INICIO » Categoría » Fresita, la Lagarta, la Bicha y yo

Fresita, la Lagarta, la Bicha y yo

  • 39
  • 10.897
  • 9,18 (22 Val.)
  • Le cogí la tranca con la mano para saber que se sentía y me estremecí. Ganas me dieron de menearla para ver si se levantaba, pero mi padre se podía despertar, y a saber lo que pasaría. Le subí el calzoncillo. Me fui para mi habitación y me puse a pensar

    Finales del verano de 1973.

    Estaba yo en el monte Xiabre bebiendo en la fuente de las acacias, una fuente hecha con una cáscara de pino introducida a modo de caño en el agujero de una piedra, y de la que salía, probablemente, el agua más fresca y cristalina de toda Galicia, cuando pasaron por el camino Pili y señora Gloria con sus rebaños. La señora Gloria con su rebaño de cabras y Pili con el suyo de ovejas. No me vieron porque para llegar a la fuente había que bajar una pendiente, a la que vieron fue a Cuca, mi burra. Le dijo la señora Gloria a Pili:

    -¿Qué hace esa una burra al sol, Pili?

    -Sombra.

    -¿Y qué hace el sol y sombra?

    -Meter unas borracheras de campeonato.

    -Estás puesta.

    -Puesta y dispuesta...

    Ya no oí el resto. Iban andando y perdí el eco de sus voces. Alcé la cabeza y vi aquellas grandes y robustas acacias que parecían no tener fin. Con su sombra, junto a la fuente, se sentía frío de invierno que se calaba en los huesos y del que hasta los cuervos escapaban.

    Con el transistor en el bolsillo de la camisa me puse a escuchar música. Después, con el auricular en la oreja, levanté la estaca de hierro a la que estaba atada mi burra y la llevé unos trescientos metros más adelante, donde había buen pasto. Me eché encima de la hierba debajo de un roble. A unos dos metros de mí había un barranco y debajo una cantera abandonada en la que crecía una hierba tipo césped, de allí venía la voz de la señora Gloria, que le preguntaba a Pili:

    -¿Jugamos a las preguntas personales?

    -¿Qué juego es ese?

    -Un juego en el que a preguntas íntimas hay que responder con la verdad y con el que puede que acabemos jugando a otro juego.

    -¿Qué tipo de juego?

    -Sexual.

    -¿Usted y yo liadas? ¡No me haga reír!

    -¿Juegas o no?

    -Se acaba de inventar ese juego. ¿A qué sí?

    -Sí. ¿Juegas o te rajas?

    -Juego.

    -No te olvides de que hay que responder la verdad, la verdad y nada más que la verdad

    -Ya, ya. ¿Pregunte?

    La señora Gloria, tiró a dar.

    -¿Eres tan decente como piensa la gente?

    -No, la tengo entre las piernas como todas. -Pili también iba a ir al grano- ¿Y usted es tan puta como dicen?

    -No, soy más puta de lo que dicen. ¿Te haces pajas?

    -Todos los días. A veces dos y tres. ¿Y usted?

    -De vez en cuando. Yo soy más de follar.

    Pili ya entró a saco.

    -¿Cuántas veces se corre con su marido cada vez que follan?

    -Una, y a veces ninguna. ¿Tuviste alguna polla entre las piernas?

    -Una, la de mi primo Alfonso. Quise correrme con él.

    -¿Ya no eres virgen?

    -Lo soy. Lo de mi primo fue visto y no visto.

    -¿En qué quedamos? ¿Te jodió o no te jodió? Explícate.

    -Sí y no. Una noche que fui a dormir a su casa entró en mi habitación. Yo me dejé. Me besó y me magreó las tetas, pero al tocar la punta de su picha los labios de mi almeja, se corrió. Al acabar de correrse volvió a su cuarto y me dejó con las ganas,

    -¿Qué hiciste después de irse?

    -Una paja como un mundo. Su leche en mi almeja y en mis dedos hicieron que me corriera como un río. ¿Quién fue el primer hombre que la hizo correrse, y expláyese un poco?

    -Mi padre. Lo encontré a él y a la Bernarda jodiendo en el pajar. La Bernarda, como sabes está casada con Juan, el guardia civil. Al día siguiente, estando solos en la cocina de nuestra casa, le dije que o me hacía sentir lo que era correrse o le iban a dar de hostias hasta en el carnet de identidad, si no le metían una bala en la cabeza. Creo que mi padre me tenía ganas, ya que lejos de molestarle mi chantaje, me subió a la mesa de la cocina, me quitó las bragas y fue a tiro fijo. Me comió el coño hasta que me corrí por primera vez. Después me metió la polla en la boca y me dijo que se la mamase. Yo ya se la mamara a Pirri. Mi padre se dio cuenta de que lo que le hacía ya lo hiciera antes. Me preguntó si aún era virgen y le dije que sí. Me preguntó si me dieran por culo, y le dije que un poquito, aunque Pirri ya me diera un muy mucho. Cogió una botella de aceite de oliva. Nos fuimos para mi cama. Allí me mandó poner a cuatro patas sobre la cama. Se untó la polla con el aceite y untó mi ojo del culo. Cuando me la metió en el ojete, supe que no había comparación con lo que me hacía Pirri. Mi padre siguió metiendo y sacando y echando aceite hasta que notó que me iba a correr de nuevo. Puso la palma de su mano sobre mi coño, que estaba empapadito, frotó, frotó y frotó, y cuando me volví a correr me llenó el culo de leche.

    Pili, lo vio como algo normal.

    -Lo buscó y lo encontró.

    La señora Gloria, al no escandalizarse, le preguntó:

    -¿Algún incesto por tu parte, si lo hay expláyate también?

    -Sí que lo hay. Una noche, hace un mes y algo, llegó mi padre borracho a casa. Mi madre discutió con él y se fue para casa de mi abuela... Mi padre se echó a dormir la borrachera en la cama por encima de la colcha. Hice lo que le hacía mi madre cuando estaba así. Le quité los zapatos, la camisa y el pantalón. De su calzoncillo salió el cabezón de una tranca, decaída, más que decaída, muerta. Aun así, yo no era capaz de quitar la vista de ella. Le bajé un poquitín el calzoncillo y le vi los cojones y la tranca entera. Sentí que mi almeja me mojaba las bragas. Le cogí la tranca con la mano para saber que se sentía y me estremecí. Ganas me dieron de menearla para ver si se levantaba, pero mi padre se podía despertar, y a saber lo que pasaría. Le subí el calzoncillo. Me fui para mi habitación y me puse a pensar. ¿Cómo sería la tranca de tiesa? Si era así de grande y gorda estando dormida, de tiesa debía ser enorme. Luché conmigo misma para no hacerme una paja, pero me vencieron las ganas. Me dije a mi misma que si iba a pecar, pecaría bien. Me desnudé totalmente. Acariciando mis tetas, con la luz encendida, cerré los ojos. Vi aquella polla tiesa y gorda. El agujero de la punta me besaba un pezón, luego el otro. Mi almeja ya estaba empapada. Metí un dedo. No, así no era. Aquella picha tenía que entrar más apretada. Por primera vez metí dos dedos. Me entraban muy apretados, al principio, pero después hicieron hueco y ya entraban y salían produciéndome un gran placer... Me estaba dedeando cuando entró mi padre en la habitación. Se paró al lado de mi cama. Estaba con los ojos cerrados. Sacó la polla. ¡La tenía casi tiesa y era muy gorda y muy larga! Se puso a mear. Me meó por las tetas, por el vientre y por el coño. Con la orina cayendo sobre mí. ¡Pum! El flash. Desbordé como un río desborda en la mar. Cuando abrí los ojos, después de aquella increíble corrida, mi padre ya se había ido de su taza imaginaria.

