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Madam Viudez

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  • Adela se encontraba en el mismo cielo, tanto tiempo sin tener un orgasmo, y ahora le venía uno detrás de otro

    Adela, sexagenaria, se plantó desnuda ante el espejo vertical del armario ropero de su dormitorio y se contempló. "Bueno", se dijo, "no estoy nada mal, aún conservo mi femineidad, creo que soy una mujer deseable para los hombres."

    No se equivocaba Adela en su valoración sobre sí misma: sí, era deseable; además, su físico concordaba con muchas de las características del nuevo estilo de pinturas que se importaban de Venecia: Adela tenía una ancha cara agraciada, de rasgos finos y bien perfilados; tenía unos pechos grandes y redondos, algo caídos; tenía una cintura acogedora, con pliegues; tenía anchas las caderas y un grueso trasero; y su coño y sus trémulos muslos eran los de una mujer esplendorosa.

    ¿Cuánto tiempo hacía que Adela no probaba a un hombre? Ella ni se acordaba: su marido murió hace seis años, no obstante dejó de hacerla su mujer, sexualmente hablando, desde hacía más años. ¡Alto!; esperen, ¿y aquella escaramuza con el deshollinador? Un tipo áspero que no le quitaba ojo a cada pausa que hacía en su trabajo; decía: "Señora, el boquete se ve muy atorado", y la miraba fieramente; hasta que, a la tercera vez que se lo dijo, ella contestó: "Ciertamente, deshollinador", y se alzó la falda y las enaguas hasta el ombligo mostrando su pelambre púbica al hombre, que, como animal en celo, la poseyó sobre el sucio suelo de la cocina con desesperación. Adela quiso que se quedara con ella a dormir esa noche, para poder disfrutar más del macho, pero él dio una excusa y salió rápido como rata que abandona el barco que se hunde.

    "Adela", oyó; una voz cantarina. "¡Quién!", exclamó; "Ade-la."

    Adela se giró. Su cuerpo desnudo quedó reflejado de espaldas en el espejo. "¿Quién llama?"

    La vela de la mesita de noche chisporroteó, después se apagó. "A-de-la."

    "¿Qué broma es esta?", gritó indignada Adela, sintiendo un leve roce en la espalda. Se giró de nuevo. El espejo; no estaba.

    "Ay, ay, ah, ah, ay", exhalaba lánguida Adela mientras el hombre la follaba. "Ah, ay, ah, no... es... un... sueño, ay, ah, lo... siento... dentro, ay, ah."

    ¿Cómo había ocurrido? ¿Una materialización de un deseo? ¿Un ladrón se había colado en su casa? Adela no lo sabía; ella sólo sabía que aquel hombre la hacía feliz: la hacía sentirse de nuevo mujer. Al principio, a oscuras, sintió las manos sobre sus tetas, después la saliva en su boca y en su cuello; más tarde, un leve arrastre la llevó a su cama y, mientras sus tetas estaban siendo lamidas, diría más, sorbidas, notó la dureza en su entrepierna abriéndose camino en sus entrañas. Adela no veía nada, era demasiada la oscuridad, sin embargo estaba segura que quien la estaba poseyendo de esa manera era un muchacho joven, musculoso, depilado. Súbitamente, el hombre paró de bombear y la volteó para ponerla a gatas y penetrarla por detrás. "Ay, ay, ay", se quejaba Adela de gusto. Sí, estaba algo cansada, la edad no crecía de balde, pero Adela se encontraba en el mismo cielo: tanto tiempo sin tener un orgasmo, y ahora le venía uno detrás de otro. Se dio cuenta, porque los oyó, oyó los feroces resuellos, que el hombre estaba a punto de terminar; esperaba que el borbotón de semen inundara su culo en cualquier instante; y así fue: la líquida calentura se desparramó dentro de ella, la llenó y dijo: "¡Guau!" Entonces, deslizó sus rodillas sobre las sábanas hacia atrás y cayó de frente sobre el colchón, completamente estirada, con la cabeza de perfil en la almohada, los ojos semicerrados y la respiración agitada.

    Adela, desfallecida, noto el leve empuje ascendente del colchón al liberarse de un peso. "¿Te vas?", preguntó arrastrando las dos sílabas. Como respuesta obtuvo el sonido del picaporte de la puerta al cerrarse.

