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Compañera de trabajo (III)

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Ya en la calle y, tras darle un azote en el trasero, contesto:

- ¿Estás dispuesta?

Sonríe divertida:

-Te lo exijo... es lo que necesito.

Ya en el taxi, la abracé con una mano mientras la otra se perdía entre sus piernas. Nos cruzamos la mirada, me sonreía con cariño y susurrándole en el oído

- Me gusta mucho que esté mojadita, ¿es solo sudor....?

- Estoy nerviosa y me estoy meando -se quejó.

- Pues aquí no hay váter, así que vas a tener que aguantarte.

Cuando llegamos a casa, aun por las ventanas entraba la luz rojiza de las primeras puestas de sol del otoño. Empuje a Elsa contra la pared para besarla.

- Estoy meándome. Espero que me dé tiempo.

- Aguanta que lo harás en la bañera.

- ¿Cómo dices? ¡Es un capricho!

- Un capricho de sibaritas.

- ¿Qué es un capricho de sibaritas?

La agarré del brazo y nada más entrar en el aseo.

- ¡Quietecita! Y desnudándote.

Su voz desvariaba un poco, nerviosa y expectante, para comprender adonde la llevaba y que fin perseguía.

- ¿Y ahora qué?

Yo también me había desnudado, la cogí de los hombros y la hice entrar en la bañera.

- Se llama lluvia dorada -le dije en un murmullo, con los labios pegados a su oreja.

- Hay otros caprichos buenísimos

- ¿Qué caprichos?

- Digo que hay otros caprichos, ¿no?

- ¡Quieta! -Le ordené que me mirase, que no se moviese.

- No puedo. Eso simplemente no estaría bien. Por favor no.

- Deja de pensar, tu puedes y lo harás. Y lo harás en este momento.

- Sí, por supuesto, tienes razón. Lo siento.

- Muy bien entonces, está arreglado. Eso está mejor. Vamos.

Me puse de rodillas, me agarró del pelo y se acercó un poco más, cerré los ojos porque me apuntó primero a la cara, y empezó, aquel diluvio dorado, perfumado, dulce y a pesar del calor que desprendía me entró un escalofrío de gusto.

- Ufff… - dijo ella. Estaba jadeando, temblando, gimiendo, mordiéndose los labios, abría la boca como si se fuera a asfixiar.

- ¿Cómo dices, mi amor?

- Eres una cerda caprichosa.

- Y tu sumisa accediendo a mis caprichos.

Elsa estaba paralizada, solo miraba fijamente mi cuerpo arrodillado delante suyo, no había dudas de que le estaba gustando y divirtiéndose en este papel.

- Si, yo también soy una cerda sumisa. He sentido vergüenza pero a la vez una oleada de lujuria correr por mi cuerpo.

- Bueno, pues ahora no puedes decir que nunca has hecho eso. ¿Seguro querrás hacerlo de nuevo?

Puede... ¡Yo nunca… lo pensé!

- Muéstrame ahora lo que tienes, buena chica.

Mientras mis manos cogiéndole de ambas nalgas tiraraban de ella para acercar su coño a mi cara. Levantó una pierna colocándola al borde de la bañera, mis dedos abrieron paso por la espesura del abundante pubis y mi la lengua se deslizó de inmediato en el interior, mientras ella acercaba mi cabeza, moviéndola. Dejé que fuera ella la que controlara la acción mientras degustaba el sabor del coño aun mojado.

- ¡Oh sí, que complaciente eres de mi coño! Mi clítoris, ahora.

Movió su posición para que lamiera más fácilmente. Cuando este apareció excitado y abultado, me retiré y levanté la vista inquisitivamente.

- Oh, te gusta, ¿eh? Muy bien.

- ¿Rápido haz que me corra?

Regresé a mi posición de control, estaba cerca, y con la lengua golpeé rítmicamente para al succionarlo enviarla al límite, sus manos me acercaron aún más cuando su coño cubrió de un buen baño mi rostro.

- ¿Estás bien, Elsa?

- Um, uh, sí estoy bien. ¿Por qué preguntas?

- Te gusta ser manejada por mí. ¿No es así?

- Sí.

- Entonces dilo en serio.

- Me gusta ser majeda por tí, estar expuesta y sumisa para ti.

- ¿Es esto lo que imaginaste cuando aceptaste venir de nuevo a mi casa?

- ¡No! Estaba algo asustada, pero es mejor de lo que podría imaginar.

- Buena niña. Creo que eso significa que estas listas para pasar a caprichos más avanzados, ¿verdad?

- Sí... sí, por favor.

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