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Cómo acabé vendiendo mi culo hetero y virgen a un gay caprichoso y convincente

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Por Werther el Viejo

 

TODO EMPEZÓ en los servicios del bar del hotel. Estaba meando y me di cuenta que el vecino del urinario (que reconocí como un alto directivo de la empresa patrocinadora del simposio celebrado a primera hora de la tarde) estaba espiando descaradamente mi miembro. Muy incómodo, terminé enseguida, me lavé las manos y salí del servicio. 

Poco después, mientras me tomaba un whisky en la barra del bar, se sentó a mi lado y pidió un vodka. De inmediato, me di la vuelta buscando una mesa libre. Estaban todas ocupadas. Así que continué a la barra, pero dándole la espalda.

Entonces ocurrió algo extravagante. Él se arrimó a mi hombro y, muy cerca de mi oído, me susurró:

-Espero que no se moleste, que no se enoje, por lo que le voy a decir... Mire, lo que he visto, me ha gustado un montón. Sencillamente, tiene usted un pene muy hermoso. Empalmado debe ser una pasada...

Me aparté bruscamente, aunque apenas un metro, y, girándome, le grité indignado:

-¡Pero qué...!

Él aprovechó que yo no daba con la palabra o el insulto apropiado, para pedirme con mucha calma que no me sulfurase.

-No se cabree. Es solo un comentario objetivo y muy sincero que creo que se lo debía... Mire, soy gay, pero no un acosador sexual. Repito que se lo digo objetivamente -me explicó con mucha calma y sonriéndome.

No sé si fue la sonrisa, o el tono amable de su voz, o su actitud respetuosa, lo que me proporcionó una cierta tranquilidad. Bebí un sorbo de whisky, mientra lo contemplaba de arriba a bajo, intentando analizarlo. Era un hombre elegante, más o menos de mi edad, rubio, algo más alto que yo y de aspecto muy masculino. Desde luego, en ningún momento, yo evidenciaba su lado gay.

-Ah, pues, yo no soy gay -me sentí obligado a proclamar mis tendencias sexuales-. Estoy casado; tengo mujer -añadí como confirmación.

-Ya... Y a mí me gusta... -entre carcajadas de baja intensidad, soltó de una tirada-: su pene, su falo, su carajo, su cipote, su verga, su polla... 

Siguió riéndose, mientra yo le pedía otro whisky al barman. 

-Tío, me alegro que te lo tomes a coña -le comenté, tuteándolo, tras el primer trago.

-¿A coña, yo? No. En absoluto. Jamás bromearía sobre una polla tan rica como la tuya  -dijo, tuteándome a su vez y con una cara tan sonriente que tanto podía ser una broma como un piropo.

Volví a contemplarlo y analizarlo. Ahora era él quien repetía con otro vodka.

-Eres un tío legal, doctor Barrett -le dije.

-Edgar, por favor... ¿Cómo sabes mi nombre?

-He estado esta tarde en el simposio.

-Ah... -exclamó y, tras beber un buen trago, deslizó:- ¿Y tú, además del propietario de una hermosa polla, eres...?

-Alfred.

-Alfred, un hombre casado.

A estas alturas, me resultaba inverosímil haberme prestado a una conversación de estas características. Lo malo es que no sabía cómo abandonar. O quizá realmente no lo deseaba. La verdad es que, sin ninguna lógica, comenzaba a sentir una cierta empatía por Edgar. Y él lo intuía sin duda. Tal vez por eso se atrevió a llevar la charla a terrenos aún más íntimos.

-Y a esa hermosa polla, ¿te la ha mamado alguna vez un hombre?

Curiosamente, aunque no me esperaba este tipo de pregunta, no salté airado, sino que respondí rotundamente, aunque con calma:

-Desde luego que no. 

Me acabé el whisky y me reafirmé:

- No,  desde luego.

Sin embargo, en esta segunda negación había puesto menor firmeza, a causa de ciertos recuerdos difusos de mi adolescencia. 

-Bueno, no creo... -Edgar me escuchaba expectante-. No sé. De adolescente con un grupo de amigos experimentábamos... Alguna mamada breve... Y pajas, sobre todo, pajas en grupo.

Justo al acabar de explicarlo, me arrepentí de mi sinceridad. Me sentí avergonzado y estúpido, por mi espontanea confesión.

-No te preocupes. No te inquietes. Es bastante corriente... En realidad, hay estadísticas que indican que una gran mayoría de adolescentes tienen alguna práctica homosexual. Por curiosidad... Ellos y ellas

Le dediqué una sonrisa de agradecimiento.

-¿Y ya de adulto? -volvió a inquirir.

-No, tío, no... Soy hetero

Mientras le respondía, comprendí que, sin saber por qué, estaba aceptando la situación. Y apenas me resistía.

