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La vecina madura de mi abuela

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Al principio sus dedos buscaban mi miembro. Una vez hallado, la planta de su pie se apoyó sobre él y comenzó a masajearlo con gran profesionalidad

Comenzar a escribir este relato ha representado para mí todo un reto, y digo un reto pues con él demuestro abiertamente que he sido infiel a una persona a la cual quiero mucho, mas, por otra parte, este acontecimiento ha marcado un antes y un después en mis experiencias sexuales y no podía conservarlo en mi memoria sin más; así pues he decidido compartirlo con vosotros por su morbosidad (al menos la que representó para mí) y que el tiempo sea mi juez.

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Mi abuelo, que en paz descanse, fue un ciudadano bastante acaudalado gracias a sus negocios inmobiliarios; para mí desgracia mi padre era, de los cuatro hermanos, el más marginado. Sus otros hermanos siempre obtuvieron el apoyo de mi abuelo, sin embargo mi padre jamás fue visto con buenos ojos por más años que pasaron; y ni siquiera yo, heredero de su nombre y forma de ser, tuve el más mínimo hueco en su corazón. Siempre he desconocido los motivos, el silencio de mis padres ha sido sepulcral en todo momento, así pues los contactos con mis abuelos paternos han sido pocos, tan escasos que podrían contarse con los dedos de una mano.

Pero algo cambió. Pocos meses tras la muerte de mi abuelo, su mujer (es decir mi abuela) tomó más contacto con esta cuarta parte de la familia. A pesar de ello mi padre y mi madre siempre renegaron de tomar contacto nuevamente, y yo, por supuesto, debía hacer lo mismo.

En fin, yo había pasado muchos años sin ver a mi abuela, incluso no le hice demasiado caso durante el velatorio y el entierro, fue todo hipocresía. Por lo que se ve mi abuela había decidido preocuparse por su nieto, de igual nombre al que fuese su marido y con sus mismas ideas, pensamientos, forma de ser, etc. En mi cumpleaños tuvo la osadía de llamarme por teléfono e incluso enviarme algo por correo. No se personó con aquel increíble regalo (que prefiero omitir aquí), pero al menos tuvo el detalle.

Creo que transcurrieron un par de meses más hasta que mi mente comenzó a maquinar un plan: si se encariñaba conmigo quizá podría conseguir que parte de la herencia, el día de mañana, fuese a parar a mis bolsillos o a los de mi padre. A tal fin decidí aprovechar la semana de vacaciones como motivo de la feria de la ciudad para ir a visitarla en su suntuosa casa de la costa que yo recordaba vagamente. Es una casa de tres plantas, un desván, garaje, una piscina con césped alrededor... y todo ello bordeado por muros de setos verdes. Junto a la casa había otra más formando así una manzana perfectamente rectangular.

Evidentemente mi abuela no vivía sola, tenía una criada peruana que limpiaba, cocinaba, etc. Cuando llegué a la casa con idea de pasar esos pocos días de verano con ella vi que todo seguía igual, excepto por la presencia de mayor número de coches alemanes en la cochera junto a la entrada. Las mismas rejas negras, las mismas hamacas, las mismas sombrillas y la misma criada (un poco más vieja, eso sí).

Una vez crucé el umbral del patio, me disponía a avanzar por el caminito empedrado que llevaba de la puerta del jardín hasta el porche de la casa misma, cuando mi abuela apareció y se dirigió enérgicamente hacia mí con los brazos abiertos. Me estrujó entre los mismos y me comió a besos. Se trata de una mujer de unos setenta años, pelo blanco, ojos azules, oro por todas partes (incluso en un par de dientes), de figura normal y muy sonriente.

Todo transcurrió con normalidad: almuerzos, cenas, diálogos estúpidos, etc. Mi estancia allí durante el primer día fue de lo más normalita e hipócrita, pero debía conseguir mi objetivo. Mi plan de actuación estaba trazado, pero no contaba con un factor imposible de predecir.

A la mañana del segundo día me levanté algo más tarde que de costumbre, quizás debido a las horas de coche o a la incomodidad de la situación. Lo primero que hice fue acicalarme un poco, la criada me dispuso una serie de toallas para mi uso durante la estancia (sólo faltaba el caramelito encima de la almohada). Utilicé el baño de la primera planta (en el sistema español sería la segunda) y luego bajé a saludar a mi abuela que encontrábase tumbada en una de las hamacas, próxima a la piscina.

