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Secreto de confesión

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Un convento, una madre superiora, y una jovencita de 21 años ¿Qué podría pasar tras esas paredes?

PRÓLOGO

Volvían de la capilla cuando me encontraron. Mi cadáver estaba descuartizado en el jardín del claustro. Las hermanas se escandalizaron al ver mis intestinos por el suelo; pero la hermana Sarah no se inmutó, no reaccionaba.

SARAH

Siempre sentí que era diferente, y cuando cumplí los 21 decidí ingresar en el convento de las benedictinas.

Al principio fue muy duro; levantarse tan pronto, rezar 7 veces al día, y el arduo trabajo en el campo para mantener la comunidad, no eran tarea fácil. Pero la madre Sofía siempre me ayudaba.

Tuve una conexión extraña con la abadesa desde el principio. Cuando entré en el convento mi primera visita fue al despacho de la madre superiora. Yo era postulante y esperaba encontrarme con una anciana de 70 años. Pero allí estaba Sofía, la Abadesa recién elegida, de 41 años. Sentí una punzada en el corazón cuando la miré a los ojos, unos ojos que me miraban con un brillo especial que me traspasaba el alma, no podía moverme y un calor que no había sentido antes se apoderó de mi entrepierna.

La madre Sofía seguía mirándome a los ojos mientras me explicaba las normas del convento y me ofreció su ayuda para cualquier cosa que necesitara.

- Hermana Sarah, ahora la acompañarán a su celda. Si no le importa pasaré en unos minutos para ver si se acomoda bien.

- Gracias Madre.- contesté tragando saliva.

Seguidamente la hermana Catalina me hizo un gesto para que la siguiera. Caminamos por un pasillo largo lleno de puertas, subimos dos pisos por unas escaleras y entramos en otro pasillo con más puertas, nos paramos en la tercera y la hermana Catalina abrió. La celda apenas disponía de un camastro pequeño, una mesita de noche, un escritorio, un armario, y un pequeño lavabo.

-El hábito lo encontrara en el armario, tal vez le cueste un poco llevarlo al principio, pero las postulantes van mas cómodas.- dijo la hermana Catalina mientras movía un poco la prenda que apretaba su cuello.

-Gracias hermana, ¿hay mas postulantes?- Pregunté.

- No, está sola en el pasillo, el resto de las hermanas están abajo.- Miré a la hermana Catalina un poco asustada, y debió darse cuenta de mi inquietud porque enseguida me hizo un apunte.- No se preocupe hermana, la Abadesa está al final del pasillo, ella suele encargarse de las postulantes personalmente.- Sonreí, no solo por el alivio de no encontrarme sola en aquel oscuro y frío pasillo, si no por tener cerca a la madre Sofía. - Hermana, acomódese, deshaga la maleta y habitúese a su nueva vestimenta, recuerde que la cena se sirve a las 8, no se preocupe por llegar a la Letanía, entendemos que se tiene que acostumbrar. Y ahora si me disculpa debo ir a Vísperas.

La hermana Catalina me hizo una inclinación de cabeza y salió de mi celda cerrando la puerta tras ella.

Abrí el armario y allí estaba, un vestido de manga larga totalmente negro, el velo era sencillo de color blanco, a juego con el cuello blanco de la camisa interior, y no parecía ser tan agobiante como el de las hermanas, lo toqué y era áspero, austero, me vería como una mojigata.

Guardé las pocas cosas que llevaba en mi maleta, un cepillo del pelo, el de dientes, la biblia, y mucha ropa interior. Tal vez sea demasiado sexy, pensé mirando uno de los tangas.

Cuando guardé todas mis cosas, me quité la ropa y me dispuse a ponerme el hábito, estaba en ropa interior cuando entró la madre Sofía.

- Hola Hermana, llamé, pero no me escuchó - dijo mirándome de arriba abajo.

- No la escuché madre, discúlpeme- dije tapándome como pude con el hábito.

Mi ropa interior era demasiado atrevida y me dio vergüenza que la madre Sofía me viera así, ella me miraba fijamente y cerró la puerta sin apartar sus ojos de mi cuerpo. Allí estaba de nuevo, el calor en mi entrepierna, la humedad y la necesidad de acabar con la hinchazón que se apretaba contra la tela de mi ropa interior.

- ¿Necesitas ayuda?- me dijo mientras se acercaba.

- Gra... Gracias madre- balbuceé mientras le daba la espalda.

Ay Dios...Ahora me verá el culo, pensé al darme cuenta que llevaba tanga.

- Sarah, cuando estemos solas, puedes llamarme Sofía, nada de madre, ¿o.k.?

- Sí madre, perdón Sofía- contesté dándome la vuelta y encontrándome con la mujer cara a cara.

Ella cogió el hábito y lo estiró sobre la cama, tomó la camisa blanca, abrió los botones y me ayudo a ponérmela, quedando yo, de espaldas de nuevo. Metí los brazos por las mangas y Sofía sacó mi pelo de dentro del cuello acariciando mi piel con sus dedos. Me estremecí sin poder evitarlo y mis pezones se endurecieron.

- Deja que lo haga yo- dijo Sofía dándome la vuelta delicadamente.

Agarró el cuello de la camisa acercándose un poco más a mí y sin dejar de mirarme a los ojos, comenzó a abrocharme los botones, desde el cuello, despacio, y creo que disfrutando del momento, siguió con su labor y al pasar por mis pechos rozó mis pezones intencionadamente, provocándome un placentero escalofrío, ella se dio cuenta, pero terminó de abotonar la camisa, sin dejar de mirarme directamente.

