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Mis cuentos inmorales. (Entrega 15) Capítulo 7

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Capítulo 7

 

El trío con Celia y Josefa

Dos días después del polvo inacabado con Celia en el cuarto trastero de la finca donde servía, hice otra guardia en la puerta principal del Ministerio; y como de costumbre, asomada a la ventana junto a Josefa, estaba también la cocinera. Me dijo que sí, con la cabeza; entendí que lo del trío que le propuse era aceptado por las dos, por lo que saque tres dedos de mi mano derecha con disimulo para que me lo confirmara; me volvió a decir que sí.

He dicho muchas veces, que, para los solteros el folleteo en esos años era casi un milagro; o te casabas o te ibas de putas. Por lo que hacer un trío (por la cara) de dos mujeres y un tío ni se pensaba, era inalcanzable para un chaval de 20 años, y sin un duro en el bolsillo.

Me entró cierto temor. ¡Hosti tú! eso de estar con dos titis a la vez me parecía demasié, una pasada, y la verdad, que me preocupaba. Me inquietaba, pues al no ser un follador nato de esos que se les pone dura ante una "escoba con faldas"; ya que buscaba a una mujer más espiritual que material: o dicho de otra forma: buscaba que me inspiraba una cadena de sentimientos, aunque sin ser amor si fueran más místicos que prosaicos. Por eso temía dar un gatillazo a pesar de tener 20 años. Y Celia y Josefa mal comparado, eran más "cardos que rosas".

Pero un orgasmo es un orgasmo, conseguido con amor o sin amor, y da el mismo gustirrinín, por lo que aparqué mis misticismos, y me dispuse a disfrutar de "cuerpos sin almas". Además me pregunté a mí mismo:

-Vamos a ver Félix: no tienes novia, no estas enamorado de ninguna mujer. Entonces ¿Por qué te la meneas día sí, y día también? y no me digas que lo haces pensando en los angelitos.

Me convencí a mí mismo, y volvía decirme:

-¡Es verdad! Celia y Josefa serán como mis manos, que cuando me canso de "sacudírmela" con la derecha me la "sacudo" con la izquierda.

Convencido por mí mismo, me dispuse a preparan el plan a seguir para "cepillarme" a las dos nenas (o ser "cepillado" por ellas)

El problema era doble: primero, el lugar del encuentro, porque en los hoteles pedían el libro de familia a las parejas, y el segundo, que no sabía dónde podía llevarlas, ya que no conocía habitaciones clandestinas para esos menesteres.

Quedé con Josefa en un momento que no estaba de servicio, para comunicarle los inconvenientes que tenía, pero ella me dio la solución; sus señores, un matrimonio de mediana edad iba a hacer un viaje de negocios al extranjero, por lo que se quedarían solas durante una semana. Sólo bastaba saber el día que no tuviera servicio, y a partir de las diez de la noche que cerraban los portales, y sin que me viera el sereno me abrirían la puerta para acceder al piso. Y así sucedió una cálida noche del mes de mayo.

¡Qué poca responsabilidad se tiene a los veinte años! Me estaba jugando un consejo de guerra, ya que la España de 1960 era una Dictadura represiva, y además yo era militar, por lo que la pena podría ser muy dura. Pero cuando el sexo domina al seso, no se pueden controlar las pasiones. Y llegó la gran noche.

Tuve que salir del destacamento por la puerta que da a la calle Fernando el Santo, y sortear a la patrulla que hacía ronda por el exterior, ya que de verme algún compañero tendría que darle explicaciones. ¿Y que explicación iba a darles? ¿Qué iba a follar?

Eran las diez y cuarto cuando llegué al portal, allí estaba Celia oculta tras las rejas esperándome. Abrió sólo lo suficiente para que pudiera entrar.

-¿Qué te ha pasado cariño, que has tardado tanto? Pensé que ya no venias.

-Lo siento, pero me las he tenido que ingeniar para poder llegar hasta aquí, a pesar que son menos de veinticinco metros los que separan los dos edificios.

-Me lo supongo, he visto a la patrulla de guardia recorrer la calle. Pero vamos para arriba, no sea que vaya a venir el sereno y nos vea.

Subimos por la escalera del servicio hasta el tercer piso, ya que el ascensor no funcionaba. Celia iba delante unos tres o cuatro peldaños; y aunque la iluminación era tenue, si lo suficiente para contemplar como su hermoso tafanario se movía a cada peldaño que subía a través de una sutil falda azul que llevaba; pero lo que me llamó la atención fue, que se la marcaba la raja del culo de una forma muy descarada.

-Celia: ¿no llevas bragas? Le dije muy bajito.

-¡Calla¡ qué nos pueden oír. No, no las llevo.

-Vale. Me callo. Pero me sobrevino una erección.

Josefa estaba asomada con la puerta entreabierta unos centímetros, esperando nuestra llegada.

-¡Por fin llegáis! Ya me estaba poniendo nerviosa. Dijo nada más llegar al rellano del piso.