Mientras me acercaba distinguí otra figura, recién levantado nunca me pongo las gafas así que me costó desentrañar su imagen. Era una mujer de poco más de cuarenta años, pelo liso, corto y castaño, algo más rellenita que mi abuela, con las manos cubiertas de oro, vestida de blanco y con una espesa capa de maquillaje que le cubría todo el rostro. Me paré en seco y di los buenos días lo más cortésmente posible. Mi abuela me presentó a su vecina, ella se levantó de su lugar en la hamaca, me dejó sus labios rojizos marcados en ambas mejillas y volvió a sentarse mientras hacía un escrutinio de mi figura bajo sus gafas de sol de montura también blanca.

Me retiré con la excusa de ir a desayunar algo y buscar mi bañador. Una vez en la cocina abrí la nevera en busca de algo que llevarme a la boca sin atender a la presencia de la criada. Mi costumbre era servirme yo mismo y eso hice. Mientras contemplaba la bien poblada nevera me di cuenta, aunque tarde, de que tenía mi miembro erecto (suelo levantarme con ese estado de ánimo) y que muy probablemente aquella mujer se había fijado en ello. En fin, de todas formas no le di demasiada importancia, probablemente no la vería más.

Tras comer algunas palmeras diminutas y un gran vaso de leche, bajé nuevamente a la piscina con la intención de bañarme, olvidando por completo mi descuido durante el anterior encuentro. Por suerte mi vecina y mi abuela habían desaparecido, así que me tiré buena parte de la mañana en la piscina. Estaba a punto de abandonarla cuando vi salir a la peruana, probablemente a hacer la compra (¡la nevera estaba llena!). Al abrir la puerta se cruzó con mi abuela y su amiga que volvían. Ellas entraron y se dirigieron a la piscina. Yo me hice un poco el loco y me fui dentro de la casa para evitar más miradas de aquella mujer. No es que su persona me desagradase, incluso diría entonces que para su edad estaba muy bien, daba cierto morbo, pero mi presentación no había resultado ser de lo más acertada.

Salí mojado mientras me excusaba. Fue otro error porque llevaba la bermuda pegada al cuerpo como consecuencia del agua y se me marcaba nuevamente el paquete. Sin duda alguna aquello no había pasado desapercibido para el ojo escudriñador de aquella dama. Tras un leve suspiro entré en la casa, dejé mi toalla colgada y me dirigí al baño de la planta baja. Este era el más grande y mejor decorado. Entré y me dispuse a orinar cuando, casi sin darme cuenta, noté un aliento en mi cogote, luego un par de enormes pechos que se apoyaban en mi espalda y una mano arrugada, de uñas largas y pintadas de blanco y cadenas de oro colgando, que agarraba, como si de una presa se tratase, a mi miembro a punto de orinar.

Mi miembro, lánguido, pequeño y falto de excitación comenzó a ganar tamaño y rectitud al moverse aquella mano masturbadora. Rápidamente mi miembro alcanzó su mayor longitud y pude notar hasta la más mínima arruga de la mano, dedos realmente experimentados, ligeramente tostados por el sol y... ¡las uñas blancas! Quise mirar hacia atrás pero la excitación me lo impedía, a parte ella comenzó a saborear mi oreja con sus labios mientras que con un susurro decía: "Sigue con lo que estabas haciendo". Fue tan convincente y sensual que lo intenté pero la situación hacía de tal tarea un acto difícil de llevar a cabo. Esta mujer, consciente de lo que me ocurría, utilizó sus dedos para masturbar la punta de mi capullo, con soltura asombrosa. Sentí un cosquilleo que hacía echarme un tanto hacia atrás y cierta fragilidad en mis piernas, encogiéndome. En pocos segundos el roce, casi hecho de memoria, provocó que expulsase la orina que conservaba. Fue todo un placer ver cómo ella me ayudaba en tal acción, incluso creo que llegó a mancharse un poco, y digo "creo" pues mis ojos precisaban cerrarse de pura excitación.

