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Gabriela, Silvy, la del jodido culo y yo

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(ver mi relato “El muy jodido culo de Silvy”)

Bueno, vale, te lo explico.

Fue después de una de esas tremendas mamadas de Gabriela. Ya sabes: me la chupa; me la lame hasta los huevos; me mordisquea suavemente el capullo; me repasa el frenillo con la punta de la lengua; se la mete toda entera en la boca; y casi enseguida la libera, haciéndola resbalar lentamente entre sus labios.

Como experta masturbadora que es, consigue muy pronto que mi verga se ponga durísima, a punto de explotar. Me hace sentir por todo el cuerpo la impaciencia del orgasmo inminente. Ella lo intuye y sigue, sigue, sigue, como si nunca fuese a parar. Va repitiendo la maniobra una y otra vez. Y mientras tanto, me va follando el culo con un dedo, tratando de sobarme la próstata. O, alguna vez, si ve que estoy muy excitado, cambia sus dedos por el dildo más delgado de los que ella usa.

Al final pierdo todo el dominio de mi cuerpo y mi polla, a golpes de placer, expulsa toda la leche de los cojones.

Entonces, Gabriela, a veces, se llena la boca con la que puede retener y, después. Me besa profundamente para hacerme tragar mi propio semen,

De regreso de uno de esos orgasmos desenfrenados, mientras desnudos en el sofá nos tomábamos un par de whiskys reconfortantes, le conté mi aventura con Silvy. Ella, como en otras ocasiones parecidas, me escuchó con esa sonrisa ambigua de siempre. Aunque, esta vez, advertí una cierta envidia por no haber participado en tal desmadre. Así me lo confesó

Después de dos tragos, especificó su confesión. Me dice, en concreto, que verme follar “ese culo tan estupendo”, seguramente la hubiese puesto cachonda a tope. Luego, se calla durante unos instantes, con gesto pensativo. Finalmente, me mira. Hay chispas de deseo en el brillo de sus ojos.

‒Lo que hubiera sido una pasada es que esa Silvy te follase el tuyo ‒me suelta de pronto‒.¿Seguro que no te dio por el culo? ‒desliza con sorna, cargada de una cierta mala baba‒. ¿Lo intentó?

Ha acogido mi negación con bastante escepticismo.

‒Vale ‒acepta con cierta desconfianza‒. ¿Y si te lo hubiese pedido?

‒No me lo pidió ‒la corto autoritariamente.

‒Vale. Pero, de verdad, ¿no te hubiese gustado? ‒insiste.

‒¿A qué viene eso ahora?

‒Ya sabes... Fantasías... Te lo he dicho un montón de veces cuando pasamos vídeos. Ver dos tíos que se lo montan me pone a más de cien...

‒Pues qué bien...

‒Y no veas, imaginar que alguien te meta una polla en el culo, que te lo folla y te lo llena de leche, me da un morbo de muerte... ¡Dios mío, qué morbo! ¡Toca, toca! ‒me ha agarrado la mano y la guía hasta su cocho, para que palpe los rizos de su vello mojado‒. ¡Solo en pensarlo me empapo de gusto!

Verdaderamente, se ha ido poniendo cachonda. Creo que, como otras veces, ha llegado el momento de disfrutar de ese coño chorreante..

‒¿Te digo lo que pienso, tío? Estoy segura de que te morías de ganas de que Silvy te follase el culo‒. La muy hábil me desarma por un instante, mientras incrementa su excitación‒. Dime la verdad, ¿te dio miedo volver a casa con el culo roto? ‒se carcajea exageradamente‒. Puedo entenderlo, tío.

‒¿Pero qué, cojones, te inventas? ‒ahogo mi indignación en otro trago de whisky y me quedo pensativo momentáneamente. A menudo, me dice que soy un bisexual reprimido.

‒No me invento nada... Mira, tío, no te cabrees ‒me previene‒, pero el día del trío con Carlos, vosotros dos os montasteis una sesenta y nueve de campeonato. ¡Dios mío, qué espectáculo!

‒Eso no significa nada... Fue en plan de coña y estábamos pedo los tres. Nos habíamos pimplado una botella de whisky, otra de vodka y el cava, ¿recuerdas?

‒Otras veces también estamos trompa perdidos y las cosas no acaban así ‒argumenta Gabriela‒. Y es una lástima, porque, veros mamando las pollas con tanta pasión, me proporcionó una de las pajas más brutales de mi vida.