    Pili y la señora Gloria estaban metidas en harina y parecía que acabarían haciendo pan. Empecé a tocar mi verga por encima del pantalón cuando oí decir a la señora Gloria:

    -La próxima vez que haga una paja la haré imaginado que estoy en tu lugar. ¿En qué piensas cuando te haces una paja, Pili?

    -En algún hombre que me guste. ¿Y usted?

    -Yo pienso que le chupo la polla a un caramelito o le como el coño a un pastelito. Que me la comen. Que me joden y se corren dentro de mí. Que me corro en las bocas de ellos y de ellas... ¿Has hecho alguna mamada?

    -No. ¿Cómo se hace una mamada?

    -Fácil. Agarras la polla. Le lames y le chupas los cojones y se la sacudes. La lames de abajo arriba y de arriba abajo. Lames la cabeza como si fuese un helado y la chupas bien chupada. La metes toda en la boca, si no te cabe toda hasta donde puedas, y así hasta que el chico se corre. Aunque a mi me excita más otra cosa.

    Pili la pilló por el aire.

    -¿Le gustan mucho las mujeres?

    La señora Gloria, refinada, lo que se dice refinada, no era. Le respondió:

    -Más que la mierda a las moscas. ¿Y a ti?

    -A mi no me atraen. ¿Cuál fue el mejor polvo que echó con un hombre?

    -Me lo echó Juan, El Perro. Me corrí doce veces.

    -¡¿Qué le hizo para correrse doce veces?!

    -Joderme como hacen los perros. Me jodió diez minutos, o algo más, a toda hostia. Me corría y al ratito volvía a correrme, y así doce veces hasta que se corrió él.

    -Le debió quedar la almeja sin jugo.

    -Hablando de jugo. ¿Estás mojada?

    -Estoy. Los polvos de talco que me echo van a dejar paso al olor a bacalao.

    -Debes tener un coño delicioso, fresquito... ¡Ummm!

    -Eso no es una pregunta íntima, es un pensamiento guarro.

    -Lo es... ¿Hacemos una paja juntas?

    -¿Está intentando seducirme?

    -Hace media hora. ¿No te gusta que lo haga?

    -No, bueno, si, es halagador, pero a mí la tortilla que me gusta es la de patatas

    -Madura, Pili, Se moderna. ¿Quieres que te pongo al día?

    -Habla de comerme la almeja, claro.

    -Hablo de comerte viva. ¿Quieres que te haga correr?

    -¿Ya le comió la almeja a alguna mujer?

    -Comí coños y me lo comieron. Pero también goce mucho con ellos.

    Pili se extrañó que hablara en plural.

    -¡¿Ellos?!

    -¿Sí, ellos. Si te digo el nombre del primer bomboncito que me tiré después de casada me dices tú cual fue el primero en tus pajas?

    -¿Le metió muchos cuernos a su marido?

    La señora Gloria, no le contestó. Le preguntó:

    -¿Vas a decirme quién fue el primero en tu primera paja?

    -Sí. ¿A quién se folló después de casada?

    -A varios.

    -Dígame quienes fueron.

    -Te diré tres. Carlos, y sus hermanos Juan y Pedro. Me follaron los tres por delante y por detrás.

    -¡No joda! ¿Cómo, y dónde fue? Expláyese

    -Aquí, en el monte. Yo estaba vigilando las cabras y ellos andaban cazando conejos. Pasaron por mi lado. Vi que no habían cazado nada. Me reí de ellos. Carlos les dijo a sus hermanos que me sujetaran que iba a cazar mi conejo. Juan, por detrás, me tapó la boca con una mano para que no gritase, me sujetó por la cintura y me besó en el cuello. Pedro me magreó las tetas. Carlos, se arrodilló, me bajó las bragas y me comió el coño. Me empecé a poner cachonda. Poco después, Juan, quitó su mano de mi boca y me besó. Dejé que me besara pero no le devolví los besos... Al rato estaba desnuda como vine al mundo. Allí, de pie, en medio de la nada, con Carlos comiendo mi coño, que ya estaba chorreando, Juan comiendo mi culo, y Pedro comiendo mis tetas, sentí, que me iba a correr. No quería darles esa satisfacción pero no pude evitarlo, de mi coño salió un torrente de jugo y mis piernas comenzaron a temblar. Pedro y Juan me sujetaron porque me caía. Carlos se tragó la corrida... Al acabar de correrme, Carlos, empalmado como un animal, se echó sobre la hierba, Pedro y Juan me pusieron sobre él., Carlos metió su polla en mi coño y Juan Y Pedro me pusieron las pollas en los labios. Debió ser mi instinto de puta, ya que se las cogí con las dos manos y se las mamé. Juan, no aguantó nada, se corrió en mi boca en menos de que canta un gallo. Me tragué su leche. Pedro se puso detrás de mí, acercó su polla a mi ojete, la movió alrededor de él y después me la clavó. Me follaron con ímpetu hasta que no pudieron más. El primero en correrse fue Pedro. Me estaba llenando el culo de leche cuando sentí el chorro de Carlos inundando mi coño. Me empezó a venir el gusto, fue subiendo y subiendo la intensidad hasta que me desplomé sobre Carlos. Cuando desperté, los hijos de su madre ya se habían ido. Te toca. ¿Cuándo te hiciste la primera paja y en quién pensaste?

    -¡Joder que polvazo!

    -Sí que lo fue. Háblame de tu primera paja.

    -Empecé el año pasado. Fue un día que andaba cogiendo piñas. Vi la burra de Quique y me imaginé que andaría por allí. Quería hablarle de Merche, ya que me había dicho que le dejara caer que le gustaba. Cuando lo vi estaba boca arriba sobre la hierba con la picha en la mano. Una picha gorda, tan gorda que si me la metiese me rompería la almeja. Su mano subía y bajaba y bajaba y subía por aquella tranca. Me puse detrás de un eucalipto y metí la mano dentro de las bragas. Hice lo que me había dicho Merche que debía hacer para tirar una paja, acariciar la pepitilla y dejar que un dedo entrase y saliese de mi almeja. Me encantaba... Sentía un gusto que pensé que era el que se sentía al correrse, pero cuando de la verga de Quique comenzó a salir leche, me empezó a subir un no sé qué, que sé yo. De repente una explosión... ¡Y un gustazo! El coño que se me empieza a abrir y cerrar y a soltar jugo por un tubo. El gusto llegó a ser tan grande que caí de rodillas. Fue mi primera paja, y fue mirando cómo se pajeaba Quique.

    A mí me la puso aún más dura oír lo que le dijera. A La señora Gloria fue como si le dijese que estaba lloviendo. Le preguntó:

    -¿Echas mucho moco cuando te corres?

    -Muchísimo. ¿Y usted?

    -Menos que cuando tenía veinte años. ¿Lo probaste alguna vez?

    -Muchas veces, ¿Y usted?

    -Yo lo cato siempre. Sabe mejor que la leche de la corrida de los hombres.

    -¡¿Saben diferente según el hombre?!

    -No, saber saben igual, pero no es lo mismo mamársela a un caramelito que a un hombre maduro. Aunque una vez la leche de un sesentón me supo a miel.

    -No me deje con la intriga. ¿Quién fue ese hombre que se corrió en su boca? Y vuelva a explayarse que me encanta como cuenta sus vivencias.