Ella continuó como si nada, mi garganta profería leves gemidos que iban a chocarse contra el techo del baño, mi miembro dejaba escapar las últimas gotas, y su mano no paraba de masturbarme con suma eficacia y experiencia, tanta que la eyaculación era inminente. Sus sedosos labios en mi oreja, sus pechos en mi espalda, una mano en mi pecho (para compensar mi falta de equilibrio) y la otra masturbando mi miembro. No sé cuánto tiempo duró aquello pero supongo que fue lo suficientemente rápido como para que mi abuela no se alarmase. Finalmente eyaculé sobre la taza del váter mientras ella continuaba manoseando mi miembro, manchándose y extendiendo el semen por toda la extensión del mismo al continuar con sus movimientos casi instintivos. Fue un goce inaudito. Me soltó y me apoyé junto a la pared, ella me miró y se lamió dulce y ligeramente la mano, acto seguido se las lavó, se las secó y abandonó la estancia no sin antes echarme una última mirada de complicidad y silencio.

En cuanto me encontré en condiciones de dirigirme hacia mi cuarto, salí no sin antes ocultar pruebas y me marché escaleras arriba. Una vez en mi dormitorio no paraba de darle vueltas a lo acaecido. Por una parte había resultado ser una experiencia nueva: era una mujer mucho mayor que yo. No podía decir que me repugnaba si no al contrario, me dio mucho gusto y creo que había descubierto mi verdadera vocación: las maduras. Así que el resto del día, en su mayor parte, anduve fantaseando a la vez que intrigado por mis nuevos y recién descubiertos gustos.

Todavía quedaban cinco días por delante, durante los cuales esperaría acontecimientos. Mi ética no me permitía hacer nada más pues en aquellos momentos vivía una hermosa relación.

Pero los acontecimientos que yo aguardaba con impaciencia (sin querer) llegaron con el día a día. El primero de ellos no tardó en absoluto, fue al día siguiente y casi sin esperarlo. Fue nuevamente por la mañana. Me levanté como siempre, me aseé un poco antes de bajar al comedor y descendí las escaleras que me conducían a un nuevo encuentro.

La voz de mi abuela y la de alguien más, manteniendo una conversación acerca de cuál sería la crema solar más recomendable para una mujer con su piel. La otra utilizaba sugerencias de lo más elocuentes, o al menos a mi abuela se lo resultaban porque yo no tengo ni idea de cremas raras. Sabía sobradamente quién era la acompañante de mi abuela en esa tertulia mañanera: era ella. Me detuve un momento, sin saber qué hacer, si entrar y aventurarme nuevamente a que sucediera algo o, por el contrario, quedarme en mi cuarto en espera de que se marchase. ¿Y si no se iba y me quedaba recluido toda la mañana en él?, no, probablemente saldrían, ¿y si venía alguna de ellas o la criada a despertarme? ¿qué hacer? Al final decidí dejarme llevar pues ¿qué era lo que realmente quería? sin duda alguna sentir el tenue tacto de su piel sobre la mía. Así pues crucé la esquina que llevaba al comedor y atravesé la puerta.

Tras los típicos saludos llenos de cordialidad e hipocresía me senté frente a aquella mujer y junto a mi abuela. Para que os hagáis una idea la mesa era cuadrada, de madera ricamente adornada de dibujos que podían verse a través del grueso cristal que los protegía. Mi abuela tenía ambos brazos echados sobre la mesa, con la barbilla sobre ellos. Por su parte, la dama que me evocaba morbosidad (lady morbo), encontrábase apoyada al respaldo de su silla, casi echada.

Mi abuela ordenó a la criada que me trajese algo para desayunar. Pedí, si mal no recuerdo, un sándwich de bacon y queso fundido (me encantan) y un zumo de naranja. Ambas mujeres continuaron discutiendo las mismas memeces que antes de mi interrupción. La criada me trajo casi al instante el desayuno; no di un par de mordiscos al sándwich cuando, ya que me disponía a dar el primer sorbo del zumo de naranja, noté un pie. Sin duda provenía de ella, odiada y amada, que volvía a por más. Casi escupo el zumo de la sorpresa pero pude contenerme.

Al principio sus dedos buscaban mi miembro. Una vez hallado la planta de su pie se apoyó sobre él y comenzó a masajearlo con gran profesionalidad. Los pantalones que utilizo para dormir son extremadamente finos con objeto de combatir el calor nocturno (que no es poco), con algún botón que otro a modo de "bragueta". Pues bien, mi miembro no tardó en abrirse paso y salir a la luz, bajo la mesa claro está. Su pie parecía casi una mano, me lo acariciaba fina y exquisitamente, tanto que casi no podía ocultar mi rostro de placer delante de mi abuela. Cuando mi excitación iba en aumento ella logró separar tanto los dedos pulgar e índice de su pie que el grosor de mi miembro casi entraba en aquella oquedad improvisada. Con esa postura ella continuó masturbando mi miembro una vez más. No hubo tiempo para que eyaculase pues mi abuela se irguió en su silla y a ella no le quedó más remedio que apartar el pie.