- ¿Estás asustada Sarah?- me preguntó con un tono de voz distinto al que escuché en su despacho.

- No. Solo un poco nerviosa- contesté.

Esta mujer me producía sensaciones que nunca había experimentado, pero me gustaba la sensación, me gustaba como me miraba y el roce de su piel contra la mía.

Sofía agarró el hábito, me hizo levantar las manos y me vistió, acariciando con sus manos mis costados. Me contraje de golpe. Y Sofía me miro asustada.

- ¿Estás bien?- me preguntó tragando saliva.

- Me hiciste cosquillas- dije sonrojándome.

Ella sonrió y acaricio mi mejilla, no pude reaccionar y acabe sonriendo.

- Ven, te ayudaré a ponerte el velo, ¿te recojes el pelo en una cola o un moño bajo?- me dijo.

Me recogí el pelo en una cola baja y me dispuse a ponerme el velo. Sofía se acercó a mí y me ayudó colocando dos horquillas para sujetar la tela en su sitio, se alejó dos pasos y me miró de arriba a abajo.

- Estás lista.

Sonreí, y antes de que me diera cuenta, Sofía estaba tan cerca que podía olerla, me miraba a los ojos, cogió mi cara entre sus manos y su mirada bajo directamente a mis labios, por un momento creí que me besaría, y cerré los ojos esperando, no sabía que me pasaba, pero deseaba que Sofía me besara.

- Sarah, si tienes algún problema, quiero que me lo cuentes. Yo voy a estar aquí para lo que necesites, lo que sea y la hora que sea, mi celda está al final del pasillo, solo tienes que llamar.- me susurró dulcemente.

Estaba tan cerca de mis labios, que me puse a temblar, quería besarla, pero eso no estaba bien, yo quería ser monja, quería consagrar mi vida a Dios, no podía tener esos sentimientos tan mundanos. De repente, Sofía me abrazó. Me derretí, pero la tranquilidad inundó mi alma.

- Bienvenida Sarah... Hermana Sarah. Vayamos a cenar.

La cena consistía en una sopa de fideos y menudillos, un mendrugo de pan y agua, de postre teníamos peras.

Observé al resto de las hermanas. Yo era la más joven, el resto eran mujeres maduras o ancianas, salvo la madre Sofía y la hermana Catalina que debía rondar los 36 años, cenamos en silencio, y antes de la Completa, que era una media hora de oración y meditación, me presentaron como una nueva postulante y las hermanas me dieron la bienvenida.

La hermana Catalina me miraba con una sonrisa extraña que no llegué a entender, y la madre Sofía no dejaba de mirarme a los ojos. El rubor llenó mis mejillas y la Abadesa me guiñó un ojo. Después de la Completa nos fuimos a dormir, subí a las celdas hablando con la hermana Águeda, una señora de 58 años que me dio una afectuosa palmadita en la espalda, y quiso saber todo sobre mí. Era muy amable y le expliqué que quería ser monja desde pequeña, pero mis padres, aunque eran muy creyentes, prefirieron que terminara mis estudios. No quise contarle mis temores, el porqué creía que allí no iba a volver a sentir el deseo por otra mujer.

Me despedí de las hermanas, y subí al segundo piso donde estaba mi celda.

- Hermana- escuché detrás de mí.

Estaba llegando a mi puerta cuando la hermana Catalina me llamó, me di la vuelta para mirarla y antes de que me diera cuenta estaba enfrente de mi cara.

- ¿Qué tal tu primer día?, perdón hermana, ¿puedo tutearla?- me preguntó la hermana.

- Sí, claro. No pasa nada- contesté - ha sido un buen día, diferente. Me tengo que acostumbrar.

- Hermana, si necesitas cualquier cosa pídemelo. Estoy abajo al principio del pasillo...- me dijo acercándose más.

- Gracias hermana- dije amablemente.

Ella me cogió del mentón, pasó su dedo pulgar por mi labio inferior y susurró demasiado cerca de mi boca.

- Cualquier cosa.

Me aparté bruscamente y me golpeé contra la puerta de mi celda, buscando torpemente la manilla para entrar y escapar de la hermana Catalina. Ella se abalanzó hacia mí, sentí su aliento en mi cuello y cerca de mi oreja.

- Recuerda, al principio del pasillo- me dijo lasciva, mientras me abría la puerta.

Me miró con una sonrisa de superioridad, y se marchó.

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Me miró con una sonrisa de superioridad, y se marchó.

Me quedé en shock por unos segundos, esa mujer se me había insinuado, pensé en contárselo a alguien, tal vez a Sofía, o al padre Emilio cuando fuera a confesión.

Dentro de mi celda me tranquilicé, me quite el hábito, y me puse el camisón que me habían proporcionado, era feísimo pero, ¿qué esperaba dentro de un convento?, me lavé los dientes y puse el despertador. Tenía que levantarme a las 5:30, a las 6:30 tenía Laudes y Maitines. Llamaron a la puerta, yo había cerrado con llave por miedo a la hermana Catalina, pregunté quien era.

- Hermana, soy la madre Sofía.

Respiré hondo y quité el pestillo dejándola entrar.

- Hola Sarah, ¿qué tal tus primeras horas?- preguntó cerrando la puerta tras ella.

- Bien, es todo un tanto diferente a lo que estoy acostumbrada.- dije sonriendo.

- Poco a poco te harás al convento ya lo verás. Estás un poco pálida, ¿te encuentras bien?- me preguntó acercándose.

- Sí, sí. No pasa nada- mentí.

