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Adriana, mi segunda y última infidelidad

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Sabes, nunca he sido una chica mala, pero esa carita que vos tenés, me tienta a querer ser mala aunque sea una noche. Está bien. Espero que ni vos ni yo, nos arrepintamos un día de esto

Admito dos infidelidades durante estuve casado con mi esposa. La primera fue producto de la pura casualidad, pues sin buscarlo un día me encuentro con un mensaje de una chica de compañía que se equivocó de número y la segunda, fue algo imprevisto, pero que admito yo busqué con más arraigo. Es algo de lo que no me siento orgulloso y honestamente conllevé un sentimiento de culpa, pues tenía a una mujer muy hermosa, que sé que siempre me quiso, y que a pesar que nosotros o mejor decir, la mayoría de hombres fantaseamos y muchas veces conllevamos estas aventuras, en mi caso siempre amé a mi esposa y es por eso tal sentimiento doloroso.

Me encontré con la inconveniencia de quedar atascado en el aeropuerto de Dallas, Texas, gracias a las inclemencias del tiempo y se nos notificaba la cancelación de varios vuelos hasta siguiente aviso. En mi caso, todos esos inconvenientes me los pagaba la compañía para la que trabajaba, pero muchos se quedaban a la intemperie, durmiendo en los asientos en el aeropuerto. Esperé algunas horas, hasta que ya en la tarde se nos informó que no habría vuelos al aeropuerto de Los Ángeles, California.

De repente vi a esta chica que intentaba a acercarse hacia mí y quien se miraba confundida en la conglomeración. Recuerdo me hace la pregunta con cierta desconfianza: ¿Habla usted español? – Y fue de esa manera que conozco a Adriana, una linda chica argentina de algún metro y 65 centímetros de estatura. Cabello rizado que le llegaba a media espalda y unos ojos oscuros en un rostro lindo y estéticamente maquillado. Vestía pantalones vaqueros y zapatos de tacón que la hacían ver más alta, un suéter de algodón de color rosa, y sobre el suéter, una chaqueta de mezclilla del mismo color de los pantalones. Aun con su abrigo, se notaba el cuerpo de una chica esbelta y que al principio estimé de unos 21 años, pero en realidad, tenía 27.

En aquella platica que se extendió por algunas horas, pues ya no se despegó de mí, descubrí que iba a Los Ángeles a asistir a la boda de su hermana y era aquello lo que le preocupaba, pues solo tenía dos días más para llegar a aquel evento. Cenamos juntos en un restaurante de comida rápida en el aeropuerto y llegó la hora de despedirnos o de continuar juntos toda la noche.

Adriana es de ese tipo de mujer que no se puede dejar de mirar como mujer. Desde la primera mirada uno se envuelve en su belleza y realmente ya había despertado en mí ese diablillo que siempre había sido cuando joven, ese mismo diablillo que ahora soy, pero que intentaba contener a toda costa. Siempre se me hizo fácil alejarme de las mujeres de la compañía donde trabajaba, de las que eran del entorno de nosotros… nunca lo pensé, y si lo pensé sabía que no pasaría al siguiente paso. Con Adriana fue distinto, una mujer que no me conocía ni conocía. Ella, aunque soltera, ya me había hablado que tenia novio. Ella había escuchado de mis labios que era casado y en mi anular llevaba la prueba. Quise de alguna manera abruptamente alejarme de esta hermosa chica porque para mí era una enorme tentación, no sin antes sorprenderla y que fuera ella la que me diera la negativa y no quedarme pensando: “Quizá me hubiese dicho que si, que si quería pasar la noche conmigo”. Con aquel duende morboso sobre mi hombro, decidí hacerle caso a la tentación y se lo propuse cuando ambos presentíamos que era hora de decir: ¡Feliz noche!

- ¿Quieres compartir conmigo el hotel esta noche?

- ¿Qué compartamos una habitación juntos? –me preguntaba sorprendida.

- ¡Si, eso mismo!

- ¡Pero usted es casado! No me parece apropiado.