-Eso es lo mejor, Alfred: que seas un hetero con una polla que me gusta... Quiero marmártela -yo iba a replicar,  pero no me dio tiempo-. Soy muy tozudo... Y siempre consigo mis caprichos.

De golpe, me sentí acorralado, incapaz de poner fin a la situación. Decidí largarme a toda prisa.

-Ponle otro whisky -le ordenó al barman, mientras me retenía sujetándome el brazo sin violencia-. Tengo unas ganas locas de mamártela, porque me gusta y porque eres hetero. Es una combinación muy excitante, muy morbosa... Mira, te voy a proponer algo interesante para los dos... No me contestes enseguida. Bebé un buen trago y luego me respondes.

Podía imaginar que me iba a pedir alguna práctica homosexual. Y yo no estaba dispuesto a aceptar. “No soy maricón, no soy maricón.”, me decía. Miré hacia la salida del bar dispuesto a largarme sin esperar.

Y entonces Edgar, lo soltó.

-Si me dejas que te haga una felación a término, te compensaré con un orgasmo glorioso  y además... con quinientos euros.

-¡Pero qué dices! ¡Tú estás loco, tío! -le espeté indignado-.¡Por quién me tomas?

-Por un amigo.... hetero y con una hermosa polla.

-Pues, tío, no me la vas a mamar -dí dos pasos hacia la salida-. ¡Me marcho!

-¡Mil euros! -me lanzó

“¡Joder, mil euros!” me dije. Regrese a la barra y tomé un buen trago de whisky. “Mil euros... Por un capricho... Mil euros, y al fin y al cabo es él quien me la mama... El maricón es él...  Joder, joder... ¿qué debe sentirse cuando te la mama un tío...? ¿Se me pondrá dura...?¿Dará gusto...?¿Me correré...? ”, estuve razonando muy deprisa y sin sentido. Y otra vez: “¿Me gustará...? ¿Me correré como siempre...?”  Confieso que mi indignación se fue enfriando con bastante rapidez y se convirtió en una imparable y morbosa curiosidad.  “Menuda aventura”, me dije...Y mientras me acababa el whisky, me oí decir: 

-¡Vale!... Pero solo chupármela.

 -Claro, solo una mamada completa -corroboró en un tono desapasionado.

Ahora, una vez que había aceptado, me entró cierto nerviosismo. Precisamente noté que, desde hacía un rato, estaba manteniendo una erección bajo mis pantalones. De pronto, me sentí excitado, con ganas de acabar cuanto antes.

-¿Cuándo? -pregunté.

-Cuando te venga bien.

-Pues, ahora mismo. 

Y acordamos subir a su habitación.

En el ascensor, solos los dos, me di cuenta que me contemplaba detalladamente. Pero no de manera libidinosa, sino amistosamente. 

-Tranquilízate. Te va a gustar, Alfred... Hay estudios que indican que hasta un cuarenta por ciento de hombres heteros tienen alguna experiencia homosexual -me comentó, como dándome argumentos para que autojustificase mi aceptación.

Pero la verdad es que su comentario me dejó bastante indiferente. Por el contrario, su actitud sumamente amable, pero con evidente contención, me daba mucha confianza.

Cuando nos metimos en  su habitación, me sentía tranquilo y seguro de mí mismo. Tenía enormes ganas de entrar en acción. Pero no sabía  de qué manera. Era la primera vez que me lo montaba con un tío. Desde luego, no iba a besarlo o abrazarlo lujuriosamente como hubiese hecho con una mujer. Por fortuna, él, por su`parte, tampoco parecía esperar algún beso, alguna caricia, algún abrazo. Después de  cerrar la puerta, fue manejando las luces, hasta dejar una penumbra sugerente. Luego, de una caja fuerte, sacó dos billetes de 500 euros y manifiestamente los introdujo en un sobre que dejó encima de una de las mesillas, asegurándose de que yo lo veía.

-Vete poniendo cómodo, Alfred -me sugirió-. Voy un momento al baño.

Me guardé el sobre, como hacían las putas que me había tirado, y me desnudé. “Alfred, eres una puta bien pagada”, pensé y se me escapó una risotada silenciosa. Me había quedado sólo con el calzoncillo bóxer puesto. Era un bóxer muy ceñido que me marcaba un paquete muy abultado por la erección. Me acomodé la polla dentro del calzoncillo, sin evitar un leve manoseo masturbatorio, y me senté en una de las dos butacas.

Eché una ojeada alrededor. Era una habitación muy amplia, más que la mía, como correspondía a un alto directivo, quien por cierto acababa de salir del cuarto de baño, totalmente desnudo.  