Ella se acercó mas y me acarició la mejilla.

- Sarah, sabes que me puedes contar lo que sea, estoy aquí para eso y no saldrá de aquí.

- Sofía, a veces pienso que tengo motivos equivocados por los que quiero ser monja- confesé sentándome en el camastro.

- Todas hemos tenido algún motivo para querer ser monjas. Yo, por ejemplo, mis padres quisieron que me dedicara a esto, vieron algo en mí que no era precisamente una llamada espiritual, se asustaron y me metieron aquí, y me gustó, mira donde he llegado- me dijo sentándose a mi lado y tomando mi mano.

No me asusté con su tacto, me confortó y sentí un cosquilleo en el estómago.

- Yo... Quise ayudar a todo el mundo desde que era pequeña, y las monjas en mi pueblo ayudaban a todo el mundo por eso quería ser como ellas... Pero... -me quedé callada.

- ¿Pero?- preguntó Sofía.

- Cuando cumplí los dieciséis, me di cuenta que me gustaban las chicas, y siempre me han dicho que eso estaba mal y creí que aquí...- no pude seguir.

Imaginaba la cara de Sofía, cara de asombro mezclada, con desprecio, su mano no se apartó de la mía, y sentí como con su mano libre cogía mi barbilla obligándome a enfrentar su mirada.

- Sarah mírame- me dijo.

Me volví asustada, pero me tranquilicé al ver su sonrisa sincera, seguía tocando mi mejilla y con su dedo pulgar retiró una lágrima que se había escapado sin permiso.

-No es malo que te gusten las chicas, es algo natural. Aunque es cierto que la gran mayoría de religiosos lo ven como un sacrilegio, pero sabes eso es cosa tuya, solo una cosa... No lo digas muy alto por aquí, más de una de las hermanas pondría el grito en el cielo- Me explicó sonriendo.

Sonreí aliviada.

- ¿Quieres acompañarme a mi celda?, necesito quitarme el hábito y ponerme cómoda, si quieres seguir hablando, claro- me dijo.

Yo accedí, me gustaba esa mujer, podía hablar con ella y no se había asustado cuando le confesé que era lesbiana.

En silencio nos dirigimos al final del pasillo, donde se encontraba su habitación. Cuando entramos me di cuenta que tan solo era un poco mas grande que la mía, igual de sencilla, Sofía cerró la puerta tras ella y se quitó el velo, me di cuenta que tenia el pelo largo y moreno, se soltó el moño y pude ver que era sedoso, quería acariciárselo, se dio la vuelta y nos quedamos de frente, sin la tela que cubría su pelo pude ver lo guapa que era. Sus facciones eran dulces y sus ojos verdes se clavaron en los míos.

- ¿Te importa si me cambio?- me preguntó.

- Oh, no para nada- dije dándole la espalda.

-Sarah no me importa que me veas, no creo que sea la única mujer que has visto en ropa interior- dijo mientras se quitaba el hábito.

Yo me di la vuelta en ese momento y vi su cuerpo semidesnudo, era perfecta, al menos a mi parecer, no tenía una figura esbelta, era alta, más que yo, algunos dirían que le sobraban unos kilos pero yo la veía genial. Tragué saliva cuando inspeccioné sus pechos a través del sujetador negro, ella se dio cuenta de donde miraban mis ojos y se acercó hacia donde yo estaba.

Sus pezones estaban erguidos, podía distinguirlos tras la tela, otra vez volví a sentir el fuego entre las piernas. Mi boca pedía a gritos lamer sus pechos, y yo no sabía que hacer. Me contuve cuando ella me dio la espalda y me pidió que le desabrochara el sostén.

- Por favor, ¿puedes...? - dijo esperando.

Las manos me temblaban, pero accedí y desabroché los corchetes con sumo cuidado, no pude evitarlo y acaricié la piel entre sus omóplatos, ella suspiró.

- Perdón- dije retirando la mano enseguida.

- No pasa nada- dijo ella dándose la vuelta y enfrentándose a mi mirada.

Sus manos sujetaban el sostén contra sus pechos, se inclinó hacia mí y cogió el camisón de la cama, retirando las manos y dejando caer la tela sobre sus senos. Me pareció de una sensualidad extrema y mojé mi tanga sin poder evitarlo, sus pezones a la vista eran grandiosos. Sofía sonrió y se puso el camisón privándome de la visión de su cuerpo.

Nos sentamos en el camastro muy juntas y por un momento no supe que decir.

- Te voy a contar algo, pero me gustaría que no saliera de aquí- me dijo ella rompiendo el silencio.

Asentí poniendo toda mi atención en sus palabras.

- Mis padres me metieron aquí porque me encontraron besando a una chica- me dijo.

Debió ver mi cara de asombro, porque me cogió de la mano para tranquilizarme y lo consiguió.

- No te asustes Sarah, no pasa nada, te dije que no es algo malo. Hay gente que no lo entiende, pero no pasa nada- me dijo.

- Hay más... Aquí... Ya sabes... -no sabía como decirlo.

- ¿Lesbianas?- dijo sonriendo. Yo asentí.

- Bueno, no lo sé, eso es cosa de cada una... ¿Sarah, alguna hermana te ha dicho algo?- preguntó.

- No, no, solo era curiosidad- mentí.

- Escúchame, no permitas que nadie te diga o haga nada, estoy aquí para ayudarte, ya te dije que lo que me cuentes se quedará aquí entre nosotras- me dijo.

- ¿Cómo un secreto de confesión?- pregunté.

- Sí, como una confesión- contestó.

