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Costa del Sol

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Dos amigas Sofía y Alexandra, deciden, después de unas agotadoras jornadas de exámenes, pasar un fin de semana en la Costa del Sol, con el firme propósito de disfrutar del buen clima de aquella tierra, relajarse y divertirse. A ambas les gustan los hombres, aunque su relación es un tanto especial

"Este hombre me está follando, y apenas lo conozco, me folla duro, como si le fuese la vida en ello, siento su polla abriéndose paso dentro de mí, y el placer que me da, pero, al principio yo no quería que me follase, no, me dejé ir, comenzó a chuparme las tetas, a masajearme el clítoris con su lengua, y me fui abriendo, poco a poco, de mente y de piernas, hasta estar como estamos, él encima mía, rebotando sobre mi cuerpo, yo debajo de él, sosteniendo sus embestidas con mis brazos enlazados en su espalda, ah, y qué placer me da", hablaba conmigo misma ante la visión de ese vibrante cuerpo masculino saciándose en mí.

"¡Ah, ah!", grité, "¡sigue, sigue, sigue!", le animé; "¡Sofía, Sofi-a, oh, oh, qué buena es-tás, uohgrr!", rugió al correrse.

Alfredo retiró su hermosa polla húmeda de mi coño, descabalgó de su montura, que era yo misma, y se tumbó de espaldas sobre las sábanas de raso azul. "¡Qué polvo!", exclamó," ¿y tú?", preguntó; "¿Yo?, muy bien, me ha gustado mucho, la verdad..., me mola como follas", comenté; "Gracias", dijo él apoyando un codo sobre el colchón y acercando sus labios a los míos para plantarme un suave beso.

Pero... debería empezar esta historia desde el principio:

Después de los exámenes de finales de curso de la universidad, mi amiga Alexandra y yo decidimos irnos de fin de semana a la Costa Del Sol, en Andalucía. Era un buen destino: no demasiado caro, buen clima sin fallas y mucho turismo extranjero. Mi padre tenía un piso en una urbanización a pocos metros del mar que usábamos poco, si acaso en alguno de los meses estivales, así que le pedí permiso para ir, y me prestó las llaves. Él accedió no sin antes reclamarme que le diera detalles de nuestra escapada mediante llamadas telefónicas frecuentes y advertirme de los peligros de andar sola por ahí, con la única compañía de una mujer, Alexandra, mi amiga; me dijo que la costa, y más la de Málaga, era un lugar inseguro, que ocurrían sucesos violentos a menudo; y añadió esta frase: "Y desconfía de los malagueños, son gente que se abren con facilidad a los visitantes con el único objeto de obtener beneficios de toda índole"; eso me dijo. Y más adelante pude comprobarlo, como veréis.

Llegamos en coche a nuestro destino en cuestión de seis horas: salimos por la tarde del viernes y llegamos poco antes de la media noche. Aparcamos con facilidad, pues todavía no era temporada alta. Aún así, descubrimos que pasaba mucha gente por la calle, gente joven, como nosotras, vestida con ropas ligeras, sobre todo las chicas, que mostraban sus espléndidas figuras semidesnudas, y calzada con chanclas playeras. Entramos por la cancela que daba a la puerta del edificio, que estaba rodeado de un jardín con césped abundante, y vimos a una pareja haciendo el amor en un rincón oscuro del jardín, bajo unas palmeras: ella estaba a horcajadas sobre él. Los vimos en escorzo: la espalda desnuda de ella, el bikini desplazado unos centímetros de la raja de su culo, supongo que apartado lo suficiente para que la polla del amante entrase en su coño, las palmas de sus manos sobre la hierba para impulsarse mejor; balanceaba sus cintura de arriba a abajo y, de vez en cuando, hacia derecha e izquierda; pudimos oír débilmente sus gemidos agudos. "Alexandra, ¿has visto?, esto es... esto es..."; "¡Esto es el Paraíso!", me interrumpió Alexandra con una sonrisa de oreja a oreja.