Por suerte o por desgracia no la vi en lo que restaba de día. Durante el siguiente me encontraba observando las numerosas maquetas de coches y barcos (mi abuelo había sido marinero en sus tiempos mozos) que llenaban estanterías enteras. Sin embargo mi mente viajaba una y otra vez a aquellos momentos en los que ella me tocaba, con la mano o con el pie, igualmente deliciosos, y me ruborizaba enormemente.

Mi plan había quedado apartado, pero intenté aprovechar el tiempo perdido, pasando más tiempo con mi abuela y haciéndole los mimos oportunos. Al día siguiente (jueves ya) tampoco vi a aquella dama, lo cual representó una ventaja pues mi plan seguía en marcha.

Por fin llegó el viernes y con él mi pasión por aquella mujer de unos cuarenta y dos años aumentó hasta límites insospechados. Ello derivó de un nuevo encuentro, esta vez en la piscina. Yo me encontraba inmerso en la misma mientras mi abuela tomaba algo en su hamaca en una mañana de lo más calurosa. La puerta sonó y la criada acudió a la misma. Pocos segundos después vi aparecer a aquella mujer vistiendo un bañador negro de pieza única, unas gafas también negras y una pamela a juego. Ah, también llevaba un fino pañuelo de vivos colores, pero sin importancia.

Se sentó junto a mi abuela y tomó algo mientras yo me hacía un poco el "distraído" dando vueltas por la piscina, buscando la mejor excusa para evadirme, pero sin querer hacerlo. Sumergido en mis pensamientos y en el agua vi que ella se decidía a entrar a la piscina por la escalera de aluminio de la parte menos profunda (opuesta a mi posición). Con cortas brazadas fue avanzando hacia el centro mientras animaba a mi abuela para que se bañase ella también, que hacía mucho calor. Tras insistirle un poco mi abuela terminó por acceder diciendo: "Bueno, voy al baño un momento, me cambio y vuelvo para bañarme con vosotros. Esperadme".

Yo me acerqué a lady-morbo para hablarle cara a cara acerca de lo acontecido los días anteriores. Durante la discusión, corta por cierto, no me quedó más remedio que confesarle que me había gustado. Mis razones no le valieron, ni siquiera el hecho de que estuviese manteniendo una relación estable actualmente. Casi sin pensárselo, o eso creo, metió su mano de forma inclinada dentro de mi bañador y comenzó a masturbarme otra vez, sólo que de forma distinta. Un minúsculo grito escapó de mis labios y ella me besó profusamente para callarlo.

Terminó por bajarme el bañador, yo le dije que mi abuela estaría al venir pero ella negó con la cabeza y afirmó diciendo: "Cada vez que tu abuela va al baño tarda una eternidad, créeme". Entonces se acercó, tanto que su canalillo quedaba bajo mis ojos. Su sonrisa era malévola pero me gustaba, así que esta vez fui yo quien la besó a la vez que la agarraba entre mis brazos. Ella se agarró a mi cintura, unió su cuerpo al mío, me echó contra el borde de la piscina y, allí apoyado, comenzó a frotar su sexo, aún oculto, contra mi miembro desnudo y pasado por agua.

No puedo explicar la cantidad de emociones distintas que pasaron por mi cabeza. Ella estaba allí, el objeto de mi deseo, frotándose suavemente al principio y posteriormente con mayor celeridad. Disfrutaba como la primera vez, casi con miedo e inexperimentado. Era un roce cuantioso y lleno de pasión, el tacto de aquella tela estaba por volverme loco. Mis gemidos se hicieron cada vez más pronunciados, pero ella, diccionario abierto del sexo, giraba mi rostro y lo encaraba hacia el suyo para volver a besarme y así acallar mis casi lamentos de placer.

En una de sus acometidas, de las más lentas hasta entonces, eyaculé dentro de la piscina, permitiendo que el semen se esparciera en la misma y se perdiese entre el agua. Tras unos roces más para calmarme se apartó. Me lanzó un dulce beso y se aproximó a la zona profunda de la piscina. Por mi parte me subí el bañador e hice como si nada hubiera sucedido (como diría Pynn: "Gran don de los jóvenes"). Lo cierto es que mi abuela tardó aún más de lo necesario en llegar. Pero bueno, por ahora estaba bien, hubiera preferido más tiempo pero pienso que ella había marcado los suyos propios, ¿acaso me estaba preparando para algo?

