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Casilda, una mujer morena e inexperta

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Le abrí la cremallera trasera de su vestido azul. Se lo quitó y se volvió a echar hacia atrás en la hierba. Al ver la humedad en sus bragas blancas, de la que salían pelos negros por arriba y por los lados, me aceleré sin poder evitarlo. Me puse en pelotas, después le quité el sujetador

La historia comenzó un sábado por la tarde. Tenía yo por aquel entonces 18 años. Estaba en el monte cazando conejos con mi perro León, un chucho de raza indeterminada. El ladraba a un lado de la madriguera. Yo esperaba al conejo en la otra salida y le daba un garrotazo, bueno, que le daba es un decir, ya que de dieciséis conejos que me echara sólo le diera a dos que colgaban en mi cinto de cuero con monedas remachadas, monedas que me fueran dando... Marcos alemanes, francos franceses, liras italianas, dos reales y pesetas españolas..., hasta tenía un rublo ruso, que en tiempos del Gereralísimo Francisco Franco Bahamonde, era más difícil de conseguir, para algunos, que un beso de su novia.

El calor era sofocante. Los grillos y las cigarras se hinchaban a cantar y los saltamontes a saltar, saltamontes que había a miles. De entre los matorrales, unas veces, salían corriendo perdices, que emprendían el vuelo, y otras, culebras que se iban zigzagueando, lagartas, lagartos... En los pinos se oía el ruido de las piñas abriéndose, y el arrullo de las palomas torcaces. En las alturas vi revoletear un par de halcones peregrinos.

Descansando a la sombra de un roble y sentada sobre un mantel, encontré a Casilda, una mujer morena, alta, (alta en los años 60-70 en los pueblos era un mujer de un metro sesenta) jamona, o sea rellena sin estar gorda, de 24 años, con unos ojazos negros. Se había casado hacía 3 años con el terrateniente del pueblo, un beato, de misa diaria, de 60 años, alto, delgado y cascado, que convenciera con una gran cantidad de dinero a la madre superiora del convento para que entregara a novicia Casilda en matrimonio, y como Casilda fuera abandonada en una cestilla a la puerta del convento y no conocía más mundo que el de las monjas, se dejó vender como si de mercancía se tratase.

Casilda tenía dos hijos del beato, uno de un año y el otro de dos. Era con quien hablaba, con ellos, con el beato, y con la madre de éste, Hortensia, una vieja de ochenta años, con el pelo blanco recogido en un moño, nariz aguileña, seca, vestida de riguroso luto, y de palabras contadas.

Casilda, al ir por el camino iba con la cabeza gacha mirando a la tierra. Nadie le dirigía la palabra, unos por miedo a las represalias del beato, y otros, como yo, cuando iba a por agua a la fuente, no le dábamos los buenos días, las buenas tardes, o las buenas noches, por lo que el beato le pudiera hacer si se enteraba de que la saludara alguien, ya que era muy celoso, y decían que por los celos tenía la mano muy levantada. Sus celos eran tan grandes que ni criada tenía en casa para que su mujer siguiese viviendo casi vida de convento.

Buscando madrigueras vi a Casilda, se estaba zampando un bocadillo de membrillo y tenía una gaseosa a su lado, a lo lejos, apastando, andaban sus ovejas y su carnero.

Al llegar a su lado, sabiendo que nadie se iba a enterar de que hablara con ella, le dije:

-¡Buenas tardes, Casilda!

No me respondió:

-¿Invitas?

Casilda seguía sin contestar. Tenía la cabeza gacha, miraba para la hierba y seguía comiendo el bocadillo.

-¡Cómo se nota que ya no piensas como las monjas! Ya no das de comer al hambriento

Se hizo la sorda.

-Tanta belleza para un cerdo que ni bellotas merece es un sacrilegio.

Nada, no había manera de que me respondiera.

-¿Te comió la lengua el viejo?