    Al día siguiente, Adela fue al mercado a comprar alimentos. Frente al puesto de verduras, se topó con un corrillo de vecinas que comentaban algún hecho acaecido en la ciudad. Adela, acercándose, prestó oídos:

    "Dicen que un hombre aparece de la nada para fornicar"...; "No creo una palabra"...; "¿Saben cómo es?"...; "Pues entrará por las ventanas"...; "Sólo lo hace con viudas"...; "¿Sólo?, ¡vaya!, mi marido me tiene a secas"...; "Dicen que es joven y musculoso"...; "¡Envidia me dais alguna!, ¡ay, Adela, estás aquí!"...

    "Sí, Paquita, ¿decís que un hombre se aprovecha de las viudas en sus propias casas?, ¡qué horror!", dijo Adela mientras le reconcomía una corriente por dentro, corriente que reconoció al instante: eran celos.

    Terminó de hacer la compra Adela y se dirigió al convento del que era feligresa a dejar algo para las pobres monjas. "Ave María Purísima", saludó nada más superar el pórtico; "Sin pecado concebida", respondió la joven y vigorosa monja que le abrió, "oh, gracias, Doña Adela, ¡qué haríamos nosotras sin usted!"; "Ni nosotros, desamparados viudas y viudos, sin vosotras"; "Bah, bah, Doña Adela, no exagere"; "Veo, hermana Remedios, que estás leyendo, ¿qué es?", dijo Adela al percatarse que la monjita portaba un librito apretado en una mano; "Bah, Doña Adela, lo encontré delante de la puerta, tirado, cuando barría..., parece ser poesía, de esas de moda, Carpe diem y todo eso, un poco sacrílegas, tendré que confesarme pronto", explicó la monjita con una sonrisa de oreja a oreja, "tome, se lo regalo", añadió; "No... sé... yo...", titubeó Adela: "Sí, anda, tome, se distraerá..., a fin de cuentas... usted no es monja, además, hoy tengo mucho trabajo, los hombres viudos reclaman cada vez más mis servicios en sus casas, les cocino, les plancho"...; "Ay, hija, ten cuidado, hay mucho desaprensivo suelto y tú... tú eres tan inocente"; "Descuide usted, Doña Adela, sé lo que me hago, y me dan dinerito para el convento, pobres, tan solos y desconsolados, figúrese que me han puesto hasta mote, ¿sabe cuál?"; "No"; "Sor Linda Tez."

    Adela caminó por las sucias calles, llenas de defecaciones y detritus, y llegó al Parque Real. Allí se sentó sobre un banco de mármol y abrió el librito. Los poemas, sonetos en su mayoría, resultaban bonitos y bien rimados; sí, algo picantes, pero sin escándalo. Pasó una página, otra, hasta que algo la detuvo: ahí, vio un papel doblado en cuatro. Lo pinzó con sus dedos y lo desdobló: ante ella vio un soneto que la sumió en una inquietud galopante. ¿Sería obra del violador? No creía: el violador las prefería viudas, como ella. Además, se veía con claridad a quien iba dirigido:

    "Esclava de Dios, voluntaria mujer,

    Los viudos te llaman por tus cuidados,

    Sin tus visitas no serán aliviados,

    Su hiel se les desborda, la quieren verter.

    Desnudos tus senos desean poder ver,

    Estrujarlos, más, chuparlos; "amados",

    Les dices a ellos; ya están excitados;

    Sus bocas arrugadas quieren beber.

    Son muchos, pero es mayor tu caridad;

    Tu hábito se abre, y así das tu desnudez

    A esos maduros sin gran vitalidad.

    Les mamas las pollas con gran sencillez.

    Te arrodillas, tragas su virilidad.

    Llena eres de semen, tú, Sor Linda Tez."

    "Hola, Doña Adela", se sobresaltó; "¡Ay, Héctor, qué susto me has dado!", exclamó Adela metiendo el papel en el libro y cerrando este con decisión; "¿Lee, usted?"; "Sí..., nada, unos poemas". Héctor, un pobre retrasado, un muchacho sin oficio pero de alta alcurnia, acostumbraba a pasear por ese parque a contemplar embobado los pájaros de las jaulas y los peces de los estanques. "Héctor", pensó Adela, sintiendo su coño húmedo a causa de la lectura anterior. "Héctor, acompáñame", pidió Adela; "¿Dónde?"; "A ver pajaritos."