‒En cualquier caso, todo fue en plan macho. Sin mariconeo.

‒Sí, y precisamente por eso me puse cachondísima... ‒susurró‒. Pero, vamos tío, admite que eres bisexual... A mí me está bien. Sobre todo, si luego me folláis los dos a la vez, como pasó al día siguiente... ¿Recuerdas? Acabé con el coño y el culo felices... y llenos de merengue ‒proclama Gabriela, entre risotadas.

Llegado este punto, no sé qué decir. Recuerdo algunas fiestas del instituto... ¿Tal vez tiene razón?... Sus dedos o el dildo, más que incomodarme, me excita a veces... ¿Tal vez tiene razón?...

Pero no me deja reaccionar. De pronto, inicia su gran propuesta.

‒¿Todavía tienes la tarjeta de Silvy?

‒Creo que sí. ¿Por qué?

‒¿La llamo y nos montamos un trío de puta madre?

‒Pero, ¿estás de coña?

‒Yo pago la fiesta ‒plantea con autoridad‒ Pero a condición que te dejes follar por Silvy

‒Ni hablar.

‒¿Por qué no, tío...? Después de todo, es una trans y, según tú, con buenas tetas y un culo maravilloso... Más o menos, sería como si te follase yo con la polla de un arnés.

Ya salió lo del arnés. Es una de sus habituales obsesiones, a la que he de oponerme una y otra vez. Por otra parte, lo dice todo tan convencida que no sé cómo rebatírselo. Aprovecho que he terminado mi whisky y me levantó para servirme otro.

‒Bonito culo ‒exclama al verme caminar en busca de la botella‒. Seguro que Silvy sabrá disfrutarlo y hacerte disfrutar.

‒¡Estás como un cencerro, tía! ‒le espeto, al volver al sofá con la botella.

La muy zorra, mientras escancio el whisky en su vaso, me atrapa la picha, me la manosea furtivamente y ensaliva mi capullo con un lametón caliente. Desde luego, sabe lo que se hace, porque consigue así que mi verga comience a endurecerse de nuevo. Me cuesta Dios y ayuda evitar que se la meta en la boca, como me amenaza.

‒¿Lo ves? Puede ser un trío de fábula.

No digo nada. Su maniobra ha levantado mi deseo y ha rebajado mi resistencia. Lo malo es que ella ha percibido mi evidente indecisión. Acerca sus tetas a mi cara para que acabe chupándole los pezones.

‒O sea que, según tú, esa trans tiene unas tetas tan buenas como las mías ‒va diciendo en un tono muy dulce y entre suspiros‒. Y un culo maravilloso, casi como el mío‒. Me guía la mano está vez hasta sus nalgas y me fuerza a magrearlas‒. Pero en cuanto a chocho...-. Se ha abierto de piernas para exhibir en todo su esplendor la raja de su coño.

En este momento, yo ya tengo la polla tiesa como un garrote. Gabriela lo comprueba masturbándola ligeramente. Luego, me mira sonriente.

‒¡Fóllame! ‒me ordena. Pero antes de que le hunda la polla totalmente, retiene mi embestida.

‒Prométeme que montaremos un trío ‒me pide en un tono que es, a la vez, exigente y suplicante.

¿Qué harías tú, con el capullo ya metido en ese coño mojadísimo? Bueno, pues, yo también se lo prometí.

* * *

Te lo sigo explicando.

Silvy nos ha recibido con los brazos abiertos. Me besa ambas mejillas, como si fuésemos amigos de toda la vida.

‒Hola, cariño Me encanta volverte a ver ‒dice, y hasta parece sincera.

Por su parte, Gabriela se presenta (“Hola, guapa”) y también recibe dos besos de cortesía. La verdad, tú, es que Silvy está muy buena. Tanto que nadie imaginaría que tiene polla. Incluso a mí, ahora, eso me parece increíble.