Iba a hablar. ¡Por mis cojones que iba a habar! Tiré de ingenio.

-Bueno, como eres sorda y no sientes, te voy a meter mano.

Al acercarme a ella, sin mirarme, me dijo:

-¡Ni se te ocurra!

-No lo iba a hacer, mujer, era para escuchar tu voz.

-Vete, Quique, por favor. No me comprometas

-¿Quién se va a enterar de que hablaste conmigo?

-Yo.

-Ni que tuviera la peste.

-Escuché cosas de ti, Quique, y eres malo.

-No sabía que te gustaba poner el oído. ¿Qué oíste hablar de mí?

-Que eres como la serpiente de la Biblia.

-De serpiente, nada, en ese caso sería Adán, tú, Eva, tu chocho la manzana y la serpiente sería tú marido.

-¿Ves cómo eres la serpiente? Una serpiente que habla de mi sexo como si fuese una manzana que se puede comer.

-No es que se pueda comer, es que se come.

-Ya no me cabe duda de que eres la serpiente, o lo que es lo mismo, el diablo.

-¡Qué el diablo es él, coño! A tu marido había que darle un baño de hostias y dejarlo fino. Debes ser la única mujer en el mundo civilizado que no puede hablar con sus vecinos.

-Cada ser humano lleva su cruz... Te doy la mitad del bocadillo si te vas y me dejas en paz.

-No quiero tu bocadillo. Me voy, pero antes de irme te diré que todo lo que te pasa te está bien empleado. ¡Hay que tener genio, carallo! Si no se tiene genio cagan por uno.

-No digas pecados, por favor.

Cagándola, me la empecé a ganar.

-Perdona, pero insisto. ¡Hay que tener genio, pene! Si no hacen caca por uno.

Jamás había oído una carcajada tan espontanea. Casilda, se reía con ganas. Levantó la cabeza y me miró. Su mirada era como la de Lady Di, no levantaba la cabeza para mirar, era una mirada tímida. Casilda, de cerca era preciosa, con sus labios carnosos, su caída de ojos… con su todo. Me dijo:

-No recuerdo haberme reído así en mi vida. En el fondo eres como un niño travieso.

-¿Me das ahora un trozo de tu bocadillo?

-Si me das tú uno de esos conejitos.

La ocasión, me la pintó peluda.

-Te doy conejo por conejo.

-¿Es qué ves algún conejo por aquí?

-Aún no, pero me gustaría cocinarlo y comerlo.

Casilda, posó el bocadillo en el mantel, cerró los ojos y dijo:

-Conejo de monte, con su salsita... -pasó la lengua por los labios. ¡Qué rico!

-Sí, calentarlo bien hasta que eche jugo.

-Se me está haciendo la boca agua, Quique.

-Y a mí. Deber saber a gloria ese conejito que tienes entre las piernas.

Casilda, abrió los ojos, se persignó, y me dijo:

-Jesús, Jesús, Jesús. Tienes fijación con eso de comer... eso.

-Chochos, sí, me gusta comer chochos, y cuanto más peludos, mejor que mejor, pero tampoco le hago ascuas as hacerles una paja...

-¿A hacer, qué?

-A pajear a una mujer...

-¡A saber qué barbaridad es esa!

-Una barbaridad que da un gusto bárbaro. ¿Nunca te masturbaste?

-La masturbación es un pecado, y aunque quisiera pecar no sabría cómo ni donde tocarme.

-¿Quieres que te enseñe?

-No, gracias, no necesito que me enseñen a pecar. Cada vez estoy más segura que eres la serpiente, y como tal tienes mucha maldad.

-Es que ver una preciosidad en medio del monte, lejos de la gente, invita a propasarse un poco.

-Lo que estás haciendo es abusar verbalmente de una mujer indefensa.

-Pensé que te gustaba hablar conmigo.

-Y me gusta, pero sólo sabes hablar de sexo.