Después de hablar de cosas triviales, me dió un beso en la mejilla y volví a mi celda.

Aquella noche mis sueños fueron húmedos, Sofía entraba en mi alcoba y se metía en mi cama, besándome, me decía palabras preciosas al oído... el sueño se volvió borroso y ahora la hermana Catalina me acorralaba contra la pared.

No podía con mi alma cuando a las 5:30 sonó el despertador, había tenido una noche llena de pesadillas despertándome a cada rato, tenía que ir al baño y fui al servicio compartido de mi planta, al ser la única postulante, no tenia problemas de esperas. Al acabar la puerta se abrió y entró Sofía corriendo.

- Me hago pis- dijo al verme.

Sonreí, esa mujer me gustaba, me daba paz y me hacía sonreír. Cuando salió para lavarse las manos me sonrió y me guiño un ojo.

- Tienes mala cara, ¿has dormido bien?- dijo acercándose.

- No mucho, he tenido pesadillas, pero nada grave- contesté mientras me secaba las manos.

-Por cierto, buenos días- dijo dándome un beso en la mejilla, para marcharse hacia su celda.

Me quedé allí tocándome la mejilla, justo donde ella me había besado. Esa mujer me estaba volviendo loca, y me encantaba.

Fui a Laudes y Maitines, canté y recé, pero siempre con la atenta mirada de Sofía sobre mí. Era una mirada dulce y apasionada al mismo tiempo, no lograba entender porqué me sentía así. Pero notaba en mi nuca un escalofrío, la hermana Catalina también estaba pendiente de mí, me encontré con sus ojos un momento y no me gustó lo que vi, lascivia. Era lo que me trasmitía su mirada y me dio repelús y una sensación desagradable.

A las 7:30 fuimos a misa con el padre Emilio, un hombre de unos 45 años que nos habló del servicio a los pobres y ancianos. Me senté al lado derecho de la Abadesa justo en el borde del banco, ella me sonrió inclinando la cabeza, y a su lado izquierdo la hermana Catalina que miró a Sofía de arriba a abajo, igual que me miraba a mí, sentí repulsión.

A lo largo del sermón me senté mucho más cerca de Sofía.

- ¿Estás bien?- me susurró al oído mientras posaba su mano en mi muslo ligeramente.

- Solo pensé que me caía.- contesté.

Me volvió a sonreír, pero no apartó su mano, la dejó un momento en mi muslo y acarició levemente con los dedos. Me ardía la piel donde ella me tocaba, y sin más me di cuenta que alguien nos miraba, la hermana Catalina tenía sus ojos clavados en Sofía, que apartó la mano lentamente de mí y la miró interrogante, la hermana giró la cara posando su atención en el padre Emilio.

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A las 8:30 fuimos a desayunar y me senté con la hermana Águeda, que como siempre tenía una sonrisa de oreja a oreja.

- ¿Qué trabajo harás?- me preguntó sonriente.

- Todavía no lo sé hermana, la madre Sofía debe decirme que labor desempeñar.

- Bueno, también tiene que ver con tus conocimientos, puedes trabajar en el jardín, en la cocina, en el planchado de los hábitos, o tal vez en las oficinas con la madre Abadesa, si usas el ordenador- me explicó.

-Estudié teología y letras, no sé si sirve de algo- me excusé.

Terminamos el desayuno, las hermanas se fueron a sus labores y yo tuve que acudir al despacho de la madre Sofía para que me diera una labor. Cuando llegué allí la hermana Catalina salia del despacho echa una furia, pero al verme se paró en seco y me sonrió.

- Hola hermana- dijo repasándome con su mirada.

- Hola- contesté agachando la cabeza

- ¿Necesitas algo?- preguntó acercándose demasiado.

- Vengo a ver a la madre Sofía, tiene que darme un trabajo- dije dándole la espalda y dirigiéndome a la puerta.

Ella me agarró de la muñeca y tirando ligeramente me dijo.

- Yo puedo darte un trabajo.

Me solté bruscamente y la miré con desprecio, tenía que contarle esto a alguien.

Llamé a la puerta del despacho y la madre me dijo que pasara, yo cerré al entrar.

- Madre Sofia, vengo por lo de la labor, no se en que puesto he de estar- le dije.

- Sarah, estamos solas, no me llames madre- dijo levantándose y acercándose a donde yo estaba.

- Creí que eso era en las celdas- contesté.

- Cuando estemos solas, ahora estamos solas- dijo acariciándome la mejilla

Por un momento cerré los ojos y me dejé llevar por el contacto de su mano contra mi piel.

- Veamos... Sabes usar un ordenador y has estudiado letras, podrías hacer las labores de secretaria, antes lo hacía la hermana Rocío pero ahora esté en la cocina haciendo pasteles- me explicó.

- No sé, lo que tú creas que es mejor para mi- contesté.

- Tal vez prefieras hacer jardinería con la hermana Catalina- me dijo.

- Los trabajos de oficina me van bien- dije enseguida.

- Bien, entonces también puedes ayudarme con la pagina web, la usamos para vender los dulces y dar información sobre el convento- me explicó.

Me encantó la idea y desde aquel día empecé a trabajar con el papeleo del convento, ordenando facturas, escribiendo cartas al obispado y atendiendo los pedidos de la pagina web.

Pasaron unas semanas y ya me había acostumbrado a la vida en el convento, las horas de oración, las comidas y mi trabajo, llenaban mis días, y las noches... La mayoría de noches las pasaba charlando con Sofía, hablábamos de la vida, de vivencias, y recuerdos, me volvía loca; me gustaba, ella me cogía de la mano, o me rozaba la mejilla con los nudillos, y yo me quedaba embobada mirándola.