- ¡Tú tienes novio! Ni tu novio ni mi mujer deben saberlo. –le dije algo dudoso.

- ¡No se Antonio! ¡Usted que si me ha puesto nerviosa!

Cuando me dijo que le ponía nerviosa, me di cuenta que no me quería decir que no, que eso de nerviosa era esa sensación de considerar tomar ese paso de serle infiel a su novio y de la sorpresa de considerar tener sexo con un desconocido, de quien los más probable nunca volverá a ver. Es ella la que contempla la pregunta más sugestiva y me dice:

- ¿Vos sabes lo que puede pasar entre un hombre y una mujer en una habitación de hotel a solas?

- ¡Me lo imagino y es por eso que te hago esa invitación! –le dije

- ¡Eres malo, eres un chico muy malo! –me lo dice sonriendo.

- ¿Qué dices? –le insistí.

- Sabes, nunca he sido una chica mala, pero esa carita que vos tenes, me tienta a querer ser mala aunque sea una noche. ¡Está bien! Espero que ni vos ni yo, nos arrepintamos un día de esto. – Y dándole la mano, tomamos camino en busca de un hotel.

Como toda chica vanidosa, lo primero que hizo fue tomarse un baño y volverse a maquillar. Obviamente, por la falta de confianza aquello transcurrió bajo llave y quizá por cierto pudor no me quería mostrar y su desnudez debería concebirla con la velocidad de sus pasos. No sé cuánto le tomó, pero se me hizo largo, aunque valió totalmente la pena, pues cuando salió, se miraba fresca, un retoque a su maquillaje y se miraba aun mas jovial, pero lo más lindo de esa escena, fue verla con un camisón color naranja pálido transluciente, que me permitía ver sus oscuros pezones y un pequeño bikini de color negro.

A mis 29 años, tenía la suficiente experiencia de cómo afrontar dicha situación, pues ese morbo de coger con una desconocida, esa sensación de lo prohibido hace que el arma se cargue demasiado y si no se conlleva con tacto, se puede disparar antes que el objetivo este en la mira. Es por eso que decidí prolongar las caricias y llegar a todas esas zonas erógenas que son muy comunes en la mayoría de las mujeres. Besos tiernos y profundos, lamer y besar su cuello, ese mordisqueo en sus orejas parecía volverla loca, especialmente si uno tienes a esa chica por sobre su espalda y ella pueda sentir mi miembro creciendo y apuntado a sus nalgas. Le besaba toda la espalda hasta llegar a las ultimas vertebras de su columna, le besé sus glúteos y le encantaba que los masajeara como arañándole. Me tomé tiempo en su monte Venus, que solo contaba con un pequeño arbusto por sobre su conchita que se miraba bien rasurada y que al abrir sus piernas para tomar acceso pude ver ese brío de sus jugos vaginales. En este proceso es que me removí mi camisa, pantalón y bóxer. Ella no me vio que ya estaba desnudo, pues creo que pensó solo me había quitado la camisa. Hundí mi lengua despacito en su rica concha y lentamente recorría todo es canal hasta llegar en su clítoris donde le hacía círculos lentamente o se lo succionaba. Adriana solo me tomaba del cabello mientras mi rostro se hundía entre sus piernas saboreando las mieles de su pasión. Gemía despacio y hacía movimientos tenues con su pelvis, contraminando su concha contra mi boca y comenzó a decir: ¡Que rico Tony! ¡Que delicioso! ¡Me vas hacer acabar!

Escuché aquello, como una petición de que quería ya sentir mi verga, pero yo estaba tan caliente que sabía que si ella no estaba a ese punto, yo me vendría antes que ella y para una mujer, eso es una desagradable desilusión. Opté por estar listo en la penetración y mientras le mamaba sus pezones haciendo intervalos, con mis dedos le masturbaba el clítoris aceleradamente. Adriana comenzó a acelerar sus movimientos de cadera y comenzó a decir: ¡Tony me vengo, me vengo!