-¿Y qué quieres, qué te hable del tiempo, bonita?

-Soy una mujer casada y con dos hijos.

-Pero hermosa.

-¿Adónde quieres llegar, Quique?

-Hasta donde tú me dejes.

-¿Y por qué no vas a dónde yo te mande?

-¿A dónde quieres que vaya?

-A tomar viento fresco

-Preferiría tomarlo de tus suspiros.

-Ahora te mandaría a otro sitio, pero mi educación no me lo permite.

La pillé al vuelo.

-Vale, me voy a la mierda. ¿Pero no me negarás que eres una preciosidad?

-Encima no sabes mentir. Me miro al espejo y sé que soy una mujer corriente...

-Mentir es pecado, Casilda, eres preciosa y lo sabes.

Casilda, se ruborizó.

-¡Quita, quita! Preciosa yo. ¡Qué tontería!

-No te hagas la ingenua. Sabes que eres la más bonita del pueblo.

-¿Estás intentando seducirme, Quique?

-Sí, me gustaría que esta tarde fueras el aire de mis suspiros.

-¿Te funciona?

-Si con 18 años no tuviese muelle, malo, ¿Quieres ver mi verga?

-Me refería a la manera de camelar. ¿Te funciona con las mujeres?

Me la jugué a cara o cruz.

-Sí. ¿Puedo sentarme a tu lado?

Salió cara.

-Si mi marido se entera que hablé contigo me da una paliza, y si sabe que estuvimos hablando y sentados juntos en medio del monte, los dos solos, me mata.

-No se va a enterar, pero si se enterase y te tocase un pelo de la ropa lo coso a hostias. A una mujer sólo se le calienta el culo si ella quiere.

Casilda, ya se soltó.

-¿Hay mujeres a las que les gusta que le calienten las posaderas?

-Aquí hace mucho calor.

-Ponte a la sombra del roble.

De nuevo tenté la suerte.

-Mejor me voy. No me agrada hablar con una mujer estando yo de pie y ella sentada.

-Vale, siéntate a mi lado. Creo que me hará bien hablar contigo de cosas mundanas. Si se entera Hugo, que sea lo que Dios quiera.

Me quité el cinto con los conejos, lo eché junto al roble y me senté a su lado, Casilda, que parecía tener la curiosidad de una adolescente que quiere descubrir cosas nuevas, siguió hablando.

-¿Le pegaste a alguna mujer en las posaderas?

-Te voy a meter en un terreno pantanoso, Casilda

-Soy consciente de ello. Al hablar contigo empecé a hacerlo y al dejar que te sentaras a mi lado, ya me puse al lado del precipicio. ¿Le diste a alguna mujer en las posaderas?

Me puso el bocadillo en la boca para que le diese un mordisco por el mismo sitio que lo estaba comiendo ella. En este momento supe que íbamos a follar. Mordí, tragué y le respondí:

-Sí, hay mujeres a las que darles en el culo, con la palma de la mano, con una zapatilla o con otra cosa, les gusta.

Íbamos a acabar el bocadillo dándole un mordisco ella y un mordisco yo.

-¿Qué cosa es esa que no quieres decir?

-La tralla.

Casilda se quedó con la boca abierta.

-¡¿El látigo de darle a los caballos!?

-Sí, con ese.

-¿Cómo le puede gustar una cosa así a una mujer? ¿Le diste a alguna? Si le diste dime a quien. El secreto morirá conmigo.

-A la señora Facunda.

-¡Esa mujer tiene más de 50 años!

-Tiene 52, y un cuerpo de escándalo.

-¿La azotaste en su casa?

-En el granero por 1000 pesetas.

Se escandalizó.

-¡¿Cobras?! ¡¿Eres un puto?!

-Yo me considero un amante por horas.

-¿Le cobraste a alguna más?

- A varias. La cosa empezó un día que estaba partiendo leña...

-Leña le partes a señora Gloria.