Aquella noche estaba a punto de ducharme, cuando escuché que alguien estaba en el baño de mi planta. Supuse que era Sofía, pero me equivocaba. El vapor del agua caliente lo llenaba todo, y yo acababa de ponerme bajo el chorro de agua.

- Hola Sarah- escuché detrás de mí.

Me di la vuelta, tapando mi desnudez como pude. Era la hermana Catalina la que estaba delante de mi, totalmente desnuda, su cuerpo delgado se acercaba a mí, tenía los pechos demasiado grandes, y la entrepierna demasiado poblada. Di un paso atrás, esa mujer no me gustaba.

- ¿Qué hace en esta planta hermana?- pregunté.

- Pensé, que tal vez necesitabas compañía- me dijo acariciando con un dedo mi yugular, y bajando lentamente hasta mi clavícula.

- No me hace falta la compañía- dije moviéndome para que no me tocara.

- ¿Estás segura?- dijo acercándose más.

Yo volví a separarme, pero me encontré con la pared, la hermana Catalina se acercó todavía más, sus pechos rozaban mis manos.

- ¿Sabes que eres una niña muy atractiva?- dijo acariciándome la mejilla.

Yo aparté la cara bruscamente e intenté crear algo de espacio entre las dos, pero el muro no me dejaba moverme, estaba acorralada. La mujer empujó su rodilla contra mis piernas, obligándome a abrirlas, me agarró del brazo que tapaba mis senos y aplastó su cuerpo contra el mío.

- He visto como me miras- dijo jadeando en mi oído.

- ¡Yo no la miro de ninguna forma!- dije, forcejeando para quitármela de encima.

- ¿Te gusta jugar, eh?, sabes que me deseas- dijo la hermana Catalina lamiéndome el cuello hasta el lóbulo de la oreja.

- ¡No!- Suéltame- dije empujándola.

Ella volvió y me sujetó las muñecas con una mano, era fuerte y yo no podía moverme, intentó besarme pero giré la cara. Con la mano que tenía libre me agarró del cuello y empezó a bajar hacia mis pechos. Yo me movía como una serpiente intentando quitármela de encima.

- Déjame en paz- grité.

- ¡¿Qué esta pasando aquí!?- dijo una voz de repente.

La hermana Catalina se apartó de mí rápidamente. La madre Sofía estaba en camisón en la entrada de las duchas.

- Hermana Catalina, ¿qué hace en esta planta?- preguntó Sofía.

- Madre, yo solo quería hacerle compañía a la hermana Sarah, como está sola aquí- dijo la hermana mirándome de reojo.

-Hermana, mañana la quiero ver en mi despacho a primera hora. Hablaremos de este tema largo y tendido, ahora váyase a dormir y no salga de su celda hasta mañana.- dijo Sofía con una mirada de seriedad y enfado que jamás había visto.

- Sí madre- contestó la hermana Catalina.

Seguidamente agachó la cabeza, cogió sus cosas, y salio del baño cerrando la puerta tras ella. Sofía echó el pestillo y se acercó corriendo hacia mí.

-Sarah, ¿Estás bien cariño?- dijo abrazándome.

La abracé con fuerza, mojando su ropa y me eché a llorar. Ella me acarició la cabeza y me besó en la coronilla.

-Te juro que esa zorra no volverá a molestarte, la echaré de aquí.- Dijo volviéndome a besar.

- Has dicho Zorra- dije yo al tranquilizarme.

- Es poco en comparación a lo que me gustaría decirle- dijo mirándome a los ojos.

- Gracias, no sé que hubiera pasado si no apareces- le dije mirándola.

Volví a abrazarla con fuerza, y permanecimos así un rato.

- Sarah, ¿Te importa si me quito la ropa y me ducho? Se me ha mojado el camisón- me preguntó.

- Claro, te he puesto chorreando- contesté.

- No pasa nada- dijo quitándose la ropa.

No pude evitarlo, mis ojos cayeron directamente a sus pechos, recorrí con la mirada todo su cuerpo y me estremecí.

- Perdonadme, no he podido evitarlo, eres preciosa- dije al darme cuenta que me miraba.

- No pasa nada. Tú también eres preciosa- me dijo.

Nos miramos directamente a los ojos, y nos fuimos acercando poco a poco hasta quedar frente a frente. Sofía acarició mi mejilla con sus nudillos, y yo acerqué mi cara para sentir su tacto en mi piel.

- Ya no puedo más- me dijo apoyando su frente en la mía.

Suspiré profundamente y pasé mi mano por detrás de su pelo. Ella tragó saliva, cogió mi cara con sus manos y me besó, fue un beso dulce y lento. Nos separamos un instante, mirándonos.

- Lo siento, no he podido evitarlo- me dijo.

- No lo evites- le dije acercándose de nuevo a sus labios.

Volvimos a besarnos, y esta vez su boca exigió más y yo se lo di. Recorrió mis labios con su lengua, abrí mi boca y dejé que buscara la mía, empujando, saboreando, mordí su labio inferior, y la oí gemir, volvió a besarme y esta vez fue ella la que mordió y yo la que gemí.

Sus manos empezaron a vagar sin rumbo por mi cuerpo, bajando lentamente hasta mi cintura, las mías bajaban por sus clavículas directamente hacías sus pechos, me quedé parada un instante.

- Sarah, tócame- me dijo.

