Infidelidad

Un Poco de Ayuda Humanitaria 1era parte

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RESUMEN

Hana, una bella mujer casada, cae en las garras de un muchacho de color necesitado, y bribón de ocasión, que pondrá en riesgo la relación con su esposo y llevará al matrimonio al límite de lo inmoral.

Un poco de ayuda humanitaria ©

G.O. Tigers , Ludo Mentis ®

 

***

… “¡¿Aquí en la privada?!”.“¿Con los Méndez?”. “No, tú sabes que no es eso Jan., no es que sea racista ni nada pero no es algo que me esperara”.  “¿Cuántos años dices que tiene y que o como hicieron para que lo dejaran entrar al país?”Recordaba  como apenas dos meses después de la tragedia que cimbrara hasta lo mas profundo de aquella isla Ernesto le había soltado aquel rosario de preguntas a su esposa Hana al enterarse que sus vecinos habían acogido en su hogar al joven muchacho de color.

Hana o Jan como más habitualmente la gente la conocía ,a sus 35,  esposa de Ernesto de la Riba, madre de un pequeño ya próximo a celebrar con cuatro velitas en el pastel un nuevo cumpleaños que atestiguaba las bendiciones y felicidad de sus siete años de matrimonio, era toda una revelación por si misma.    A pesar de la imagen que en tierras occidentales se tiene de la insulsa mujer japonesa, delgada sin gran cuerpo y actitudes pueriles o extrañas para nuestras idiosincrasias, era la antítesis de aquellas representaciones a donde quiera que iba y hacía girar las cabezas de todos cuantos la miraban y se embelesaban con ella.

Con su cabelló oscuro, escasamente ondulado que como una corta cascada llegaba poco debajo de los hombros y aquel rostro angelical que apenas rememoraba algunos cuantos vestigios de la herencia nipona de sus padres que aún habían regado en su cuerpo digno de ocupar la página central de cualquier magazine, o como también algunos que la conocían, a veces a espaldas de ella o de su marido, se referían a ella como “El sueño oriental húmedo”., en verdad era una visión digna de atesorar en la mente. 

Gentiles los finos rasgos de su rostro y fina anatomía femenina de la que resultaba imposible no distraerse a mirar los generosos pechos de copa C que enseñoreaban su tentadora presencia tanto como las amplias caderas y el llamativo trasero que contrastando con la increíblemente breve cintura de ella, misma que no obstante haber concebido a un pequeño maravillosamente se mantenía aun como la de una quinceañera en edad de colegio, e incluso era la envidia de algunas de sus vecinas, amigas y compañeras, quienes cuando en la  oficina notaban como la miraban sus jefes o por algún inocente descuido se agachaba ella a recoger algo del piso únicamente doblándose por la cintura en vez de doblar las rodillas como se suponía que eran las castas costumbres del tradicionalista país de sus padres, habían llegado a comentarle:   ¿Y tú olvidaste tus buenos modales en Japón Jan o tus papás no te enseñaron Janita?...   Pobre de tu marido…  ¿Que será peor para él?., ¿verte agacharte por delante o cuando te doblas así y te ve por detras?...   Si el pobre viera como se le salen los ojos al jefe cuando vienes con esas falditas y él no puede dejar de mirarte el cabus…

Aparte de todo aquello y los casi 95 centímetros en la parte mas ancha de su anatomía, el resto de ella, especialmente el cerebro era otro de sus mejores atributos de esta bella Hana del Oriente que haciendo precisamente honor a su nombre, Flor., graduada como primera en su clase de economía, y ahora ejerciendo el puesto de supervisora de procesos de calidad para la empresa, en si misma toda ella era el mejor patrimonio tangible de la empresa en la que trabajaba, y un codiciado bocado siempre en disputa por los tiburones empresariales, que sin importarles que estando casada ella los rechazara una y mil veces.    No obstante Hana no diera otro motivo más que su misteriosa y encantadora belleza, los hombres simplemente no podían resistir insinuársele cada vez que podían aunque ella continuara negándoseles para seguir siéndoles fiel a su esposo y su hijo.

Poco importaba que aunque en condición general Ernesto no estuviese tampoco del todo mal, aquejado recientemente por los efectos del alopurinol que para contrarrestar los ataques de gota que se habían sucedido de manera frecuente  en sus articulaciones, de forma colateral hubieran  reduciendo notoriamente su libido, causando con esto también que el sexo entre ellos hubiera disminuido drásticamente durante los pasados seis meses.   Situación que sumándose a una vida sexual que si bien, antes de que se agravara la condición del marido de la japonesita no podría considerarse como insatisfactoria para ninguno de ambos tampoco hubiera podido decirse que durante los años posteriores al nacimiento de su pequeño fuera la más candente o propia de los maratones sexuales que durante algún tiempo sostuvieron al inicio de su relación amorosa.