Sabía que tocaba el paraíso, se le habían abierto los cielos y fue cuando sintió mi verga penetrándola y gimió de placer y su movimiento de pelvis parecía incontrolable y sus alaridos, ese jadeo sensual, en un par de minutos, me hicieron abrir los cielos a mí también. Fue un orgasmo y eyaculación potente, que nos comimos a besos por largo tiempo, hasta que mi verga poco a poco se relajó y tomó esa posición pasiva. Adriana recobrando la compostura hacía plática:

- ¿Te fuiste rico?

- ¡Si! Me hiciste acabar delicioso! ¿Y tú? ¿Acabaste rico?

- ¿Tú qué crees? ¿No se me nota en la cara?

Ya en esta ocasión nos fuimos a bañar juntos y Adriana al igual que yo, nos dimos gusto restregándonos y removiendo el jabón. Fue ahí donde me retribuyó una rica mamada y donde elogió e hizo que elevara mi estima y mi ego:

- ¿Todo esto me metiste?

- Ni un centímetro más, ni uno menos. –le dije.

- Tony, que rica verga tienes… y coges de lo rico.

Ya con la arma sin la misma tensión de descarga, el sexo es mas controlable y después de esa rica mamada mi miembro tomó grosor y erección, y en posición de perrito, comencé a taladrar a Adriana, mientras ella gemía y me decía cosas morbosas. Ella me propuso que me sentara en la tina y se sentó en mi, metiéndose cada centímetro de mi verga, pero aquello era algo incómodo, pero con todos esos movimientos nuestros cuerpos estaba secos… la tomé entre mis brazos y la puse en cuatro sobre la cama y me fui por sobre ella y le taladré su concha hasta que gritó de nuevo: ¡Tony, me vengo! - Se vino, y taladré su sexo hasta que sació su placer y luego me pregunta:

- ¿Quieres que te la mame?

- ¡No, quiero que me des tu culo!

- ¿Por qué los hombres siempre piden lo mismo? ¿Qué no saben que eso es de salida y no de entrada? – lo decía con ese acento argentino. -Mi primer novio, el segundo… y este último…

- ¿Se lo has dado?

- No.

- ¡Este día eres una chica mala, puede ser la excepción!

- ¡Sabes! Tienes toda la razón… este día es especial, es un día para el olvido… y no me mal entiendas… hoy he perdido la razón, he perdido los estribos… cógeme como tú quieras, este el día donde todo es permitido.

Le comí el culo por más de media hora. Todos mis dedos de mi mano derecha abrieron su culo. Algunas veces le inserté mi verga en su conchita, mientas mi pulgar abría su esfínter y Adriana solo gemía. Cuando mi verga ocupó todo ese espacio, Adriana solo gimió y chocaba su trasero con violencia contra mi verga. Se la taladré por más de 10 minutos constantemente, y comenzó a gemir, a jadear y en seguida como una sorpresa dice: ¡Tony, clávame, no pares… me estás haciendo acabar!

Esos eran gritos desesperados, que pensé me enviarían los guardias de seguridad del hotel. Se fue en contra de la cama y con aquellos gemidos y alaridos me fui en los intestinos de esta argentina, quien fue la segunda y última mujer con quien traicioné a mi mujer. El culo de Adriana sangró, pero le alivié diciéndole que era algo normal. Había visto ya otros culos sangrar, incluso el de mi esposa, pero este día lo tengo presente, porque cargué con esta culpa por todos y muchos de estos años. En el avión, nos sentaron en asientos separados y nunca nos dijimos adiós, ni nada.

La chica argentina desapareció llegando a Los Ángeles, donde me esperaba Nadia, mi linda y bella esposa con mis dos lindos hijos. Eran las once de la mañana de un día viernes, y Nadia como mi mujer y cinco días de no sentir mi compañía… tan pronto atravesamos esa puerta de la habitación… me da un oral y de perrito ella acaba… yo me doy dos minutos más para acabar en ella y solo me dice:

- ¡Te extrañé mi amor!

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