Mi pregunta no iba a tardar demasiado en recibir respuesta. Un día más tarde (sábado) mi abuela me anunció que esa noche, como despedida, íbamos a ir a una fiesta, allí me presentaría amistades suyas y de mi difunto abuelo y que, con algo de suerte, daría con alguna joven de talante y porte distinguidos. Fue entonces cuando recordé a mi amada, que muy probablemente estaba en su casa, esperando noticias mías. Lamento lo que hice pero me llamaba demasiado la atención como para no hacerlo.

Mi intención era no volver a ver aquella mujer, y si para ello debía abortar mi plan pues mucho mejor, así abandonaría la hipocresía que hasta entonces me inundaba. Qué decir... nuevamente tuvimos que encontrarnos. Por la mañana mi abuela quiso llevarme de tiendas, yo insistí en que llevaba ropa de fiesta si era eso lo que pretendía comprarme; no importó, ella quería hacerme ese regalo y no me quedó más remedio que acceder. Por descontado su vecina iba a acompañarnos.

Me conciencié lo mejor que pude y salí junto a mi abuela hacia el taxi que había solicitado por teléfono. La vecina estaba allí esperándonos vestida con un traje rosa, una falda un tanto corta, una camisa que dejaba ver su largo canalillo y el pelo mojado, símbolo de que se acababa de duchar.

Subimos al taxi, mi abuela delante para indicar los lugares de compras correspondientes al conductor y la vecina y yo detrás. Estuvimos en mil tiendas lo menos, en cada una de las cuales tuve que probarme miles de pantalones, corbatas, camisas, chalecos, etc. Y creo que en cada sesión de probador la vecina intentaba distinguir algo a través de las cortinas. Llegué incluso a pensar que tendría la osadía de introducirse en el probador para acosarme.

Finalmente abandonamos la zona de tiendas y nos subimos a nuestro taxi (un servicio especial y muy caro según creo). Tras cargar los bultos tomamos nuestras posiciones y nos dirigimos a casa. Lady-morbo es una mujer observadora, de sangre fría y calculadora. Descubrí esto cuando ella tramó un astuto plan en el mismo taxi. Dicho vehículo no tenía el retrovisor interior pues los cristales eran tintados (creo que eso es ilegal) y no servía para nada o para más bien poco. Mi abuela, debido al ajetreo, inclinó su cabeza hacia un lado y parecía dormir como si nada. Entonces fue cuando nuestras miradas se cruzaron, sin saber qué hacer tragué saliva y me contuve. Ella, sin perder ni un segundo más, tomó mi mano y la dirigió a su sexo, que comencé a tocar con ganas por encima de la falda. Ella dibujó una mueca en su rostro e introdujo mi mano por la falda, por la parte de arriba, rozando así su delicioso estómago.

Tras eludir una masa de pelos di con su sexo y comencé a frotarlo con gran habilidad. Ella parecía estar en la gloria pero no emitía ruido alguno para que el taxista no se cerciorase de lo que estaba ocurriendo justo detrás de él. Me gustó mucho ese tacto, lo tenía muy grande, muy abierto, lleno de vello, muy natural. Me gustó tanto que mi miembro quería saltar del pantalón y estrellarse allí donde mi mano derecha se encontraba. Tras frotar introduje uno, luego dos y finalmente tres dedos. Su cavidad era asombrosa a la vez que acongojante. Me hubiera tirado así todo el día, viéndola disfrutar, pero el coche llegaba a casa y lo dejamos. Mi mano olía a esencia de sexo: húmedo y morboso. Tras despedirnos acabé con mis sufrimientos con una prolongada y relajante masturbación en mi dormitorio.

La noche, final de mi travesía por unos canales de placer que no sé si volveré a surcar. Ni jóvenes, muy jóvenes, vírgenes, lesbianas, fetichismo, masoquismo ni gente de otras razas, nada, absolutamente nada, era comparable al hecho de hacerlo con una mujer experimentada y mucho mayor que yo.