Seguí hablando sin decir que era ella.

-Es una mujer mayor...

-Y viuda.

- Sí, viuda y muy necesitada. Me pagó 1000 pesetas por follarla. Corrió la voz entre sus amigas y ahora no me falta trabajo.

-Te follaste a señora Gloria, reconócelo.

-Para ti la perra chica.

-Sabía que era ella. ¿Te gustó darle con el látigo a señora Facunda?

-Sí.

-Eres perverso.

-Yo no diría perverso, diría, lujurioso, un lujurioso salido que te haría un pijama de saliva, como le hice a más de una.

-No sé qué es eso del pijama de saliva, pero suena a sexo subido de tono. Cuéntame que hiciste con señora Facunda.

Me la volví a jugar.

-Si te lo cuento entrarías en un mundo de lujuria sin freno, un mundo antagónico al tuyo que te puede fascinar. ¿Seguro que quieres que te lo cuente?

Como no sabía mentir, me dijo:

-Ya me tiene fascinada.

Me quité la camiseta. Mi torso musculado y peludo quedó al descubierto. Cogiéndole un dedo de la mano derecha con mi mano izquierda, la invité a que acariciase mi pecho, mi vientre y a que tocase los pelos de mi pelvis.

-Cierra los ojos y mientras me acaricias imagina la señora Facunda desnuda. -Casilda, cerró los ojos- Está con las piernas separadas y las muñecas atadas a una viga de su establo. Sus tetas son grandes y un poco decaídas, tienen unas areolas rosadas y unos grandes pezones. Su coño rodeado de una gran mata de pelo negro está chorreando, chorrea porque mi lengua lleva casi un cuarto de hora lamiendo su espalda y follando su ojete. La encaro, me pide que la bese, le aprieto la garganta con mi mano derecha hasta que le empieza a faltar la respiración. La dejo respirar, acerco mis labios a los suyos y cuando se rozan le escupo en la boca. Le agarro los pezones y se los aprieto, (le pasé el dedo por los pezones a Casilda y se estremeció) después le como las tetas. Me vuelve a pedir, a pedir no, a implorar que la bese y le vuelvo a apretar el cuello y a escupir en la boca, Cojo el látigo, y me pongo otra vez detrás de ella. Le comienzo a dar: "¡Zaaaaas, yyyyy zaaaaaaas,...!" Virgilio, su marido, que se había estado meneando la polla, se levanta de la banqueta en la que estaba sentado con el trallazo que le meto en el culo. Besa a su esposa, se agacha y le pasa la lengua por el coño. Yo le sigo dando: "Zaaaaas, yyyy, zaaaaas..." Al rato, Facunda, se murió de gusto y Virgilio se tragó su catarata de jugo.

Casilda estaba asombrada y con unos coloretes que la hacían aún más bonita de lo que era.

-¡¿Tanto jugo fabricó su sexo?!

-Sí, fue una maravilla ver como salía de su coño.

Cogí su mano y quise meterla dentro de mis pantalones Lois. Su mano se hizo puño y no quiso coger mi verga empalmada.

-Ahora entiendo que te gustara hacerlo, lo que no entiendo es porque me gustaría que me hicierais a mí tú y otro una cosa tan depravada.

Volví a intentar llevar su mano a mi verga pero no quiso. Quise meter mi mano debajo de su falda y tampoco me dejó.

-No se nota. ¿Le chupaste alguna vez la polla a tu marido?

-¡No! ¡¡Qué asco!!

-De asco, nada. Te sorprenderías de las cosas que les pueden gustar a las mujeres y a los hombres.

Volvió a pasar su dedo desde mi cuello a los pelos de mi pelvis. Su voz ya se volvió duce, era cono si me acariciara al hablar, cuando dijo:

-Sorpréndeme.

-Hay un par de mujeres en la aldea a las que les encanta que meen por ellas.

Volvió su voz de censora.

-¡Eso es asqueroso!