    La señora Gloria, sonrió, y le dijo:

    -Fue el curandero. Tenía yo diecinueve años. Había escordado un tobillo cerca de donde vivía él. Al verme me ayudó a entrar en su casa. Me sentó sobre una mesa camilla, y con una crema empezó a masajear el tobillo para poner bien el tendón que se había salido de su sitio. Lo puso bien. Del tobillo subió por la pierna arriba hasta llegar al lado de mi coño. Masajeó la ingle izquierda, y sin venir a cuento la derecha, luego las dos y mis muslos. Vio la humedad en mis bragas blancas. Me preguntó si me quería correr y yo, caliente como estaba, le dije que sí. Me dijo que me echara hacia atrás sobre la mesa camilla. Me quitó las bragas y con dos dedos me masajeó la pepitilla. Le miré para la entrepierna y vi el bulto. Le abrí la cremallera de su pantalón de pana. Saqué la polla, morcillona, y la metí en la boca. Al momento se puso dura. El señor Antonio, metió dos dedos en mi coño y comenzó a hacerme una paja. Me pajeó a su ritmo, tocando donde debía de tocar. Cuando sintió que se iba a correr en mi boca, sus dedos, empujando hacia arriba, entraron y salieron a mil por hora de mi coño. Solté una catarata de jugo y sentí un gusto criminal. El curandero, con mi coño aun latiendo, se corrió en mi boca. Su leche, calentita, me supo mejor que ninguna de las que había catado.

    Empalmado como un burro, di un rodeo y me puse en la parte de arriba de la cantera, frente a ellas. Asomé la cabeza, como hacían los indios, y vi a la señora Gloria y a Pili, estaban a medio metro una de la otra, de lado, con un codo apoyado en la hierba y una mano debajo del mentón. Se miraban a los ojos.

    La señora Gloria, a la que apodaban La Lagarta, era una mujer de cuarenta años, guapa, casada, sin hijos, baja, medía un metro cuarenta y algo, puede que un metro cincuenta, morena, de enormes tetas, con media melena color marrón, ojos castaños y un gran culo. Estaba entrada en carnes. A ver, no estaba gorda, gorda, pero estaba redondita. Pili, a la que apodaban Fresita, tenía diecinueve años, era morena, delgadita y preciosa, de tetas pequeñas, pelo largo y negro, recogido en una coleta, ojos negros, y un culo pequeño y redondito. Seguían hablando. Le preguntaba La Lagarta a Fresita:

    -¿Lo hacemos, Pili?

    Fresita, se sentó.

    -¡¿Follar yo con usted?! Ni harta de vino.

    La Lagarta se sentó a su lado. Con su mano derecha le echaba el cabello hacia un lado.

    -Te lo haría pasar bien. Te pondría tan cachonda que acabarías suplicando que te hiciese correr.

    Fresita, le quitó la mano, y muy seria, le dijo:

    -De pensarlo me entran ganas de echar la pota.

    La Lagarta se vino abajo.

    -¡Vete la mierda! Ya me cortaste el rollo.

    -Eso le pasa por ir de sobrada.

    -A ver chica dura. ¿Qué debo hacer para seducirte?

    Fresita se moría por que le comiese el coño, pero no quería que La Lagarta la tomase por una chica fácil. Se echó boca arriba sobre la hierba, y le respondió:

    -Empiece por decir que le gusta de mí.

    La Lagarta se volvió a animar. Se inclinó hacia Fresita, y le preguntó:

    -¿Entonces puede ser que me dejes comértela?

    -Nunca se puede decir de esa agua no beberé, pero lo veo muy difícil. ¿Qué le gusta de mí?

    -Tienes las tres cualidades que me gusta ver en una mujer: Belleza, belleza y belleza.

    -¿Seduzco a alguna mujer antes de intentarlo conmigo?

    -Te sorprenderías si te digo el nombre de todas las que se corrieron conmigo.

    -Dígame una.

    -Te digo el nombre de las doce si dejas que te bese, que te meta mano y que te coma el coño.

    Fresita dejó de tratar de usted a la señora Gloria y la llamó por su apodo.

    -No te impacientes, Lagarta. Dime el nombre de una.

    -La Monja. ¿Por qué te crees que dejó de ir a misa?

    Sara, La Monja, era una joven larguirucha, guapa, de ojos achinados color avellana, larga melena negra, con buenas tetas y un buen culo. Era creyente y practicante. La apodaban La Monja porque se comportaba como tal. Era decente y lo parecía... Hasta el día en que las ganas le quitaron lo decente.

    Creo que merece la pena contar como empezó La Monja a olvidar tanta decencia.

    Fue un día de marzo, Sara, La Monja, que trabajaba al jornal, estaba poniendo patatas en una huerta, junto a varias personas más. Frente a ella, haciendo lo mismo, estaba Pablo, el que iba a ser su marido. El caso fue que La Monja, cada vez que se agachaba para poner una patata cortada en la tierra, le enseñaba la parte superior de las tetas a Pablo. La Monja sabía que le miraba para ellas y le gustaba que lo hiciera. Al hombre se le fue poniendo dura, y a La Monja, al levantarse Pablo y ver el bulto en su pantalón, el coño se le fue mojando. De repente empezó a llover, pero a llover de verdad. Caían chuzos de punta. La gente tiró hacia el monte. Cada cual se refugió donde pudo. La Monja y Pablo se metieron en una cueva. Pablo, le dijo a La Monja, que estaba empapada y temblando:

    -¿Quieres que te caliente, Sara?

    -¿Cómo?

    -Así.

    Pablo, al que apodaba M. M, (Medio Metro) la abrazó. Su cabeza le llegaba a la altura de las tetas de La Monja, y entre ellas la tenía apoyada. Su polla empalmada la apretaba contra una de sus piernas, y sus manos las tenía en el culo de La Monja. El cuadro parecía cómico, con aquel hombre moreno, delgado y pequeñito pegado a un monumento de mujer, pero La Monja, a sus veinte años, nunca tuviera a nadie pegado a ella y se puso cachonda, pero cachonda, cachonda. M. M le comió las tetas por encima del vestido, como La Monja no lo reprendió, le bajó la cremallera del vestido y le abrió la presilla del sostén. Le subió las copas. La Monja se siguió dejando. M. M se hartó de comer aquellas tetas con areolas rosadas y pezones como guisantes. Se creció. Sacó la polla, una polla mediana, y le dijo:

    -Baja las bragas que te voy a pasar el muñeco por el coño para calentarte más

    -No que puedo quedar preñada.

    -No te la voy a meter.

    -Promételo.

    -¿Para qué? No podría metértela. Sólo me alcanza para frotarla con tu coño. Baja las bragas.

    -Bájamelas tú.

    M. M le bajó las bragas. Cogiendo la polla en la mano, la frotó contra el clítoris y los labios empapados del coño de La Monja, (La Monja se tenía que agachar un poquitín para que pudiera hacerlo). Ella, que nunca tal cosa sintiera, se empezó a poner mala. Y cuando sintió la leche calentita de M. M en la entrada de su coño, se corrió a chorros sobre la polla.

    Pero volvamos a donde estábamos. ¿Dónde coño estábamos? ¡Ah, sí! La Lagarta trataba de calentar a Fresita con lo de la Monja.

    -¡¿Te acostaste con Sara, Lagarta?

    -No, la jodí de pie.

    -¿Dónde?

    -Arrimada al confesionario, en la parte de atrás

    -¡¿Le comiste la almeja en la iglesia?!

    -Comí. Le comí el coño bien comido.

    -¡Si os llega a pillar don Amancio os descomulga!

    -Al cura lo vio La Monja meneando la polla detrás de una columna mientras miraba como nos dábamos el lote.

    -¡Qué fuerte, qué fuerte, qué fuerte! Si don Amancio tiene setenta años.

    -Por eso dejó hacer, por miedo a no dar la talla.

    La curiosidad. ¡Ay la curiosidad!

    -Cuéntame los detalles y dejo que me des un beso.

    -Con lengua y largo.

    -Sin lengua y pequeñito.

    -Pues no te lo cuento.

    -Vale, uno con lengua y largo.

    -Muuuy largo.

    -Vale, larguísimo.