Abrimos la puerta del piso y una sensación alegre, de apertura, de esperanza, hacia un futuro mejor, como la de aquel que ve su objetivo cumplido, nos invadió. Dejamos nuestras maletas con ruedas en el vestíbulo, encendimos las luces y contemplamos satisfechas el que iba a ser nuestro cuartel general, y hogar, durante dos días. Luego nos recostamos sobre el chaise lounge cuán largas éramos, hechas un revoltijo la una sobre la otra. Pronto, Alexandra comenzó a desabrocharme la camisa. Yo no llevaba sujetador, ya que, al ser la que conducía, me lo había quitado para estar más cómoda en esa función, y mis tetas emergieron de entre la abotonadura, francamente liberadas, y Alexandra, nada más verlas florecer entre las telas, inclinó su cabeza sobre ellas para besarlas, mordisquearlas, succionarlas. "Ah, Alexandra, qué bien lo vamos a pasar aquí", musité acariciando su cabello suave y rubio, "sin conocer a nadie"; "Sí, Sofía", alegó ella mientras introducía una mano bajo mi falda; "¡Ooohh!", suspiré. Más tarde nos acostamos desnudas en la cama de matrimonio; mis tetas aplastadas en la espalda de ella, la prótesis, fija en mi cintura, dentro de su culo, mis manos sobre sus lindas tetas; mi boca, jadeante, en su nuca.

Bueno, sí, qué os digo, empiezo el relato con un hombre y, a estas alturas, estoy con una mujer. Es que..., en fin, ¡me gusta tanto Alexandra! Los padres de ella son de origen eslavo, y ella ha heredado esos genes que a mí tanto me atraen sexualmente, hasta hace poco. Alexandra tiene la piel blanquísima; sus ojos son azules, su cabello es rubio, largo y fino; tiene en sus tetas un tesoro, pues están perfectamente moldeadas y son grandes, floridas diría yo, con unas anchas areolas sonrosadas y unos pezones muy redondos, apetecibles como caramelos; su cintura es fina, sus caderas anchas, sus piernas fuertes, su culo prieto y su chocho... su chocho es un dibujo precioso. Ah, Alexandra. ¡Pero a ella lo que le gusta es ser penetrada por cualquier agujero de su cuerpo, os lo aseguro!

Sigamos con el relato.

Por la mañana, a eso de las nueve, nos despertamos:

"Oh, buenos días, Alexandra, ¿qué tal has dormido!"; "Oh, buenos días, Sofía, muy bien, ¿y tú?"; "También..., bien, ¡qué hambre tengo!, me comería, me comería..."; "Yo también, me comería...". Ambas nos echamos a reír.

Yo había guardado unas galletas y unos minitetrabriks de zumo. Eso fue lo que desayunamos. Sintonizamos Canal Fiesta en la radio y, a ritmo del pop que oíamos, deshicimos el breve equipaje, separando las toallas y ropas de baño con rapidez: nos esperaba un grato día de playa. Nos pusimos nuestros bikinis bajo la ropa; agarramos nuestras toallas bien dobladas y salimos a la calle. Hacen bien llamando a esta tierra la Costa del Sol, porque aquí es el verdadero protagonista. Su luz sin igual, su envolvente calor, que parece acariciar la piel, invita a vivir, a disfrutar..., al placer.

Recorrimos un trozo de calle de la urbanización. Salimos a un paseo peatonal en perpendicular y vimos el mar reluciente bajo el sol; su color turquesa y celeste nos atraía tanto...

Llegamos a la arena y desplegamos nuestras toallas, y sobre ellas nos tumbamos. Pronto, tuvimos calor y decidimos darnos un baño salado; así pues nos levantamos. Dentro del agua se estaba a gusto: el frescor se apoderó de nosotras. Nos zambullimos y nadamos. Nos dimos cuenta que unos hombres muy morenos, más bien maduros, nos estaban mirando con detenimiento desde la orilla. "¿Has visto a esos, Alexandra?"; mi amiga asintió mientras, a su vez, los miraba. Uno de ellos se metió en el agua y nadó hacia nosotras. "Hola, niñas", dijo, con la respiración agitada por el esfuerzo, "no os alejéis tanto, después hay que volver", esto lo dijo con una sincera sonrisa, "¿de dónde sois?", continuó; "¿Cómo sabes que no somos de aquí?", pregunté. Su risa fue tan sonora que creo que fue oída desde el paseo marítimo.

"Sofía, me voy a las toallas, me ha dado frío", dijo Alexandra, y se alejó; "Tu amiga es muy blanca, tú, en cambio...", dijo el hombre, "por cierto, me llamo Paco", se presentó; "Sofía";"¡Como la reina!", rio. Nadamos en paralelo a la costa.

