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Compañera de trabajo (VII)

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Cuando llegué a casa al mediodía, me di una ducha y me metí desnuda entre las sábanas de satén, donde caí fulminada en el acto.

Me desperté cubierta de sudor. Tere no había sido un sueño. El azar hizo que fuera una realidad, pero me dejó frustrada. Claro que la tuve, pero hubiese querido retenerla por más tiempo. Era la mujer que siempre soñé poseer, pero se me había escapado de nuevo. Y fue inevitable que mis manos buscasen el calor y la humedad que me provocaban estos oscuros deseos

—Estas muy callada hoy — Era la voz de Elsa, dirigiéndose a mí.

—Si está muy callada —Belén, mi compañera de despacho.

Elsa había entrado en el despacho, me miró sonriente y le entregó a ella unas carpetas, al salir pasó por mi lado y con una sonrisa asomando entre sus labios me guiño el ojo, me quedé embobada mirándola. Llevaba un vestido con falda ajustada, y como casi siempre el pelo recogido en una coleta alta… ideal para agarrarla y someterla. Ha sabido sacar la mujer mala que vivía dentro de mí… la mujer deseosa y hambrienta.

—Es verdad, estas muy callada hoy, ¿te ha ido mal el fin de semana? —soltó Belén.

—Aburrido, nada interesante para comentar —y me callé

—Te has dado cuenta cómo te ha mirado Elsa —pasados unos minutos de silencio.

—La verdad que no.

—Pues bien que te fijaste en ella.

Yo no tenía ganas de continuar con la conversación y pase mi interés en la pantalla del ordenador. Conocía a Belén desde hacía bastante tiempo, incluso habíamos coincidido trabajando en otra empresa, ahora compañera de despacho, naturalmente sabía cosas de mi vida, que naturalmente yo le había contado.

—Desde que no tiene novio, me he dado cuenta que la sobrinita del jefe te mira con unos ojitos, al igual quiere algo de ti.

—No debes burlarte de mí. Ya sabes que no discrimino a los hombres pues me he comido y me han follado buenas pollas, me gustan las mujeres que como yo, a les que apasiona la búsqueda del placer en el sexo, y actualmente disfruto más con ellas, aprovechando ya que te has referido a ella, tengo que confesarte una cosa.

—Dime, estoy ansiosa esperando oírte —dijo sonriéndome.

—Pues que en muchas ocasiones me he masturbado soñando con fantasías de placeres sexuales y tú me llenas en ocasiones estas fantasías —Lo solté de golpe para cortar, de todos modos no estaba diciendo ninguna mentira, pero mi estado de ánimos no estaba para seguir con el tema. Se encogió de hombros y puso cara de circunstancias, se levantó y colocándose frente a mí se inclinó apoyándose en mi mesa. Suspiro.

—Soy una buena amiga, y siento haberte incordiado, pero me alaga que cumplas tus desahogos pensando conmigo, tú ya sabes de mi postura sobre el tema lo hemos hablado en varias ocasiones, además tengo un marido que me llena.

Me di cuenta que Belén no quería dar por zanjado el tema y aquel intercambio empezaba a divertirme, hubiese querido levantarme y besarla, pero... Vestía una camisa de seda roja, se le apreciaban presos por el sujetador unos pechos en reposo pero vivos, unos jeans negros pegados a sus caderas femeninas pero poderosas a la vez, y un culo respingón, parecía una recién separada buscando novio.

—No, tranquila no me has incordiado para nada más bien todo lo contrario.

—Reconozco que ahora no te sigo.

—¿El cumple y llena tus fantasías? pues fantástico.

—Los dos sabemos muy bien lo que desea el uno del otro y nos lo damos.

—¿Estás segura? si las miradas hablasen —dije sonriéndome

Me miró fijamente durante un espacio de tiempo.

—Sí, claro, pero desde luego no te sigo a que te refieres.

Si dejaba ir mis pensamientos podría salir mal parada del asunto, pero... continué.

—Cuando, Víctor viene a buscarte y coincidimos de salir al mismo tiempo o yo salgo antes, es muy amable conmigo y la verdad también me hace unas buenas miradas, no te has dado cuenta al igual quiere algo conmigo....

