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Sobrina, derecho de pernada y sexo anal

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Esta historia es un relatado sin filtro, en carne viva, el pecado a flor de piel, ser padrino en su casamiento habilita al derecho de pernada. Estar indispuesta la excita, el tampón no fue obstáculo para consumar el sexo con mi sobrina.

En el sexo vale todo, es una verdad que ni admite la mínima duda, en las tentaciones eróticas nunca somos inocentes, cuando el sexo y la pasión comienzan a repartir las cartas todo es posible, son las alternativas a que nos vemos expuestos cuando dejamos que nuestras debilidades sean protagonistas.

Esas debilidades, errores o falencias pueden llegar a comprometernos y hacernos pisar la trampa que nos condene al pecado mortal de las relaciones intrafamiliares, pero la carne es débil y la tentación por el disfrute de las pasiones prohibidas muy fuerte.

Ana transita unos gloriosos veintipocos años, obviamente los datos sensibles fueron alterados el resto totalmente auténtico.

Con ella tenemos la mejor onda, tan así que me había pedido fuera uno de los padrinos de su casamiento, se presentó una tarde en mi oficina para buscar una solución al problema de haberse excedido en el gasto de con la tarjeta de crédito, sobre todo para que su marido no la descubra.

En verdad este favor había sido también un intercambio de favores, yo cubría la tarjeta, ella olvidaba haberme descubierto saliendo de un hotel con mi cuñada. Cruzado el límite de la complicidad, de tal modo que podíamos hablar de todo sin pudores, supo que estaba “atendiendo” las necesidades insatisfechas de mi cuñada.

Ella justifica la infidelidad, diciendo que cuando una mujer está necesitada cuanto mejor hacerlo con alguien de confianza que le asegure una buena “atención” y sobre todo la discreción. – Sé que si te cuento algo bien privado, no saldrá de este cuarto.

- Te lo aseguro que lo que digas se queda acá.

Con mucho de pudor desgrana una letanía de pesares domésticos hasta debocarse en el llanto producido por la insatisfacción sexual. Que mi sobrino está más en sus problemas que en brindar la atención que ella necesita, ni en cantidad y mucho menos en calidad, transita duros momentos de abstinencia forzada y cuando consigue atenciones no llegan a conseguir ese orgasmo tan necesario. Por las noches no puede sino pensar en la imagen la resplandeciente de mi cuñada.

El abrazo contenedor fue lo menos que podía hacer por ella, sus pechos frotándose contra el mío, su cuello busca el contacto con mis labios, la pasión enturbia la razón, el pecado cubre todas las salidas.

- Ahora le estoy hablando al padrino (de casamiento), no te compadeces de esta pendeja, como para darle un poco de atención? Si no me ayudas en esta situación, tendría que buscarme a un tipo para que lo haga, quieres eso?

- Pero cómo crees que…

- Pues como le “diste” a tu cuñada, pensé que... Qué tiene ella que yo no… y además 25 años menos…

- Hmmm, no sé…

- Déjate de palabras huecas, sé bien que me tienes ganas, lo pude sentir en el abrazo que me das, siento tus manos húmedas y la calentura a flor de piel, yo tengo ganas y… entonces… serías tan desalmado como para dejarme buscar en un extraño la satisfacción que me niegan?

En pocas palabras puso todo en su lugar, no dejó espacio para dudas, su energía perturbadora moviliza mis instintos más primarios, su personalidad es un continuo desafío a la transgresión. Harto difícil sustraerse al encanto y seducción puestos para conseguir sus objetivos.

El deseo nos había lanzado al ruedo, descubierto el lado más oscuro de la tentación, los besos más obscenos fueron consumieron el resto de la prudencia.

Los abrazos pletóricos de deseo por consumar ahí mismo, a como diera lugar. Mis manos y mi boca buscaron las tetas con la ansiedad del caminante del desierto busca el oasis, desmedida oferta me brinda uno en cada mano, el fruto prohibido durante tantísimo tiempo, ahora víctimas estrujadas y mamadas urgentes.

La mamada impiadosa hace estragos en sus ganas reprimidas, lamidas y mamadas consiguen atravesar los últimos vestigios de prudencia. La succión excede el control, nada más existe que dejarnos consumir por la pasión que devora los sentidos.