"Oye", dijo, "sé de una calita solitaria... en la que tú... y yo... podemos". Cesé de bracear; él, también: nos miramos: lo evalué, a ver: "Más de cuarenta años, fuerte, moreno, ojos verdes, rostro curtido, pelo ondulado, no está mal". "Y, ¿por qué no aquí mismo?", solté, y me quité el sostén del bikini. Al ver mis tetas, Paco se pegó a mi cuerpo y me abrazó fuerte. No hacíamos pie, así que él deshizo su abrazo y me hizo ponerme flotando de espaldas sobre la superficie, con mis muslos apretando su cintura y mi pubis expuesto entre dos aguas. Paco se sacó su polla erecta del bañador y, apartando la tira del mío, que ocultaba mi coño, me la metió. ¡Oh, me gustó!. Mantuve mis ojos cerrados mientras duró, cinco, diez minutos, no sé, fueron maravillosos. Yo flotaba como una boya sometida al oleaje sobre el mar; las manos ásperas de Paco, posadas en mis caderas, me procuraban un bienestar..., como estar protegida por un dios de los mares. "Dale, Paco, dale", fui diciendo lánguidamente a media voz, "más, más, más", hasta que sentí el chorro de su semen, hasta que oí su orgasmo.

Salimos a la orilla, Paco y yo. Él me propuso quedar por la noche: "Los sábados por la noche en la Costa del Sol se pasa de miedo". Yo rehusé su amable invitación y regresé a las toallas en busca de Alexandra, pero ¡no estaba!, ¿dónde se habría metido? Eché un vistazo en derredor hasta que vi algo sospechoso. Encima de unas rocas que lindaban con la orilla divisé a dos hombres que miraban fijamente hacia abajo frotándose las manos; me acerqué hasta allí. Había perdido el sostén durante mi aventura acuática y mis tetas se balanceaban a cada paso dado en la arena, lo que atrajo a algún curioso. Llegué. Silenciosa, sin llamar la atención, me arrastré por la orilla mojada hasta situarme frente al pequeño habitáculo que delimitaban las rocas; y ahí, con la cabeza semisumergida, el agua cubriéndome hasta la boca, vi la escena: Alexandra, completamente desnuda, a gatas, le chupaba la polla a un hombre de barriga prominente, muy peludo, que se mantenía de pie, entre tanto que otro la follaba por el culo, y otro, tumbado de espaldas sobre la arena, con la cabeza entre las piernas del que estaba de pie, subiendo y bajando sus caderas, la iba follando por el coño. La sinfonía de gemidos, suspiros, resuellos y gritos era refractada por las rocas, como un altavoz, y la pude oír en toda su belleza. A Alexandra se la veía motivada. Llegó un momento en que comenzó a recibir semen por todo su cuerpo: en la cara, de aquel al que se la mamaba; en la espalda, del que le daba por atrás; en la barriga y entre sus muslos, del de abajo; en su cabello, de los que estaban arriba, que se habían pajeado a gusto. En cuanto todos terminaron, Alexandra, dignamente, se puso su bikini, se despidió de todos con un ligero gesto de una mano y se metió en el mar, donde se topó conmigo.

Regresamos juntas hasta donde estaban nuestras toallas extendidas. Pusimos nuestros cuerpos bajo los rayos solares, no sin antes aplicarnos un poco de crema de protección. Dos malagueños jóvenes, de nuestra edad, se pararon frente a nosotras, ofreciéndose a extendernos la pomada por la espalda, y le dijimos que sí; son gente abierta la de aquí: hablamos de casi todo durante el tiempo que nos hicieron compañía. Luego nos dieron sus números de teléfono y se marcharon.

Empezaba a apretar el sol y, además, empezamos a tener hambre con tanto ajetreo. Así que pensamos en ir a algún merendero cercano a saborear los famosos espetos de sardinas, que son la especialidad de la tierra: se trata de vulgares sardinas asadas a la brasa, sólo que las hacen ensartándolas, de cinco en cinco o de seis en seis, en una caña. Llegamos y nos sentamos. Enseguida fuimos atendidas: pedimos dos cervezas y cuatro espetos. "¡Pepe!", gritó el camarero en dirección a donde estaban las brasas, "¡que sean cuatro!"; "¡Va, Miguel!", respondió el espetero. Este era un treintañero, guapo, musculoso y peludo, que, por cierto, no me quitaba ojo. "Alexandra, voy a ver cómo asan las sardinas", dije a mi amiga; "Te espero, Sofía". Y me levanté.