Se me acercó sin dejar de sonreír. Me fijé en que estaba totalmente depilado, incluyendo su pubis, con una verga enhiesta y circuncidada. No era la primera vez que veía un tío en pelotas. Había participado en algunos tríos, con tíos follando o masturbándose. Pero nunca me había fijado tan detenidamente en sus pollas, como lo hacía ahora con la de Edgar. En realidad, no entendía su fijación por mi pene, porque el suyo era, más o menos, tan largo y tan gordo como el mío, pero sin prepucio, exhibiendo un insolente glande.

-¡Vaya! -se me escapó, sorprendido por no sentir ni pizca de repugnancia ante esta visión

-Vale, vale... Vamos, querido, quítate el bóxer.

Así lo hice de inmediato y me quedé de pie.

Cuando vió mi polla levantada y dura, con el capullo rojo y agresivo fuera del prepucio, se le iluminó la cara.

-¡Eso es! ¡Eso es! -exclamaba, mientras se me acercaba- . Una fascinante minga de hetero virgen -aseguró, con su estilo retórico .

La tomó delicadamente con sus dos manos, y le dedicó una suave y lenta caricia masturbatoria. 

-Eso es... Eso es... -repetía, mientras me la meneaba. 

Lo malo es que me daba gusto, mucho gusto.

-No lo entiendo -dije en un momento dado-. Habrás disfrutado de pollas mejores que la mía. 

 -Si... Pero pocas de heteros auténticos, como tú... ¡Qué morbo, querido!

Que me respondiese con tanta pasión y me llamase “querido”, me puso un poco en guardia.

-Pero sólo una mamada, ¿eh? -establecí.

-Sí, si. Sólo una rica, rica, felación hasta que te corras -su voz seguía teniendo un tono muy apasionado.

A continuación, me pidió que me sentase al borde de la cama. Él se arrodilló frente a mí, me abrió de piernas y colocó mis pantorrillas sobre sus hombros.  De esta manera, quedé de espaldas sobre la cama, apoyado en los codos,  y obligado a exhibir la polla a la altura de su cara, y también mi trasero en primer plano.

Y entonces comenzó su felación. Cerré los ojos para no ver como me la mamaba un tío. Dos,  tres, cuatro chupadas.... y ocurrió lo inesperado. ¡Dios!, qué bien lo hacia, el tío. ¡Dios!, qué gusto me daba. Abrí los ojos para comprobar sus maniobras. Lamía, chupaba, acariciaba, mordía levemente. Se había adueñado no sólo de mi polla, sino también de mis cojones. A veces, su lengua, llena de saliva, bajaba lamiendo la polla desde el capullo, se paseaba por los huevos y se entretenía  en el perineo. Un poco más y podría colar la punta en mi ano. Pero no. No coló la lengua. El muy cabrón me mojó el ojete con saliva y comenzó a acariciármelo con la yema de un dedo. ¡Mierda!, qué gusto. Pero “yo no soy maricón, no soy maricón”, me repetí mentalmente. Otra vez, la caricia, la chupada, la lamida hasta un par de centímetros del ano y yo derritiéndome de gusto. Encima, el dedo de Edgar que entraba en mi ojete y se movía a diestro y siniestro en el interior de mi culo, arrancándome chispazos de un raro placer. 

-Me gusta tu culo, querido. Me excita  -comentó y, a continuación, más saliva  escupida sobre mi ano y un segundo dedo penetrándolo-. Relájate, querido -me ordenó-;  relájate  y te gustará.

Pues sí, me gustaba. Tenía ganas de gritar obscenidades, de blasfemar como un demonio, de insultar como un energúmeno. Pero me reprimía. O quizá no, porque Edgar estallaba en carcajadas y aceleraba sus maniobras.  Yo también reía a veces y a veces le pedía que no parase nunca.

Pronto llegó ese momento en el que placer se hace insoportable y exige urgentemente una eyaculación. Seguramente, Edgar se daba cuenta,  porque mis huevos se hacían  pesados, mi polla se ponía muy rígida y mis jadeosos se aceleraban. Se lo comuniqué dos o tres veces, como hacía siempre que me la mamaban.

-A término -murmuró Edgar y siguió chupando.

 Enseguida me corrí. Me corrí, estremecido por el placer que recorrió todo mi sistema nervioso. Gocé desenfrenadamente como siempre, aunque esta vez  mi polla estaba en la boca de un tío. Y ese tío, que se estaba tragando mi leche, me había hecho una mamada alucinante, con un orgasmo formidable. La morbosidad de la situación amplificaba esa gozada lujuriosa que torturaba mi cuerpo sin piedad. 

Todo fue terriblemente intenso, pero como siempre demasiado breve. Edgar, que con delicadeza había sostenido mis cojones mientra se vaciaban, finalmente se sacó mi polla de su boca, por cuyas comisuras chorreaba parte de mi lechazo. 

-¡Joder, querido!  Te ha gustado un montón. Está claro -me dijo sonriendo y limpiándose los churretes de semen de su cara-. Tienes una leche tibia y saladita... ¿No la has probado nunca?