El sofá fue testigo de una prodigiosa revolcada, sus pechos habían incentivado el deseo, la calentura nos consume en la hoguera de todos los pecados. Extraerlo del encierro, liberarlo, bajarme el pantalón e hincarse entre mis piernas fueron los movimientos, sabios y precisos de una mujer caliente y conocedora de las necesidades de un macho ardiente.

Ella busca alivio a la dolorosa erección, amorosa caricia, encerrarlo en su boca y succionarlo hasta el último aliento. No deja de mirarme a los ojos, sabe cómo gratifica estar pendiente de las sensaciones, comienza una sesión de caricias bucales, envolviendo con su lengua y robándose esas primeras gotas de la incipiente calentura. Disfruta de la mamada, su mano libre frota su entrepierna agitándose al ritmo del sexo oral.

La vorágine de la calentura aturde los sentidos, la lujuria nos catapulta al estado alienante de no poder dominar la excitación. Vanos intentos por sacarle el miembro, su mano sostiene el testimonio de su propia calentura, como puede me indica que no me detenga, que siga moviéndome, que necesita sentirme en su boca.

- Ufff, por favor, no te detengas, sigamos, quiero, quiero…

Tomada de la nuca comienzo a moverme en su boca, ella sigue frotándose, la curva de la excitación alcanza la cima de la parábola, el momento supremo de calentura sube al topo de, los primeros latidos de la descarga se transmiten. La eyaculación se produce imperiosa, urgente y expeditiva, el ahogado gemido brota genuino y aliviador de la descarga, abundante dentro de la boca de Ana.

La descarga directa en la garganta, sin escalas, los chorros siguientes derramados sobre la lengua.

La expresión de la muchacha agradece el derroche de energía vital, la lengua rescata el último resabio de la descarga seminal, saborea ese último vestigio de semen.

Arrodillada, entre mis piernas, enderezó su espalda, necesita ver el efecto de su mamada, disfrutar el goce de su hombre. Recuesta su cara sobre el miembro, comparte la vigilia del disfrute arrollador de una profusa y satisfactoria eyaculación.

Mientras la muchacha pasa al baño para higienizarse, me quedo en calzoncillos, voy por un par de cervezas que mitiguen el acalorado primer round.

El momento de relax permite el mayor acercamiento físico e intimista, ella comprende lo complejo de la situación pero también recurre a que soy su única alternativa, de otro modo tendría que salir a buscar consuelo fuera de la casa, por eso dentro de la familia y con discreción nadie se entera y todos en paz.

El estado de excitación, lejos de amainar con esta descarga, había incrementado, la desnudez de torso y el contacto con sus terribles pechos habían subido la carga de testosterona, sus inquietas manos me habían desnudado, los cuerpos dispuestos y las ganas de sexo colmando los sentidos.

Me había estado acariciando y el miembro retomado la erección como nunca, estaba esperando que se deshaga de esas calzas de lycra tan ajustadas como una segunda piel, que realzan el contorno firme de su culito con forma de tentadora manzana. Entendía el lenguaje soez de las miradas y con algo de tristeza dijo:

- Es una pena estar indispuesta, sobre todo con esta pija tan gordota que me pone loquita. Esta situación es cuando estoy más excitada, la mamada aumentó el deseo, aún me faltan dos días pero… si te animas… podemos superar esta contingencia… Que la mamada no sea la única opción, tenemos esto! (palmeó la nalga) que no pierdes ocasión para desearlo, verdad?

- El que calla otorga, dicen. No callo, sí me gusta pero… cómo hacemos…

- Bueno, eso es algo más delicado, por la poca experiencia y por esto (rodea con su mano) es bien gorda y debe doler, pero si eres cuidadoso y con un poco de crema…

- Hmmm, me tientas mucho como para negarme. Sí a todo lo que digas! Quiero comerme esta manzanita, llenártela de leche. Pero cómo hacemos?

- Mamita vino preparada para todo, recién pase al baño para cambiar el tampón, en la cartera tengo un gel íntimo que me ayudará a soportar esta deliciosa poronga (caricia y beso).

Sin más preámbulos se desnudó, un culo de campeonato, firme y durito como pocos, acariciárselo y besarlo me ponía loco, contener las ganas de morderlo para no dejarle marcas era lo difícil. Nos revolcamos en sofá, quedando con las ganas de un 69, mamar sus tetas y dejarme mamar la verga era lo máximo, con el deseo a flor de piel acomodó su cuerpo sobre el apoyabrazos, un almohadón suplementario eleva el ángulo de su culito para tener una situación óptima de monta y depredar el apetitoso culito.