Pepe estaba empalando sardinas cuando llegué. Lo hacía de manera habilidosa y rápida. "Oye, ¡qué bien se te da!", solté. Me miró sorprendido. Seguramente no esperaba que me acercase hasta allí, tan cerca del fuego. "Sí, llevo años haciendo esto", dijo; "¿Me enseñas?", le pregunté; "Sí, claro, ven". Tuve que rodear la pequeña barca llena de arena donde ardían las brasas e hincaban las cañas con el pescado. "Es fácil", dijo Pepe; "Para ti, que empalas bien, probablemente hasta a mí me empalarías si hiciera falta", esto lo provocó; "A ti, niña, no pararía de empalarte". Y dicho esto, me tomó del brazo y me llevó frente al borde de la barquita, poniéndose él detrás de mí. "Ahora, disimula", dijo; y me subió la faldita por detrás hasta mi cintura para bajarme el bañador hasta los muslos. Noté su dureza en mis nalgas; después sentí su carne caliente que, entrando por la abertura de mi culo, se alojaba en mi interior, vibrante. "¡Ooohg!", solté. "¡Pepe, esos espetos, ¿van o no?", llamó Miguel, el camarero; "¡Van, van!", gritó Pepe, "¡estoy enseñando a la señorita!"; "¡Bah!", exclamó Miguel.

Yo ahí seguía, atrapada por el espetero, que me clavaba su caña y ¡me gustaba, tanto! "Ay, Pepe, ay, cómo la clavas, oh"; "Niña, me encanta tu cu-lo, oh, disimula que ya, ah, acabo"; "¡Pepe, los espetos!; "¡Van, van, Miguel!, oh, me corro, qué polvo, oh, oohg". Sacó su polla goteante de mi culo y el tibio semen me mojó. "Dame una servilleta, Pepe", le dije mientras seguía disimulando. Me la dio de las que tenían para su uso y me sequé el culo antes de subirme el bañador. Luego me giré, le di un beso en los labios y me encaminé a la mesa que compartía con Alexandra, pero esta, de nuevo, no estaba.

Oteé alrededor y entonces vi que la puerta del servicio de señoras, que daba al exterior del merendero, aun estando cerrada, parecía moverse a intervalos, como si alguien intentara abrirla desde dentro con infructuosos resultados. "Ahí está Alexandra", me dije, y me acerqué. "¡Alexandra!", llamé; "Sofía, estoy aquí, es-pe-ra, ya, ah, oh, ya sal-go, oh". Se abrió la puerta: primero salió un magrebí alto y robusto subiéndose la portañuela del pantalón, detrás mi amiga con varios bolsos colgados de los brazos, que fue devolviendo uno a uno a su propietario, el magrebí, que los vendía; luego este se despidió de nosotras y siguió vendiendo mesa por mesa. "¡Te has tirado al vendedor de bolsos!", recriminé a Alexandra; "No sabes que polla gastaba", rio Alexandra.

Quizá a alguien no le haya quedado claro todavía, pero nosotras vinimos a la Costa del Sol a relajarnos y a divertirnos, y esto es lo hicimos.

Regresamos a la urbanización a eso de las tres de la tarde. Cuando subimos al piso nos dimos una ducha y nos acostamos desnudas en la cama de matrimonio con la idea de echarnos una siesta antes que fuese de noche y volviésemos a salir. Alexandra, en la cama, fue muy cariñosa conmigo; me besó y acarició el cuerpo hasta que se quedó dormida; yo metí mi cabeza en su regazo y pasé mi lengua reiteradas veces por su chocho: sé que dormida se corrió.

Por la noche, cogimos el coche y fuimos a una discoteca; y fue al volver, a punto de entrar en la urbanización, eran más de las cinco de la mañana y el espléndido sol de esta tierra empezaba a asomar su cara, cuando conocí a Alfredo. Jamás podría imaginar que me fuese a ocurrir algo así.

"Oye", avisó Alfredo, "¿no crees que ese coche hace muchas eses?"; "Es verdad, acelera, le daremos el alto, ¿tenemos el alcoholímetro?", preguntó Sergio; "Sí, lo guardé, debe estar en la guantera", respondió Alfredo; "Vamos, pon la sirena."