Sí, la probaba cada vez que mi mujer me besaba después de una mamada; y en efecto era algo salada... Pero no le respondí, porque de golpe se me había enfriado la libido. De pronto, me sentía extraño y desazonado, con un gay desnudo tumbado a mi lado en la cama. Lo que más me disgustaba es que me había hecho disfrutar a tope. “No soy maricón, no soy maricón, no soy maricón”, me repetía mentalmente. “Pero, ¡mierda!, me ha dado un gusto brutal”, reconocía también mentalmente.

Contemplé a Edgar, que se había tumbado de espaldas sobre la cama, con su verga no muy erecta, pero firme. “No me gusta. No me gustan los hombres. Pero el tío es un Dios, mamando”, pensé. Y entonces, sin estar convencido del todo, volví a sentir empatía por ese Edgar, a pesar de que era gay

Él debió intuir (quizá por experiencias anteriores) mi estado de ánimo, porque, poníendose en pie frente a mi, me comentó en un tono muy amable:

-Alfred, querido, eres un hombre casado, muy viril, pero sexualmente curioso, sexualmente flexible -yo afirmaba con la cabeza, tratando de convencerme-. No debes preocuparte porque hayas disfrutado con mi felación- prosiguió retóricamente, según su costumbre-. Que te la mame una mujer o un hombre, no es lo que importa. Lo único importante es tu placer, tu orgasmo -seguramente no era el primer hetero a quien le largaba este discurso, porque le salía muy fluido-. Quien te lo proporciona no pinta nada, no significa nada, porque no es obligatorio que te enamores de quien te la mama.

Realmente, me pareció un buen argumento, que debería analizar más adelante. Pero al menos había servido para levantarme un poco la moral y un poco la libido.

Por eso, cuando Edgar me dijo “¿qué tal si ahora nos damos una ducha?”, me pareció una buena idea.

-Buena idea -le dije, mientras recogía mis calzoncillos

-Pues,¡hala!, a la ducha -y viendo que me ponía el bóxer, me espetó:- ¿Qué haces?

-Irme a mi habitación a ducharme. 

-¡Joder, querido! ¿Ya quieres largarte...? ¿Tienes miedo de que te contagie mi homosexualidad?

-No es eso.

-¿Pues, qué? No voy a violarte... aunque tienes un culo precioso -susurró sonriendo.

-Mira, tío, me sentiré más cómodo en mi habitación.

-Bueno, si es por eso, primero te duchas tú solo. Y luego, yo.

Esa oferta me cogió desprevenido, así que precipitadamente le solté:

-No, no... Podemos ducharnos juntos.

-Vale... Juntos, pero no revueltos -estableció él y nos fuimos a la ducha.

Al principio, comenzamos a ducharnos dándonos la espalda y separados lo más posible. No era la primera vez que, después de un trío, me duchaba con tíos. Incluso, con alguno de mayor confianza, habíamos bromeado con maniobras obscenas. Pero era la primera vez que me duchaba con un gay y me daba apuro pasarme o no estar a la altura, si me gastaba alguna broma.

En realidad, si ocurrió algo inesperado. En momento dado, involuntariamente chocamos los traseros.

-¡Uy! -exclamó Edgar sin volverse-. Tienes un culo muy agresivo, querido -soltó una carcajada-. Aunque... muy tentador -siguió carcajeándose.

Eso fue todo. Casi enseguida, salimos de la ducha para secarnos.  Mientras me frotaba con la toalla, ya con las ideas más claras, tuve la sensación de estar viviendo una historia surrealista. Edgar, ese tío elegante, incluso desnudo y con la polla en reposo, me la había liado. Claro que yo había aceptado su reto remunerado y, además, me había encantado su mamada. Sin embargo, eran ya las ocho de la noche y tenía que irme para telefonear a mi mujer.

Pero Edgar pensaba otra cosa. Me dijo que le deprimía cenar sólo, que me invitaba, y que podíamos pedir que nos subieran algo.

De primeras, no acepté. Y puse como gran excusa lo de telefonear a mi mujer.

-Llámala desde aquí -señaló-. Ya sé que eres un hombre casado y tienes obligaciones Pero me gustaría que cenases conmigo

No tuvo que insistir mucho para convencerme. Especialmente cuando ironizó sobre los 1.000 euros que le había costado proporcionarme un buen orgasmo.

-Sí, es surrealista -me salió del fondo del alma.

-Pues sí... surrealista.

Y me quedé a cenar.

Cuando llamé a mi mujer, Edgar tuvo la cortesía de encerrase en el cuarto de baño. Fue una llamada bastante breve.

