasaba la lengua por la oreja. Recuerdo cuando ella giró su cabeza para acercar su rostro al de él y sus lenguas se fundieron de la forma más obscena que yo había visto.

La bomba volvió a explotar y el estallido volvió a disimularse con los interminables festejos de la sala. El Misil dio aviso de leche inminente; ella, quizá para no dejar huellas de humedad que su familia pudiera descubrir, o quizá de puta golosa nomás, se agachó en frente a la pija del semental y se tragó completo el fabuloso caudal de blanco semen.

Con un gesto les anoticié el fin del partido y ambos se vistieron rápidamente justo antes de que Castro se apareciera en la cocina con una sonrisa de oreja a oreja.

–¡¡Estamos en primera!! –exclamó a los cuatro vientos.

La señora conservó la compostura y, mientras se pasaba un dedo por la comisura de los labios para limpiarse los últimos restitos de leche, le dijo:

–Qué bueno… Haceme un favor, querido: pagale a los chicos del delivery, ¿sí?

Castro pagó con gusto, sin perder su pintada sonrisa, y hasta nos dio una buena propina.

Nunca voy a olvidarme de ese día; cómo olvidar nuestro primer delivery de pija; cómo olvidar ese cuatro a cero que nos depositó en la división de privilegio.

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