Alfredo y Sergio, dos policías locales, patrullaban de madrugada. Habían visto de todo durante más de diez años de servicio. Estaban acostumbrados a situaciones violentas o comprometidas; incluso, en alguna ocasión, tuvieron que hacer uso de sus armas. Aunque lo que más les gustaba era patrullar por el barrio de prostitutas: siempre que les apetecía, algunas de aquellas mujeres les hacía una mamada; o bien las invitaban a subir al asiento de atrás y se las follaban entre ambos. Pero esa noche aún no habían ido, no estaban, como ellos decían, ordeñados, así que la vista de aquellas dos jóvenes beodas con escasa ropa les alegró. Dieron señales luminosas y el turismo con las dos chicas se detuvo. Abrieron las portezuelas y se apearon del coche patrulla:

"Buenos días, ¿no creen que conducen peligrosamente invadiendo el carril contrario constantemente?, a ver, enséñenme la documentación, las suyas y la del coche, hagan el favor", ordenó Alfredo. Las dos jóvenes, sin pronunciar palabra, obedecieron. "Bueno, veamos, Sergio, toma la documentación, ponte en contacto con la central y haz las comprobaciones". Sergio tomó los papeles y entró en el coche patrulla. El sonido de la radio crepitó y borró el silencio de la calle.

"Agente", susurró la copiloto, "¿puedo salir a orinar?, estoy que reviento"; "Ande, salga", aceptó Alfredo. Bajo la tenue luz de las farolas, la seductora figura de la muchacha se hizo visible: su melena rubia, su cintura torneada, sus tetas esculturales medio asomadas de perfil por entre los pliegues de su veraniego vestido de tirantes. Alfredo se turbó; la siguió con la vista y la vio de espaldas subirse la falda del vestido hasta el ombligo, bajarse las braguitas y acuclillarse; "Sshh", oyó que le siseaba la conductora, "préstame atención, ¿me vas a hacer soplar?, lo hago de maravilla, soplar, o tragar, depende de lo que me des". Aquello era una provocación en toda regla; Alfredo la observó fijamente: "¿Vais bebidas, verdad?", preguntó; "¿Tú qué crees?"

Sergio volvió de hacer las comprobaciones: "Están limpias, Alfredo, son del norte, habrán venido, supongo, unos días a divertirse", dijo Sergio a Alfredo haciendo un aparte; "Ya veo, ¿nos las tiramos?"; "¿Dónde?"; "Donde se estén quedando a dormir, les diremos que las escoltamos por seguridad y después..." Mientras, la copiloto ya había vuelto de mear y apoyaba sus brazos desnudos sobre el capó del coche esbozando una lánguida sonrisa.

"Así que... os llamáis Sofía", dijo Alfredo señalando hacía abajo, a la conductora, "y Alexandra", dijo alzando su mirada hacia la otra, "bien, bien, bien, arrancad el coche, os escoltaremos para que podáis soñar con los angelitos, vámonos."

Era ya de día, la mañana de un esplendoroso domingo de esta tierra magnífica, de esta Costa del Sol, cuando regresamos a casa escoltadas, en su coche, por los dos amables policías que nos habían parado cuando Alexandra todavía tenía introducidos sus dedos corazón e índice en mi coño, no habiendo podido evitar yo dar unos cuantos volantazos, al venirme un orgasmo repentino.

Nos bajamos los cuatro a la vez después de aparcar. Estaba claro que esos dos querían algo más que darnos protección. Alexandra se acercó a uno de ellos, creo que se llamaba Sergio, porque estuve atenta a sus conversaciones; el otro, Alfredo: el que me ha follado hace cosa de una hora.

Vi que Alexandra hablaba bajito algo con el tal Sergio, y como se dirigían hasta la zona más oculta del jardín, tras una crecida buganvilla adherida a un muro, tras cuyo tronco se adivinaba un espacio amplio, acolchado por flores y hojas secas, en el que se podía practicar algo de sexo con cierta intimidad; conociendo a Alexandra, no sería de extrañar que se deleitara dejándose penetrar, primero por la boca, luego por el coño, para terminar con el culo lleno de semen; yo no lo tenía tan claro. De todas maneras, por cortesía, invité a Alfredo a subir al piso.

