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La lección de papá

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Necesito contar lo que hice con mi hija el mismo día de su boda.

Sé que lo que hice está mal y que no lo volveré a hacer, pero hay veces en que los padres tenemos que hacer cosas que pueden no estar muy bien vistas. A lo mejor esto es solo una excusa, porque lo cierto es que desde que mi hija Carlota fue creciendo, me empecé a sentir atraído por ella de una forma inadecuada y salvaje.

Mi mujer y yo nos habíamos separado hacía ya unos cuantos años porque no nos aguantábamos. Lo mismo le pasó a mi hija y terminó mandando a paseo a su madre, mudándose a mi casa en cuanto cumplió los dieciocho. Ella, Carlota, tenía un novio desde los quince años, un chico que no debe ser mala persona pero sí bastante paradito. Ya antes de que pasara lo que os voy a contar, yo sabía que nunca haría disfrutar a mi hija en la cama como se merece toda hembra.

En cuanto los dos chicos terminaron la carrera, se decidieron a casarse. Ambos tenían veintidós años y ganaban lo suficiente como para alquilarse un pisito y empezar una vida en común. Mentiría si dijera que estaba contento porque me comían los celos. No sabéis cuántas veces espié a mi hija mientras dormía, casi siempre en verano, que lo hacía medio desnuda. Al principio estaba acojonado, pero lógicamente me fui soltando con los días. Como tiene el sueño muy profundo, poco a poco me atreví hasta a tocarla, solo rozarla, porque me daba miedo que se despertara y me pillara ahí, sentado a su lado en la cama y completamente empalmado. Un día llegué a su habitación y vi que se había quedado dormida completamente abierta de piernas con una mano metida dentro de sus bragas, apoyada completamente en su coño. Seguramente se había estado acariciando.... ¡Uuuuis!, todavía me pongo malo cuando me acuerdo. En fin, que me animé a tocarle un poco los labios que había dejado entreabiertos y de pronto abrió más la boca y empezó a mamar de mi dedo como si fuera un chupete, mientras frotaba suavemente su coño con la mano que aun tenía aprisionada con las bragas. En ese momento creí que me correría sin ni siquiera tocarme, pero lo cierto es que estaba cagado por si se despertaba de repente y en cuanto pude sacar el dedo de su boca me fui a mi cama sigilosamente, donde me pajeé a placer unas dos o tres veces antes de conseguir calmarme.

Pues llegó el día de la boda y Carlota se levantó muy animada, lógicamente. Acabábamos justo de desayunar juntos. Fue un rato bastante corto, como el de cualquier otro día, pero la noté mucho más cariñosa conmigo que cualquier otro. Se levantó de la mesa para contestar una llamada del móvil. Era su amiga Claudia, a la que estaba esperando para que la ayudara a vestirse. Por lo visto había pinchado en mitad de ningún sitio y no iba a llegar a tiempo para ayudarla. Al principio se puso un poco nerviosa, pero yo la abracé suavemente para reconfortarla y le dije que yo sería su asistente.

-Pero, papá, ¡tú no sabes nada de vestidos ni de arreglar a una novia!

-¡No me subestimes! -traté de animarla-. Ve a la ducha y cuando estés lista me avisas para que te ayude.

La convencí bastante rápido y me fui a duchar yo también. Imaginaréis que mi ducha fue a una temperatura muy baja, aunque no ayudó mucho porque no podía dejar de pensar en que iba a poder tocar a mi hija más que ninguna otra vez en la vida. Estaba dispuesto a llegar hasta donde pudiera sin que ella pensara que era un cerdo.

Carlota no tardó mucho en llamarme. Me recibió en su habitación con la bata puesta. Se acababa de dar una mano de esmalte de uñas y no podía tocar nada, así que estaba en una posición que parecía un espantapájaros.

-Papá, vas a tener que ayudarme porque no quiero fastidiarme las uñas

-Claro, ¿qué quieres que haga? -le pregunté.