—¿Qué has dicho?

Me da cuenta que se tensaba y empezaba a crisparse, pero no quería perder esa oportunidad única. Me divertía su indignación

—Dijiste que te llena toda, ¿seguro?

—Si

—Permíteme tener mis dudas, seguro que te debe llenarte bien la boca cuando se la chupas, ¿pero le dejas que te llene también el culo?

—Desde luego no pienso responderte, es un tema muy personal y creo que te estás pasando de la raya.

—Tu respuesta, me hace pensar... ¿Crees que tu marido querría que él, tú y yo...? , porque desde luego a mí no me importaría que me enculara, siempre y cuando tu estuvieras delante, mientras podría comerte el coño que lo debes tener sabroso y muy delicioso.

—¿Que has dicho? ¿De veras piensas lo que dices?

—Es muy excitante ver lo nerviosa que te pones, parece que mi oferta no te ha dejado indiferente.

Se alzó intempestivamente.

—Eres una grosera, ahora entiendo que tu soledad sea muy aburrida y solo tengas el placer de masturbarte pensando en estas cosas.

Saliendo cerró de un portazo. Nefasto lunes.

Al día siguiente, nada más entrar.

—Por favor, Belén te pido perdón por lo de ayer, creo que me pase.

—Estoy pensando si podre perdonarte la ofensa de ayer, te pasaste un montón.

—Ódiame, pero nos conocemos desde hace mucho tiempo...

—Tú también tienes que perdonarme, no tengo derecho en entrometerme, eres libre de hacer con tu vida lo que quieras incluso de tener tus sueños.

—Quizás sí, pero...

De pie frente a mí todo el tiempo, y ante mi sorpresa, me cogió la cabeza con sus manos dándome un beso en los labios.

—Bueno tampoco fue para tanto, continuaremos siendo amigas ¿no? Vamos a tomar un café —Ver la cara de Belén haciéndome ojitos al final me hizo sonreír, me encogí de hombros y murmuré.

—De acuerdo. Tú sabrás lo que haces.

El resto de semana con Belén transcurrió normal, lo que me tenía desconcertada era la ausencia de Elsa, incluso de las reuniones, sabía que en ocasiones estaba de viaje, me propuse no agobiarme y la verdad es que no indagué el motivo.

Normalmente los viernes por la tarde hay poco personal en las oficinas, es libertad de cada uno quedarse después del mediodía, yo tenía trabajo y decidí quedarme.

La encontré en la sala de descanso tomándose un café. Al verme sonrió feliz.

—¡Hola! No esperaba verte aun aquí, te iba a llamar por teléfono.

—De hecho ya me iba, solo me falta recoger un par de cosas y apagar el ordenador.

—¿Te espero en mi despacho, por favor?

Cuando entré en su despacho, estaba sentada, con una mirada de lo más traviesa… Se puso de pie y cerró la puerta con seguro.

—¿Estás bien? —Me pregunta

—¿Qué es lo que quieres?

—Te deseo, te deseo tanto... —mientras me besaba efusivamente.

—Aquí en tu despacho es peligroso.

—Lo sé… Lo sé… pero es excitante ¿no te parece?

—Te gusta el peligro, ¿verdad, preciosa?

—Por favor...

—¿Es esto lo que quieres? ¿Es esto lo que deseas? Mientras colocaba una mano sobre la falda por debajo de la cintura. Debes estar ya mojada…

—¡Dios, sí!

—Sí, ¿qué? quien soy yo

—Sí, tú eres mi ama

La hice inclinarse sobre uno de los sillones del despacho, y le levanté la falda por detrás, llevaba un tanga de hilo.

—¿Me puedes explicar qué esto, que has hecho? mientras le daba la vuelta y le mantenía la falda levantada y tiraba de la parte delantera del tanga.

—No te gusta... —En mi cara pudo ver la contrariedad ante mi sorpresa, se había rasurado completamente.

—Pero... ¡no te gusta! —Casi lloriqueando.

—Cállate... Yo no te he pedido que lo hicieras, ni te imaginas como me gustabas de aquella manera.

—Perdón ama, es verdad, tendría que habértelo dicho y pedir permiso —La verdad se le notaba disgustada.