    -Fue hace tres meses. Estábamos limpiando la iglesia. Ella llevaba puesto ese vestido castaño que casi le llega a los pies. Estaba inclinada quitándole el polvo al confesionario. Me acerqué por detrás. Le levanté el vestido y le metí mano en todo el coño. Se incorporó al instante. Mirando alrededor me dijo, en bajito: "Sacrílega". La empotré contra el confesionario. Le besé el cuello mientras le magreaba sus grandes y duras tetas, me dijo: "Por tu culpa voy a ir al infierno". Hice que se callara la boca metiéndole la lengua dentro. Al rato, me dijo: "Don Amancio nos está viendo. Tiene la sotana levantada y se la está pelando detrás de una columna". Le levanté el vestido y metí una mano dentro de las bragas. Estaba mojada. La pajeé. Al rato era ella la que gimiendo me besaba a mí. Me agaché, le levanté el vestido y le bajé las bragas. Ella se sujetó el vestido para que no me tapara. Al ver sus piernas blancas como la leche y su coño peludo, metí una mano dentro de mis bragas. Estaba tan mojada, y tan, tan cachonda, que al meter dos dedos dentro de mi coño pensé que me iba a correr antes que ella. Le comí el coño, se lo comí bien comido. Un poco más tarde, a La Monja le comenzaron a temblar las piernas Me dijo: "Me voy a correr". Le pregunté qué estaba haciendo el cura y me contestó: "Ya no se esconde. Nos estamos mirando. Se la pela a toda mecha. Le sale leche de la polla. ¡Me corro!" Sentí como el moco de su corrida iba cayendo en mi boca y me corrí con ella. Sería por el lugar, sería porque me estaba follando a una mujer casada... Sería por lo del cura, no sé por lo que fue, pero... ¡Cómo me corrí! Me corrí con una fuerza bestial, aunque La Monja, La Monja no se quedó atrás, echó moco para mediar un vaso.

    Fresita, ya estaba algo más que caliente. Se puso de lado, apoyando otra vez el codo derecho en la hierba.

    -¡Vaya historia!

    -Me debes un beso, largo, muuuy largo.

    -Sé que no me va a gustar que me beses, pero hay que cumplir con lo hablado.

    Fresita se echó boca arriba.

    La Lagarta besó a Fresita, para calentarla aún más de lo que ya estaba, le metió la puntita de la lengua en la comisura de los labios, de un lado, del otro, después se la pasó entre los labios, acto seguido buscó con su lengua la lengua de Fresita. Se la chupó, se la acarició... El beso fue de los que dejan las bragas mojadas.

    Al acabar de besarla, le preguntó:

    -¿Te gustó?

    -Mucho.

    ¿Quieres que te de otro beso?

    -No.

    Me llevé una desilusión. Ya tenía la polla en la mano.

    -Pues nada. Que se le va a hacer.

    Fresita, que ya echaba por fuera, mirando para una nube que pasaba, dijo:

    -¿A qué olerán las nubes?

    -Huelan a lo que huelan, mejor que tu coño con sus polvitos de talco no van a oler.

    -¡Qué fijación con mi almeja!

    -Déjame olerla.

    -Más quisieras. La hueles, y...

    -Y te la como, Fresita. Te comería enterita si me dejases.

    Fresita, puso los brazos detrás de la nuca.

    -A ver, a ver. ¿Cómo quisieras comerme?

    -Primero besaría tus labios de fresa mientras te magreaba las tetas. Después, mientras jugaba con mis dedos en tu coño te comería las tetas. -Fresita cerró los ojos- Te las mamaría. Te lamería y te chuparía los pezones, te los mordería. Bajaría. Metería mi cabeza entre tus piernas y magreándote las tetas, lamería tu ojete, los labios del coño, te los follaría con mi lengua. Te chuparía y te lamería la pepitilla y...

    La Lagarta, dejo de hablar. Se echó encima de Fresita. Pensé que iba a abusar de ella, pero después de cogerle las manos con las suyas, y forcejear con ella para juntar su boca con la de Fresita y de besarla con lengua, largamente, se echó boca arriba a su lado, y le dijo:

    -Perdona, pero es que estás tan buena que no lo pude evitar.

    Fresita no estaba enfadada, y no estaba enfadada porque le había encantado aquel largo beso, y las excitantes palabras de La Lagarta, palabras que dejaran sus bragas para escurrir. Sonriendo, le preguntó:

    -¿Crees que estoy buena, Gloria?

    -Buenísima. ¡Estás cómo un queso! Pero eres algo cortita.

    Fresita, la recatada, la que siempre fuera una mosquita muerta, reaccionó como nunca pensé que lo haría.

    -¡¿Algo cortita yo?! ¡Te la voy a salar!

    Eso me lo habían hecho a mí una vez que me puse chulo estando bebido. Me cogieron entre cuatro, y me restregaron tierra del camino en la polla para humillarme. A La Lagarta, que se dejó, no le restregó el coño con tierra, se lo frotó con hierba que había arrancado con la mano de aquella especie de césped, y no precisamente para humillarla. Cuando sacó la mano, le dijo:

    -Estás empapada.

    La Lagarta volvió a besar con lengua a Fresita. El beso duró una eternidad, tanto duró que cuando acabaron de comerse las bocas ya yo tenía la mano llena de leche. Me había corrido como un bendito.

    Pero lo mejor estaba por llegar.

    -¿Me dejas chuparte una teta, Fresita?

    -Y después vas a querer chupar la otra.

    -Y te acabaré comiendo el coño hasta que te corras, ya te lo dije.

    Fresita se hizo la importante.

    -¡Ay sí, que sí! Sueña.

    -¿Quieres ver mis tetas?

    -Si es sólo verlas, sí.

    La Lagarta se desabotonó la blusa, y le dijo a Fresita:

    -Abre mi sujetador.

    -Quítatelo tú.

    -Vale, está visto que no quieres verlas.

    La Lagarta era zorra vieja. Cogió un botón e hizo amago de abotonarlo. Fresita, picó.

    -Vale, te lo abro. Tengo curiosidad por saber cómo las tienes.

    Fresita, para abrir el sujetador tuvo que acercarse a La Lagarta, que la volvió a besar. Después, La Lagarta, levantó el sujetador y metió la cabeza de Fresita entre sus tetas, unas tetas grandes, con areolas marrones y pezones importantes. Cuando la soltó, Fresita, le dijo:

    -Serás... Lagarta. Ahora vas a querer que te las mame.

    -Si no quieres, no, pero si quieres...

    -No quiero.

    -¿Y tocarlas?

    -Bueno, tocarlas, sí, pero sólo un poquitín.

    Fresita, tímidamente, palpó la teta izquierda de La Lagarta con su mano derecha.

    -Tiene un tacto suave y está esponjosa.

    Fresita, siguió acariciando la otra teta y después acarició las dos. La Lagarta estaba en el paraíso.

    -Chúpalas, cariño.

    -No... bueno... un poquito. ¡Son tan grandes!

    Fresita, una vez empezó a mamar, chupar y lamer las tetas, perdió la noción del tiempo. Tuvo que separarla La Lagarta.

    -¿Dejas que te las chupe yo a ti?

    -Chupa.

    La Lagarta le desabotonó a Fresita tres botones de la blusa. No llevaba sujetador, porque no le hacía falta. Tenía las tetas duras como piedras. Besó el pezón de la teta izquierda, se lo chupó, se lo lamió, y le dio pequeños mordisquitos. Después metió toda la teta en la boca y se la mamó. Al acabar de mamársela, la beso. Después del beso, Fresita, abrió la blusa, cogió su teta derecha y se la llevó a la boca. La Lagarta le hizo lo mismo que le había hecho con la teta izquierda, luego metió su mano derecha dentro de las bragas de Fresita.