Realmente, está muy sexy. Se ha teñido la media melena de un tono cobrizo. Con coquetería, hace gala de esos ojos claros, entre verdes y azules; de esa boca carnosa, de labios provocadores; de esas tetas plenas y erguidas, de gordos pezones que se le marcan en la camiseta. Pero, sobre todo, de su culo. Ese culo precioso, respingón, de nalgas poderosas, ceñidas hoy por un ajustado short vaquero. Lo va exhibiendo, contoneándose, un paso delante de nosotros, para guiarnos hasta la sala de estar, amueblada con esos muebles que imitan algún estilo antiguo. Inevitablemente, la contemplación de ese culo me trae, de inmediato, imágenes recientes muy excitantes. Y, desde luego, una rápida erección, que mis pantalones oprimen.

No sé exactamente qué han pactado por teléfono Gabriela y Silvy. Detecto una cierta empatía entre ellas. Están cuchicheando, entre sonrisas cómplices, mientras yo me siento en el gran sofá que preside la sala. Tengo la sensación de que están planificando cuándo y cómo me llevarán al huerto. Mi recelo aumenta cuando Gabriela, muy decidida, se acomoda a mi lado.

‒¿Queréis tomar algo? ‒nos ofrece Silvy‒. Tú, ya sé, un whisky sin hielo, ¿no? ‒me dice‒. No, espera, espera... Mejor descorcho una botella de cava y brindamos los tres por esta reunión ‒propone.

‒Me apunto ‒aprueba enseguida Gabriela, con cierto entusiasmo.

‒Vale, pues, voy por el cava. Y mientras, os vais poniendo cómodos, ¿no?

Aprovecho que Silvy ha salido de la sala, para preguntarle a Gabriela qué, demonios, estaban tramando.

‒Nada. No te preocupes... Le gustas mucho... Lo pasó muy bien contigo, me ha dicho ‒mira hacia la puerta del pasillo, vigilando que no entre Silvy, y me susurra: ‒Por lo visto, la follaste de premio, tío ‒sonríe, mientras se está quitando el suéter de cuello cisne que lleva‒. Claro que... la nena es guapita... Y, desde luego, ¡vaya pedazo de culo que tiene!

Mientras me quito la camisa, Silvy vuelve con las copas y el cava. Se ha puesto el tanga de purpurina dorada que esconde su rabo, pero que resalta sus magníficas cachas. Además, exhibe sus tetas erguidas, desafiantes, con unas aréolas grandes, tostadas y de una tersura increíble. “Realmente está muy buena”, me digo, mientras me recreo en la contemplación de su culo. Inevitablemente, me asalta el deseo imperioso de acariciarlo, de palmearlo, de meterle la polla a fondo y follarlo. Y fulminantemente, todo mi cuerpo evoca las sensaciones del placer que disfruté corriéndome dentro de él.

‒Brindemos... por nosotros ‒Silvy, de golpe, hace estallar la burbuja de mi lujuria, mientras me ofrece una copa de cava.

‒Brindemos ‒responde Gabriela, y bebemos los tres en plan de buenos amigos.

Te confieso que estoy bastante inquieto y algo inseguro. Silvy se me acerca para manosearme el bulto de mi pantalón, mientras me besa. Siento su lengua por mi paladar y sus tetas refregándose contra mi torso desnudo. Luego, baja la cremallera de mi bragueta, para sacarme del bóxer mi polla empalmada.

‒Vamos, corazón, suéltala de una vez ‒susurra.

Gabriela contempla estas maniobras con una media sonrisa displicente, mientras se va quitando ropa y se queda en bragas. Silvy, por su parte, se despoja del tanga y muestra su considerable verga. La sonrisa de Gabriela se llena ahora de un cierto asombro y excitación.

Estamos los tres de pie y prácticamente desnudos. Silvy acaricia mi pene y Gabriela, a su vez, soba el de Silvy, como si dudase de su autenticidad.

Silvy se ha dado cuenta. Se ríe y se deja tocar para acabar así con la incredulidad de Gabriela.

‒Nena, eres estupenda ‒exclama Gabriela‒. Tienes unas tetas preciosas, un culo fantástico y, además, una bonita polla... Ya la quisiera yo algunos días, en vez del arnés que tengo ‒se carcajea.

Finalmente, se agacha para dar una larga y lenta chupada a la verga de Silvy, como si intentase confirmar que no es de látex.

A Silvy le excita esa mamada. Me masturba más activamente y empieza a acariciarme las nalgas. La verdad es que me pone cachondo. Con esa boca, con esas tetas, con ese culo, la tía tiene un buen polvo. Hasta que me fijo, ¡joder!, en ese pedazo de polla erecta que Gabriela se está mamando y la cosa se enfría un poco.

