Cris, mi profesora de inglés (II)

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Yo solo tenía ojos para su cuerpo, verla caminar delante de mí llevando solo el tanga mientras en mi mano sujetaba la cadena que iba hasta su cuello era más de lo que necesitaba para excitarme. Me deshice de la toalla que llevaba a la cintura y tiré de la cadena

Desperté en una cama extraña, en una habitación desconocida, me sobresalté hasta que todas las imágenes de la noche anterior llenaron mi cabeza haciéndome sonreír. Estaba solo en una cama revuelta la poca luz que se filtraba por la ventana apenas me permitía apreciar los detalles de la estancia. Me incorporé y noté algo bajo la palma de mi mano. Lo agarré. Era el vibrador de la noche anterior, en un impulso me lo acerqué a la cara y lo olí. Una nueva sonrisa afloró a mi cara.

Me levanté, me puse el bóxer y salí del dormitorio. Oí ruidos procedentes del fondo del pasillo. Lentamente abrí la puerta de la cocina, vi su silueta velada por la luz que entraba por la ventana, llevaba puesto un albornoz.

– Buenos días – dije.

– Hola. ¿Qué tal has dormido?

– Muy bien, como hacía mucho tiempo, no recuerdo cuando me quedé dormido.

– Antes que yo… ¿Pones una cara muy graciosa cuando duermes? – rio traviesa.

– ¿Ah sí? así que me estuviste observando.

- Bueno… tú antes lo hiciste conmigo... ¿no?

– Uf… ya lo creo –dije afirmando con la cabeza.

– Verás… lo de anoche…

Me quedé callado esperando que continuara.

– No suelo acostarme con desconocidos y menos con quien y como lo hicimos… -continúo dubitativa.

– ¿Y cómo lo hicimos? –Interrumpí– yo sólo recuerdo una noche de sexo espectacular con una mujer hermosa.

– ¿Te pareció espectacular? –dijo con esa sonrisa de mujer mala que ya había visto.

– Si –afirmé convencido.

– ¿Querrás darte una ducha mientras preparo café?

- Me sentará bien para despejarme.

– Ya sabes dónde está el baño, tienes toallas... mientras hago café.

Me di una ducha larga, tenía un montón de cosas en mi cabeza y el agua ayudaría a ponerlas en orden. Cuando terminé me sequé, me enrollé una toalla a la cintura y seguí el olor del café reciente. Ella seguía con el albornoz, estaba de espaldas a la puerta. Me puse a su espalda sin que me oyera y rodeando su cintura con mis brazos apoyé mi cabeza en su hombro izquierdo. Ella dio un respingo.

– Joder que susto me has dado, un hombre medio desnudo y por la espalda... -soltó una carcajada.

– Serás…

– ¿Zorra? –completó ella

– Iba a decir bruja, pero vale. ¿Te ayudo?

– No, ya está todo, el café está terminado de salir.

Mientras desayunamos, con mi interrogatorio, me llevó a conocer ciertas intimidades sorprendentes.

- Me da vergüenza. No pienso contarte nada más.

- ¡No seas dramática!

- Tuve pareja. Después él me dejó, y seguí viviendo sola.

- ¿Por qué te dejó? -pregunté sorprendido.

- Pues la verdad no lo sé. Supongo que encontraría otra mujer más dispuesta, más guapa... Un día vino a casa y me dijo que lo nuestro había terminado. Después se dio la vuelta y se marchó, sin dejarme preguntar el porqué. De eso hace ya casi dos años, lo tengo superado. ¿Y tú? ¿Tienes pareja?

- No ¿Y tú?

- Sí, y gracias a ella recupere mi autoestima es complicado entenderlo se llama Catherine.

- ¿Una mujer? -cara de sorpresa.

- Sí, es mayor que yo y si te dijera que es mi sumisa.

- ¿Es buena en la cama? -reconozco que lo solté con crudeza y después de un prolongado silencio.

- Es una mujer que entiende que necesito ciertas cosas para acostarme con ella, saldría corriendo para no volver jamás a dirigirle la palabra si así no fuera. Y me siento a gusto con ella sometiéndola y ella aceptando su sumisión.

- Eso es mezquino, la pobre estará enamorada de ti y que pienses eso de ella es un poco ruin.

- Yo no he dicho que el amor no exista. Solo digo que ella quiere estar conmigo y a mí me resulta cómodo estar con ella.

- Algún día llegará alguien que le haga perder la cabeza, cambiar y entonces te rechazará.

- Quizás tengas razón, quizás sea egoísta pero mientras tanto voy a seguir disfrutando con y de Catherine.