-No creas. Mujeres viajadas, a las que le comieron el coño otras mujeres, a las que ya encularon, y a las que ya azotaron, buscan nuevas fantasías.

-Mujeres así solo podrían existir en Sodoma y Gomorra.

-Créeme, viven en esta aldea, y tiene hombres y mujeres con quien divertirse.

-¿Viven? ¿Es qué hay más de una?

-De una y de uno.

-¿Cuándo te iniciaron en ese mundo tan oscuro?

-No es un mundo oscuro. Es un mundo de fantasías, donde los príncipes pueden ser jornaleros, las princesas madres con hijos, las brujas, monjas y los dragones, terratenientes.

La quise besar y me hizo la cobra.

-Si andas metido entre esa gente es que no crees en Dios,

-Creo en Dios, pero no creo en un Dios de... Esto no se hace, esto no se dice, esto no de toca. Creo en un Dios que nos da libre albedrío para hacer lo que queramos siempre y cuando no hagamos daño a nadie, y dar placer no es hacer daño.

-¡Eres veneno puro! Y lo malo es que tu veneno gusta.

-¿Puedo hacerte otra pregunta íntima?

-Adelante.

-¿Te comió el conejo tu marido cuando te hizo los hijos?

Casilda, levantó los brazos y apretó la cinta de la coleta de su largo cabello. Al estar en manga corta vi los pelos de sus sobacos y mi polla se puso a latir, ella la vio, y me dijo:

-Te late como si fuera el corazón.

-Se muere por que le hagas una cubana, pero no me contestaste a lo de comerte el conejo.

-Mi marido cree que el sexo es sólo para procrear. ¿Qué es una cubana?

-Un polvo entre las tetas. ¿Tú también crees que sólo se debe follar para tener hijos?

-Hasta hoy pensaba que sí.

-¿Sólo follaste dos veces con tu marido?

-No me acosté con mi marido sólo dos veces. Una mujer no queda encinta la primera vez que se acuesta con un hombre, o puede que sí, pero hasta que se le retira la menstruación no sabe si está embarazada.

-Si llevas más de dos años sin follar y no te masturbas debes tener unas reservas de jugo excelentes.

-No te diría yo que no.

-¿Quieres correrte?

Se echó para un lado.

-¿Qué me quieres preguntar ahora?

Le llevé su mano derecha a mi polla empalmada, y le pregunté:

-¿Quieres echar un polvo de verdad?

Retiró su mano del bulto, y me dijo:

-Si echase un polvo contigo me convertiría en una adúltera.

Le quité la goma del pelo, su cabello cayó como una catarata sobre sus hombros. La besé sin lengua. Me miró y echó la cabeza hacia atrás. Le di otro pico y volvió a echar la cabeza hacia atrás. Nos quedamos mirando. Esta vez fue ella la que me besó. Le metí la lengua en la boca. Rodeó mi cuello con sus brazos, y se echó hacia atrás sobre la hierba llevándome con ella. Le pregunté:

-¿Ya estás preparada para que te haga mía?

-Mi cabeza me dice que no debo entregarme a ti, pero mi sexo, empapadito y latiendo, me dice que sí. Soy una mujer y dos años sin tener un pene entre las piernas son muchos años.

-Son. ¿Quieres que te lleve al cielo del gozo?

Su mano se metió dentro de mis Lois, cogió mi verga mojada, y con voz aterciopelada, me dijo:

-Sí, Quique, llévame al cielo del gozo.

Tenía que asegurarme de que no nos iban a descubrir. Le dije a mi perro:

-Vigila, León, y si viene alguien, avisa.

El animal, fiel como él solo, se puso a hacer guardia.