‒Vámonos a mi cuarto ‒dice susurrante Silvy, sobreponiéndose a la mamada de Gabriela‒. Es más cómodo.

El dormitorio de Silvy está a media luz. Hay una amplia cama con un cabezal de finos barrotes metálicos con dos mesilla se noche llenas de potingues. Una de las paredes es un espejo en el que, ahora, nos reflejamos los tres desnudos. Junto a la puerta, en una esquina, hay una butaca. Gabriela se acomoda en ella, mientras Silvy me abraza y me besa de nuevo. Siento su lengua en contacto con la mía, sus tetas refregándose contra mi tórax, pero también su polla tiesa tropezándose con la mía, que está igualmente empalmada. Aunque, ¡mierda!, estoy ahora tan caliente que apenas me disgusta ese contacto.

Gabriela va a tener razón. Puede que sea bisexual. Lo cierto es que Silvy me está acariciando las nalgas y no me siento agredido. Después de todo, quien me magrea el trasero es una tía guapa, con buenas tetas y un culo magnífico; aunque, eso sí, con un pene erecto. Pero, joder, me está excitando a tope.

Me escapo del abrazo de Silvy para alcanzar sus tetas y chupar ansioso sus pezones. Ella suelta una risita nerviosa y se apodera de mi polla, para masturbarla suavemente. Pero, enseguida, se zafa dulcemente de mis chupadas y no sé cómo logra darme la vuelta para ponerse pegada a mi espalda. No ha dejado de masturbarme. Empiezo a sentir un placer agradecido. Quizá por eso me gusta que aplaste sus mamas contra mi espalda y no me importar notar su polla dura entre mis nalgas (¡Joder, qué buena paja! ¡Qué gusto me da! ¡Dios! ¡Dios, Dios, Dios...!).

Siento que su abrazo se estrecha poco a poco y restriega enérgicamente sus tetas contra mi espalda y su polla, contra mi culo. Mientras, va moderando el ritmo de mi masturbación.

‒Tienes una polla tan salvaje ‒me susurra al oído‒. Me gusta, tío, me gussstas.

Gabriela en su butaca se está haciendo una paja con la yema de los dedos rotando sobre su clítoris...

‒¡Fóllatelo, tía, fóllatelo! ¡Rómpele el culo! ‒incita a Silvy, excitadísima.

Pero, por lo visto, Silvy tiene otra estrategia. Me tumba de bruces sobre la cama; se apodera de algo de encima de una de las mesillas; tira de mí hasta dejarme apoyado por la cintura en el borde de la cama y casi arrodillado en el suelo; y entonces, separa mis piernas todo lo que puede y siento que me rocía el canalillo entre las nalgas y, principalmente, el ano.

“Ahora”, me digo, mientras Silvy, con los dedos, me masajea suavemente el ano. “Ahora va”, me repito mentalmente, cuando notó la punta de uno de sus dedos..., de dos, entrado, sin prisa pero sin pausa, por el ojete de mi culo. Lo cierto es que maniobra con ellos mucho más hábilmente que Gabriela. Y la verdad, tío, no te lo vas a creer: no sólo no me molesta, sino que me está empezando a gustar.

En la pared espejo, se refleja Gabriela magreándose las tetas, mientras se masturba a fondo. Me veo a mí, tirado boca abajo sobre la cama, ofreciéndole mi trasero a Silvy, que se está calzando un condón. Siento como maniobran sus dedos dentro de mi culo y la veo en el espejo inclinándose sobre mi espalda. Casi enseguida, noto que ha substituido sus dedos, supongo que por la punta de su verga enfundada.

‒Relájate, cariño, relájate ‒me dice en un suspiro.

Y mientras, su polla va entrando lentamente en mi culo. ¡Dios, qué fácilmente va adaptándose a la capacidad de mi recto!

‒Relájate, cariño. Relaja el esfínter ‒me ordena susurrando

Siento molestias indefinidas, pero, de momento, no demasiado dolor. Al menos, menos dolor que cuando Gabriela me mete su consolador. Sobre todo, si relajo el esfínter, como Silvy me pide.

