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La bufona del salón (Cap. 3)

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Poco antes de salir de mi reino, se me ocurrió como un incentivo más para mis alumnos llevar una bolsita con croquetas de perro y si se portaban bien, podrían usar a mi esclava como a una mascota, gracia que hiciera, sería premiada aventándole una croqueta que la perra debía cachar con el hocico. Ese día pensé en hacer la clase un poco más dinámica.

Fui caminando entre los pasillos del salón y dejando encima de cada escritorio de mis alumnos un puñado de croquetas, ellos preguntaron para que había repartido esas croquetas; les expliqué que ya que mi perra ahora era parte de mi clase hacia ellos, por cada pregunta que me respondieran correctamente, ellos podrían aventar una croqueta a la perra teniéndola que cachar al aire con solo el hocico y hacer alguna gracia. A mis alumnos les encantó esa idea y pusieron aún más atención todo el tiempo en comparación al día anterior.

Empecé la clase y en algún momento y al azar hacía yo alguna pregunta y el que alzaba la mano podía responder, pero solo si era correcta la respuesta podían o no aventar la croqueta y pedir a mi esclava hacer cualquier gracia, hubo alumnos que respondieron erróneamente, mientras que otros contestaban cada rato. Mi perra se la pasó casi toda la clase cachando croquetas y haciendo gracias, sintiéndose cada vez más humillada hasta casi llegar a las lágrimas, sin embargo lo que realmente importaba era que mis alumnos aprendieran y cambiara su manera negativa de ser.

Poco a poco a base de juegos con la perra mi alumnado fue cambiando su manera de ser tanto en el salón de clase, así como en sus casas, ya que ahora hacían toda la tarea y de buena gana. El que uno de los peores grupos ya fuera en calificaciones como en comportamiento, a base de juegos de dominación, logré que llegara a ser el mejor grupo tanto en comportamiento, participación y tareas, sin contar que el comportamiento de clase empezó a reflejarse también en sus casas.

Con el transcurso de solo algunas semanas las mejoras y reputación que tenía mi grupo cambió de forma definitiva, ya hasta en otros grupos habían notado no solo el cambio de conducta que pasó de ser una actitud de chicos banda a ser el mejor de los grupos de todo el instituto, provocando que los demás grupos tuvieran que mejorar sus calificaciones también con tal de quedarse atrás. Mis compañeras maestras y hasta la directora me preguntaron cómo es que logré transformar a un grupo de vándalos en el mejor grupo de todos, únicamente les respondí “muy sencillo solo les di un incentivo adecuado a su forma de ser con la condición de solo poder tenerlo si cumplían sus tareas”. Mis compañeras, así como la directora nunca supieron cómo fue que logré ese cambio tan radical.

Transcurrieron los meses y el fin de curso se acercaba, lo cual por extraño que parezca no les gustaba la idea de perderme, dijeron que yo había sido la única persona que sin obligarlos a cambiar su manera de ser, si logré que su personalidad cambiara, ya que a base de juegos les había enseñado la importancia de la responsabilidad. Todos mis alumnos pasaron de año y aunque antes fueron prácticamente la lacra del instituto al pasar de año continuaron con ese nivel académico el cual yo les inculque el año anterior. Con el pasar de algunos años fui ascendida a directora del instituto, ya que gracias a mi método de enseñanza todos y cada uno de los chicos problema que pasaban por mi salón salían totalmente refinados dejando atrás el gusto por ser el clásico pandillero.

Pasaron algunos años y llegó el tiempo en que ya mi edad no me permitía seguir mis labores pedagógicas, por lo que me tuve que retirar de la enseñanza, y aquellos primeros alumnos a los que tuve, llegaron a ser profesionistas y gente de bien, y de vez en cuando nos reunimos a convivir y recordar esos años cuando los saque de esa vida tan pobre como era el ser un pandillero, nunca olvidaron a su querida perrita, su bufona, la bufona del salón de la que tantos buenos recuerdos tienen hasta la fecha.

La esclava por siempre continuó estando a mis pies por muchos años, hasta que la vida tanto a la esclava como a mí nos fue cobrando la factura. Ella continuó siendo mi esclava doméstica hasta que un día se acercó a cuatro patas aunque ya lentamente por el paso de los años, me agradeció por esos años de esclavitud que le di, ya que gracias a mí, se dio cuenta que el ser libre no es hacer lo que a uno le dictan, la libertad es hacer lo que a uno le gusta y le llena de satisfacción, y que con el paso de los años se dio cuenta que al ser mi esclava fue que descubrió la libertad al sentirse útil a los pies de otra persona, siendo eso lo que más le gustó en la vida.

Pocos meses más tarde la flama de su corazón se extinguió dejando el recuerdo por haber sido una esclava de altísimo nivel. Seis meses después de haber fallecido la bufona del salón, también falleció su Ama, aquel la maestra que a tantos alumnos a lo largo de su vida ayudó. Al correrse la voz de que su querida Ama y maestra había culminado su vida, entre todo su alumnado se realizó el más solemne funeral, y que en el epitafio decía “Siempre recordaremos a la mejor maestra que con sabiduría y cariño nos hizo ser gente de bien, DESCANSE EN PAZ”.

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