Para la noche estaba decidido a darlo y a aguantarlo todo. Acabaría ella conmigo o yo con ella, el caso es que me daba igual con tal de dar la talla. Así que me puse el espléndido traje negro que me acababa de regalar mi abuela, los zapatos a juego y los gemelos plateados. Iba hecho un señorito de las más altas esferas (no, no me refiero a Yog-Sothoth). Mi abuela esperaba abajo, muy maquillada y con un traje blanco de falda y mangas largas, un bolso blanco de cierres dorados a juego y nos pendientes de perlas a juego con el collar. Salí con ella de la mano y al encontrarnos con la vecina hice lo propio. Ella vestía una falda de un color un tanto singular, era entre marrón y blanco, como con manchas, encima una camisa que transparentaba su sujetador blanco adornado de los más finos bordados (me recordaban a la armadura de Aquiles descrita por Homero). Sus tacones y bolso a juego, su pelo corto, ¡poco maquillaje y adornos! , lo mejor de todo, sus piernas cubiertas por unas medias en forma de red.

Fuimos a la fiesta, era en una casa suntuosa de patio mayor que el de mi abuela. Fui presentado a numerosa gente, tanto mayores como menores que yo. Incluso vi algún que otro famosillo pero no es cuestión mencionarlos aquí. Mi abuela insistía en presentarme a las típicas niñas pijas solteronas que en su vida han probado un buen polvo. De hecho bailé con muchas, la mayoría de ellas entre los 18 y 19 años; pero mis ojos buscaban a mi lady-morbo.

En un baile lento la invité a salir y nos introducimos abrazados entre el tumulto de parejas bailando. Nos aproximamos mucho el uno al otro, su cabeza se apoyó en mi hombro y con suaves palabras me dijo: "Nos iremos ya mismo, ¿verdad?". Afirmé con un movimiento de cabeza y ella comenzó a urgir su plan.

No más de media hora después la vecina manifestó a mi abuela la necesidad de dirigirse a casa, sufría de jaqueca y no estaba en condiciones de permanecer durante más tiempo en la fiesta. Mi abuela, con algunas copas de más, intentó convencerla para que se quedase entonces fue cuando entré en escena. Caballerosamente me ofrecí a acompañarla hasta casa y volver o bien, si no tenía demasiadas ganas, a quedarme en casa. Mi abuela, despreocupada, me dio sus llaves.

Así que tomamos un taxi y nos marchamos como almas que lleva el diablo.

Llegamos a su casa, ella abrió la puerta mientras yo esperaba ansiosamente observando su trasero. Rápidamente pasamos al salón y allí comenzó nuestra aventura. Me despojé del chaleco y de la corbata, luego ella comenzó a desabrocharme uno a uno los botones de mi camisa celeste mientras me besaba con sus suntuosos labios. Posteriormente bajó, besando mi pecho descubierto, hasta caer de rodillas. Acto seguido quitó la correa, bajó la cremallera de mi pantalón y de él sacó mi miembro desproporcionadamente excitado. Mientras lo contemplaba con ojos voraces y sedientos, se quitó la parte superior de su conjunto permitiendo que me deleitase con sus pechos, no demasiado grandes pero de la medida justa.

Miembro en mano se lo introdujo en la boca chupándolo hasta le límite. Una de sus manos ayudaba a la boca mientras que la otra masajeaba mis testículos. Su mano bajaba y subía girando sobre sí misma a la vez que movía horizontalmente su cabeza, tocando con sus deliciosos y experimentados labios mi otro y. Su lengua jugaba exquisitamente con lo que iba quedando dentro de la boca a cada movimiento. Era sublime. De vez en cuando dejaba de chupar para sacar su lengua y lamérmelo de arriba abajo, rozando con sus dientes la punta del mismo.

Era una profesional. Sus uñas alargadas rozaban mi piel y me producían dulces cosquillas, consecuencia de ello eran gemidos por mi parte. Eso parecía excitarle: los gemidos, saber que me tenía a su merced. Sus lametazos eran alargados, profundos, extasiantes, cada milímetro de mi miembro sufría espasmos, símbolo de que estaba a punto de eyacular. Dándose cuenta de lo que estaba a punto de suceder, se lo sacó de la boca y tiró de él hasta su pecho aún "enguantado" en sujetador. Hizo recorrer la punta por toda la extensión de sus alzados pechos provocando así un "gustillo" que no podría describir con otra palabra que no fuese esa.