    Adela condujo a Héctor a través de una fronda apartada. Se detuvieron. Adela miró a Héctor; "Héctor, me han dicho que escondes un pájaro ahí", afirmó Adela señalando la entrepierna del chaval; "No es un pájaro"; "Déjame que lo vea", ordenó Adela mientras iba arrodillándose y bajando el calzón a Héctor, "sí, lo es, y precioso, lo voy a besar", Adela besó el capullo de Héctor y éste se abrió dejando florecer el glande, "Oh, mira, ha crecido, espera, lo calentaré en mi boca, no sea que pase frío", y Adela se metió la gruesa polla de Héctor en la boca y comenzó a mamar de ella como cachorro con hambre. Los labios de Adela, adaptados a la fálica forma, se curvaban, avanzaban, retrocedían; a Adela le sobrevino la asfixia y respiró ruidosamente por la nariz mientras escuchaba los gemidos de placer del retrasado, mientas notaba como ardía el miembro junto su paladar, y, después, el líquido viscoso se derramaba sobre su lengua, pegajoso más tarde sobre su barbilla lampiña.

    Adela se despidió de Héctor junto a la salida del Parque Real: "Adiós, Héctor, ya sabes, no debes contar este secreto o tu pajarito morirá al instante, otro día le daremos de nuevo calor para que esté contento"; "Oh, sí, contento, contento", respondió Héctor, alejándose de ella dando saltitos de alegría.

    Continuó Adela el recorrido hacia su casa, cuando, en una esquina, observó que dos estudiantes, ropas y capas negras, discutían. Pegó la oreja:

    "¿Dices que era un soneto?"; "Sí, el mejor soneto"; "¿A quién iba dirigido?"; "¿A quién iba a ser?, a esa monjita, rosa de pitiminí, que me tiene el seso sorbido"; "¿La de la puerta del convento?"; "¡Esa!"; "¿Qué ocurrió?"; "Lo leerá, seguro, pero..., mísero de mí, anoche me dormí, ¡se me olvidó firmarlo!, y esta mañana lo llevó un criado, tal y como le indiqué antes del sueño, a la puerta del convento."

    "En fin, caballero", interrumpió Adela viniendo desde atrás, "a mi parecer, muy amoroso no es, el soneto digo."

    Los dos estudiantes se giraron sobre sus talones sorprendidos.

    Acabar en su lecho junto a dos hombres no entraba en sus planes; sin embargo, y es así que ocurre en la mayoría de los casos, la literatura nos conduce al intercambio, el intercambio a los sentidos, los sentidos a la sensualidad y la sensualidad al sexo. Y esto les ocurrió a estos tres: que si sí que si no; que qué era lo amoroso, el ideal, y qué lo carnal... Había que comprobarlo, había que experimentarlo; "Tendrás que arrodillarte sobre el colchón, yo te la meteré desde abajo por el coño y mi compañero, desde detrás, te la meterá por el culo", dijo el estudiante escritor; "Sí, será lo mejor para disfrutar los tres", consintió Adela.

    Ay, vibración de la carne; ay, suspiros, gemidos, exhalaciones; ay, ventosidades que escapan de los huecos húmedos rellenados una y otra vez por viriles mástiles. "Ah, ah, ay, ay"; "Oh, ah, oh, mmmpf"; "Mujer, mu-jer"; "Ay, dale, más, ay, ah."

    Sujeta por las caderas, Adela recibía las embestidas. Las palmas de sus manos y las rodillas sobre el colchón, su cara contorsionada, transfigurada por el placer, sus tetas grávidas se balanceaban en todas direcciones; Adela recordó el soneto dedicado a la hermana Remedios que encontró en el librito, y recordó el último verso esbozando una sonrisa de satisfacción: "Llena eres de semen, tu"; cambiando las cuatro últimas sílabas métricas: "Llena eres de semen, tú, Madam Viudez."

    Entretanto, en el convento, la hermana Remedios, dentro de su celda, en la oscuridad, se despojaba de su hábito color marrón, quedando al descubierto su enorme polla colgante, sus musculados tórax, brazos y piernas. Con fuerza de titán retiró los pesados barrotes de hierro de la ventana y, de un potente salto, clavó sus pies descalzos en la calle embarrada. Jamás lo pillarían porque, mientras de día era la pobre monjita que ayudaba a los viudos, de noche se convertía en el gran depredador sexual violador de viudas. No podía faltar a la cita: la siguiente era un bocado apetecible: la reciente viuda del Rey que sería asesinado en breve por su hijo legítimo, él mismo.

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