—No se te ocurra hacer nada más.

—Ama, hare lo que tú me ordenes, castígame si crees que me lo merezco —Se puso a lloriquear.

—No me llores como una niña pequeña —A continuación rebusque dentro de los cajones, para encontrar lo que quería. Le desbroché la camisa y tirando hacia arriba del sujetador, aparecieron tersos sus pechos.

—Esto es un castigo, ¿recuerda? No es una venganza, pero no voy a darte lo que quieres a la primera de cambio.

Cogí dos pinzas de las que sirven para sujetar papeles y se las coloque en los sonrosados pezones. Agitada, azorada, se movió y jadeó temblando, mordiéndose el labio inferior para no chillar.

—Dime cuánto me deseas.

—Mucho… mucho… mi ama.

—Date la vuelta —Con la respiración acelerada, obedeció, mientras la agarraba por la coleta con fuerza.

—Levántate la falda y agáchate —le exigí con rudeza.

Su respiración era siseante y entrecortada mientras se agachaba. Se volvió para mirarme, con los ojos brillantes, quizás confundida, mientras se levantaba la falda hasta la cintura, dejándome las nalgas al aire. En respuesta, tire del pelo y le obligó inclinarse sobre el escritorio. Paseé mi mano derecha entre sus muslos, le toque la húmeda vagina, y mis dedos se impregnaron de sus jugos a la primera pasada por su sexo. Le golpeé el trasero un par de veces en cada nalga con un gesto juguetón, y colocando la punta del dedo pulgar sobre un tembloroso ano y la palma de la mano sobre el resto.

—¿De quién es esto?

—Todo tuyo, mi ama.

—¿Con qué propósito?

—Cualquier propósito que tú quieras, mi ama.

—¿Y tú, como quieres gozar?

—Acaríciame por detrás, como a ti te gusta hacérmelo, hazlo por favor.

—No me des órdenes… vete mentalizando de que las órdenes las doy yo —, mientras le golpeaba de nuevo el trasero.

—Sí, mi ama.

Sin mucho esfuerzo por la humedad, estaba cálido, suave y tan estrecho, y empecé a bombear en el interior de su ano con el dedo pulgar. Se mordía el dorso de la mano para evitar gritar, el resto de los dedos unos frotaban los labios y otros dentro, y cuando aprecié que sus músculos se contraían, me aparté. Golpeándole de nuevo las nalgas. Le da la vuelta, la incorporé y ataque su boca despacio. Saboreándole sus labios hasta que la tormenta amainó, y ella quedó laxa entre mis brazos.

—¿Estás bien? —susurré. Ella asintió en silencio, sonriente, levantó la cara de mi pecho y me acarició la mejilla con una de sus manos. Le ordené sentarse en uno de los sillones, con la falda levantada y bien abierta de piernas. Obedeció sin rechistar. Aprecié por la expresión de su cara alivio cuando le retiré las pinzas de los pezones, los tenia rojos por la presión, se los besé suavemente, mientras pasaba una mano por entre sus muslos.

—¿Aún estas mojada? —Creyó que me disponía a retomar lo que no habíamos terminado, pero ante su sorpresa me aparte.

—Tú misma mastúrbate y nada de orgasmos hasta que yo lo diga —Sentencié

—¡No, por favor, ama! ¡No voy a poder!

—Claro que podrás.

Se estuvo masturbando y tocándose el clítoris durante más de diez minutos, parando cuando notaba que estaba a punto de alcanzar el clímax. Sollozaba, y rogaba desesperada por correrse. Finalmente se agarró del sillón como un gesto de no poder ya más.

—Muy bien, Elsa… muy bien, creo que te mereces un premio —Me arrodillé, me puse entre sus piernas y con mis dedos en sus labios vaginales, se los abrí, dejando el clítoris totalmente expuesto, paseé mi la lengua por su vagina abierta, y cuando la posé sobre su clítoris. Cerró los ojos y todo su cuerpo tembló.

Cuando salí, las empleadas de la limpieza empezaban su trabajo por aquella zona.

—Esperen un poco en hacer este despacho, la señorita Elsa está terminando unas tareas y no quiere que la molesten.

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