-Quítame la bata, porfa.

Era evidente que mi hija confiaba en mí, bueno, me veía como lo que soy, o sea, su padre, lo que me hacía sentir un miserable porque a mí me excitaba su cuerpo tanto que necesitaba arrancarle la poca ropa que llevaba y tirarla donde fuera, ahí mismo y follármela. Me acerqué a ella por delante y le deshice el nudo de la bata con cuidado para no tocarla de manera que ella pudiera sentirse mal. Como vi que no le daba ni la más mínima importancia, le abrí la bata y se la quité con facilidad. Ante mí apareció una diosa en ropa interior blanca de encaje y unas medias rematadas con un liguero fino y una flor azul. Ya se sabe, por eso de las novias que tienen que llevar algo azul, supongo.

Cuando me acerqué a la cama para dejar la bata sobre ella, no pude, (ni quise), evitar ver su glorioso culo adornado con un sensual culotte de encaje. Me fascina el culo de Carlota y eso que ella siempre ha tenido complejo porque decía que lo tenía muy gordo. ¡De gordo nada! Necesitaba estrujar esas dos masas de carne dura. Me dio vergüenza mi propio deseo. Aquella era mi hija y se iba a casar en unas horas. Tenía que dejar de pensar así y ponerme en manos de un especialista. No podía pasarme la vida masturbándome pensando en ella o incluso pensando en ella cuando follaba con otras mujeres.

-Papá, por favor, levántame un poco el bustier, que noto que se me está arrugando por los lados.

¿Bustier? ¿Y qué coño era eso? Estaba tan excitado que tardé en relacionar bustier con busto y darme cuenta de que quería que le tirara hacia arriba de ese sujetador grande con unas barras a los lados que hace tan buena figura y que por lo visto se llama bustier, así que me puse detrás de ella, que todavía estaba con los brazos en cruz y metí dos dedos de cada mano entre la tela y sus costados, tirando para arriba.

-Vale, ahora por delante un poco, porfa

Casi me muero, pero con dos cojones me puse de frente a ella y repetí la operación, pero esta vez no me quedó más remedio que rozar los laterales de sus tetas. Al tirar hacia arriba de la prenda temblaron como flanes. Ella me miraba a los ojos sonriendo. Tenía la impresión de que estaba mirándome con cara de estar cachonda, pero no podía ni creérmelo.

-¡Ay, papá! ¡Tira un poco más que la parte de delante se arruga!

Descaradamente le cogí de las copas del bustier y metí los dedos. Ahora sí que le estaba rozando los pechos, pero ella  tan campante, aunque seguía divertida, yo creo que porque ya me estaba viendo que empezaba a sudar ligeramente. Volví a tirar de la puta tela aquella haciendo que sus dos tetas se juntaran al centro. Yo no podía dejar de mirar a su canalillo imaginando mi polla justo ahí. Carlota dejó escapar un gemidito sin dejar de mirarme.

En ese momento pensé que tenía que salir de allí. Aquello estaba yendo demasiado lejos y mi pobre polla a punto de reventar. Necesitaba un poco de amor propio antes de salir para la iglesia, pero cuál fue mi sorpresa cuando Carlota ni corta ni perezosa me dice:

-¡Mierda! ¡Papá! Lo siento, tanto esfuerzo para nada. Se me ha olvidado la crema.

Me miró con cara de pena y lo último que yo quería era que mi niña se pusiera triste en un día como ese, así que me ofrecí a dársela. Me dio la espalda y empecé a aplicarle la crema con una mano, muerto de vergüenza y con una erección de tres pares de cojones.

-Papi, desabróchame el bustier, que lo vas a manchar.

Tratando de no morir de infarto, le desabroché el puto bustier, que ella se sujetó por la parte de delante pudorosamente. Bueno, pensé que después de todo no me estaría lanzando señales de las que yo creía ver y me sentí más cerdo aún, pero con la polla igual de tiesa. Así como si le diera vergüenza empezó a hablarme y a pedirme consejo.