“Voy a volver pasado mañana”, le anuncié. Ella me provocó diciéndome que, como llegaría por la noche, la iba a encontrar en la cama desnuda y a punto. “No me pongas caliente, guarrona”, bromée. “Ya sabes... eso se te pasará con una paja”, ironizó. Luego, nos enviamos besos y colgamos.

Edgar había salido del baño. Oyó mi últimas palabras, pero no hizo ningún comentario, porque el camarero con la cena llamaba a la puerta.

Cenamos salmón y un postre de chocolate. Y brindamos con cava brut nature.

-Por la amistad -propuse yo.

-Por la amistad... y amigos con  privilegios -amplió Edgar. Y cuando levantábamos las copas, añadió-. Como nosotros.

. Nos hicimos subir cafés y Edgar pidió una botella de Macallan.

-¿Quieres ver la televisión o escuchar música? -me ofreció Edgar, mientras me servía el whisky.

-Música relajante

Encontró un canal que daban música chill out. Callamos durante unos instantes, digiriendo nuestra situación. Estábamos sentados frente a frente, envueltos en sendos albornoces blancos. La verdad es que en aquel momento me sentía muy bien. Edgar era un tío agradable con el que daba gusto conversar y beber. Durante la cena habíamos hablado de todo, menos del trabajo y de temas sexuales. Ahora, la música suave de fondo, la habitación a media iluminación y el excelente whisky de malta, invitaba a tratar de asuntos más íntimos.

-¿Ves porno con tu mujer? -me soltó de pronto y, aunque a mí no me pareció una pregunta ofensiva, él añadió rápidamente:- Perdona... Si no quieres...

-No. Está bien -corté-. Y sí... A veces alquilamos porno.

-¿Y hacéis cochinadas? Perdona.

-Sí, a veces.

-¿También te la mama?

-Si

-¿Y te folla el culo con los dedos o con consoladores?

Bebí un trago de whisky para proporcionarme una tregua. No, no me trabajaba el culo, porque decía que era de maricones. Algunas putas sí que me habían metido dedos... y una, en una ocasión, hasta me metió un buen dildo.

-Bueno... -me callé, en busca de una respuesta aceptable-. Algunas me lo han trabajado -me salió de golpe.

Edgar se rió. Se sirvió otro whisky, mientras se libraba del albornoz. Se sentó desnudo en la butaca con la verga muy erecta. La tranquilidad con que había actuado me hizo recelar cualquier cosa. Quizá, por eso, aproveché para levantarme y, muy despacio, ir a servirme otro whisky. 

Al volver a sentarme, del  albornoz desabrochado, emergió mi polla también empalmada.

-Vaya. Estamos en forma -comentó Edgar-. A tí, según has dicho por teléfono, te ha puesto caliente tu mujer. Y a mi, eres tú, querido, quien me has puesto muy cachondo.

Tenía que haberme ido antes, porque todo se estaba complicando. Pero lo curioso es que la situación no me resultaba ahora demasiado desagradable.

-¿Y qué te ha recomendado que hicieses? -seguía Edgar-. ¿Que te tirases alguna puta del hotel? ¿O que te metieses en alguna orgía? ¿O que te masturbases?

-Eso mismo.

-Querido, qué solución más pobre. Ya te veo sólo, en tu habitación, meneándotela aburridamente. El sexo es para compartir, siempre que sea posible.

Callé. Mientras bebía el whisky, me sentí profundamente observado por Edgar. 

-Lo cierto es que tú ya has disfrutado lo tuyo. En cambio, yo... -se quejó de pronto-. Te ofrezco una solución más gratificante... La verdad, querido, es que me has puesto a cien. Deseo  follarte, quiero correrme dentro de tí. Tu culo virgen me excita un montón... Mira, querido, yo te follo y mientras tú, como tienes pensado, te masturbas -me propuso finalmente .

-¡Oye, oye, tío, que no soy maricón!

-Ya lo sé... Pero, querido, tu hombría no reside en el ojo del culo. Aunque te folle, tú seguirás siendo hetero. Sólo que curioso o flexible. Seguirás siendo un hombre casado, a quien hoy su mujer le ha dicho que se la menee a oscuras -argumentó con  aire grandilocuente.

-No es eso lo que me ha dicho... Pero no... De ninguna manera.

-Querido, ya sabes que cuando me encapricho de algo se cómo conseguirlo... 

Ahora, se levantó para servirme un tercer whisky. Se me aproximó con la verga tiesa, que de cerca me pareció un descarado garrote, sin prepucio. Dejó la botella a mi alcance, confiando en que la euforia alcohólica jugase a su favor, como había pasado por la tarde.

-Mira, querido, tú eres un hetero con mujer, pero yo soy un buen director financiero. Mi propuesta es mil. No... Dos mil euros para que le compres una buena joya a tu mujer cuando regreses.