Entramos, tenía Josefa la luz apagada. Sólo la conocía de lejos o a través de la venta; pero quedé embobado al ver el pedazo de culo que tenía. Si el de Celia era hermoso, el de Josefa era descomunal.

Aquello me produjo tal excitación que se me puso a tope, y suspiré...

-¡Menos mal! Porque temía que la situación me superara, y no pudiera empalmarme. Como dije antes, hacer un trío en aquella época por la cara y en nido ajeno no estaba al alcance de cualquiera, y temía que los nervios me jugaran una mala pasada.

¡Mira Celia! Le dije a la vez que le tomaba de su mano derecha y se la llevaba a mi bragueta.

¡Cómo la tentaría que dijo!

-¡Jo! Félix, que dura la tienes, esperamos que no se te baje en toda la noche.

-¿Tienes hambre? Me dijo Josefa, que como ya saben es la cocinera.

La verdad que no tenía hambre, pero al ver aquel jamón de pata negra que colgaba de un gancho de la pared, me entraron de repente.

Seguía empalmado a tope porque las caderas y el culo de Josefa me impresionaban. Nunca podría imaginar, que una mujer tuviera tanto carme por ahí. Se dio cuenta y me dijo la muy picarona.

-Por la cara que pones, seguro que prefieres mejor mis jamones ¿a que sí? Dijo subiéndose la falda hasta más arriba del vientre. Desde que has entrado no me quitas los ojos del culo.

La verdad que sí, que miro muy descarado a las mujeres, pero sin darme cuenta; ya me lo advierte mi hermana María.

-¡Jolín! Félix ¡Miras con un descaro a las mujeres!

Celia se reía al contemplar la escena ¡Menos mal que no era celosa!

Los muslos de Josefa no eran unos muslos cualesquiera. Impresionaban, y más en aquellos años de tantas carencias.

-¿Donde te parece que vayamos? Le dijo Celia a Josefa, por lo bajito.

-¡Qué mejor que en el cuarto de los señores! Ni están, ni se les esperan.

De súbito me entró un cierto temor, quizás debido a que tomé conciencia de la situación: follar a la criada y a la cocinera en aquella habitación tan lujosa me parecía una profanación. Luego supe que el señor era un alto cargo del Régimen, y marqués para más señas.

-Tranquilo Félix. Me dijo Celia al observarme, que sabemos lo que hacemos. No va a pasar nada.

Me acordé de las escaleras, cuando subíamos al piso, y le alcé la falda. Efectivamente, no llevaba bragas.

-Ponte unas bragas Celia. Le dije con un autoritarismo simulado.

-¿Pero para qué?

-Porque lo que más me gusta, es bajar las bragas a la mujer que me follo.

Josefa reía. A la vez que le dijo: -Anda mujer dale ese placer, y ponte esas bragas rojas que te compraste ayer.

-¡Rojas!  Exclamé casi en un grito. Mi color preferido.

Al poco, aparecía Celia con unas braguitas rojas, de esas que van por debajo del ombligo y transparentes, y ese maravilloso tetamen de 120 cm al aire, libres.

Desde ese momento empezaba a comprender, y a la vez se derribaban todos los mitos que yo creía que portaban las mujeres decentes. ¡Cómo si a las decentes no les picara el chumino igual que a "las otras"! ¡No te jode!

Josefa se desprendió de su bata ¿o era un vestido? No me acuerdo, y también se quedó en bragas. Eran de las llamadas de "cuello alto". Pero es que a ese pedazo de culo, unas bragas de "cuello bajo" quedarían ridículas.

 

Josefa y Celia

Las tumbé a las dos en la cama del Marqués; boca abajo; el espectáculo era deslumbrante y maravilloso, aquellos dos culos juntos causaban asombro e impresión, pero sobre todo, emoción.

Las dos hembras no me inspiraban ninguno de los sentimientos afectos al corazón, pero la polla me daba golpes contra el ombligo. Aquí rompí la barrera que me separaba mentalmente entre el sexo por amor en toda su pureza, del sexo por puro placer. Y una vez mentalizado que los cuerpos están concebidos para el deleite de los humanos; que el alma y el corazón sólo pertenecen a la espiritualidad, me dispuse a gozar de aquellos dos a través de la lujuria y la voluptuosidad, que son sentimientos del animal, porque animales al fin y al cabo somos.

Describir minuto a minuto lo que aconteció en la habitación del Marqués, desde las once de la noche hasta las cinco de la madrugada que me quedé dormido es complicado, porque hubo momentos en que me abandoné a las caricias de las dos sicalípticas cerrando los ojos dejándome hacer. En algunos momentos no sabía si la que me comía la polla era Celia o Josefa, porque las dos mamaban al unísono; y la vulva que yo lamía, de cual de las dos era.

Me encontraba en el reino de los lujuriosos. Y cuando las cataratas de semen se desbordaban por aquellos glúteos y pechos, era tal el placer que sentía todo mi ser, que comprendí que el espíritu es un obstáculo que ponen aquellos que aseguran que el desenfreno y la liviandad en el sexo, son un pecado mortal.

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