Entonces eyaculé, era inminente, y todo el semen fue a parar a sus pechos, desparramándose por ellos mientras ella dibujaba con él sobre sus pechos a modo de pincel. Recorrió cuanto puedo, y yo tuve la impresión de que aquellas cotas estaban siendo inundadas por la nieve. Jamás había eyaculado tal cantidad. Por fin su mano se despegó de mi miembro, que cayó exhausto; luego, con algunos dedos, limpio parte de aquel líquido espeso pegado a su pecho para introducírselo en la boca con todo el morbazo del mundo.

La cosa no iba a acabar aquí. Yo me dejé caer sobre el sofá blanco de tres piezas y ella marchó hacia el baño probablemente. Al poco rato apareció desnuda en su mayoría, y digo en su mayoría porque aún llevaba puestas las bragas, unas bragas que antaño fueron blancas y que ahora, tras lavados y más lavados, tenían un toque amarillento. Su pelo corto suelto, su mirada traviesa, su cuerpo vencido a leves arrugas, algo de barriga y piernas un tanto afectadas por la celulitis, la piel no era del todo morena, si acaso anaranjada, pechos de tamaño normal, similares a bellotas (no me refiero al tamaño, si no que sus pezones eran grandes, de ahí el símil), brazos caídos y mucha, mucha naturalidad.

Tal que así se sentó encima de mí. Su pelo caía sobre mi cara y me besó; nos comimos mutuamente la boca. Inmediatamente comencé a sentir su sexo frotarse contra el mío mientras su lencería los separaba. Debo reconocer que el roce era un tanto correoso hasta que poco a poco me fui acostumbrando, y ello de debió a que sus bragas empezaron a humedecerse. Yo no comprendía cómo me sentía con tantísimo vigor después de lo ocurrido, tal vez ella me había estado preparando a consciencia para esto. Lo cierto es que volvía a estar erecto.

Como he dicho el roce pasó a ser más líquido y gozoso. Ella, debido a la calentura que le corroía, desprendía un delicioso líquido desde su sexo que se encontró con el muro de la tela, lo atravesó y después fue a encontrarse con mi miembro. Así que los movimientos se hicieron más rápidos y alargados mientras que yo intentaba aferrarme lo mejor posible a aquel sofá para no caer sin fuerzas y así estropear la escena. Me besaba allí donde pillaba a la vez que continuaban con sus movimientos que emulaban la penetración. Yo intentaba alzar mi pelvis por encima del nivel del sofá demostrando así cuánto estaba gustándome aquello.

Ya totalmente mojados, con su líquido derramado por todo mi miembro y más abajo, sus movimientos se volvieron un tanto más lentos pero duros. Sus gemidos se pronunciaron aún más y yo los acompañé sin querer. Pronto llegaría la segunda eyaculación y de hecho así fue. En una acometida más, casi dolorosa e impregnada de todo líquido, volví a dejar escapar inmensas cantidades de semen. Pero la cosa no acabó a ahí, a pesar de mi grito de finalización, ella frotó y frotó expandiendo el maravilloso líquido aún más, manchándose las bragas si más cabría aún y gimiendo como una loca. Yo ya estaba prácticamente muerto pero por suerte terminó de forma inminente, dejando escapar un grito del más rico de los placeres y abrazándose a mí con tal ferocidad que llegó incluso a arañar mi espalda.

Fui al baño y me aseé lo mejor que pude. Ella me aconsejó que fuese a su habitación, arriba. Subí de manera casi inconsciente, sin tener muy claro lo que ocurriría a continuación. Al tiempo ella subió, totalmente desnuda, permitiéndome ver ahora su sexo, inundado del pelo más oscuro, rizado y bello que jamás pueda imaginarse.

Su habitación era digna de la niña más mimosa y joven. Toda de rosa y blanco exquisitamente combinados; casi podría decirse que era la habitación de la Barbie. Su cama era grande, con columnas enroscadas de color blanco que subían hasta una parte superior (no sé cómo se llaman) de telas rosas y bordados blancos. De dicha zona caía una tela fina y blanca que permitía ver el interior.

Ella se introdujo tras aquellas cataratas de tela blanca sedosa y se tumbó justo en el centro de la cama. A continuación se abrió totalmente de piernas dejándome que me deleitase nuevamente viendo aquello que en el taxi había tocado y que tanto placer me había ofrecido hasta ahora. Con un gesto de su dedo me invitó a pasar. Imitando a un gatito fui a cuatro patas por su gran cama hasta donde se encontraba ella. Bruscamente tomó mi cabeza y la hundió en su peludo sexo, hecho que agradecí comiendo como mejor sabía: introduciendo mi lengua, expandiendo mis labios para abarcar el mayor terreno posible, besando cada centímetro de piel...