“Dos más mil, tres mil”. Confieso que esta suma fue lo primero que instintivamente me pasó por la cabeza. Pero de inmediato pensé que el tío estaba loco. “Por quien me ha tomado... No soy maricón, no soy maricón... Por mi culo, ni en broma...”, me dije.  Y me bebí el whisky. 

-No te preocupes -proseguía Edgar-. Nadie se va a enterar.  

A mayor distancia, su verga tenía una imagen más presentable. A pesar del glande aireado,  parecía de fácil adaptación a cualquier agujero. “No soy maricón, ¡coño!, no soy maricón”, volví a autoafirmarme. Me serví otro whisky y eché un buen trago.”Mi culo ni en broma, que no soy maricón, ¡joder!. Ni por un millón”, razoné. 

-Nadie lo sabrá. 

“Joder, tío, lo sabré yo”, me dije y bebí otro trago, lo que me proporcionó una agradable calma. Y entonces, lo vi todo más objetivamente.”Dos mil euros”, pensé

-Te doy mi palabra -prometía Edgar.

“Dos mil euros”, me repetí mentalmente. “El tío tiene un capricho... Al fin y al cabo, le he dejado que me la mame... Y me ha gustado”, me dije, moderando mi oposición. En esos momentos, no sé si gracias al whisky, mi aceptación o mi rechazo estaban al 50% (“fifty-fifty”). Sobre todo, puntuaba también a favor mi curiosidad morbosa por experimentar algo nuevo. Claro que lo del dildo no me había  resultado muy agradable.  Y todo el mundo decía que las enculadas dolían un barbaridad. Se lo dijé:

-Tío, nadie me la ha metido nunca por el culo. Ni polla ni consolador -mentí-.  Pero todos dicen que duele un montón. Y yo no soporto el dolor.

-Mira, querido, si deseo tanto follarte es porque además de un culo hetero es precisamente un culo virgen. Por eso, en compensación, te ofreco dos mil euros... Y no voy a hacerte daño... Tengo todo lo necesario para evitarte dolores.

Los argumentos de Edgar iban minando finalmente mi resistencia. Y él lo intuyó. Entonces, se saco de la manga un carta de gran vendedor. Abrió la caja fuerte y, de un fajo de billetes, fue separando uno a uno hasta cuatro billetes de 500 euros. Luego, los metió cuidadosamente en un sobre que depositó cerca de mi ropa.

Aquello fue definitivo: dos mil euros eran dos mil euros. Además, después de todo, puede que me gustase tal como me había gustado la mamada.

Dije “vale” sencillamente, por más que pensase que la verga de Edgar era demasiado gorda, demasiado dura, demasiado larga, con un capullo demasiado agresivo,  para el pequeño ojal de mi culo.

-Vale- repetí, confiando en su promesa de no hacerme daño, mientras de pie me quitaba el albornoz y me quedaba en pelota viva.

-Pues vale -refrendó Edgar, dirigiéndome una amplia sonrisa-. Espérame un momento -me pidió luego, yéndose hacia el baño. Y, al pasar a mi lado, me azotó cariñosamente el culo que acababa de venderle.

Me quedé quieto, como petrificado, pensando en lo fácil que había sido que aceptase y diciéndome “¿y ahora qué?”.  Realmente, me sentía inseguro. Era una circunstancia muy nueva para mí. No sabía ni dónde situarme ni cómo comportarme.

Por fortuna, Edgar salió enseguida de baño, llevando un par de aerosoles y cremas. Nuevamente pasó por mi lado y otra vez el azotito cariñoso. Entonces lo vi claro. A partir de ahora, tenía que dejarme llevar por el propietario circunstancial de mi trasero, obedecerle sin oposición y aguantar lo que viniese.

Así lo hice cuando amablemente me pidió que me tumbase en la cama de bruces, que me arrodillase con las piernas separadas, y que levantase el culo en pompa. Una vez me tuvo a su gusto, se puso a acariciarme al ano con un dedo, mientras decía:

-Tranquilo... Relájate... Te pondré lubricante.. Y una especie de anestésico con  lidocaína...

Noté las rociadas de esprays y la penetración de al menos dos dedos por el ojete.

-Tranquilo... Relájate... Tranquilo... -seguía recitando Edgar-. No aprietes el esfínter... Tranquilo... Relaja el esfínter...

Poco a poco, fui perdiendo la sensibilidad de mi ano. A pesar de que aún notaba difusamente que Edgar, con varios dedos, lo estaba obligando a dilatarse a su conveniencia.

-Tranquilo... Relaja el esfínter... -continuaba.

Hasta que al cabo de un buen rato, se calló un momento. Yo, curioso, eché una ojeada atrás y pude ver que se estaba calzando un condón.

A continuación, me pidió que, sin cambiar de postura, me agarrase cada nalga con cada manos y las separase lo máximo posible.

-Estás a punto, querido -comento-. Relájate...