    -¡Cómo estás! Se puede nadar ahí abajo.

    La Lagarta masturbó a Fresita mientras le chupaba las tetas y le comía la boca. Fresita, no esperó a que La Lagarta le quitara las bragas, se las quitó ella misma. Eran blancas. Después, desatada, y comiéndole las tetas a la Lagarta, le dijo:

    -Estoy tan cachonda que si no me corro me da algo.

    La Lagarta le levantó la cabeza poniendo un dedo en su mentón. Le dio un pico en los labios, y mirándola a los ojos, le dijo:

    -Lo sé. ¿Quieres correrte ya o quieres que te haga sufrir?

    Fresita le metió un morreo a La Lagarta, y después le respondió:

    -Quiero correrme ya.

    La lagarta quitó los dedos mojados del coño de Fresita, le acarició con ellos el clítoris y le dijo:

    -Pídeme que te coma el coño.

    -Cómeme el coño.

    -Pídemelo por favor.

    -Por favor.

    Se besaron.

    -¿Por favor, qué?

    -Por favor, cómeme el coño.

    -¿Después me lo comerás tú a mí?

    -Síííí.

    -Dime que serás mi puta.

    -¡Ooooh! Seré tu puta.

    -Dime que serás mi loba.

    -¡Aaaaay que me corro!

    La Lagarta dejó de acariciar el clítoris.

    -Dímelo.

    -Seré tu loba, tu puta, tu amor, tu esclava, seré lo que tú quieras que sea. ¡Hazme correr!

    Le volvió a acariciar el clítoris.

    -¿Me comerás el culo?

    -Si.

    -¿Me lo follarás con tu lengua?

    -¡Aaaaah! Te follaré con mi lengua el culo, el coño, te follaré y te comeré lo que quieras. ¡Lo que quieras!

    -¿Preparada para correrte?

    -Síííí.

    La Lagarta metió su cabeza entre las piernas de Fresita, le metió un dedo en el coño, lo sacó y, humedecido, se lo metió en el culo, después le comió el coño... Fresita estaba tan, tan, tan excitada, tan, tan, tan cachonda estaba, que antes de un minuto, gimiendo, le dijo a La Lagarta:

    -¡Ay, Gloriña, ay Gloriña, ay Gloriña que me corro. ¡Qué me corro, Gloriña! ¡Gloriña que me corro! ¡¡¡Me cooorro!!

    Yo estaba de rodillas, mirándolas, sacudiendo la polla, con el culo en pompa, y a punto de correrme otra vez, cuando sentí un tremendo golpe en el trasero. Bajé rodando la ladera de la cantera y fui a parar al lado de Fresita y de La Lagarta. El transistor se encendió solo. Recuerdo que se oyó la canción Can the can de Suzi Quatro. Lo apagué. Miré para donde estaba antes de caer rodando y vi a Benitiño, el carnero de Fresita, el cabrón estaba mirándome con cara de mala hostia. Con el culo dolorido, le grité:

    -¡¡¡Hijo de puta!!!

    Miré para La Lagarta. Parecía una vampira, sólo que en vez de sangre tenía jugo de la corrida de Fresita en sus labios, en su cara y en su cuello. Me estaba echando una mirada asesina. Fresita estaba como muerta. Había perdido el conocimiento con el gusto que sintiera. Tenía su coño peludo al aire. Vi cómo se abría y se cerraba y como seguía saliendo jugo de él. Ganas me dieron de meter mi cabeza entre sus piernas y lamer aquella maravilla.

    La Lagarta, me preguntó:

    -¿Nos estabas espiando, cabronazo?

    -Joder, señora Gloria. ¡Cómo para no hacerlo!

    -¿Y ahora qué? Vamos a tener que joder contigo para que no cuentes lo que viste, ¿no?

    -No soy tan desgraciado como para chantajear a dos mujeres.

    -Eso no es lo que me dice tu tranca.

    Mi verga, fuera del pantalón, mojada, con hierba en el capullo, estaba tiesa. La limpié y la guardé poniéndola hacia arriba. Luego, le dije:

    -Si no se empalmara, al ver lo que está viendo, -miré para el coño de Fresita- malo. Pero no se preocupe. Seré como una tumba.

    -Me alegra oír esas palabras. ¿Cómo puedo pagar tu silencio?

    -Si algún día quiere echar un buen polvo y no tiene con quien, me avisa.

    -Mayor de edad ya eres.

    -Hace tiempo que lo soy.

    -¿Quieres saber la verdad, Flacucho?

    -Claro.

    -Cachonda como estoy, y con ese carallazo que tienes, te follaría ahora mismo, pero te quiero para mi solita. Ya te avisaré. Te voy a sacar leche hasta de las orejas.

    -Esperare ese día con impaciencia.

    Me fui... Llevé la burra lejos de allí a apastar... Como Fresita no sabía nada de que las viera, supuse que La Lagarta le enseñaría a comer coño, pero esto ya son suposiciones.

    Me olvide decir como era yo en aquellos tiempos. Era un joven de estatura mediana, ojos castaños y grandes, con melena. Mis pectorales se marcaban en la camiseta, y mis bíceps y tríceps causaban envidia, aunque me seguían apodando El Flacucho. Este cuerpo serrano lo consiguiera con un curso por correspondencia de CEAC. Mandaban una serie de ejercicios cada mes, diez, creo recordar. En fin, que le gustaba a muchas mujeres, aunque sólo una prima mía y Elvira vieran la tranca que gastaba, que si lo llegaran a saber más mujeres, habría follado yo más que el Tenorio de Zorrilla. Aunque lo que me pasó a mi no le pasó a Don Juan. No sé si contarlo. Bueno, va, lo cuento, y lo cuento porque Elvira descubrió mi lado gay.

    Fue un día de primavera. Había ido a casa de Elvira, una mujer que llegara al pueblo un mes atrás. Elvira era una cuarentona, casada, pelirroja, de ojos azules, espigada y con un cuerpazo... Fui a escribirle una carta para su marido, que estaba en Alemania, ya que ella era analfabeta. A Elvira la apodaban La Viuda Negra. Bruno, su marido actual, era el quinto de la "lista". Corría el rumor de que a los otros cuatro los matara a polvos y que Bruno se fuera para Alemania porque le cogiera miedo...

    Ese día encontré a Elvira cambiada. Su perfume era fuerte y excitante. Se había puesto sexi para mí, pues así no iba oliendo al ir a lavar al rio o a comprar a la tienda, ni llevaba puesto aquel vestido rojo, con estampado de flores azules, apretado al cuerpo, con un escote que quitaba el hipo, y que le daba por encima de las rodillas de sus preciosas piernas.

    Mientras me dictaba la carta le miraba descaradamente el escote de su vestido, un escote tan generoso que se le veían la mitad de sus enormes tetas... Al acabar de escribir la carta, ponerle el remite y la dirección en el sobre y de cerrarlo, Elvira, puso sus manos sobre la mesa, se inclinó, mostrando, adrede, la tercera parte de sus preciosas tetas, y me preguntó:

    -¿Quieres que te corte unas lonchas de jamón, Quique?

    Mirándola a las tetas sin cortarme un pelo y tuteándola, le respondí:

    -Si tienes pan y vino para acompañarlas, adelante.

    -Eso no se pregunta. ¡Será por pan y vino!

    Por el pan y el vino no fue. Elvira puso encima de la mesa una bolla de pan y una jarra de vino tinto de dos litros, además de una fuente de lonchas de jamón. Le pregunté:

    -¿No me acompañas?

    -¿No te gusta comer solo?

    -No.

    Elvira, La Viuda Negra, puso otra taza sobre la mesa, se sentó, la llenó de vino y la bebió de un trago. Parte del vino le cayó sobre las tetas. Le dije:

    -Te cayó vino en las...