- ¿Y dónde te has dejado a Catherine? -Me comenta que por su trabajo viaja a menudo.

- ¿Me quieres explicar por qué demonios estoy yo aquí? -susurro con los dientes apretados.

- Me lo he pasado muy bien. Gracias, tenía ciertas ganas y contigo lo he pasado muy bien.

- No hay de qué, tengo que darte también las gracias.

-Siento haber sido tan brusca. Reconozco que los mujeriegos me enferman y creí que tú eras uno de ellos.

- Disculpas aceptadas. Si hay algo en lo que pueda ayudarte, no tienes más que decírmelo.

- Hablaré con ella, no te preocupes -soltó con ironía.

- ¡No te burles! ¿Podías enseñarme el piso?

- Ya sabes… todo es confidencial, espero de tu silencio... Pero antes voy a ponerme otra cosa -Mientras me tira una servilleta a la cara.

La seguí hasta el dormitorio y apoyado en el quicio de la puerta observé como se quitaba el albornoz, debajo solo llevaba un tanga negro con un pequeño dibujo.

- Te sienta muy bien -comenté.

- Gracias.

– Pero me gustaría que te pusieras otra cosa... -dije mirándola a los ojos.

– ¿El qué? –preguntó poniéndose a la defensiva.

– Esto –dije sacando un collar que había visto la noche anterior.

Le di el collar, no puso resistencia y cuando lo tuvo puesto le enganché una cadena a la argolla.

– Ahora estás perfecta ya puedes enseñarme –di un pequeño tirón de la cadena a la vez que recogía un látigo.

– ¿Y eso? –contestó más relajada.

- Es una forma segura de demostrar quién es el que manda ahora.

No presté mucha atención a sus explicaciones mientras me mostraba las habitaciones, hablaba de la decoración... yo solo tenía ojos para su cuerpo, verla caminar delante de mí llevando solo el tanga mientras en mi mano sujetaba la cadena que iba hasta su cuello era más de lo que necesitaba para excitarme. Me deshice de la toalla que llevaba a la cintura y tiré de la cadena.

– Ven aquí –ordené

– ¿Por qué me excitas tanto? –pregunté.

– No lo sé... ¿Porque eres un cabrón?

– Y tú mi perra y las perras van a cuatro patas -Le señalé con la mano y sin rechistar se agachó.

– ¿Así? –preguntó mirándome desde el suelo.

– Vamos –le ordené, mientras le daba un pequeño golpe con la empuñadura del látigo en su culo.

Comenzó a gatear, deslizándose por el parquet mientras yo veía sus caderas moverse delante de mí notando un cosquilleo en los genitales. Llegamos al salón y la situé en el centro de la alfombra.

Recorrí su cuerpo con el látigo, dando golpes ocasionales en sus caderas y en su culito. Le ordené levantarse y colocar las manos sobre la mesa.

- No te muevas -Mi mano izquierda hizo círculos alrededor de su cadera y se deslizó hasta el tanga, enganché un dedo debajo de la tela empapada y lo arrastré hacia un lado, exponiendo su coño bien afeitado.

- Ya estás tan mojada, estas bragas están en mi camino.

- Quítalas -suspiró quedándose casi sin aliento ante el tirón en la tela cuando fue arrancada de sus caderas.

- Te haré obedecer, separa bien las piernas e inclínate sobre la mesa.

- Yo… no puedo… no sé… -su tartamudeo era casi incoherente.

- Te tomaré como yo lo desee, llenando cada hueco de cualquier forma que me agrade -Mientras con las suaves hebras de cuero del látigo le frotaba acariciando entre sus labios y haciendo círculos sobre su hinchada abertura.

-¡Por Favor, por favor! -mientras presionaba su culo hacia atrás en contra mío.

- Creo que puedes… y veo que estás lista para implorar por servirme -. Deslicé el mango a su apertura metiéndole un centímetro dentro de su coño y palmeando su expuesto clítoris con el cuero en un suave movimiento.

- ¡Por Favor, por favor! -mordiéndose los labios.

- ¿Por favor qué? -mientras le entraba un poco más y me detuve.

- Por favor, déjame servirte, eres mi amo.

-Muy buena elección -empujé el suave mango dentro de sus profundidades, aplastando la polla contra sus nalgas.

Continué metiendo el mango adentro y afuera, alternadamente acariciando y abofeteando su clítoris. Su respiración se aceleró, sus brazos, presionando contra la mesa estaban sacudiéndose a medida que se acercaba al clímax. Introduje el mango más allá, acariciando aún más profundamente en su interior, haciéndola jadear hasta que estaba casi gritando de éxtasis. Pero entonces el mango salió.