-Oye papi, ¿tú creés que me dolerá mucho?

Nunca me había preguntado nada relacionado con el sexo y yo supuse que ya lo habría hablado en su momento con su madre, pero parecía tener algunas dudas a esas alturas.

-No sé... Pero, cariño... a estas alturas... ¿no has hecho nada todavía?

-Jejeje, papá, cómo eres. ¡Pues no! Estábamos esperando a este día, precisamente.

Mi hija era virgen y el tonto de su novio seguramente también.

-¡¿Así que sois vírgenes los dos?! -dije sin disimular mi asombro.

De pronto mi hija se dio la vuelta y levantó la barbilla como pidiéndome que le pusiera crema por delante también.

-Aha -contestó.

-Pues no es buen asunto que ninguno de los dos tengáis ni idea. ¿Sabes lo que yo creo? -dije parándome ante ella.

-¿Qué?

-Que tenías que haber dejado que te desvirgara alguien con experiencia.

-¡Papá! Solo he tenido este novio y lo sabes -me contestó entre risas.

-No te hablo de casarte, sino de que te enseñe a.... bueno, tú ya sabes.

-Jajaja. Sí, ya sé, pero en cualquier caso ya es tarde, ¿no?

En ese momento separó las manos de su cuerpo y volvió a poner los brazos en cruz, con lo que el bustier cayó al suelo y sus pezones quedaron apuntándome a mí directamente.

-Bueno, anda, ponme la crema que al final se va a hacer tarde -me dijo mirándome a los ojos.

Tuvo que darse cuenta, seguro, de como me tenía. Yo creo que hasta jadeaba. ¿Qué otra cosa podía hacer? Me puse un buen pegote de crema en las manos, me las froté y aunque podía haber disimulado y haber empezado por los hombros o el cuello, me fui a posar directamente en sus tetas. Ella gimió y me miró. Yo no podía levantar la vista de sus tetas. Sus pezones se iban endureciendo en cada pasada. Los froté en círculos pasando las yemas de mis dedos por encima de ellos, notando todas las rugosidades y la piel encogiéndose en cada pasada. Le apreté las dos tetas e inconscientemente me pegué más a su cuerpo. Carlota no se movía del sitio.

-¿Es así cómo se hace? -me preguntó en un tono muy sensual.

Me sorprendió la pregunta y tardé en contestarla.

-¿Cómo se hace qué?

-¡Papá! -protestó caprichosamente- Pues eso de lo que se habla, del calentamiento previo, los preliminares..., ya sabes. ¡No me hagas hablar más, que me da vergüenza!

Sinceramente, no sabía qué decirla, pero ahí seguía moviendo y espachurrando sus pechos, lo que a ella debía gustarle a juzgar por el tamaño que adquirieron sus pezones. Entonces bajó sus brazos sin previo aviso y sus tetas aparecieron más grandes y más juntas ante mí. Posó sus manos en mi cintura y noté como me tiraba del polo hacia arriba para sacármelo del pantalón. Aquello era demasiado y tenía que ponerle freno de inmediato. Yo era el adulto responsable, claro que cómo decir eso mientras le magreaba las tetas a mi hija. Carlota me sacó el polo por completo y metió sus manos por dentro, acariciándome la espalda.

-Pero, ¡¿qué haces, Carlota?! -le dije soltándola inmediatamente y echándome para atrás.

No pude decirle nada más porque no sabía qué. De pronto me sentí como un gusano cuando vi que por su preciosa cara rodaban dos lagrimones.

-¡No, por favor, mi niña! ¡No me llores! - le dije apenado.

Entonces se abrazó a mí y rompió a llorar apoyando su cabeza en mi cuello. La había reprendido por algo que yo estaba deseando hacer hace siglos y me sentía fatal. La abracé con más intensidad y ella se pegó a mí como una lapa. Noté sus tetas contra mi pecho y deseé haberme dejado quitar el polo antes.

-Lo siento, papi -dijo más tranquila.