    -En las tetas.

    -En las mismas.

    -Ya lo sé. ¿Me las limpias?

    Me tiré a tumba abierta.

    -¿Con la lengua?

    -O con la polla, con lo que quieras.

    Aquella mujer quería mi tranca dentro de su coño y yo se la iba a meter. Me levanté, fui a su lado y le limpié el vino de las tetas con la lengua. Me echó la mano al paquete. Le gustó lo que palpó. Llenó otra la taza de vino tinto, la vació entre las tetas, y me preguntó:

    -¿Sabes hasta dónde me llega?

    Le metí un morreo de los buenos, y después le dije:

    -Hasta el coño.

    Se levantó, me dio un cachete en el culo, sonrió, y me dijo:

    -Sígueme.

    La seguí a su habitación. Elvira se desnudó. Sus tetas, algo decaídas, eran espectaculares con areolas casi negras y enormes, gruesos y largos pezones. Las bragas las tenía manchadas de vino tinto. Las quitó y vi un coño que parecía la Selva Pelirroja. Me puse en pelota picada, la empujé sobre la cama, y con la verga tiesa, iba entrar a matar. Me detuvo.

    -Cómeme el coño primero.

    Le comí el coño. Cuando estaba a punto de correrse, me dijo:

    -Ahora sí, ahora quiero esa tremenda verga dentro de mi volcán.

    Se puso a cuatro patas sobre la cama y se la clavé en el coño. Le entró justa. Al ratito, me dijo:

    -Coge la manteca en el cajón de la mesita de noche.

    ¿Qué diablos hacía la manteca en aquel lugar? En fin, saqué la verga de coño empapada de flujo. Abrí el cajón de la mesita de noche y cogí la manteca. Con la manteca en la mano, la muy zorra, me dijo:

    -Dámela, y ponte a cuatro patas que te voy a comer el culo.

    Aquello era raro, raro, raro, en vez de chuparme la verga me iba a comer el culo. Me puse a cuatro patas y la dejé hacer. La Viuda Negra, se puso detrás de mí, untó las manos con manteca. Me cogió los cojones, y acariciándolos deslizó la otra mano por mi verga empalmada. La agarró, tiró de ella hacia atrás y comenzó a ordeñarme. Sentí su lengua lamer mi ojete, y acto seguido follármelo con ella, luego su dedo medio entró en mi culo. Me gustaba, mejor dicho, me encantaba que me desvirgara. Quitó el dedo medio de mi culo y metió el dedo gordo. Se llevó la polla a la boca y siguió ordeñándome hasta que quitó la leche. ¡Vaya corrida eché! Fue inmensa. La Viuda Negra no dejó que se derramara ni una gota, se la tragó toda. Cuando acabó de tragar, se volvió a poner a cuatro patas, y me dijo:

    -Unta mi culo con manteca y fóllamelo con tus dedos.

    Dicho y hecho. Le unté el ojete y después se lo follé con el dedo medio de mi mano derecha. Su coño, abierto, goteaba jugo. Se lo lamí.

    -Mete tu lengua en mi coño.

    Se la metí y me la folló con su culo.

    Al ratito, me dijo:

    -Ahora en el culo.

    Le puse la lengua en la entrada del ojete y me la folló. Gemía como una perra. Le metí dos dedos en el coño y me folló con su culo y su coño la lengua y los dedos...

    Mi polla, que había quedado morcillona, se fue poniendo dura.

    Elvira se echó boca arriba. Puso la almohada debajo de las caderas, y me dijo:

    -Ahora métemela en el culo.

    Se la clavé. Entró como un tiro. Con toda dentro. Me metió su dedo medio en mi culo y me dijo:

    -Quédate quieto que voy a hacer que te corras dándote por culo.

    Elvira me besaba, me follaba el culo con el dedo y se movía muy lentamente debajo de mí... Me fue gustando más y más, y más. A punto de correrme, se lo hice saber.

    -Me voy a correr, Elvira.

    Sonrió. Su sonrisa era de mala.

    -Lo sé. Sácala del culo y métela en el coño.

    La saqué del culo y se la metí en el coño. Elvira, movió el culo alrededor, hacía arriba, hacia abajo y hacia los lados al tiempo que apretaba contras mí sus tremendas tetas. Con su dedo seguía follando mi culo. Al sentir mi ojete apretar su dedo y mi verga soltar el primer chorro de leche dentro de ella, comenzó a correrse. Su coño parecía un géiser. Soltaba jugo caliente a presión, que salía por los lados de mi verga, empapaba mis cojones y acabó dejando la cama perdida.

    Fue la primera vez que me follaron el culo, y para que mentir, me encantó.

    Ya me volví a perder. ¿Dónde andaba? ¡Ah, sí! Ya me acuerdo... Había cambiado a la burra de sitio y estaba en otra cantera abandonada, lejos de ojos curiosos. Me iba a hacer otra paja pensando en la Lagarta o en Fresita, o en las dos... Aún no sacara la verga. Oí la voz de la señora Obdulia, a la que apodaban La Bicha.

    Obdulia, La Bicha, tenía cincuenta años, era morena, de ojos azules. Su cabello negro era largo y lo llevaba recogido en un moño. Era muy guapa de cara. Casi llegaba al metro ochenta de estatura y pasaba de los 120 kilos de peso. Eso conllevaba unas descomunales tetas y un tremendo culo.

    La Bicha, me respondió:

    -A ver si voy a tener yo culpa de lo que hagan dos animales.

    La Bicha, de pie, a mi lado, dándome sombra, miraba como la tremenda verga de su burro entraba y salía del coño de la burra. Le miré a la cara y vi que estaba colorada cómo un tomate maduro. Yo ya estaba empalmado. Entré a matar.

    -¿Cuánto tiempo hace que se fue embarcado su marido, seis, siete, ocho meses?

    -¿A qué viene esa pregunta?

    -A que a lo mejor tengo suerte y mojo.

    Se ofendió.

    -¡Cómo te atreves a faltarme al respeto!

    Tenía que seguir toreándola, puede que acabase entrando al trapo.

    -¿Cuánto tiempo hace que no se corre? Y no valen las pajas.

    Se enfadó.

    -¡Cómo te meta una hostia te dejo tonto! Picha de miñoca. (Polla de lombriz)

    Saqué la verga, y meneándola, le dije:

    -¿Picha de miñoca? Este carallo puede hacer feliz a cualquier mujer.

    La Bicha, al ver mi verga, me dijo:

    -¡Guarda eso o te la corto y te la dejo del tamaño de la de mi marido.

    -Así que su marido es el que tiene picha de miñoca.

    La pillara y se encabritó.

    -¡Me voy a cagar en tu padre!

    La Bicha, hablaba pero desentonaba, ya que miraba para mi picha y parecía que se le hacía la boca agua. Me acordé de como sedujera Gloria a Pili. Guardé la verga. Me senté sobre la hierba, y le dije:

    -Lo siento, pero es que está tan buena que no pude evitarlo.

    El tono de voz de La Bicha se volvió más amable, y hasta esbozó una pequeña sonrisa.

    -Si podría ser tu madre, Flacucho.

    -No exagere.

    La Bicha seguía mirando como follaban los animales. Le dije:

    -¡Vaya tranca tiene el burro!

    -A la burra le hace falta.

    -¿Está cachonda como yo?

    -¿Con eso dentro, es de suponer que está más cachonda que tú?

    -Me refería a usted. ¿Está mojada?

    -No preguntes tonterías.

    -No es una tontería. Esta es una situación atípica. Usted y yo estamos mirando como follan un burro y una burra. A solas. Lejos de ojos curiosos. ¿Le extraña que le pregunte si está mojada?

    -¿Y si estuviera mojada, qué?

