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La carta, el fin de un amor (parte 1 de 3)

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Un hombre ciegamente enamorado de su mujer, un día lo perdería todo, sin saber porque el tiempo le traería una carta, una carta que le dejará descubrir muchas cosas de su pasado, un pasado que ignoraba

Lo que más lamento es haber sido tan estúpido, haber ignorado tantas inconsistencias, tantas sin respuestas, tantas muestras, no hay peor ciego que el que no quiere ver, y tuve que leer su carta para caer a tierra, para asumir la verdad…

En algún lugar, muy profundo dentro de mí imaginaba que había una parte de la historia que no conocía, o me negaba a conocer, las respuestas a muchas preguntas, pero mi consiente bloqueaba cualquier posibilidad de asimilar la verdad, seguramente por no sufrir, por no aceptar, a veces es mejor vivir en un paraíso ficticio, pero paraíso al fin…

La verdad, o al menos mi verdad, dictaba que Micaela y yo nos habíamos conocido demasiado jóvenes, aun sin tener veinte años, inexpertos, con una idea un tanto equivocada de lo que era el mundo y los desafíos de ser independientes en él, en la jungla de cemento, donde los padres pasaban a ser parte de la familia, pero ya no más las personas que pondrían el dinero por nosotros, formar una familia significaba entre otras cosas ser independientes.

Me enamoré perdidamente de ella, en un amor tan ciego que para mí ella era perfecta y no me permitía ver sus defectos, que hoy puedo decir que los tenía, y muchos.

Micaela sin dudas era, o es, porque para mí lo sigue siendo, el amor de mi vida, una petisa de apenas un metro y medio, por lo que siempre la llamaba ‘peti’ o solamente ‘mica’ y hasta ‘colibrí’ en los momento tiernos.

De un rostro muy bonito y singular, redondito como una manzana, poblado de pecas café que hacían juego con el color de sus ojos cristalinos, haciéndolos más llamativos, de pómulos salientes y naricita respingada, gruesos labios que siempre se me antojaron excitantes, mi petisa usaba siempre su abultado cabello castaño cortado a la nuca, con las orejas descubiertas, parecía sin dudas una muñequita.

Su cuerpo lucía una armonía envidiable, pequeña cintura, grandes pechos y cola parada, piernas torneadas, no era una mujer exuberante, pero por su estatura parecía tener todo, cada cosa en su justo lugar.

Habíamos ido a vivir a un pequeño departamento de alquiler, yo cargaba con el peso económico, a la vieja usanza, era quien salía a buscar el pan mientras ella hacía las cosas de casa, en esos años trabajaba en una pequeña empresa local de ensamblaje de electrodomésticos, una filial extranjera donde llegaban las partes terminadas y nosotros solo armábamos y probábamos el producto final antes de salir a la venta.

Después de cinco años de convivencia, cuando el encanto de la perfección de los primeros años había pasado, empecé a asumir algunas cosas dentro de nuestra relación, mica era una perra en la cama, sexualmente casi perfecta, pero había cerrado cualquier posibilidad a tener sexo anal, era como un tabú, lo habíamos discutido muchas veces porque yo lo deseaba, pero ella anuló cada uno de mis intentos, incluso las veces que intenté llegar a su esfínter con mis dedos solo logré comenzar con una discusión de la cual nunca salí bien parado.

Por otro lado, la situación monetaria era angustiante, la economía del país no estaba nada bien y no había dinero que alcanzara, íbamos cuesta abajo, en picada y empezamos a padecer penurias, pero mica parecía no ceder en nada, ni en sus jornadas de gimnasio, si sus tarde de uñas esculpidas, ni en sus días de peluquería, ni en sus salidas con amigas, no había forma de tapar tantos agujeros, y ella no estaba dispuesta a trabajar, hasta llegó a sugerir que buscara yo otro empleo, adicional al que ya tenía.

