Haciendo una nueva amiga

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Y como todos tenemos derecho a disfrutar, pusimos las toallas y me acosté con las piernas abiertas en su dirección, enseguida mi nueva amiga se puso en la tarea de comerme el coño

Hoy les contaré la vez que, por trabajo, tuve que ir a la costa.

Alquile una habitación en un pequeño pero lindo hotel, a la orilla del mar. Llegue a este lugar un miércoles en la mañana, después de registrarme en el hotel me metí de lleno en el trabajo hasta el viernes tarde en la noche, el día del sábado comenzó muy tranquilo, leyendo sobre el lugar me di cuenta que había una playa nudista muy cerca y decidí ir a ver qué tal.

En la playa había poca gente, pero eso sí, habían prácticamente de todas las edades, formas y tamaños...

Puse mis cosas a un lado un poco apartado de la gente, me desnudé y tomé el sol por unos minutos, luego entre al mar, al cabo de un rato una chica se me acercó, era delgada, un par de años menor que yo y un poco más baja, de pechos pequeños y nalgas respingadas. Mientras yo flotaba en el inmenso mar, ella me saludó y empezó a preguntarme sobre mis nipples piercings, que si me dolieron, que cuánto me costaron, que si me causaban molestias... Ya frente a frente con ella y con el agua al ombligo conteste a sus preguntas, y moviendo y estrujando mis tetas le mostré que no me dolía o incomodaba de ningún modo, con una mirada pícara pregunto si podía tocarlas para ver mejor el piercing, naturalmente, esbozando una sonrisa, le dije que podía tocar todo lo que quisiera. De inmediato se puso manos a la obra, tocando, apretando, acercó tanto su cara a mis pechos que podía sentir su aliento caliente contra ellos e incluso, cuando se irguió, su nariz rozó uno de mis pezones erectos.

Me dijo que me había visto flotar y que ella nunca había aprendido y yo, como soy muy buena persona, me ofrecí a enseñarle en ese mismo instante, ella entusiasmada acepto. Con una mano en su espalda y otra en su culo le pedí que se dejara caer, que se relajara, que pusiera su cabeza hacia atrás y abriera las piernas, mientras la mano en su trasero se dedicó a recorrerlo, a apretarlo y a abrirlo un poco, de allí fue a su vientre y a sus muslos, subiendo y bajando, acercándose más y más a su pubis para después subir sin previo aviso a los pequeños y redondos pechos de mi nueva amiga, pellizque sus pezones a lo que ella respondió con un pequeño gemido y cerrando los ojos, ahí fue cuando decidí, ahora sí, meter mis dedos entre sus labios vaginales, recorrer ese coñito y poner su clítoris entre mis dos dedos para después apretar, soltar, apretar un poco más, detenerme y volver a empezar, mientras tanto mi boca no se quedaba quieta, estaba entretenida en chupar y morder esas ricas tetas, al cabo de unos minutos me dijo que ella también quería tocar, nos fuimos hacia la playa y al parecer estaba un poco más vacía que antes, aun así había un tipo maduro que nos miraba con insistencia, fuimos por nuestras cosas y tratamos de encontrar un lugar más distante en donde no hubiera nadie; casi lo encontramos y digo casi porque el hombre maduro nos había seguido, aunque guardaba su distancia pudimos ver que su verga estaba totalmente dura y la tocaba mientras nos miraba. Y como todos tenemos derecho a disfrutar, pusimos las toallas y me acosté con las piernas abiertas en su dirección, enseguida mi nueva amiga se puso en la tarea de comerme el coño separando bien sus piernas para que nuestro admirador tuviera buena vista, ella me metía tres dedos y luego cuatro sin ningún problema, toda esa aventura me tenía muy mojada pero yo también quería probar a mi amiga, así que le pedí que se sentara en mi cara para empezar a hacer un rico 69; y si, yo estaba mojada, pero ella... ¡Uuff! Era otro nivel, terminé con la cara empapada, después de un rato cambiamos de posición, queríamos poder vernos y poder ver al hombre que se masturbaba en nuestro honor, me senté y ella poniendo una pierna debajo de mi y otra sobre mi acercó su coño al mío, nos movimos al unísono, nuestros fluidos se mezclaron, nuestros clítoris se rozaron un sin número de veces, sus tetas y las mías brincaban pidiendo que alguien las apretara, los movimientos de caderas aumentaron tanto como el vaivén de la mano de nuestro querido mirón y cuando él se vino con un gran gemido, nosotras sólo pudimos seguir su ejemplo.

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