- ¡No! -Giró para enfrentarse... su cuerpo desnudo, su coño expuesto, los labios recubiertos de sus propios... -No, por favor…

Levante una mano y posé un dedo en los labios para silenciarla.

- Si no puedes cumplir serás castigada -Sus ojos se ampliaron ante mi advertencia.

- Sí amo

- Pon tus manos juntas delante de ti.

Su pecho se oprimió y ella accedió. Até sus muñecas con el extremo de las tiras del látigo. Pasé alrededor de su cuello a fin de que sus manos quedaran al nivel del pecho, tiré hacia abajo entre sus pechos y entre la holgura de sus piernas, sujetando el mango en la parte baja de su espalda. Ella bajó la mirada sobre sí misma y seguro se preguntaba que era aquello. Bajé la mano siguiendo al látigo hasta su coño, donde deslicé tiras entre sus labios hinchados. Su cara ardió cuando presioné hacia atrás, con la cadena del cuello sujeté por la espalda el látigo para que se colocara ajustado hacia arriba entre las nalgas de su generoso culo.

- Quiero que te frotes contra él mientras caminamos. Eres mi sumisa ahora -Y le indique dirigirse a la habitación.

- ¿Te gusta la sensación de algo duro entre tus piernas, verdad?

- Sí, amo me gusta.

- Te complace tener algo frotando contra tu coño y tu culo.

- Sí, amo me complace.

- Creo que te gustaría meter algo grande en ambos.

Su cabeza se levantó de repente una fracción de centímetro antes de que el tirón de la correa la volviera a la posición sumisa. Desenvolví el látigo de entre sus piernas y de alrededor de su cuello pero lo mantuve atado en sus muñecas. Levante sus pechos, haciéndolos hincharse entre mis manos y los presioné juntos. Raspé con las uñas los pezones, las rosadas puntas se sensibilizaron hasta tal punto que estremeció por toda la espalda hasta las caderas, atrapé ambos pezones entre los pulgares e índices, haciéndolos rodar con un firme tirón que la hizo tambalearse hacia adelante.

- De rodillas -Cayó de rodillas, apretando sus manos unidas en sus pechos. Deslicé una mano alrededor de mi polla enseñándosela. Inclinándose hacia adelante, se relamió los labios y abrió la boca para tomarla.

- ¿Qué crees que vas hacer?

- Lo siento, Amo. ¿Qué le gustaría que hiciera? -puso cara de sorpresa.

- Chúpalo. No has demostrado ser digna de mi polla todavía - , mientras le extendía el mango del látigo.

- Tu misma, cógelo y hazlo.

Abriendo la boca, relajó la mandíbula e inclinó la cabeza hacia atrás para tomarlo. Llevándose la barra dentro de su boca, saboreando restos de su propia excitación. Lo introdujo hasta la parte trasera de su garganta, relajando los músculos y entonces lentamente lo retiró succionándolo con un húmedo beso. Pasaba la lengua a su alrededor, de arriba hacia bajo. La contemplé tomar el mango del látigo profundamente hasta su garganta otra vez y me maravillé por la estoica expresión que mantenía. Cuando retiraba el mango, la saliva lo recubría y bajaba deslizándose por un lado. Lamía más y abrió la boca para volver a tomar pero le hice una seña para que se detuviera.

- Abre tus piernas.

- Sí, Amo -todavía arrodillada, apartó sus rodillas más ampliamente y me miró.

- Tómalo... y follate con él, introdúcelo adentro y luego quizás podrás tomar mi polla en tu boca.

Hice que ella misma se observara por el espejo tomando el mango en su interior.

- Pon tus manos sobre mi polla y deja el látigo como está.

Inmediatamente movió sus manos atadas, a la base de mi polla, bombeándola a ritmo en su boca. El mango permaneció suspendido, medio enterrado en su coño mientras ella se mecía y tragaba. La agarré de los hombros con más fuerza y ella la llevó más dentro de su garganta, apretando la base, golpeando las bolas contra su barbilla. Su lengua se curvó alrededor del eje cuando se lo empujé en contra de la parte trasera de su garganta. La tenía cogida fuertemente por los hombros para que a la vez el mango del látigo se mantuviera dentro de ella. Le acaricié el cabello y de golpe me retiré, soltó un gruñido. Se le notaba increíblemente excitada sentada sobre sus rodillas, atada y montando el grueso mango. Me arrodillé delante de ella, agarrando el extremo expuesto del mango se lo bombeaba con lentos y constantes empujes. Ella alzó sus caderas intentando tomarlo más profundo, quizás para terminar lo más rápido posible.

- ¿Estás muy cerca?