Veo a Silvy en el espejo de enfrente que se inclina poco a poco sobre mi espalda (“Joder, me está follando”). Noto como su polla (“Joder, me folla el culo”) penetra y se acomoda entera dentro de mi recto. Es una sensación rarísima, porque en el espejo veo la bonita cara sonriente de Silvy; sus deliciosas tetas, de pezones turgentes; incluso puedo imaginarme su fabuloso trasero, pero todo ello se contradice con esa sensación dolorosa de su polla bombeando pausadamente dentro de mi culo.

“Me está follando”, pienso, mientras su verga aumenta despacio el ritmo del balanceo. Me concentro en aflojar el esfínter, y se aflojan también mis sensaciones de incomodidad dolorosa.

‒Así, así, cariño ‒murmura Silvy.

En el espejo, veo a Gabriela observándonos atentamente, pellizcándose los pezones y, abierta de piernas, montándose una paja de locura. Jadea y gime, absolutamente frenética.

‒¡Rómpele el culo, nena! ¡Fantástico! ‒grita‒ ¡Métele la polla hasta el fondo, nena!

En efecto, Silvy me está enculando a fondo. Y lo cierto, tú, es que me duele muy poco, aunque es algo incómodo. Poco a poco, voy aceptando con naturalidad el bombeo dentro de mi culo. Es evidente que Silvy tiene mucha experiencia y buena técnica. La muy zorra está consiguiendo que tolere confiadamente su penetración, que tolere con una cierta indiferencia que me esté dando por el culo, según estoy viendo en el espejo de delante. Quizá, porque la muy zorra imprime un ritmo muy lento, muy prudente. Y, a veces, con toda su polla alojada en mi recto, se mantiene quieta y se inclina sobre mi espalda para lamerme el oído.

‒Como me pone tu culito, cariño ‒me susurra‒. Me das mucho gusto, cariño. Mucho gusto... Mucho gusto...

Ahora, veo en el espejo que se incorpora y, algo más excitada, acelera el vaivén de su cuerpo. Siento su polla follándome más deprisa. Penetrando al máximo en mi recto y, enseguida, retrocediendo para embestirme de nuevo rápidamente. Y así, una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez...

‒¡Joder, qué morbo! ‒exclama Gabriela que sigue masturbándose.

Seguramente, multiorgásmica como es ella, ya debe haber gozado de algún orgasmo.

‒¡Disfruta, Silvy, disfruta! ‒la estimula ‒.¡Mira cómo le gusta al mariconazo!¡Mira cómo berrea de gusto! ¡Joder qué morbo!

En realidad, sí que estoy berreando o quejándome, o rebufando, o algo por el estilo. Pero no es de gusto, sino más bien de ansiedad. Mis sensaciones son nuevas y confusas. A cada, penetración, no se si siento malestar en mi vientre o, por el contrario, un especie de placer difuso (“¿Será verdad eso de la próstata?”), principalmente en la zona genital. Lo cierto, tú, es que estoy muy alterado, muy caliente. Aunque tengo mi pene algo caído y blando por culpa de tanta confusión. Ya apenas me importa tener una verga metida en mi culo, jodiéndome. Ya no sé si me está doliendo o si me está gustando. Tíos, lo que quiero, lo que necesito ahora urgentemente es masturbarme o que alguien me la chupe para que se ponga dura y la pueda meter en cualquier agujero. ¡Por eso, estoy tan ansioso! ¡Disfruta, nena, disfruta, Silvy! Córrete en mi culo mil veces, si puedes. Pero Gabriela, por favor, hazme una buena mamada...

Se me debe haber escapado en voz alta, porque Gabriela, sonriente, repta por encima de la cama. Aprovecha que estoy ahora prácticamente a cuatro patas sobre la cama, para meterse en el hueco bajo mi barriga y se pone a mamármela como sólo ella sabe hacerlo.

La imagen del espejo es ahora impresionante. La guapa Silvy, la de tetas erguidas y magnífico culo, se balancea sin tregua con su polla empotrada en mi trasero; Gabriela, con la pelusa del coño brillando de tan mojada, chupándome la polla tan deliciosamente que ya casi está dura del todo; y yo, a lo perro sobre la cama, con una hijaputa que me da por el culo y otra en plena felación, intentando disfrutar en ese trío extravagante...

La verdad es que estoy experimentando una rara gozada que no sé si me viene de la polla o del culo, o quizá de ambos a la vez. Pero, lo cierto, es que la imagen morbosa del espejo amplifica mi lujuria al máximo.