No hizo falta nada más. Bajé poco a poco hacia sus senos, rozando ligeramente su pezón que se endureció tras mi toque, acaricié con la palma, y pellizqué juguetona. Sofia gemía a cada caricia y quise probar la piel de sus pechos, pasé mi lengua por el duro pezón y ella gimió más fuerte, lamí, chupé y succioné, la urgencia golpeaba mi sexo. Ella bajó por mi cuello acariciando con su lengua mi cuello. El agua caliente golpeaba nuestros cuerpos ardientes. No sé cómo llegó su boca a mis pechos, pero cuando sentí su lengua en la piel rugosa de mis senos creí desfallecer.

Sofía me llevó contra la pared metiendo su muslo entre mis piernas, rozando, empujando el punto más cálido de mi cuerpo, el roce era excitante pero quería más, necesitaba liberar la presión palpitante entre mis piernas. No hicieron falta palabras, los jadeos y movimientos de mi cuerpo le dijeron a mi amante lo que quería, y bajó sus manos por mi vientre, y llegó a mi sexo que la esperaba deseoso, mojado. Sus dedos resbalaron por mi centro y sentí el placer más intenso. Quería que Sofía sintiera lo mismo y bajé hasta su humedad sin preámbulos, sin esperas. El calor que emanaba de su sexo era arrollador y la toqué, produciéndole un gemido que sonaba a gloria. No aguantabamos de pie y acabamos tumbadas en el suelo de la ducha, Sofía exploró mi cuerpo de nuevo con sus manos, con su lengua, y cuando mis jadeos exigieron más, ella me tomó, me penetró con un dedo, lento, tranquilo, dejándome sin respiración, pero yo quería más. Ella lo sabía y hundió dos dedos dentro de mí. Empezó a moverse más deprisa. Al mismo tiempo, Sofía se rozaba con mi pierna y gemimos al mismo tiempo, empujamos, arañamos y explotamos, alcanzando el cielo al mismo tiempo.

- Te deseaba desde el primer minuto - me dijo aún entre jadeos.

- Yo también - contesté, besándola de nuevo.

Pasamos la noche en su celda, hicimos el amor tantas veces como pudimos, era feliz.

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- No es la primera vez que pasa esto, hermana. Aunque, ya no se merece ese título - dijo la madre Sofía.

- Madre, ella se estaba insinuando- replicó la hermana Catalina.

- ¿También se insinuaban las hermanas María y Beatriz? Lo sé Catalina. Entraste en la celda de María y la acorralaste y... ¿Beatriz? Pobre niña, la forzaste. Huyeron asustadas, les dije que te denunciaran y no lo hicieron - continuo Sofía.

Catalina estaba roja de rabia. No sabía que las dos postulantes le habían confesado a la hermana Sofía, antes de ser abadesa, lo que había hecho.

- Ojalá hubiera sido abadesa en aquel momento. Te salvó que la Madre Isabel sufriera aquel ictus, pero ahora lo soy. Catalina, tienes dos horas para salir del edificio. Se ha realizado un procedimiento de exclaustración. Ya he enviado los documentos al vaticano. A las hermanas se les dirá que te has tomado un período de reflexión fuera del convento.

- Sé que tú eres como yo y que has hecho lo mismo. Te arrepentirás de esto - rabió Catalina. Seguidamente salió del despacho dando un portazo.

Escuché el golpe desde mi mesa, y agache la cabeza. No quería encontrarme con la mirada inquisitiva de la hermana Catalina.

- Sarita, sé lo que te llevas entre manos con la madre superiora - me dijo apoyándose en mi mesa y acercándose a mi cara.

- No la entiendo hermana - dije apartándome de ella.

- Tengo que tomarme un retiro forzoso por vuestra culpa. Esto no quedara así.

- ¡Catalina! ¿Qué hace? - preguntó Sofía que salía del despacho.

- Me despedía - dijo enfadada, dándose la vuelta y marchándose.

Nos quedamos solas en la estancia en silencio unos segundos hasta que Sofía me hizo una señal para que la siguiera dentro del despacho. Ya en la habitación cerró la puerta tras ella.

- Ven aquí - me dijo cogiéndome de la muñeca y tirando hacia ella.

- ¿Estás bien? - le pregunté abrazándola.

- Ahora sí - contestó posando su mejilla en mi coronilla.

- Sofía, creo que la hermana Catalina sabe lo que pasó anoche - murmuré asustada.

- Ya no es hermana. La he expulsado del convento. Intentó abusar de ti.

- No lo hizo. Llegaste antes.

Sofía se separó de mí, indicándome que me sentara.

- Sarah, no eres la primera víctima de esa mujer. Antes hubieron dos chicas más. -me confesó.

- ¿Como sabes eso? - le pregunté sorprendida.

- Ellas mismas me lo confesaron antes de que tuviera este cargo. Yo se lo confesé a la madre Isabel, pero cuando pensó en tomar medidas le dio un ictus, y desgraciadamente murió. Desconozco si hubieron mas chicas.

- Ella no solo lo intento en la ducha. El segundo día que llegue aquí, se me insinuó descaradamente cuando vine para que me dieras una labor.

- Sarah, tenías que habérmelo dicho - dijo arrodillándose entre mis piernas.

Yo inconscientemente acaricie su mejilla y la besé. Ella me correspondió con pasión acariciando mis piernas por debajo del hábito. Suspiré al sentir como sus caricias subían por mis muslos.

- Te deseo - dijo sin dejar de besarme.

Mi pasión se encendió y jugué con su lengua provocándola. Sofía había levantado la tela por encima de mis pantorrillas, metiendo los dedos en la cinturilla de mi tanga y quitándomelo suavemente.

