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Morena (Parte 1 de 2)

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  • Dos mujeres, una pone sexo y amor, la otra solo sexo, no puede ofrecer otra cosa, con un final inesperado

    Todo se remonta a mi infancia, cuando mi madre me inscribió en una escuela de patinaje artístico en un modesto club de barrio.

    Fue en esos años, cuando una deja de ser niña y empieza a querer ser mujer, nuevas compañeras, nuevas amistades, nuevas aventuras, cuando dejamos las muñecas y empezamos a ver a los chicos con otros ojos.

    Entre todas, Morena se transformaría en mi mejor amiga, confidente, esas con las que compartes todos tus secretos, hasta los más íntimos, esos que no le cuentas a tu madre, ni al cura en confesión de domingo.

    Una niña alegre, desinteresada, cómplice, una petisa muy bonita.

    Ya entrada nuestra adolescencia, empezaron los noviazgos, mi primer beso, la pérdida de mi virginidad, mi primer amor, mi primer desengaño, mis primeros amores, mis primeras lágrimas. También descubriría que Morena había tomado otro camino, a ella le gustaban las chicas, se declaraba lesbiana, un secreto que no muchas sabíamos, en su familia nadie lo sospechaba, y era algo que a ella la avergonzaba sobremanera, pero confiaba en mi ese gusto por otras mujeres.

    Una tarde como tantas, habíamos salido de compras de amigas, fuimos a un shopping y paramos en un bar un tanto apartado por un par de cafés y unas facturas.

    Hablábamos cosas de mujeres, pero de pronto ella me hizo un juego tan viejo como la humanidad, y pequé de ingenua, empezó a pestañar fingiendo que algo se había metido en su ojo, y me pidió que la ayudara, que viera que tenía, me acerqué lo suficiente para estar a su alcance, solo para que ella se estirara de golpe y me diera un tremendo beso, juntando sus labios con los míos.

    Me aparté espantada mirando el entorno, me puse roja de vergüenza, que diablos le pasaba, por qué había hecho eso? Fue cuando me confesó que se había enamorado de mí, fue de repente, de improviso, no sabía que decir, que hacer, como reaccionar, no estaba preparada para eso, ella se rio de mi cara, me dijo que solo la dejara amarme en silencio, así que solo le advertí, podía darle mi amistad, mi cariño, mi comprensión, pero no podía darle amor, lo mío eran los chicos, y me parecía sumamente cruel aventurarla a algo que jamás sucedería.

    Y yo la dejé pasar la barrera de ese primer beso, lo confieso, nos enredamos en inocentes aventuras sexuales, me gustó jugar su juego, aunque siempre tuve claro que era solo eso, porque todo estaba claro, yo ponía sexo, pero ella ponía sexo y amor.

    Mi placer no iba más lejos que eso, placer, y lo dejaba en claro cada vez que podía, nunca sentiría amor por Morena.

    Pasaron un par de años más, ya tenía veinte, nuestros juegos lésbicos siguieron siendo un secreto guardado bajo siete llaves, fue cuando conocí Milton Vargas un chico mayor que yo, que en ese momento estaba recibiéndose de médico, el me impactó a primera vista, un tipo inteligente, de mente avispada, de proporciones justas, de cabellos oscuros y tez morena, donde resaltan dos ojazos cafés que me atraen como un faro atrae a un barco en medio de la noche.

    De manos grandes y masculinas, de caminar cansino, con una colita respingada que no puedo evitar pasar por alto, de mirar penetrante y sonrisa peligrosa, ese tipo de hombre al que si le mantienes la mirada es probable que te enrede en su tela araña…

    Me enamoré perdidamente de él, mi doctor, mi compañero, mi amante y… mi esposo.

    Nos casamos un quince de abril, con una hermosa ceremonia rodeados de parientes, afectos, conocidos, donde no podía faltar Morena, mi mejor amiga, la cómplice de nuestro secreto, el mejor guardado, porque no pude contarle sobre eso a Milton, nunca lo supo, ni lo sabe, ni lo sabrá.

    Pasaron algunos años más, y naturalmente los juegos con Morena habían terminado, ahora era una mujer casada y mi vida lógicamente había cambiado, seguimos siendo excelentes amigas, y nos mantuvimos en contacto, aunque más no sea por un mail, porque cada una siguió su camino en la vida.

    Llegados mis treinta, con mi vida amorosa en pleno auge y con la búsqueda de nuestro primer niño, y ya un tanto distanciada de Morena, solo se dio un encuentro…

    Ella hacía más de un mes que con insistencia decía que tenía que hablar conmigo, algo importante, algo que no podía esperar, algo que en ese momento no le di mucha importancia, pero hacía rato que no nos veíamos, y dado que Milton viajaría a un congreso médico a Francia, pues quedamos en cenar a solas como en los viejos tiempos.

    Era un sábado quince de mayo, a pesar de que debíamos estar en pleno otoño hacía un calor insoportable, propio de verano, lleno de humedad haciendo la sensación en la piel insoportable.

    Solo me puse un jean celeste, con una remera blanca, zapatillas del mismo tono y mi bolso de mano lleno de todas las cosas típicas de mujeres, mi móvil, la llave del coche, un vino fino y el postre que había preparado en la tarde.