Me acariciaba la cabeza mientras gemía dolorosamente. No interrumpí mi marcha y seguí disfrutando de aquel manjar del cual yo era digno en aquel instante. Algunos pelos se desprendían sobre la suntuosa cama, otros se enredaban y se esparcía por mi rostro, pero no por ello cesaba en mi empeño. Su sexo era mío. Mis lametones recorrían los bordes, luego introducía la lengua, acto seguido entraban en juego los labios que apretaban y tensaban su piel al besar. Casi sin darme cuenta estaba en procesos de erección otra vez.

Cuando sus gritos resultarían inconfundibles en tres manzanas a la redonda escalé puestos. Me puse a su altura, cara con cara, e introduje mi miembro en su sexo de un tirón. Comencé a moverme mientras que mi ideal de morbosidad agitábase frenéticamente por la cama. La sacaba y metía procurando sentir el roce en toda su plenitud (incluso contándolo ahora estoy erecto). Respiraba profundamente, movía mi pelvis casi de manera acompasada a mi respiración, hundiendo todo aquello lo más profundamente posible (que no era poco). Quiso que cambiásemos de posición, así que me puse detrás y se la volví a introducir por la misma cavidad a la vez que besaba su cuello y masturbaba sus pezones con la mano que me quedaba libre.

Sus pechos eran aptos para estar tocándolos todo el día. Veía su cuerpo moverse gelatinosamente a cada acometía que le daba. Disfrutábamos, "aaaah" era la palabra que más usamos durante aquel día. Perdía fuerzas, así que la ayudé levantando su pierna con la mano mientras la acariciaba, de arriba abajo. Me gustaba aquello. Sus gritos eran cada vez más y más prolongados. Parecía que pronto iba a estallar pero no era así; lo que hizo fue revolverse sobre sí misma y tumbarme, luego cogió y se puso encima y empezó a botar como una loca, como una posesa más bien.

Iba a destrozarme la pelvis con cada bajada. El ritmo era frenético así como nuestros gritos. Apoyó sus manos sobre mi pecho cuando disminuyó un tanto el ritmo. Ahora todo más suavito pude tranquilizarme y contemplar aquellos senos de pezones duros que caían sobre mi pecho y lo rozaban. Tras un lametón en sobre mi boca volvió a erguirse. Mirándome realizó fuertes acometidas acompañadas de profundos gemidos. Era evidente que trataba de excitarme aún más, y de hecho lo consiguió.

Dicen que la tranquilidad acontece a la catástrofe, y esta no fue una excepción. Las aguas calmadas volvieron a formar olas. Puso sus brazos en la cintura a modo de jarra, e hizo unos movimientos de pelvis, unos movimientos lentos y en círculo, dándole vueltas a mi miembro oculto. Eso me gustaba más que nada en este mundo y sentía renovadas fuerzas y deseos de eyacular.

Rítmicamente ascendió su velocidad de rotación o giro hasta que mis ojos se desorbitaron. Ante tal síntoma volvió a botar de forma exagerada. Yo iba a eyacular una vez más, casi sin nada que echar, pero ella me rogó que aguantase. Era muy costoso esperarle quería hacérmelo ya, ella, entre gemidos, pedía paciencia. Yo gritaba de dolor, mi estómago se revolvía, a cada instante me imaginaba terminando, cada segundo era eterno, cualquier acometida me haría explotar. Así que ella aumentó su ritmo, con lo que el roce apenas se sentía pero se oía de forma inconfundible y totalmente placentera. Al cabo de no sé cuánto tiempo descargó sobre mí y yo dentro de ella. Una masa de líquidos nos mojó y nos dejó muertos. Mi miembro abandono aquella cavidad sin dificultad gracias al agente lubricante. Caímos uno enfrente del otro y estuvimos así un rato.

En cuanto pude volví a casa de mi abuela y, a escondidas, me fui a la cama. Al día siguiente partí con el deseo de volver a verla y el de no volver a tener nada que ver con ella. Mi plan no dio sus frutos por culpa de lo sucedido con la vecina.

Ahora mismo me encuentro en un debate conmigo mismo, si doy a conocer esto a mi pareja nuestra relación se desmoronará. Además no estoy seguro de lo que quiero en este momento, sin olvidarla y proseguir con mi feliz relación o volver a los brazos de la morbosidad personificada.

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