Entramos y tuve que tumbarme en el sofá, ya que me encontraba cansada. Alfredo se quedó de pie, mirándome. Yo iba vestida con unos pantalones cortos por encima de las rodillas, una blusa ancha sin remeter y unas sandalias de suela baja con dos breves tiras: una que sujetaba mi dedo pulgar; la otra, el talón. "Tómate lo que quieras, oye, en la cocina, en la nevera hay...; "Me llamo Alfredo, Sofía"; "¡Cómo!", exclamé; "Que me llamo Alfredo". Dicho esto, pasó sus fuertes brazos entre el sofá y mi cuerpo y me llevó en volandas al dormitorio, depositándome suavemente sobre el colchón. Entrecerré mis ojos, y oí con claridad el roce y los crujidos de su uniforme al caer sobre el respaldo de una silla. "Se ha desnudado", pensé. "Alfredo, si quieres te la chupo, pero no tengo ganas de..."; "No vas a hacer nada, mi reina, sólo déjate ir". Alfredo desabrochó mi blusa y me la quitó; mis tetas quedaron sin sujeción, y él me las estuvo chupando, como una gran bola de helado que estuviese a punto de caerse del hueco de un cucurucho; luego, desanudó mi cinto y sacó mis pantaloncitos y mis braguitas por los pies; se arrodilló entre mis muslos y puso su boca en mi coño para sorberlo y lamerlo: irguiéndome unos centímetros, podía ver su coronilla subiendo y bajando sobre mi regazo: le sujeté la cabeza por la nuca, no se me escapara. "Ooh, ooh, ooh, Alfredo, ay, ah, no pares, ooh." Mi orgasmo culminó con un alarido selvático: "Aaaaahhh, aaaaahhh".

"Mi turno", dijo Alfredo, y se subió sobre mi. Su polla entre mis muslos buscaba mi calor, mi cofre, y lo encontró. Rugió Alfredo al meterse en mí, "Ouugghh", y comenzó a follarme. Alfredo abundaba en sus caricias: mi cabello, mi cuello, mi cintura, mis muslos, me acariciaba mientras metía y sacaba su polla; me besaba: los labios, las tetas, los hombros; me gustaba tanto... Súbitamente, aceleró el ritmo; como había escrito anteriormente, le animé a correrse, y se vació y se desplomó sobre mí pronunciando mi nombre, y alabando mi figura de mujer: su semen se esparció en el interior de mis muslos.

Alfredo y yo, nos quedamos tumbados y desnudos en la cama de matrimonio. Estábamos exhaustos; se podía decir que nuestras respiraciones acompasadas y reposadas eran una señal clara de la satisfacción obtenida tras el acto sexual bien realizado, tras haber follado y habernos corrido ambos a gusto. Alfredo estaba muy estirado. Su polla había encogido, y el amoratado glande sobresalía recostado cómodamente sobre el comienzo de su muslo derecho; yo, acostada a su derecha, con las plantas de los pies apoyadas sobre las sábanas, mis piernas en ángulo, alargaba mi brazo para tocársela: se la masajeaba, pues, de alguna manera, estaba agradecida a ese generoso apéndice cavernoso, duro como una piedra a momentos, por haberme proporcionado mi orgasmo sensacional. Ya empezaba a notar en mis dedos que su polla volvía a despertar: tenía tantas ganas de mamársela. Así que no me lo pensé e, incorporándome, incliné mi cintura hacia su pubis y me metí su polla en mi boca. Aún estaba algo flácida, no obstante sentí como la temperatura del capullo iba aumentando conforme mi lengua la iba rodeando, jugando con su frenillo y la frágil piel que la recubría. Oí gemir a Alfredo y eso me animó a cabecear sobre su regazo con más energía. Y, de pronto, escuché el sonido.

Provenía de la cerradura de la puerta de la entrada: era un sonido de llaves; la puerta se abrió y se cerró. Escupí la polla de Alfredo e, inmediatamente, llamé: "¡¿Alexandra!?"; pero recordé que Alexandra no tenía llaves.

"¿Sofía?, ¡somos nosotros, papá y mamá!, ¡hemos venido a pasar unos días!, ¡ah, Costa del Sol, cuánto te hemos echado de menos!, ¿os hemos despertado?", dijo el padre; "¡Hija, cómo tenéis esto, y eso que no lleváis aquí ni dos días, qué desorden!", dijo la madre; "¡Mecachis, mis padres!", exclamó Sofía en sordina; "Tus padres", murmuró Alfredo, que, raudo, se levantó a vestirse con el uniforme.

¿Qué dirán los padres de Sofía al ver a un policía salir del dormitorio de matrimonio?, ¿qué les explicará Alfredo, y Sofía?, ¿fingirá haber sido violada por él o dirá que es su amor de verano secreto y que con él se casará?; ¿y Alexandra, por qué tarda tanto en volver?

"Ah, Costa del Sol", decía Alexandra exponiendo su hermoso culo a la intemperie mientras el jardinero se bajaba los pantalones.

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