- ¡Sí, Amo! ¡Más, por favor!

- Te recuerdo que no tienes permiso para correrte todavía.

- Entiendo, Amo, pero… -levantó la cabeza bruscamente cuando paré de golpe y agarrando los pezones tiré de ellos.

- Oh, Dios ¿qué me vas hacer?

- Has sido muy buena. Inclínate sobre la cama apóyate con los antebrazos y con los codos cerca de tus pechos. Ella se movió con precaución, las piernas ampliamente abiertas, la espalda arqueada con su culo en el aire. Sus muñecas atadas colocadas en contra de su pecho. Pero lo que más excitaba era el puño del látigo emergiendo entre sus muslos.

- ¿Te gusta mi látigo, esclava? -le pregunté mientras se lo sacaba.

Me pareció comprender su preocupación y levanté una mano para detener su innecesario nerviosismo.

- Tranquila, no lo usaré para flagelarte. No es algo que me guste hacer y no tengo interés en lastimar tu hermosa piel.

Su aliento salió con un bufido quizás de alivio ante la posibilidad de unos azotes. Sumergí una mano entre sus piernas para acariciar sus labios abiertos.

- Estás tan mojada, resbaladiza -mientras presionaba con dos dedos en su abertura y acariciaba sus paredes interiores.

- Por favor, detente… ¡no puedo soportarlo!

Un tercer dedo se deslizó dentro, mientras el pulgar estaba en su culo, descansando allí, no penetrando pero empujando en el apretado músculo mientras acariciaba su vulva desde el interior. Me arrodille, con las manos separé sus nalgas y coloqué la lengua entre ellas para lamer desde los hinchados labios rosados de su coño hasta la entrada de su ano. Ella tiraba hacia atrás intentando intensificar el contacto en contra de mi cara. Los dientes rasparon su clítoris, mordisqueando y pellizcando, haciéndola gritar, jadear e implorar. Cambiando el tempo cada vez que ella se aceleraba. Su coño se apretaba con fuerza por la necesidad de algo que lo llenase, y sus fluidos me recubrían los labios y la barbilla.

- Tengo algo más para ti. Has sido muy buena pero creo que necesito que me demuestres el placer de ser domada.

Unte los dedos con los flujos de su vulva y los presioné dentro de su boca, chupó y lamió con fruición.

Giró la cabeza contra la cama, esforzándose para observar lo que estaba yo buscando dentro de la bolsa. De una caja saqué un vibrador del tamaño de un huevo conectado a un mando y el frasco del aceite. Se lo enseñé.

- Umm... ¿Qué vas hacer?

- Sin preguntas, esclava.

Me arrodillé delante de ella y, acariciando los hinchados labios de su coño con dos dedos, me incliné y pasé la lengua sobre su mojada carne rosada. Más de sus jugos gotearon por sus labios y muslos cuando mordisqueé sobre su atrapado clítoris, de un lado a otro. Con el aceite unté generosamente la canal entre las nalgas mientras empujaba el huevo dentro de su mojada vulva. Lo había enchufado sin que ella se diera cuenta. Se ciñó primero violentamente en contra de la estimulación pero después rítmicamente se aflojó y se apretó nuevamente cuando se percató de que mi polla apuntaba la entrada trasera.

Ella gritó, mordiéndose los labios, tirando del cuero atado a sus muñecas, su vulva y su culo se contraían salvajemente mientras gradualmente la estiraba del pelo, empujando más profundamente hasta que seguramente ardiendo por el placer y el dolor combinados. Gritó.

- ¡Por favor! Jadeaba, sacudiendo sus caderas de un lado a otro, cuando la intensidad se incrementó.

Su cuerpo se combó cuando abofeteé sus nalgas, movía sus caderas, gimiendo y suplicándome que me detuviera y a continuación rogando por más, las crueles vibraciones del huevo en su coño y mi polla en su culo la arrastraron, derrotando a la inútil resistencia, llevándola hacia el precipicio. Yo también tenía que luchar para controlar la ola de inmenso placer/dolor.

- ¡Amo, por favor!

- ¡Ahora! córrete conmigo.

Un profundo rugido se desgarró de su garganta cuando empujé una última vez dentro de ella, encontrando también mi liberación.

- Amo -me susurró.

Tumbado a su lado la observaba en silencio su cabello rubio cayó hacia adelante semi ocultando sus ojos.

- Esto no tiene que terminar aquí. Me sentí atraído por ti inmediatamente. Necesitaba tenerte. Por la forma en que as aceptado ser dominado y yo me he esclavizado. Quiero más. Podemos hacerlo juntos.

- Corre el riesgo, podemos...

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