Un poco de gel sirve para ir haciéndole el hoyo, un dedo llevó el lubricante dentro, jugarle hasta que dos fueron el límite, ternura de caricias y juegos de metisaca seducen y excitan, sus caricias y mamada previa la confianza para aguantar a este macho. Puerteando en el hoyo anal, hasta embocar la cabezota justo en el centro, una bocanada de aire de Ana da el respiro justo para entrarle todo el glande, la pausa para que se acostumbre al intruso me retiene a medio camino.

Sin esperar comencé a moverme despacio, avanzando al compás de sus gemidos, cuando en el último envío llegué a meterla del todo. La queja indica cuánto siente el miembro, el grosor dilata el esfínter, las caricias y el juego de metisaca van relajando los músculos, la fricción vaginal enturbia la sensación de dolor, cambiar el switch a placer. Sus manos trabajan frotándose la conchita, mis manos adheridas con firmeza a su cintura, me permiten tener actividad y movimiento de penetración constante.

Los movimientos de vaivén crean el espacio lúdico del goce, esconde las molestias de la desarmonía de tamaños, sacudiendo sus caderas acompaña el ritmo de la sodomización. La calentura me puede, la prudencia y delicadeza quedan relegas tras el avance de la lujuriosa cojida. Su ano es una increíble fuente de placer, sabe manejar el esfínter como pocas mujeres, dilatarlo en la salida, apretarlo tanto en el ingreso arrollador.

Sentir las delicias de penetrar en su recto es una experiencia para recordar, las quejas y gemidos la maravillosa música que pone marco al placer sin límites. – Cómo vamos princesa?

- Cerca, cerca, bien cerca. Apura, no pares, rompe el culo de tu puta!

Sus palabras incitan, nos pusimos en sintonía, empujando con la violencia del descontrol, apretándola fuerte y mandársela hasta el fondo. No falta mucho para llegar, un último empujón fue suficiente para eyacular en el mejor culo del planeta.

Los sucesivos embates fueron los que colmaron de semen el estrecho conducto. Despacio fui desocupando el oscuro recinto, un peculiar sonido y burbujas de semen despidieron el forzado alojamiento.

Las piernas temblando por el esfuerzo emotivo de hacerle el culito, quedé apreciando los latidos que dejaron escurrir el espumante semen arrastrado por la cabezota.

Después de higienizarnos, una última cerveza antes de retirarnos, los arrumacos y mimos volvieron a recrean el ambiente erótico, el roce con sus nalgas incentiva el deseo, sentirme nuevamente al palo la excita, tanto para exigirme:

- No te puedes ir de este modo, esta calentura me pertenece. Vamos no te hagas rogar… estás tan caliente, dámela, dámela.

De un manotazo le hice lugar para volcarse sobre el escritorio, bajé la calza hasta las rodillas, el culo volvió a ofrecérseme, expedito, listo para recibirme. La dilatación previa y los restos de semen facilitaron una entrada de un solo golpe, a fondo, sin prevención, no para de exigir acción, disfruta la procacidad y las palabras obscenas, todo suma para ofrecerse y deleitar a su hombre.

- Vamos, vamos, rompe el culo de tu puta, dale pija a tu yegua, monta y hazme el orto!

- Así, así, te gusta (empujando todo), te lo voy a dejar todo roto, por puta!

- Vamos, cabrón monta, lléname, dame mi leche!

Entendía como ninguna el placer del hombre, sabía que cuando no se puede por el acceso principal, bienvenido es recibir por “colectora”. Sus deseos fueron complacidos, una profusa acabada fue el final a toda orquesta de nuestro primer encuentro, la corrida triunfal se lo dejó bien abierto y llenito de semen.

Subió la calza y la bombacha llevándose la leche de su macho, nos despedimos con la formal promesa de volver por más, por delante y sin condón.

Este encuentro coronó un deseo latente desde el mismo momento que nos abrazamos, ambos sentimos que ser su padrino de casamiento era en cierto modo condición que habilitaba para lo que en la antigüedad se llamó el derecho de pernada, en esa ocasión ambos jugamos con esa fantasía, ahora la realidad hizo que el juego fuera real.

El Lobo Feroz tuvo su caperucita, también me gustaría conocer de alguien que hubo transitado situación parecida, si quieres contarme estoy en: [email protected] para compartir mi experiencia.

Lobo Feroz

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