No sé como lo hizo, pero de manera muy confusa noté que algo me enculaba despacio, mientras Edgar seguía pidiéndome tranquilidad y relajación, sobre todo del esfínter. Finalmente, ese algo -seguramente la polla de Edgar- rellenó completamente mi recto y sentí una cierta desazón dolorosa y ligeras ganas de evacuar. Aflojé el esfínter, como él me pedía, y así soporté momentáneamente esas ganas. Durante unos instantes, Edgar mantuvo la polla dentro de mi culo, sin moverse, y, de esta manera, poco a poco fui tolerando la situación. Así, cuando comenzó a follarme lentamente, apenas sufrí molestias, porque me esforcé en mantener el esfínter flojo.

Minutos después, Edgar me estaba follando a buen ritmo. Y el cabrón disfrutaba como un cerdo cabrón..

-¡Ah, qué culo! ¡Qué pedazo culo! ¡Qué culo más rico! -se estimulaba Edgar-. ¡Cómo me gusta follarte!¡Ah, qué bueno, querido!  

Lo curioso es que, al poco rato de ser follado, me sentía cada vez menos incómodo, menos dolorido, aunque seguía deseando que terminase pronto. Con todo, la polla se me puso muy dura y me dieron ganas locas de masturbarme. Me agarré la minga como pude e intenté meneármela.

Cuando Edgar se dio cuenta que me la estaba pelando, detuvo su jodida.

-Date la vuelta -me ordenó.

Me tumbé de espaldas en la cama con las piernas totalmente separadas. Edgar me arrastró hasta el borde y me obligo a levantarlas como cuando la mamada. El se colocó de pie en el suelo, frente a mí, con su verga tiesa a la altura de mi ano. Y entonces me la metió en el culo hasta sus cojones.

-¡Hala, hazte una paja como te ha mandado tu mujer! -exclamó.

Yo me concentré en aliviar las molestias e incomodidades que me producía la nueva posición. Pero muy pronto desparecieron esas molestias y apenas me sentí incómodo. Al contrario, cada vez que Edgar me penetraba con fuerza, recorría todo mi cuerpo un ligero cosquilleo agradable y bastante excitante.  Algo debí decir en voz alta, porque él soltó no sé qué de la próstata y aceleró el mete y saca de su verga. La verdad es que ahora apenas me importaba. Me había adaptado a la enculada de Edgar. Encarado a él, contemplaba las muecas de placer de su rostro y crecía mi lascivia. Cada vez tenía mi polla más dura. Era increíble que, mientras Edgar me estaba dando por el culo, me pusiese tan caliente. Pero así era  

Seguramente, el calentón también se reflejaba en mi cara, porque, en un momento dado, Edgar comenzó a masturbarme despaciosamente. Fue una pasada. De golpe, me invadió un raro e intenso placer que constriñó todo mi cuerpo. Posiblemente y de manera involuntaria, comprimí también mi culo con violencia, estrujando la polla que tenía dentro; Edgar  reaccionó con entusiasmo (“¡Oh, sí! ¡Oh, sí! ¡Joder! ¡Dios, qué bueno!”), penetrándome con más vigor y acelerando impetuosamente su embestida.

Por mi parte, me entró un deseo frenético de conseguir un orgasmo. Edgar, concentrado en lo suyo, había dejado de masturbarme. Así que me agarré la polla y empecé a machacármela a toda marcha. Cosa que, por lo visto, excitó más a Edgar, que ahora me estaba sodomizando ferozmente. Se puso a jadear sonoramente.   

-¡Córrete! ¡Córrete, putita! -me gritó-.¡Quiero ver tu leche! -me gritó- ¡De tu polla estupenda! -me gritó-. ¡Corréte, putita!    

“¿Putita o querido?”, me paso por la cabeza. Pero mi concentración estaba sobre todo en  mi masturbación, que me estaba sumiendo en un ansiedad libidinosa. Sentía la necesidad de acelerar mi paja, estimulado por el bombeo de la polla de Edgar que, me producía (¡Joder, qué  gusto más raro!) una sensación desconocida y algo placentera.

- ¡Me gusta follarte! ¡Me gusta! ¡Me gusta!-seguía gritándome de vez en cuando, pero, sobre todo, su respiración era puro jadeo.

De la manera salvaje que me estaba follando el culo, imaginé que era él quien pronto iba a correrse. Vi la expresión tensa de su cara e intuí que era más inminente de lo que pensaba. Mi reacción inmediata fue masturbarme más aprisa, excitadísimo. 

Como era de esperar, enseguida me sentí transportado al borde del orgasmo. Pero, de golpe, Edgar me agarró por la cintura y me arrastró contra su vientre. Hundió bruscamente en mi culo su polla entera. Soltó una especie de bramido y comenzó a eyacular dentró de mí. Entonces, se mantuvo quieto, disfrutando del orgasmo, mientras su verga, metida a fondo, descargaba un buen lechazo.