-Mi niña, soy un cabrón -le dije acariciándole la cara y echándole el pelo hacia atrás.

Entonces ella se secó la nariz y se volvió a abrazar a mí, mirándome a los ojos acercándose mucho, tanto que cuando menos me los esperaba, cerró los ojos y apoyó sus labios suavemente contra los míos. No me pude ni mover.

-Papi, enséñame tú -me dijo y volvió a besarme- No quiero que me enseñe nadie más que tú.

¿Qué podía hacer? Me lo pedía así, tan tiernamente... después de todo no era tan mala idea y a lo mejor les estaba haciendo un favor a los dos para su futura vida sexual, así que decidí dejar de luchar contra mis impulsos y la agarré por la cadera atrayéndola más hacia mí. Me pegué a ella y volvió a acariciarme la espalda por debajo del polo. Yo la agarré la cabeza con las dos manos y con suavidad le abrí más la boca para meterle toda mi lengua bien hasta adentro. Le gustaba, porque respondía con su cuerpo pegándose más a mi, acariciándome con más pasión, abriendo su boca y dejando que su lengua luchara con la mía.

-¡Papá! ¡Enséñamelo todo!

-Tranquila, mi amor. Aquí está tu papi para que no te pille nada por sorpresa. Ven -le dije cogiéndola por un brazo llevándola hasta su cama.

La senté en el borde y me agaché de manera que sus tan ansiadas tetas me llegaran a la altura de la boca. Ella estaba muy erguida, supongo que estaba tensa. Me acerqué despacio mirándola a los ojos. Con mi mano derecha le agarré el pecho por abajo y me acerqué con la boca abierta entresacando la lengua para que me viera bien lo que hacía. Ella suspiró esperando lo que venía.

-Mira, Carlota. Mira como te como las tetitas.

-¡Oh, papá!

Me deleité todo lo que quise mordisqueando, lamiendo y succionando sus pezones, pasando la lengua de arriba a abajo, en círculos. Iba de uno a otro para no dejar a ninguno desatendido, mientras mi hija me agarraba por el pelo jadeando suavemente.

-Espera -le dije.

Ni mis piernas ni mi polla aguantaban más en esa posición

-¿Has visto alguna vez a tu novio desnudo?

-No -dijo ladeando la cabeza.

Me desabroché los pantalones y me los quité junto con los calzoncillos a velocidad récord. Allí estaba yo, en pelotas, con la polla como una estaca, delante de mi hija. Ahora era ella la que tenía mi verga delante de su cara. Me quedé quieto a ver si ella hacía algo, pero me di cuenta enseguida que no sabía qué hacer con eso.

-Dame tu mano -dije cogiéndole la mano y llevándosela a mi sexo-. Acaríciame, mi amor... Así, de arriba a abajo, suavemente

Lo estaba haciendo muy bien y la dejé que jugueteara un rato con mi polla para que se familiarizara con ella. Entonces me acerqué más a ella y la cogí por la cabeza con cuidado para que se la metiera en la boca. Lo hice muy despacio para que no se asustara.

-Abre la boca, hija -le pedí- Ábrela y chúpame la polla, corazón.

Le metí la polla en la boca y me empecé a mover despacio dentro de ella, sin metérsela mucho, recordando que era la primera vez que lo hacía.

-Suave, Carlota. Suave, con los labios. Llénala de saliva y jamás uses los dientes. Eso es. Muy bien.

Mi hija me chupaba la verga con gusto, porque se notaba. Fue ella la que se la metió más adentro y me la agarró con las dos manos. No me extraña, porque el tamaño era de campeonato a esas alturas y con lo cachondo que estaba. Tuve que parar porque me iba a correr sin remedio.

-¡Noooo! -protestó Carlota- Dame un poquito más, papá.

-Espera, si sigues así me correré y tengo que cumplir con mi cometido, cariño.