Voy a correrme pronto... (“Así, así, sí, sí....”), voy a correrme inevitablemente... Lo estoy sintiendo... Lo estoy necesitando... Pero, que Silvy se corra antes que yo. No quiero correrme y que ella me siga dando por el culo. No lo aguantaré... Le pido a Gabriela que pare un poco (“¡Dios, qué gusto! ¡Qué bien mama la muy puta!”) Para retrasar mi orgasmo.

‒Para un poco ‒casi le suplico‒. Para, por favooor, tía...

Y Gabriela deja de chupármela un momento.

En cambio, Silvy sigue follándome a fondo. La verdad es que ya casi no me siento incómodo. Veo en el espejo su concentración, con una expresión de placer doloroso en su cara. Gime de gusto. Quizá ha notado mi inesperada pasividad porque acelera su jodienda y su jadeo.

‒¡Oh, Dios mío! ¡Ooooh! ¡Cariño! ¡Oooooj! ¡Diooos, oooojjj! ¡Qué guuuusto! ‒va exclamando.

Gabriela intuye el inminente orgasmo de Silvy y, quizá para compensarme, se apresura a mamarme de nuevo la polla. Es demasiado. Me siento sobreexcitado.

‒¡Voy a correrme! ‒anuncia gritando Silvy‒ ¡Voy a correrme! ¡Aaaaj, me corro! ¡Me corro, cariño! ¡Me corroooo! ¡Aaaayy!

La muy puta se corre dentro de mi culo. Noto los estremecimientos de su polla en mi recto. Por fortuna, lleva condón, sino me lo hubiese atiborrado de semen. Mientras mantiene la picha dentro de mí, veo por el espejo como todo su cuerpo parece temblar. Después de dos o tres lentas embestidas, la saca al fin de mi culo, me da un par de palmadas cariñosas en las nalgas, y se tumba de espaldas sobre la cama.

“Joder, se ha corrido como un tío”, me digo. Momentáneamente me siento inseguro de mi sexualidad y se enfría mi libido.

Gabriela se da cuenta de la circunstancia porque acelera su mamada magistral hasta llevarme al borde del orgasmo. Por el espejo, veo a Silvy quitándose el condón. Se incorpora un instante para tirarlo a una papelera de un rincón y, por un momento de espaldas, muestra su muy fantástico culo. Es suficiente para mi lascivia. Ya no me es posible aguantar más.

De pronto, un placer angustioso, muy hondo, espolea con furia mi cipote hinchado (“¡Joder, qué gusto! Dios....”). Un placer que se extiende eléctricamente por mi sistema nervioso y estalla en mi cerebro (“¡Me corro, me corro! ¡Joder, qué gusto! ¡Me corroooo, joooodeeer!”), hasta hacerme perder todo dominio. Durante unos segundos, no sé lo que pienso, ni lo que veo, ni lo que digo en voz alta. Soy incapaz de controlar esa gozada indescriptible, ese placer poderoso y envolvente. Todo mi cuerpo, ahora, está gozado y disfrutando inconteniblemente.

Entretanto, Gabriela, como casi siempre, ha mantenido mi polla dentro su boca. Permite que, a sacudidas, vaya eyaculando la leche de mis cojones. La muy zorra espera que termine. Entonces, me morrea profundamente, obligándome a tragar mi propio semen.

Por algunos instantes, me siento sucio y feliz. Muy sucio y muy feliz...

Pero, más pronto de lo que quisiera, mi éxtasis se acaba y voy regresando deprisa de ese estado catatónico al que viajo en la mayoría de mis orgasmos

Cuando salgo de esos momentos de estupor, me veo en el espejo tumbado en la cama con Gabriela y Silvy. Los tres, tendidos anárquicamente, nos estamos contemplando con cierta cautela. Parecemos satisfechos. Durante unos instantes nos mantenemos en silencio.

La primera en romperlo es Gabriela, con una risotada algo burlona y contagiosa.

‒Espectacular ‒suelta‒. De puta madre...

Ahora, los tres soltamos carcajadas algo exageradas para relajarnos. Me siento en el borde de la cama y, ¡mierda, tú!, empiezo a notar un cierto escozor anal. Debo haber hecho alguna mueca o algún gesto explicito para que Silvy me recuerde dónde está el cuarto de baño.