Era la primera vez que alguien se corría dentro de mí. Me sentí muy extraño. Me asaltaban fuertes y extrañas sensaciones voluptuosas que provenían de mis genitales y también de mi culo. Me sentí impelido a sobarme la polla un poco más. Cosa que duró apenas unos segundos. Enseguida de todo mi cuerpo se apoderó una sensibilidad lujuriosa insufrible. Y entonces me invadió una oleada de placer carnal, mientras mi polla soltaba un semen blancuzco y espeso que caía sobre mi vientre. 

Ciertamente, tuve una gozada tan poderosa que me pareció el orgasmo más maravilloso de mi vida. Durante unos momentos estuve enajenado, sin voluntad para nada, dejándome hacer. Así que ni me moví ni comenté nada, cuando Edgar sacó su verga de mi culo, mientras me acariciaba cariñosamente las nalgas.  Ni tampoco cuando con delicadeza me limpió con la palma de las manos los grumos de esperma de encima de mi vientre. Finalmente, me levanté en busca de mi vaso de whisky y vi a un Edgar sosegado, llevándose el condón usado al cuarto de baño.

-Ha sido un gran  polvo, ¿verdad, querido? -me dijo, sonriendo.

Afirmé con la cabeza, mientras bebía un trago. Y, de prontg, tuve la conciencia real de todo lo que me había ocurrido. Ahora, me daba cuenta que, desde un principio, el verdadero objetivo de Edgar había sido desvirgarme el culo. Todo lo demás había sido una pura táctica. Cada vez que yo consentía a una de sus proposiciones, se iban desmoronando mis convicciones. Y al final, la realidad era que un gay me la había mamado y me había dado por el culo. Me sentía confuso y aterrado.“Pero no soy maricón”, me dije autoafirmándome. Aunque lo cierto es que estaba deprimido por la fácil que había sido todo, por mi pobre resistencia y porque nada de lo ocurrido no me hubieses repugnado cuando ocurría. La coartada eran los 3.000 euros (“Los negocios son los negocios”), lo que, en realidad, me hacía sentir (“¿Soy una puta?”) como una mierda.

Cuando Edgar salió del cuarto de baño, yo ya había comenzado a vestirme.

-¿No te duchas? -me preguntó.

-Sí, en mi habitación.

Debió intuir mi estado de ánimo, porque intentó darme moral. 

-No te sientas mal -me dijo-. Sigues siendo un hetero, querido. Un hetero casado, pero curioso -sonrió intentando quitarle transcendencia al asunto-. Con una mujer que te mandó hacerte una paja... 

Esperó que me acabase de vestir para darme su tarjeta.

-Para cualquier cosa que necesites de mí o de mi empresa, aquí tienes el número de mi móvil... En fin, me ha gustado haberte conocido... También en sentido bíblico -afirmó enfáticamente, al despedirme con una apretón de manos.

 

NO VOLVÍ A VER a Edgar durante el resto del simposio. Dos días después, por la noche, regresé a Barcelona. Encontré a mi mujer desnuda en la cama, como me había prometido por teléfono. La besé y le di un collar Cartier que había comprado con los 3.000 euros.

-¿Te has vuelto loco?  

-Gané algún dinero en el Casino... Deja que te lo ponga.

A toda prisa me desnudé, mientras ella coqueteaba en la cama con el collar puesto. Y entonces la morreé apasionadamente. Y le sobé las tetas. Y le lamí el coño. Y volví a morrearla, y a comerle el coño, y a sobarle las tetas. Y así varias veces... Hasta que le metí la polla en su chocho y comencé a joderla salvajemente. 

La follé haciendo brincar mi minga como una cabra loca dentro de aquel agujero mojadísimo y caliente. La follé sin pausa, desesperadamente, con más ganas que nunca, persiguiendo un  placer que conocía desde siempre. La estuve follando, sintiéndome un macho indiscutible, hasta que, más pronto que otras veces, me llegó la necesidad inaplazable de eyacular. Y me corrí...

Me corrí gozando más que nunca, mientras vaciaba mi leche dentro del coño de mi mujer. Disfruté exageradamente, como si viniese de una larga abstinencia. Y mantuve la polla  relajándose dentro su chocho, hasta que ella, masturbándose el clítoris, se corrió. 

Cuando todo acabó, me sentí en paz conmigo mismo. Sin embargo, me ocurrió algo extraño. A punto de dormirme tuve una idea inquietante, de lo más morbosa. Me imaginé en un trío con mi mujer y con Edgar. Incluso me sentí  excitado. Lo más raro fue que, mentalmente, estuve inventando argumentos por si algún día me atreviese a proponerlo.  

Hasta que me dormí.

(9,60)