Ella no dijo nada más y me obedeció cuando le dije que se sentara apoyando la espalda contra el cabecero de la cama. Tenía las piernas estiradas y juntas, yo creo que estaba un poco cohibida por lo que fuera a pasar.

-Carlota, cielo, ¿te acuerdas cuando eras pequeña y jugabas en el arenero?

-Sí, papá, ¿por?

-Siéntate como entonces.

Sabía que así me entendería perfectamente. Sin tardar, flexionó las dos rodillas a la vez y cuando las tuvo pegadas al pecho abrió las dos piernas completamente dejándome ver su precioso y sonrosado coño, abrillantado por los jugos que emanaban de él. Me arrodillé delante de ella y me chupé un dedo despacio, poniéndolo inmediatamente en su pequeño clítoris y bajándolo hasta la entrada de su vagina. Deshice el camino y lo repetí tres o cuatro veces más. Para entonces Carlota había dejado de gemir y había empezado a gritar.

¡Ay, papá! ¡¿Qué me haces?! ¡Por Dios, ¿qué me haces?!

Sin darme cuenta, mi hija se corrió.

-¡Cariño, te has corrido! ¡Qué rápido! Bien, eso es bueno -expliqué- Cuantas más veces mejor.

Me acerqué a ella y la besé suavemente. Ella me abrió su boca ansiosa y me rechupeteó los labios y mi propia lengua. Estaba claro que necesitaba más y yo no podía aguantar ni un minuto. Volví adonde estaba todavía ella con las piernas abiertas y pude ver como todavía le latía el coño. Antes de que fuera demasiado tarde, me tiré literalmente con la boca abierta en todo su sexo jugoso y se lo lamí como si la estuviera besando en la boca, entre sus gritos y los tirones de pelo que me pegaba.

-¿Te gusta como papá te come el coño, mi vida?

-¡Sí, sí! ¡Por favor, papá, no pares! ¡No pares!

Después de unos minutos de chuparle todo el coño, en cuanto presentí que se volvería a correr, sin levantarme ni dejar de mover mi lengua alrededor de su clítoris, le metí un dedo en la vagina, al principio con dificultad, pero después entraba y salía de maravilla, tanto que justo cuando se volvió a correr le había metido y sacado tres dedos a la vez, eso sí, despacito y delicadamente porque no quería hacerla daño.

-Muy bien, cariño -le susurré al oído mientras me tendía encima de ella- Ahora viene lo mejor.

Ella abrió los ojos y sonrió. Se abrió completamente de piernas y levantó el culo todo lo que pudo invitándome a entrar.

-¡Fóllame, papá! ¡Taládrame con tu polla!

Me dejó completamente atónito. No me parecieron palabras propias de mi Carlotita, pero me pusieron más cachondo aun de lo que ya estaba, así que no quise tardar más en montarla.

-Mírame -le ordené a mi hija- Quiero que me mires mientras te la clavo, cariño. Atenta, que esto va a ser rápido. Me has puesto tan cachondo que no creo que aguante mucho.

Puse todo mi cuidado en metérsela. Era como si mi verga tuviera vida propia. Ella solita se dirigió al húmedo agujero que la aguardaba con ansia. Mientras, yo besaba a mi hija y le acariciaba las tetas estrujándole los pezones entre mis dedos, lo que le ponía tan cachonda que tenía que dejar de besarme para gritar. Cuando se la metí entera en ese chocho apretado como pocos, comencé a moverme despacio sacándole y metiéndole mi polla que solo quería reventar en ella. Mi hija empezó también a moverse debajo de mí.

-¡Fóllame, fóllame, papá!

-¡Sí, hija, sí! ¿Quién te va a follar a ti mejor que tu padre?

-¡Nadie, papi. Nadie...!

Mi hija volvió a correrse otra vez justo antes de que lo hiciera yo. Pensé haberla sacado antes de tiempo, pero no quise cuando llegó el momento. Preferí dejarla llena de mi leche pensando en que iría por ahí el día de su boda con todo el semen de su padre mojando su precioso coño.

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