Ya en él, después de mear, lleno el bidet de agua caliente y me siento con el culo bien sumergido. Me enjabono el pene y el ano y me mantengo reflexionando sobre todo lo que acaba de pasar. Me siento vacío y algo inseguro. “Tal vez no debía haber hecho caso a Gabriela”, me digo.

Así, sentado en el bidet, me sorprenden Gabriela y Silvy que, después de un buen rato, entran decididas a orinar. Por cierto, ambas, al hacerlo, se sientan en la taza.

‒¿Qué tal, cariño? ‒se interesa por mí Silvy

‒Bien ‒le sonrío.

‒¿Quien se viene a la ducha? ‒nos invita provocativa, mientras entra en la cabina.

‒Yo misma ‒se apunta Gabriela de inmediato.

De un salto, se mete bajo la agua con Silvy

‒¿Te enjabono, nena? ‒le ofrece.

Sin esperar respuesta, le arrebata a Silvy la esponja jabonosa y se la desliza lentamente por las tetas. Luego, se las enjuaga acariciándolas. Finalmente, comienza por lamerle con delicadeza los pezones y acaba por chupárselos a fondo.

Silvy acepta la situación sonriendo. Se deja abrazar por Gabriela y le corresponde atrapándola por las nalgas.

Ahora, Gabriela enjabona el culo de Silvy. Enseguida, desliza la esponja sobre su verga, que, por cierto, ha vuelto a ponérsele bastante tiesa. Le da un profundo beso a Silvy en la boca. Luego se apodera de su polla erecta para calzarle un condón, que se saca de no sé dónde, y, a toda prisa, la hunde hasta los cojones en su coño.

De pronto, bajo la ducha, se organiza un espectáculo tan morboso y fascinante que es para morirse de gusto. Silvy empuja a Gabriela hasta recostarla contra la pared y comienza a follarla con entusiasmo. Está dotada de hermosas tetas y de un impresionante culo femenino, pero también de un duro pene varonil que utiliza para bombear sin tregua el chocho de Gabriela. Ésta, por su parte, provista de no menos hermosas tetas e impresionante culo, va recibiendo dentro de su insaciable coño las embestidas rítmicas de la verga de Silvy.

Y jadean, y gimen, y una a otra se soban las tetas, se lamen los pezones si pueden, se besan y se estimulan, magreándose mutuamente las nalgas. ¡Dios cómo me excitan sus caricias de lesbianas lujuriosas! Por más que la forma de follar de Silvy resulta bastante masculina.

Ni te imaginas lo caliente que me pone verlas joder. Sigo sentado en el bidet, con el culo en remojo, y agarrado a mi polla que comienza a empinarse. Estoy muy caliente y muy cabreado. ¡Joder tú, las muy putas me han dejado fuera!. Pero, sobre todo, me están poniendo supercaliente.

¡Tengo que hacerme una paja! Con la polla firmemente empuñada me la meneo arriba y abajo... Me la machaco vigorosamente confiando en que crezca y se ponga rígida... ¡Dios!, me la pelo salvajemente, como un mono loco...

Ellas siguen jodiéndose espectacularmente. Me excitan terriblemente. Y aunque no tengo la polla totalmente tiesa, me invade un gozo imparable... Voy a correrme... Sííí, voy a correrme... ¡Dioooos..., me corro, me corro, me corro...! Y me corro, con mis cojones exhaustos, soltando apenas dos o tres grumos de semen blancuzco que salpican el suelo.

Siento en todo mi cuerpo el placer de un orgasmo sin tregua, que me deja sin voluntad. Ni siquiera soy capaz de levantarme del bidet, sino que se me ha hundido el culo hasta el fondo.

Ellas siguen follando y yo, ahora, me siento ridículo e incómodo. Esforzándome, me he levantado del bidet, me seco con una toalla que encuentro, y salgo del cuarto de baño.

Me he ido hasta la sala de estar para sentarme en el sofá y reconfortarme con un whisky. No puedo ponerme cómodo, porque tengo el culo machucado y adolorido. Por fortuna, toda mi ropa está aquí.

Ellas siguen con su alboroto, seguramente follándose sin pausa.

Me visto y me voy para casa.

Lo primero que hice al llegar a mi apartamento es atrapar una buena almohada para sentarme frente a mi ordenador. Y así, con las molestias de mi jodido culo algo amortiguadas, comencé a escribir este relato.

Werther el Viejo

(9,79)