    -Qué mejor que llegar a casa y hacerse un dedo sería que echáramos un buen polvo. Nos correríamos y...

    -¿Y qué, Flacucho?

    El burro se corrió dentro del coño de la Cuca. Al sacar la verga vimos cómo le brillaba con el jugo de la corrida de la burra, luego vimos como del coño de la Cuca comenzaba a salir la leche del burro y de la verga del burro caer unas gotas de leche... Si yo estaba empalmado y con ganas de meter, La Bicha debía estar empapada y con ganas de que le metiesen. Como llevaba sandalias, le pregunté:

    -¿Me deja que le chupe los dedos de los pies?

    Puso las manos en su cintura, y me dijo:

    -¡¿Por quién me has tomado?!

    -Por un sueño erótico con piernas preciosas.

    -¿Sabes qué?

    Pensé que cedía y le pregunté:

    -¿Qué, paloma?

    -Que hace tiempo que se está rifando una hostia y llevas todas las papeletas, palomo.

    El burro y la burra se pusieron a apastar juntos como si nada acabasen de hacer. Busqué la hostia.

    -¿Nos hacemos una paja a dúo?

    La Bicha se sentó a mi lado y me dijo:

    -Te la has ganado.

    Creí que íbamos a hacernos unas pajas, pero cuál no sería mi sorpresa cuando me coge en una brazada, saca una sandalia y me empieza a zurrar en las nalgas. Su mano subía y bajaba a toda hostia. La Bicha no escatimaba fuerzas.

    -¡¡Plin, plas, plin, plas!!

    El carallo fue que no me desagradó, por eso le dije:

    -Me está poniendo más cachondo de lo que estaba, Bicha.

    Se cabreó, más bien hizo que se cabreaba.

    -¡¿Bicha?!

    Me dio la vuelta como si fuese un muñeco, me quitó el botón del pantalón, me bajó la cremallera, el pantalón y los calzoncillos, hasta las rodillas. Le dio dos veces por los lados con la sandalia a mi verga empalmada. Me volvió a dar la vuelta, y me volvió a dar en las nalgas con la sandalia.

    Me encantó. Sabía usar aquella sandalia gris con el piso de goma negro. Me largara a calzoncillo quitado, pero con menos fuerza. Era como si quisiera ponerme aún más cachondo de lo que estaba. Acabo de zurrarme. Me puse de pie con la polla mojada y tiesa delante de su boca. La miró. Estaba colorada como una grana. Toqué sus labios con mi polla mojada. Sacó tímidamente la punta de la lengua y la mojó con la aguadilla que salía de mi meato. Pensé que me la iba a chupar, pero calzó la sandalia, y me dijo:

    -Haz eso otra vez y te pego un bocado que no paras de correr hasta llegar al infierno.

    Me senté a su lado con la tranca tiesa mirando a las nubes, y le pregunté:

    -¿Se va?

    -Aquí no pinto nada.

    -¿Qué es eso tan urgente que tiene que hacer?

    -Coger seis sacos de piñas.

    -Si me deja hacer algo, en media hora le cojo yo las piñas. Con el viento que hubo el monte está sembrado de piñas abiertas y cerradas.

    -¡¿A ti cómo hay que decirte las cosas, Flacucho?!

    -Mi polla no entiende de amenazas... Déjeme hacer algo.

    -¿Cómo qué, alma cándida?

    -Como que me deje comerle el coño. Me gustaría beber el moco de su corrida.

    -¡La madre que te parió, Flacucho! Ahora resulta que sabes comer un coño. No sabe mi marido y sabes tú. ¡Lo que hay que oír!

    -Si me dieran 100 pesetas por cada vez que se corrió... Ella, en mi boca, haría una casa, pero bueno, con que me haga algo para tirarme una paja, ya le cojo los sacos de piñas.

    -Vale, te enseño una teta, te haces una paja y después me llenas los seis sacos de piñas.

    -Mejor el coño, me correré antes.

    No me lo podía creer. La Bicha se levantó, miró alrededor, para cerciorarse de que no la veía nadie. Levantó la falda. Casi la mitad de sus bragas rojas se habían puesto negras con la aguadilla que fuera echando su coño. Bajó las bragas hasta las rodillas, subió el vestido y me enseñó el coño peludo. Al verlo, exclamé:

    -¡Diooos, que maravilla!

    Sonrió al ver mi reacción.

    -¿Te gusta lo que ves?

    -Mi verga ahí dentro haría maravillas.

    -Confórmate con mirarlo.

    Empecé a sacudir la verga mirando para su coño, del que caían gotitas de jugo. De mi meato también salía aguadilla. Le dije:

    -¡Quién la pudiera lamer!

    La Bicha abrió su coño con dos dedos. Se acercó a mí. Se agachó y me lo puso en la boca. Lamí un par de veces aquel coño, que estaba chorreando. Se le escapó un gemido y me lo quitó de delante. La Bicha, se subió las bragas y me preguntó:

    -¿Te gustó, Flacucho?

    -¡Me encantó!

    Pensé que La Bicha, a pesar de estar caliente a más no poder, no se quería correr, que lo que quería era que me corriese yo y le llenase los sacos de piñas. Se sentó a mi lado, y me dijo:

    -¿No querías besarme?

    Le pegué un morreo tal y como lo hacía con una prima mía, que se dejaba besar, magrear, que le follara el culo, y que le comiera el coño, aunque de follárselo nada, bueno, nada, de momento...

    Ocurrió algo que no esperaba. A la Bicha nunca la besaran con lengua, lo supe al acabar de besarla, ya que me dijo:

    -Eso que hiciste no es dar un beso, es, es, es babear.

    -Es un beso francés.

    -¿Y qué? Estamos en Galicia.

    -A lo mejor es que no se lo di bien.

    -Tutéame que me haces sentir vieja.

    Había que darle cera.

    -¿Vieja? ¿Cuántos años tienes? ¿Treinta y dos?

    -Casi aciertas.

    -Ya quisieran algunas jovencitas tener el polvazo que tienes tú.

    -En eso tienes razón.

    No dejé que se enfriase.

    -¿Otro beso? Trataré de dártelo mejor.

    -El último, y córrete ya.

    Le metí la puntita de la lengua entre los labios. Esta vez me la chupó. Después puso ella la suya en mis labios. Le chupé la lengua entera. ¡Bueno carallo! Al rato ya besaba ella mejor que yo. Cuando acabamos de besarnos, me dijo:

    -¿Pero tú no te ibas a correr, Flacucho?

    -Chúpamela. Me gustaría correrme en tu boca. Llenártela de leche y que te la tragases.

    -¿Y qué más, guarrillo?

    -Después te comeré las tetas, el culo y el coño hasta que me llenes tres veces la boca con el moco de tus corrida.

    -No sabes lo que dices. Yo sólo me corro una vez y no voy a dejar que veas como lo hago.

    Me arriesgué y volví a jugar con ella al juego que La Lagarta jugara con Fresita. Guardé la verga e hice amago de levantarme. Me preguntó:

    -¿Adónde vas?

    -A llenarte los sacos de piñas. Está visto que no quieres que te llene el coño de leche y, francamente, para hacer una paja, ya vi lo que necesitaba ver para hacerla a solas.

    La Bicha, picó, pero porque quería picar.

    -¿No me querías comer las tetas, Flacucho?

    -Y después el coño hasta que te corras. Y después...

    -Bájame la cremallera del vestido... o haz lo que te pida el cuerpo.

    La Bicha se echó sobre mis rodillas, Subió el vestido y dejó al aire las bragas empapadas. No quería que le bajase la cremallera. Quería otra cosa. Le bajé las bragas hasta las rodillas y con la palma de mi mano, ahuecada, le largué en aquellas tremendas nalgas.