Casilda se volvió a incorporar. Le abrí la cremallera trasera de su vestido azul. Se lo quitó y se volvió a echar hacia atrás en la hierba. Su piel era blanca como la leche. Al ver la humedad en sus bragas blancas, de la que salían pelos negros por arriba y por los lados, me aceleré sin poder evitarlo. Me puse en pelotas, después le quité el sujetador. Unas tetas grandes, esponjosas, con grandes areolas negras y gordos pezones quedaron al descubierto. Las magreé con las dos manos mientras se las chupaba, lamía y mamaba. Casilda, gimiendo, metía sus dedos entre mis cabellos y acariciaba mi cabeza. Bajé besando y lamiendo su vientre. Le quité las bragas. El bosque era encantador. Saqué la verga y le metí la puntita del cabezón dentro de su vagina. Su coño abriéndose y cerrándose, le dio pequeñas mamaditas. Fue demasiada excitación. Sentí que me corría, la quité y derramé sobre la hierba. Nada más acabar, metí mi cabeza entre sus piernas. La cogí por la cintura. Le pasé repetidas veces la lengua desde el ojete a clítoris metiendo mi lengua donde había estado mi polla. Casilda, exclamó:

-¡Me siento viva!

Mi lengua, cubierta de jugo, lamió su coño con avidez. Mis manos dejaron sus caderas y magrearon sus tetas... Al sentir que se venía, lamí su clítoris de abajo arriba. Entre gemidos, me dijo:

-¡Me vas a matar de gusto!

Apreté mi lengua contra su clítoris, que ya estaba totalmente fuera del capuchón. Aceleré mis movimientos verticales de lengua, y Casilda, exclamó:

-¡¡Llego al cielo!!

Casilda se corrió por vez primera sacudiéndose como si tocara un cable de alta tensión. Dejé mi lengua sobre su clítoris y metiendo la punta en su vagina bebí de ella.

Al acabar de correrse, subí besando y lamiendo su vientre y sus tetas hasta llegar a su boca, allí me recibió con uno de los besos más dulces que me dieron en toda mi vida.

Me eché boca arriba a su lado. Se puso de lado, me cogió la polla, flácida. Me la lamió como yo le había lamido el coño a ella. Se veía que nunca hiciera una mamada. Al ver que se ponía dura, me besó, y me dijo:

-Haz que sienta otra vez lo que sentí antes. ¿Cómo se llama lo que sacudió mi cuerpo?

-Algunos le dicen correrse, otros tener un orgasmo, otros llegar al éxtasis...

-¡Date! Mira lo que sentía Santa Teresa o La beata Ludovica. ¡Se corrían!

-Probablemente haciendo una paja.

-¿Sabrías hacerme una?

La besé. Fui directamente a su coño empapado. Mamándole las tetas y besándola, la masturbé con dos dedos... Cuando sintió que se iba a correr, me dijo:

-Déjame terminar a mí.

Metió dos dedos dentro del coño. Yo le magreé las tetas y la besé. Debió ser la novedad, pero no duró nada. Se encogió, y en posición fetal, jadeando y temblando, se corrió como una bendita.

Había creado un monstruo sexual. Nada más correrse, me dijo:

-Haz una cubana.

Le comí la boca, después me senté encima de ella, le puse la verga empalmada entre sus hermosas tetas, y le dije:

-Coge las tetas con las dos manos y aprieta mi polla con ellas.

Estaba entregada.

-Chúpala cando llegue a tu boca.

Casilda, enseguida le cogió el tranquillo, al fin y al cabo, chupar, todas y todos sabemos.

Al sentir que me iba a correr de nuevo, le dije:

-Moja un dedo con el jugo de tu coño y fóllame el culo con él.

Le junté las tetas mientras me metía el dedo mojado en el culo y me lo follaba.

-¿Quieres que me corra en tu boca o en tus tetas?

-En la boca. Yo también quiero beber de ti.

¡Vaya si bebió! No dejó que se derramara ni una gota de mi leche calentita y espesita.

Al acabar de correrme, me dijo:

-Me estoy empezando a sentir muy puta. Dime cosas dulces.