- Sofía, ¿Que haces? - dije extasiada.

- Shhhh, confía en mí - susurró besando la piel desnuda de mi cadera.

Gemí anticipándome a lo que venía, y ella suspiró satisfecha. Sentí como sus labios recorrían mi monte de venus, mientras con sus manos abría mis piernas y se colocaba mejor entre ellas. Agarré su cabeza obligándola a buscar el punto exacto donde necesitaba sentirla, y noté que sonreía. Hundió su lengua en mi húmedo sexo y creí que moriría de placer. Su lengua lamió el punto exacto que me llevaba al éxtasis. Chupó, paladeo, una pasada, dos, tres, no sé cuantas fueron. Sentí sus dedos dentro de mí al mismo tiempo empujando varias veces. Con su brazo libre abrazo mi cadera y agarró mis nalgas. Cada vez me movía mas rápido, no podía aguantar tanto placer. Sofía sacó sus dedos de mí, abrazándose con los dos brazos a mi cintura y hundiendo su cabeza dentro de mi sexo. Lamió más fuerte, y entonces exploté en su cara. Los espasmos recorrían mi cuerpo y ella no dejaba de lamer. Nunca había sentido nada parecido. Sofía me miraba sonriente, y yo me puse colorada tapándome la cara.

- Sarah, estas preciosa cuando te corres.

- ¡Sofia! - me sorprendí sonriendo.

- Deberíamos volver al trabajo - dijo sonriente.

- Espero que nadie nos haya oído.

- Hey, nadie nos ha oído. Estos muros son enormes - me tranquilizo ella.

- Catalina parecía saber que tenemos algo - confesé.

- Sarah, no te preocupes. Esa mujer no sabe nada, y yo no se lo voy a decir a nadie. Esto es un secreto entre tú y yo.

Al menos ella no iba a decir nada. ¿Y yo? Yo tenía que confesarme con el padre Emilio, y no sabía si contarle lo bien que me sentía y sobre todo el por qué.

Pasaron unos días, y no supimos nada más de la hermana Catalina. Cada noche dormía entre los brazos de Sofía. Hacíamos el amor a cada ocasión, y en cualquier lugar donde estuviéramos solas. La deseaba a todas horas y a ella parecía pasarle lo mismo. En las horas de oración no dejábamos de mirarnos, en misa nos sentábamos juntas. Yo tenía miedo de que las hermanas se dieran cuenta de lo que estaba pasando, pero mi amante me aseguraba que nadie sabía nada.

La hermana Águeda se convirtió en un apoyo en los momentos en los que yo echaba de menos a mi familia o tenía algunas preguntas de tipo espiritual. Pero no podía contarle lo que sentía por Sofía y mucho menos lo que pasaba cada noche en su celda.

Acabaría por confesar lo que sentía al párroco, al fin y al cabo era secreto de confesión, y él no podría contárselo a nadie. No quería dar nombres, así que creí que lo mejor sería decir que había tenido pensamientos impuros. No daría nombres, ni describiría los hechos.

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- Ave María Purísima.

- Sin pecado concebida.

- Perdóneme Padre porque he pecado.

- Dígame hermana - dijo el padre Emilio.

- Padre, he tenido pensamientos impuros.

- ¿Qué clase de pensamientos?

Me pilló desprevenida. No sabía que querría saber detalles, y tuve que pensar rápido.

- Pensé en besar a otra mujer. Pero solo fue un segundo - dije esperando que no quisiera saber más.

- Todos a veces tenemos algún pensamiento. Es la naturaleza humana. Estás confesándolo y es porque te arrepientes. Reza tres padre nuestro y dos Ave María. Ego te absolvo.

Seguidamente me dio su absolución y la bendición.

- Sarah, te vi confesándote con el padre Emilio - dijo Sofía metiéndose en mi cama.

- Sí. Tenía que hacerlo. Se supone que debo confesarme cada semana, y llevaba al menos dos sin hacerlo.

- Espero que no le hayas contado nada sobre nosotras - dijo Sofía un poco incómoda.

- ¡No soy tonta! - repliqué. - Solo le dije que había tenido pensamientos impuros. Que pensé en besar a una chica durante un segundo. Además, él no puede decir nada. Es secreto de confesión.

- Perdóname, cariño. No quería molestarte. Es que no quiero que me alejen de ti - dijo abrazándome con fuerza.

Me quedé pensando que Sofía tenía miedo a ser descubierta. Perdería su puesto de superiora, y la echarían del convento. Por lo que sabia, sus padres si aún vivían, le darían la espalda. Entendía el por qué no quería que nadie lo supiera. A mí de repente me da igual donde estar, mientras estuviera a su lado.

Cuando llegué aquella mañana al despacho de Sofía, el padre Emilio estaba reunido con ella, y me entró el pánico.

- Madre, la hermana Catalina vino a verme la otra tarde. Me dijo una serie de cosas que me gustaría comprobar. Dice que usted la echó del convento - dijo él.

- Es verdad, padre. Aunque le recomendé un tiempo de reflexión. He mandado una carta de exclaustración a la santa sede - explicó la mujer.

- Madre, la hermana Catalina me dijo, que la echó porque las encontró a usted y a la hermana Sarah juntas en la ducha, en una actitud un tanto comprometida.

- ¿Cómo? Padre, yo encontré a la hermana Catalina acosando a la hermana Sarah, y no es la primera vez - dijo Sofía sonriendo.

- ¿Cuántas más? - preguntó el hombre bajando la cabeza.

- Fue en confesión, padre. No puedo decírselo.