Un viejo refrán por estos lados dice que Dios aprieta por no ahorca, en el peor momento económico de mi relación con Micaela, cuando la situación se tornaba desesperante, cuando no sabía cómo salir a flote y mi esposa se volvía más y más demandante, mi jefe me ofreció un paracaídas...

Dardo era un buen tipo, un ingeniero que me llevaba apenas unos años y que si bien era nuestro superior inmediato no dejaba de ser uno más en el grupo. Solíamos compartir encuentros de futbol, o alguna cena, o alguna tarde de club. Los muchachos lo apodaban ‘termo’, en alguna ducha tras algún partido los bastardos repararon en el detalle de que Dardo tenía una verga enorme, más propia de un burro que de un hombre. Es cómico, pero él se avergonzaba del tamaño de su miembro y se molestaba si alguien lo llamaba termo, por lo que solo nos referíamos a el de esa manera en forma jocosa cuando no estaba presente.

Sin dudas un tipo muy inteligente, esbelto, de ojos claros y tirando a rubión, se afeitaba siempre prolijamente y usaba unos perfumes tan exquisitos que el aroma lo delataba siempre.

Bien, volviendo al tema, como comentara, la situación económica de la región no era buena, y la empresa venía hace un tiempo reduciendo personal, jubilando a los mayores, ofreciendo retiros voluntarios y deshaciéndose de los más vagos y revoltosos. Pero se pasaron de la raya y se quedaron con menos gente del mínimo indispensable, fue el momento en que Dardo nos ofreció a algunos muchachos extender la jornada laboral haciendo entre cuatro y ocho horas extras diarias, lo que suponía un cuantioso ingreso adicional.

No lo dudé un segundo y empecé a trabajar casi de sol a sol, con lo que en algún tiempo pude estabilizar la situación económica en mi hogar

Pero las cosas con Mica empezaron a ir cuesta abajo, poco a poco, sin darnos cuenta, sin saber el o los motivos, supuse que mis prolongadas ausencias de casa por pasarme todo el día trabajando horadaba poco a poco nuestra convivencia.

Ella empezó a cambiar, el dialogo de pareja fue mermando y nuestros encuentros íntimos se fueron espaciando. Empezaron a aparecer excusas, desganos y escapadas en la cama, cuando podía hacerle el amor ella se mostraba fría, fingía los orgasmos y su único objetivo era que todo terminase lo antes posible para poder dormir tranquila.

De nada valieron mis regalos, mis piropos, mi diálogos, me di cuenta que la estaba perdiendo poco a poco, estaba perdiendo a la mujer de mi vida.

Una noche, al regresar del trabajo ella me esperaba para despedirse, había armado sus maletas y esperaba un taxi para volver con sus padres, me dolió, pero no me sorprendió, solo me quedó una pregunta flotando en mi mente esa noche, por qué?

Por qué había sucedido… esa noche la cama matrimonial vacía me pareció más grande que nunca, pero si hasta extrañe sus reproches, algo era mejor que nada…

Seguí en mi empleo, ahora solo, Dardo había sido ascendido un par de veces y hacía un par de años que no lo veía, y a mi esposa algunas veces, en algunos juzgados arreglando en buenos términos la separación de lo poco material que aun teníamos, lo único en común…

Ciertamente me llamó la atención cuando algún tiempo después me enteré que Dardo, mi ex jefe y Micaela, mi ex esposa formaban pareja y contraían matrimonio, nunca entendí como había sucedido, como pasó todo, que tenían en común, como se conocieron…

Fue un balde de agua fría, pero qué diablos, si aún tenía esperanzas que volviera a mi lado. Y la busqué una y otra vez, solo para que me dijera, para que me explicara, pero ella bloqueó cualquier intento de mi parte, celular, mail, la casa de sus padres, no hubo forma de encontrarla. Pensé en Dardo, mi ex jefe, pero también me evadía, con excusas de su trabajo, que mañana, que pasado, siempre escapaba.

Hasta que una tarde lo esperé en el estacionamiento de la empresa, a que saliera y lo intercepté en su coche, esta vez no tendría escapatoria, los dos, cara a cara.