    Me sorprendió. Gimiendo, dobló una pierna hacia delante, se quitó una sandalia, y sin decir palabra, me la puso en mi mano derecha. Le largué como lo había hecho ella.

    La Bicha se había puesto cachondísima.

    -¡Dame más fuerte, Flacucho!

    Me calenté y le di hasta ponerle las nalgas al rojo vivo.

    Abrió las piernas y vi su coño y sus muslos llenos de flujo. Le metí dos dedos en el coño y, mojados, se los llevé a la boca. Los chupó, y dijo:

    -¡Delicioso!

    -¡¿Querés más, bicha?!

    -¡Lo que quiero es que me des más fuerte!

    Le volví a dar, y con más fuerza.

    Sus gemidos me dijeron que se iba a correr. Aquella mujer era especial. No me iba a arriesgar. Si se corría una sola vez, lo más probable es que después de disfrutar no quisiera seguir. Paré de zumbarle. Le bajé la cremallera, le abrí el corchete del sostén, le lamí una oreja, y le pregunté:

    -¿Alguna vez te corriste dándote por el culo?

    -El culo es para cagar, cochino.

    -¿El coño es solo para mear?

    -Es diferente.

    -Sí, al follarlos se siente diferente. ¿Te folló tu marido el culo?

    -No, ni creo que tú puedas calentarme tanto como para que te deje encularme.

    Se sentó de nuevo en la hierba. Quedó desnuda de medio cuerpo para arriba. ¡Joder con la Bicha! Tenía unas tetas que parecían melones. Mis manos se posaron en aquellas maravillas con areolas marrones, grandes como rosquillas, coronadas con unos pazones, gordos, deliciosos. Las tetas estaban esponjosas. La Bicha se echó boca arriba sobré la hierba. Le magreé, las tetas, las lamí, las chupé. Bajé mi mano, le quité las bragas. Entré en el paraíso peludo y mojado. Le metí dos dedos. La masturbé. Mis dedos chapoteaban en su jugo. Estaba demasiado caliente. Sus gemidos eran escandalosos. Al ratito, La Bicha, me dijo:

    -Me corro, Flacuchim, me corro. ¡Me coorro!

    La besé. Sentí como su coño apretaba mis dedos. Después, abriéndose y cerrándose, y mientras me chupaba la lengua, gemía y temblaba, me llenó la palma de la mano con el jugo de su corrida... Saqué los dedos, y sin perder tiempo para que no se enfriase, metí mi cabeza entre sus piernas. ¡Qué coño tenía! Grande y abierto, con los labios hinchados y rodeado de una tremenda mata de pelo negro, en la que en la parte superior se alzaba, orgulloso, un monumental y erecto clítoris que estaba fuera del capuchón. Lamí aquel delicioso coño, empapado, aun latiendo. Llevé mi mano a su boca y dejé caer el jugo que quedaba de su corrida sobre ella... La Bicha lamía la palma de mi mano y yo chupaba su inmenso clítoris cuando sentí su voz. Parecía un susurro:

    -Aaaay.

    La bicha hizo un pequeño arco con su cuerpo. De su coño comenzó a salir de nuevo jugo que bebí mientras mi polla latía como el corazón de un caballo desbocado. ¡Pedazo de corrida echó! Yo ya había tragado unas cuantas corridas, pero aquella me dejó harto para un mes, y a La Bicha, fuerte como era, media muerta.

    Echada sobre la hierba, la besé sin lengua, la miré a los ojos, y le dije:

    -Te ves exultante

    -Lo estoy. Es la primera vez que me corro dos veces seguidas, Flacucho.

    -¿Te quieres correr otra dos?

    -Sí.

    Entre besos nos acaramelamos un poquitín. Al ratito me preguntó:

    -¿Subes?

    -Mejor ponte a cuatro patas.

    Me preguntó, extrañada:

    -¡¿Cómo la burra?!

    -¿Es que nunca follaste así?

    -A cuatro patas, no. Yo siempre follé panza arriba los veinticinco años que llevo casada.

    -Esa es la posición del misionero.

    -Ya lo sabía, y a cuatro patas, ¿qué posición es?

    -Se le llama la posición del perrito.

    -Pues habrá que probar... ¡Un momento! Tú lo que quieres es darme por el culo.

    -Sólo si tú quieres.

    -Ya te dije que no creo que me puedas calentar tanto como para que te deje.

    -Pues vale, te follo el coño.

    La Bicha se pudo a cuatro patas. Me puse detrás de ella. Le lamí otra vez el coño empapado. Del coño pasé mi lengua por el periné y por el ojete. Reaccionó al momento.

    -¡Ya estamos!

    Le volví a meter y a sacar la lengua del ojete, esta vez un par de veces, después hice numerosos círculos con la punta de la lengua sobre él. Acto seguido le follé el ojete más de veinte veces. Al final ya La Bicha echaba el culo hacia atrás para que la punta de mi lengua entrase en su ojete. Volví a lamer su coño. Me dijo:

    -Puedes seguir jugando con tu lengua en mi culo. Si te gusta...

    A quien le había gustado era a ella. Lamí desde el coño hasta el ojete, lentamente, e innumerables veces. En el recorrido, al meter y sacar la punta de la lengua de su coño y de su culo, se deshacía en gemidos, gemidos que llegó un momento en que me dijeron que se iba a correr. Hice círculos con mi polla en su ojete, le agarré las tetas con las dos manos. Puse la polla sobre el ojo del culo. Empujé hasta que casi entró el glande, la quité y se la dejé sobre el ojete, que se abría y se cerraba besando mi polla. Le pregunté:

    -¿En el culo o en el coño, Obdulia?

    -Llámame Bicha.

    -¿En el culo o en el coño, Bicha?

    -En el culo, pero sólo la puntita.

    La cabeza de mi polla entró en su culo, apretada, pero sin dificultad. Al tenerla dentro, me dijo:

    -Métela un poquito más... maaaas...

    Cuando mis cojones tocaron su coño, comenzó a mover su tremendo culo hacia atrás y hacia delante. Saqué una mano de sus tetas. Cogí con dos dedos su gran clítoris y lo masturbé como si fuese una pequeña polla. Poco después, me decía:

    -¡¡Córrete conmigo, Quique, córrete conmigo!!

    La Bicha se corrió como una loca. Cuando estaba terminando, le dije:

    -¡Ahí te va!

    -¡¡En mi coño, córrete en mi coño, cielo!!

    La saqué del culo y se la metí en el coño. La Bicha comenzó a temblar, y dijo:

    -¡¡¡Hooostiaaaas, lo que ahí tal viene!!!

    Viajaba mi segundo chorro de leche por su coño cuando La Bicha comenzó a correrse de nuevo. Se espatarró sobre la hierba y comenzó a reír, después a llorar, y acabó de correrse riendo.

    Cuando paró de reír, le dije:

    -Puede que te haya dejado preñada, Bicha.

    -No dejaste, las mujeres con la menopausia no quedamos preñadas. ¿Me echas otro polvo?

    -Claro qué sí, Bicha. Sube.

    Me miró con cara de extrañeza.

    -¡¿Quieras que te joda yo?!

    -Quiero.

    -¡Te voy a matar a polvos!

    -Mata.

    No fue la cosa para tanto. Cuando yo me volví a correr ya ella se había corrido tres veces más. Se ve que estaba muy necesitada.

    Tres meses duró mi aventura con la Bicha. Follábamos en su casa a cuatro y a cinco veces por semana y se corría entre tres y seis veces por sesión. La aventura acabó cuando regresó su marido. La alegría que se llevó al verla fue inmensa. La Bicha ya no era tal, era una Bichita, pesaba poco más de setenta kilos.

    A ver si esta vez comenta alguien más. Me canso de escribir y los comentarios son contados.

    .

    • Valorar relato
    • (22)
    • Compartir en redes