    Morena vivía en un coqueto loft en la mejor zona de la ciudad, ella vivía sola y el sueldo de su empleo le sobraba para darse una vida de lujos. Lejos de los hombres, su homosexualidad seguía siendo tabú, algo que jamás le contaría a su familia.

    Al llegar, toqué el portero y sentí su voz al otro lado, me permitió el ingreso, y me dirigí por el corredor haciendo equilibrios entre la botella, el postre y mi bolso.

    Subí al ascensor y en el silencio del lugar, mientras subía a su departamento solo hice memoria, hacía más de dos años que no nos veíamos cara a cara, y que solo hablábamos por Whatsapp, tal vez demasiado tiempo para dos amigas tan íntimas, demasiado íntimas.

    Al llegar, ella abrió la puerta y me tomó por sorpresa en un eterno y profundo abrazo, me besó la mejilla y sus ojos se empañaron en lágrimas que se esforzó por contener

    Soy una tonta…

    Sentenció mientras con el revés de sus dedos intentaba evitar que se corriera el rímel. Yo solo la observé en silencio, la enana, porque Morena apenas medía un metro y medio, estaba sobre unas botas negras a la rodilla, con finísimos tacos de más de veinte centímetros, no sé cómo diablos no se mataba parada ahí arriba.

    Ella siempre había sido muy coqueta y sus hermosa piel lucía un bronceado envidiable, seguí observando en silencio, un vestido suelto, lo justo para no apretarla para cortarle la respiración, pero al mismo tiempo para marcar sus formas, en un violeta furioso, sus pezones puntiagudos se marcaban demasiado, dejándome adivinar que no llevaba sostén, sin mangas, sostenido por los hombros con unas cadenitas doradas, lucía una gargantilla en el cuello con una enorme letra M, su rostro se mostraba alegre, perfectamente maquillado, sus cabello castaño oscuro recogido en una enorme cola de caballo, y sus orejas lucían unos largos pendientes dorados con piedras violáceas, haciendo juego con el vestido.

    Morena estaba delgada, había bajado de peso, era evidente, supuse que estaba en alguna dieta, pero se veía mejor de lo que la recordaba.

    El rostro de mi amiga era una juguetería, y en ese momento, mientras acomodábamos las cosas que había traído percibí que ella tenía otras intenciones, por lo que tuve la necesidad de decirle

    -Morena, no lo tomes a mal, pero…

    No encontraba las palabras para decirle lo que quería decirle sin herir sus sentimientos, pero ella se adelantó cortando mis palabras

    -Hey! tranquila… no te preocupes, somos amigas, no hay trampas en este encuentro, no voy a comerte, lo juro!

    Al decir esto ella levantó su mano derecha, como dando solemnidad a su juramento, me sacó una carcajada y ambas nos reíamos como tontas.

    Nos sentamos a cenar, había preparado un pollo agridulce que estaba para chuparse los dedos, dejó mi vino en la heladera, trajo uno propio, dijo que yo era su invitada y que quería agasajarme, así que comimos, bebimos, nos reímos, charlamos, recordamos nuestra adolescencia, nuestras locuras, ese beso que me había robado, nuestras revolcadas a escondidas, le conté de mi vida de esposa, que ya no me cuidaba porque quería quedar embarazada, de Milton, de sus viajes, de su profesión, ella habló de su trabajo, de su vida, de su soledad, porque ella siempre estaba sola, y fue cuando me dijo mirándome a los ojos

    -Creo que yo siempre estaré sola… porque yo solo tengo ojos para una mujer…

    En ese momento un silencio sepulcral cubrió el lugar, ya no hubo risas, ni recuerdos, no supe que decir, y ella no dejaba de mirarme fijamente, hasta que apoyando su mano en la mía dijo para romper el hielo

    -Bueno, bueno… comemos el postre?

    Asentí con la cabeza, sin obviar el detalle que nuevamente ella tenía sus ojos enjuagados en lágrimas…

    Comimos la crema helada que había traído, hicimos sobremesa, Morena trajo un par de cafés y encendió un cigarrillo, maldito vicio, odiaba que fumara tanto, se lo hice saber, pero solo sonrió sin dar respuesta, en verdad respondió con una nueva pitada, como no dando importancia a mi reclamo.

    Y bueno, obviamente, se había hecho tarde debía regresar a casa, pero había que lavar las cosas, no la dejaría que ella fregara todo, nos dirigimos a la cocina, ella llevaba los platos y cubiertos sucios, yo por detrás con los vasos y otras cosas más.

    Fue cuando pasaría algo que no vení venir, algo que no imaginaba, descubriría el motivo por el cual Morena hacía tiempo insistía para que charlemos a solas...

    No habíamos llegado a dejar las cosas, cuando de repente mi amiga se encorvó como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago, dejando escapar un grito contenido de dolor, los platos sucios cayeron al piso partiéndose en miles de trozos y apenas pudo sostenerse de la mesada para no ir ella también a parar el suelo, casi tirando las cosas que yo traía fui a ayudarla desesperada

    -Morena, Morena!!! Qué te pasa? no me asustes!!!

    CONTINUARÁ

    Si eres mayor de edad puedes escribirme a con título ’MORENA’ a [email protected]

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