- Entonces hizo bien, madre. Por cierto ¿qué tal lo lleva la hermana Sarah? ¿Se adapta bien al convento? - preguntó con interés.

- Es un encanto, padre. Se ha adaptado muy rápido, y trabaja muy activamente en el blog del convento.-.

- Bueno, madre. Gracias por aclararme estas cuestiones. Nos veremos en otra ocasión.

Seguidamente el padre Emilio salió del despacho cerrando la puerta tras él.

- Hermana Sarah ¿Qué tal está? - me preguntó el hombre.

- Muy bien, padre. Gracias por preguntar.

- Hermana, sabe usted que si tiene algún problema puede acudir a mí. No solo como confesor, si no como amigo.

- Gracias, padre - contesté desviando la mirada.

Él me sonrió y salió por la puerta. ¿Por qué me habría dicho eso? No me preocupaba. Era su obligación como párroco del convento. Pero Sofía estaba nerviosa. Me estuvo esquivando, solo hablando de cosas triviales. Hasta que llegó la noche y le pregunte.

- ¿Qué pasa?

- Catalina le dijo al padre Emilio que nos vio en la ducha. Le expliqué, que ella te acosó y parece que me creyó.

- Es lo que pasó. No has mentido.

- Es verdad. Perdóname, esa mujer me saca de quicio.

- Él me dijo que contara con él, no solo como párroc. Supongo que quería que le contara lo que paso - le conté.

- Supongo que le gustaría saberlo. Al fin y al cabo es un hombre.

- Es un cura - repliqué.

- Y nosotras monjas - contestó levantando las cejas y dejándome sin palabras.

El tiempo pasaba y yo me había creado una rutina. Rezar siete veces al día, el trabajo de la página web y el blog, vendiendo los dulces, la misa y las noches con Sofía, que eran lo mejor del día. La adoraba, se había convertido en lo mejor que podía pasarme. Esa mañana, volvíamos de la capilla cuando la vi. Me quedé en shock. No supe que hacer. Escuchaba los gritos de las hermanas en la lejanía. Su cuerpo descuartizado, su sangre encharcaba el suelo. Sofía estaba abierta en canal y sus intestinos esparcidos por el suelo.

***

Llegaba tarde a la capilla. Tenía que firmar unos papeles y me detuve en mi despacho. Sarah me había dejado una nota en el cajón donde guardaba la pluma.

"Sé que debía decírtelo de otra forma, pero quiero que sepas que me he enamorado de ti.

Sarah"

Me derritió el corazón. Guardé la nota en el bolsillo interior del hábito. Era hora de tomar una decisión, quería proponerle a Sarah que abandonásemos el convento y nos fuésemos a vivir juntas. No podíamos seguir ocultándonos tras el muro. Se lo pediría esa misma noche.

Salí de mi despacho a toda prisa para dirigirme a la capilla, pero me encontré con ella de sopetón.

- Hermana, no esperaba encontrarla aquí - dije al verla.

- Quería hablar con usted madre.

- Dígame hermana.

- Sé lo que haces con la hermana Sarah - me dijo sin preámbulos.

Me quedé con la boca abierta y negué con la cabeza, pidiendo una explicación a su acusación.

- Me acerqué a tu celda para confesarme, y os vi. Os estabais besando, desnudas en la cama.

- Hermana, nos vamos del convento. No hace falta que humille a nadie - le confesé.

- Nunca debiste ser la abadesa. Sabía que eras una pecadora. Yo merecía el puesto - dijo con rabia.

- Ahora que nos vamos, debería presentarse.

- Madre, está cometiendo pecado mortal, homosexualidad, y perversión de una inocente. Eso solo puede erradicarse de una manera - dijo acercándose a mí.

Noté el frío metal atravesando la piel de mi estomago. Una, dos, tres veces. Cortando, seccionando las venas y las conexiones nerviosas. Me dolió durante unos instantes, talv ez cuando rajó mi cuerpo desde mi bajo vientre hasta mi esternón. Sangre, mucha sangre por todos lados, y una voz repitiendo lo mismo.

- Ego te absolvo. El poder de Cristo de salva. Ego te absolvo. El poder de Cristo de salva.

El olor metálico de la sangre me nublaba la parte aún viva de mi mente. Mi corazón todavía latía, y entonces lo sentí. Se paró sin más. Tiraron de los órganos de mi cuerpo. Todo se oscureció, y yo solo pude ver el rostro de Sarah.

***

"El martes 22 de marzo, sobre las 7 de la mañana, se encontró el cadáver de la abadesa del convento de las benedictinas. La madre Sofía, que así se llamaba la abadesa, apareció descuartizado a la salida de la capilla. La policía no tardó en encontrar al asesino de la madre superiora. Se trataba de otra monja del mismo convento, la Hermana Águeda, que así se llama la agresora. Estaba celosa de la abadesa debido al puesto que ostentaba, creyendo ella que debía ser merecedora de tal honor."

Así rezaba el periódico cuando lo leí. Sofía me descubrió un mundo nuevo. La lloré como un viuda desolada, pero lo hice fuera del convento. Nadie debía saber qué era lo que había pasado realmente. Yo encontré a Águeda bañada en sangre, antes de que lo hiciera la policía. Me dijo que Sofía no me volvería a pervertir, que ahora podía servir a Dios sin pecados a mi alrededor, que no hacía falta que me fuera del convento como quería Sofía. Ella me protegería. Luego cerró su celda, y yo avisé a la policía.

Intentaría ser feliz, pero el recuerdo de Sofía permanecería encerrado en mi corazón eternamente.

FIN

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