El me miró sorprendido, con los ojos grandes y casi tartamudeando me dijo

Juan… voy camino al médico… la semana próxima, habla con Juanita y yo te atenderé en mi oficina… promesa…

La semana siguiente me presenté en lo de Juanita, su secretaria personal que hacía poco tiempo había ingresado a la empresa, para ella Micaela solo era la esposa del señor Dardo Vargas Mansilla, ignorando quien era yo y todo lo que acabo de contarles, la saludé y le dije que quería programar una cita con Dardo, que él me había indicado que hablara con ella, Anita me miró extrañada y me contestó acariciándose una gargantilla que lucía en su cuello

El señor Vargas le dijo eso? Debe haber un error, él viajó a Canadá… no lo sabía?

A Canadá? Como que a Canadá? Cuando vuelve?

Cuando vuelve? Señor, fue transferido a la casa central, no creo que piense volver en unos años…

Como que transferido? Quiere decir que se radicará allá? Y su esposa?

Sí señor, ambos se radicaron allá, pero de verás no lo sabía? Hace rato que esto se venía manejando, era un secreto a voces…

Me sentí tan estúpido, ya sé que era mi ex, pero… nuevamente había pecado de ingenuo, si aún seguía enamorado…

Pasaron los años, dejé toda esa historia en un rincón de mi vida, dejé que se cubriera con el polvo de los años, conocí a Romina, un cruce casual en un mercado, salimos, nos enamoramos, formamos una familia, y la amo, pero jamás en la forma que amé y aun amo a Micaela.

Estoy recién pasado los cuarenta, trabajo ahora por mi cuenta, lejos de la empresa de electrodomésticos, el otro día, al llegar a casa entre tantas cosas, Romina me dijo

Juan, me olvidaba, llegó una carta para ti, es raro… creo que es de Canadá, conoces a alguien allá? No quise abrirla… debe ser un error, aunque la dirección y tu nombre son correctos…

Me paralicé en ese momento, ‘Canadá…’, traté de sonar casual y respondí como sin dar importancia a la pregunta

Debe ser un error… Canadá dijiste?

Fui con discreción y rapidez por el recado, lo tomé y me aseguré de guardarlo, eso era algo de mi pasado, un pasado que mi mujer ignoraba…

Fui a tomar una ducha, mientras el agua corría por mi rostro reviví en minutos mis años con la mujer de mi vida, los mejores momentos, los malos, lo dulce, lo agrio, mi amada Micaela, como la echaba de menos, cuanto la amaba.

Y ese sobre, esa carta… y si acaso me dijera que aún me amaba? Y si me pidiera que fuera a Canadá su lado? de seguro tomaría el primer avión y lo intentaría nuevamente, hubiera cambiado solo un segundo a su lado por el resto de vida que tenía por vivir…

Una erección me sorprendió bajo la ducha, empecé a masturbarme, mi amada Micaela, mi petisa de rostro pecoso, eyaculé con fuerza manchando los cerámicos de la pared.

La voz de mi esposa me trajo de vuelta a la realidad

Juan, todo bien? hace media hora que estás bajo el agua…

Si! si… ya salgo…

Contesté y cerré el grifo con premura, con la inocencia de un niño al que lo sorprenden haciendo una travesura, pobre Romina, ignorando todo, jamás hubiera querido romperle el corazón, pero uno no elige, uno solo actúa…

Me sequé con premura, me cambié y le dije a Romina que salía un rato a hacer unas cosas, unos trámites que tenía pendientes, esto era algo normal en mis tiempos así que ella no sospecharía nada.

Caminé a un bar, a un par de cuadras de casa, con la carta en mi bolsillo, me senté en un lugar apartado, discreto, a media luz, pedí una cerveza mediana, saque el sobre que ya estaba ajado por tantos manoseos, al fin, esa carta, el corazón me palpitaba, la abrí, la letra manuscrita de mi petisa quedaron vivas ante mis pupilas…

Querido Juan, tanto tiempo ha pasado…

CONTINUARA

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