Al punto que luego de que iniciasen los repetidos ataques de gota, las relaciones sexuales entre el joven matrimonio eran tan esporádicas en grado tal que pese a la condición siempre latente de insatisfacción que Hana había comenzado a mostrar, cada vez que Ernesto conseguía sostener una erección como las de antes de que se casaran, estando ella siempre dispuesta a recibirlo dentro de su receptivo cuerpo, sin importar cuán húmeda y excitada pudiera encontrarse, experimentaba problemas para acomodarlo placenteramente entre sus piernas.  Situación que lamentando un poco su frustración en silenció ella,  aunque no se lo reclamaba de ninguna manera, sino que por el contrario, al sentir como su cuerpo batallaba para recibirlo y recibir el mismo nivel de placer que antes él le entregara, gustaba de hacerlo sentir como todo un campeón y encomiarlo a que la poseyera utilizando todo lenguaje que conociera para decirle lo bien que se sentía ser penetrada por él,  y entre lloriqueos y gemidos que sabía que a él le gustaba escuchar, alentarlo a que la penetrara, diciéndole lo mucho que disfrutaba experimentar aquella sensación que surgía desde  lo más íntimo de su pequeña persona al ir avanzando él con su miembro distendiendo de paso a pasito las empapadas paredes de su amoroso canal vaginal.

Para Ernesto sin importar que ahora cada vez que lo hacían, él tuviera que usar condón para protegerla de la posibilidad de un nuevo embarazo, aquellos estremecimientos que con sus poco más de 13 o 15 centímetros de masculinidad causaba en su esposa al avanzar dentro de ella mientras la veía abrir los labios para resoplar entre gimoteos que lo amaba y la hacía sentir toda una reina al empujar la cabeza de su pene pasando los delicados labios de la feminidad de Hana, simplemente lo volvían loco de felicidad cada vez que conseguía penetrarla como antes lo hacía, aun cuando ahora al hacerlo se interpusiera entre ellos aquella capa de latex que los separaba y se lo hacía más difícil.  

Habían intentado ya otros medios como pastillas de diversas marcas que siempre causaban efectos secundarios como repentinos cambios de ánimo y nauseas que, siendo el caso que su vida sexual había disminuido al nivel que ahora tenía, simplemente no resultaba correcto o necesario que ella también padeciera de estos si aunque a él le hubiera gustado poder sentir siempre la tibia humedad del cuerpo de ella plenamente en contacto contra su pene excitado,  pese a que fueran marido y mujer con el uso de un simple condón de vez en cuando todo se solucionaba.

Así, queriéndose y adaptando la vida a sus circunstancias habían continuado viviendo el momento hasta que poco después de mediados de marzo a la casa de los vecinos llegó el muchacho que estos habían acogido para darle refugio en su hogar.

Aparentemente escasos tres meses después de que, cómo parte de aquella ayuda humanitaria René llegara a vivir a la privada lo que realmente era y había sido su vida en la afectada isla comenzó a revelarse cuando a sus dieciocho años empezó a faltar a clases en el colegio que lo tenían inscrito los Méndez, atemorizar a los compañeros menores y pelear con los hijos de algunos de los vecinos, o si se daba la oportunidad de no haber ido a la escuela, convivir con coterráneos que con sus mismos problemas, en vez de aprovechar la oportunidad que se les estaba dando para rehacer sus vidas, romper el cristal de algún auto para hacerse de dinero fácil con el que costearse sus vicios. 

E incluso peor que todo lo anterior resultó que, quizás debido a lo extraño que una belleza tan misteriosa y ajena a las que pudiera haber conocido el muchacho en su isla natal, sin poder evitarlo o siquiera mostrar disimulo en la atracción que le producía la frecuente cercanía con la menuda y grácil figura de Hana, empezó a insinuarle constantemente lo mucho que le gustaba, aun en presencia de sus mentores y el propio Ernesto que no tardó en darse cuenta del modo en que siempre lo sorprendía intentando mirar dentro del escote de su esposa.,  o lo mucho que sin percatarse ella de nada , el chico no dejaba ver todo lo que podía de sus piernas y formas que se sugerían bajo las faldas que veces Hana se ponía.     Hasta que un buen día suponiendo que nadie aparte de ella lo oiría,  con su acento entre africano y francés que aparentemente sólo medio digería el español, la llamó su “chinita nalgona con pechos de vaca”.    Y al notar que ella en vez de amonestarlo, siquiera alzarle la voz para regañarlo o mucho menos decírselo a nadie para que lo reprendiera o se aprestara a ponerlo en su sitio para que no volviese a pasar de la raya, simplemente se sonrojó apenada de la comparación a la que creía que había dado lugar.

Y es que no obstante los dos sean islas, terremotos o no.,  Japón y Haití son dos mundos casi paralelos en los que para los de raza oscura lo misma da amarillo que blanco,  si chinos y japoneses tienen los ojos rasgados…

* * *

A partir de esa tarde en que la joven madre del hijo de sus vecinos no reaccionó de otra manera, cada que podía el amañado muchacho buscaba la manera de intimidarla con toda clase de humillantes comentarios referentes a la corta estatura y por demás evidentes atributos femeninos de la mujer que con los cabellos de la corona escasamente alcanzaba la altura del cuello del maleducado hombretón. Y comenzó a decir y mascullarle cosas cada vez mas perturbadoras.

“¡Ya verás tú un día putona japonesita!…   ¡Cuando pruebes tú la cabezota del garrote de negro de René, ya no querrás más nunca que tu marido te coja con ese lapicito que tienen para darte en tu cosita cuando te coge en la cama de ustedes!”    En un retorcido español le soltó el depravado comentario que la hizo enrojecer por completo y a punto también estuvo de ocasionar que contrario a la habitual discreción aprendida de sus ancestros, la aturdida esposa de su vecino fuera a decírselo a éste para que de una buena vez y por todas lo pusiera en su sitio o incluso tal vez hablándolo con sus tutores vieran la posibilidad de enviarlo a vivir a otro lugar.

 

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