-¿Quieres disfrutar en la posición del perrito, cielo?

-¿Cómo es esa posición, cariño?

A cuatro patas, vida.

Se puso a cuatro patas, y me dijo:

-Así aún me siento más puta. Parezco una cerda, más que una cerda, una perra.

Le lamí el coño.

-El sexo cuanto más guarro más placentero, princesa.

Dándole nalgadas, hice círculos con mi lengua sobre su ojete y después se lo follé con la puntita. Al rato su coño chorreaba. Al lamérselo comenzó a gemir y al volver al ojete y follárselo de nuevo con la puntita de la lengua, sus gemidos ya era de pre orgasmo. La iba a hacer sufrir. Cogí con dos dedos el capuchón del clítoris y lo masturbé despacito como si fuese un diminuto pene. Volví a poner la punta de mi lengua en la entrada de su ojete. Casilda echaba el culo para atrás. Se lo nalgueaba y no dejaba que mi lengua entrara en él. Hice lo mismo con el coño empapado, al que le pasaba la lengua una sola vez, casi sin rozarlo, y se la quitaba. El ojete se abría y se cerraba. Hice círculos con mi glande mojado sobre él. Casilda, una vez que lo tuvo en posición, empujo con su culo con fuerza y metió todo el glande dentro de su culo. Su exclamación no fue de dolor, dijo:

-¡¡Ooooh!

Acabó metiendo la polla hasta el fondo. Sus dedos se metieron en su coño, y follando mi polla con su culo, se corrió con más fuerza que las dos veces anteriores, pues al correrse, con el tremendo placer que sintió, quiso hablar y sólo pudo decir:

-¡¡¡Meee, puuuuf!!!

Ahora era ella la que se tenía que recuperar. Dejé que lo hiciese, y le dije:

-Sube y fóllame.

-¡¿Yo?! Si subo tu madre va a tener que poner luto por ti.

-Muy graciosa. Ten cuidado, graciosilla, y sácala cuando me vaya a correr, no sea que te haga un bombo.

-Quien debe tener cuidado eres tú. No derrames dentro de mí.

Casilda, la metió hasta el fondo. Le dio al culo, y me dijo:

-Dime cosas bonitas...

-Te quiero, guarra.

-¡¿Me has llamado guarra?!

-Sí, zorra. ¿Algún inconveniente?

Paró de follarme.

-Me lo merezco por ser una...

-Una preciosidad. Perdona. Hay mujeres a las que le gusta que las insulten y les hablen guarro cuando follan. Se me olvidó que has sido monja

-¿Era un juego?

-Sí.

Lo dicho, había despertado el monstruo sexual que llevaba dentro.

-Pues sigue jugando, maricón. ¡Qué te gusta más un culo que a una monja un rosario!

-Serás... puta.

-Menos que tu hermana, chulo de playa.

Le empecé a arrear en culo con las palmas de mi mano.

-¿Te voy a dejar el culo como la cara de un borracho, soplapollas?

Me agarró el cuello con las dos manos, apretó, y me dijo:

-¡Puto!

La que fuera monja se había vuelto una diablesa. ¡Y cómo le daba al culo!

-A ti no te voy a cobrar, asquerosa.

Después de dejarme casi sin respiración, acercó sus labios a los míos, y cuando la iba a besar, me escupió en la boca, y me dijo:

-¡Veneno, que eres un veneno!

-Zooorra.

Pasado un tiempo, Casilda, le dio con tantas ganas, con tantas ganas le dio, que al comenzar a correrse sentí que también me iba a correr yo. Me apretó el culo contra ella, y me dijo:

-¡Me corro! ¡¡Córrete conmigo!!

Quité mi verga de su coño y me corrí frotándola con su culo. Sabía que lo que me había dicho era fruto de su calentura, y si me corría dentro lo iba a lamentar el resto de su vida.

Se agradecen los comentarios buenos y malos.

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