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Relato erótico

Una juventud madura (V): Ojos que solo ven lo que el corazón siente

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RESUMEN

El joven Fran recibirá un regalo de cumpleaños que nunca podría esperar, un viaje a un campamento internacional en Ibiza. Solo en el trayecto de ida en avión conocerá a un chico, Max, del que se enamorará perdidamente y con el que intentará incitar algo por medio de técnicas pícaras de excitación.

Habían pasado semanas de lo sucedido con David, pero aun lo recordaba como si fuera ayer. Cada noche antes de irme a la cama, cerraba la puerta de mi habitación, entraba en mi baño, ponía la bañera con agua caliente y desprendiéndome de todas mis prendas me metía en ella. Cerraba los ojos pensando en David, sus caricias, sus abdominales, sus piernas, sus nalgas… Agarraba mi pene y frotaba arriba y abajo imaginándome que mi mano eran las nalgas de él. Respiraba apresuradamente al mismo tiempo que movía toda mi parte inferior arriba y abajo haciendo que el agua de la bañera chocara contra mis nalgas haciendo plancha con ellas y haciéndome cosquilleo en la parte inferior del ano hasta que finalmente acababa eyaculando sobre mi torso con un gemido, pero corto y suave para que mis padres no pudieran oírlo.

Iban pasando las semanas cada vez más deprisa gracias a lo bien que lo pasaba por las mañanas. Unos días quedábamos los amigos de clase para ir a la playa, otro día para ir al cine y así dediqué gran parte del verano divirtiéndome y entreteniéndome. Día tras día iba olvidando un poco más a David y me centraba más en lo que debería hacer un niño de mi edad.

Llegó el día de mi cumpleaños y como es de esperar los regalos de la familia. Gran parte de ellos eran como siempre dinero y alguna tontería para acompañarlo como una postal de ¡¡¡FELIZ CUMPLEAÑOS!!! o algo parecido, pero mis abuelos decidieron cambiar un poco la monotonía de estos y decidieron regalarme algo diferente.

Me dieron una cajita con un lazo. Lo abrí quitando todo el envoltorio y en su interior había un papelito que ponía “campamento internacional en Ibiza”. Mis ojos brillaron con intensidad. Nunca había ido de campamento y menos de viaje sólo, sería una experiencia nueva que me entusiasmaba fervientemente.

Todo marchaba como era de esperar, incluso el típico paripé al que nos someten los padres siempre a la hora de hacer las maletas y a la hora de salir por la puerta.

-¿Has metido los calzoncillos? ¿y el bañador? ¿Has desenchufado todo lo de tu habitación? ¿Has hecho pis? ¿Has metido el neceser? ...- preguntaba una tras otra mi madre como un maldito interrogatorio.

Y el trayecto en coche hasta el aeropuerto tampoco no iba a ser muy diferente a lo esperado:

-Id con cuidado a golpearos cuando os tiréis desde las rocas, piensa a ponerte crema solar, si te encontrases mal díselo a tu monitor, por cualquier cosa llámanos, pásalo genial, te llamaremos cada día a la hora de cenar…

Vamos, el típico sermón que echan todas las madres cuando sus hijos se alejan de ellas. Y que todos asentimos para dar más confianza y tranquilidad con la intención de que este acabe rápido.

Ya sentado en el asiento del avión respiraba la tensión que produce estar por primera vez solo en un lugar, sin la vigilancia de los padres que en ocasiones no te dejan ni respirar, una tensión que se convertía en un sabor metálico en la boca que ni con goma de mascar se iba. El embarque había sido rápido y confortable, sin problema alguno, incluso el vuelo parecía que iba a salir puntual. Según iban pasando los minutos me tranquilizaba más y era más consciente de que no pasaba nada.

Los pasajeros iban ocupando sus correspondientes asientos, pero los dos que se encontraban a mi lado seguían totalmente vacíos. De un momento a otro apareció un ángel, un chico rubio que me cegó toda la visión periférica. Me quedé embobado al verlo al fondo con su maleta de mano que al parecer debía de pesar ya que se le marcaban los músculos de los brazos, con una camiseta playera de tirantes que dejaba ver parte del costado y unas bermudas blancas que le llegaban hasta un poco antes de las rodillas y que le marcaban el paquete de tal forma que apetecía abrírselas.

El chico se acercaba cada vez más hasta que por casualidad se paró en mi fila, miró el número de asiento y asintió con una media sonrisa al ver que era la letra de su billete, al parecer se iba a sentar a mi lado junto a la ventanilla. Se dispuso a dejar su maleta en el compartimento de arriba y llevando a cabo esta acción, al estirar los brazos hacia arriba, su camiseta se levantó ligeramente dejando ver la parte inferior de su panza, una barriga marcada por los abdominales y con las dos rayas que se marchaban hacia el pubis, unas rayas que me apetecían ver su continuación.

Estaba completamente ido cuando de golpe, ya habiéndose sentado en su lugar, se dirigió a mí para establecer una comunicación. Aunque las primeras palabras no pude entenderlas estando aun aturdido, deduje que me había preguntado cómo estaba.

-Bien- contesté inseguro de estar contestando la pregunta que suponía.

-Mi nombre es Max -dijo acercando su mano hacia mí para darme un apretón- ¿no eres muy joven para viajar solo?

-Es la primera vez que viajo solo, pero ya soy lo suficiente mayor para hacerlo sin ningún miedo -dije haciéndome el valiente- Y me llamo Fran.

-Bueno, pues encantado Fran, para mí también es la primera vez que viajo solo y tengo 18 años. Debes ser un chico muy valiente.

Durante aproximadamente 30 minutos estuvimos hablando sobre nosotros, sobre juegos, deportes… Max era un chico amigable y encantador que se dirigía a Ibiza por cuestiones de trabajo. Desde los 13 años había sido modelo para muchas marcas y sus padres le habían acompañado a todas sus sesiones, pero esa ocasión era la primera en la que iría sólo. Le encantaba surfear, jugar a las videoconsolas y cantar. Era un ángel tanto por dentro como por fuera y cada vez estaba más y más enamorado de él.

Anunciaron que a causa de un problema técnico el vuelo saldría más tarde de lo previsto, pero en ningún momento eso me preocupó. Max y yo dedicamos ese tiempo a jugar con el móvil y ver videos de risa. Me trataba como si fuera su hermano pequeño. Y en un momento inesperado, sin pensarlo siquiera, le pregunte si estaba soltero.

-Sí, estoy soltero, pero tampoco busco para dejar de serlo-

-¿Y alguna vez lo has hecho?, ya me entiendes- le pregunté de forma picarona.

-Eso sí que no te incumbe chaval- me contestó poniéndome la mano sobre la cabeza y despeinándome.

Qué incertidumbre, tenía las ansias de saber más de él, si le gustaban los chicos como a mí, si lo había hecho y en el caso afirmativo cómo había sido. Pero todos esos pensamientos se vieron rotos por la voz que indicaba que íbamos a despegar. Tras una larga hora, para mí el tiempo no había pasado.

Despegamos y una vez apagada la señal de los cinturones, Max me llamó la atención diciéndome que se veían los molinos aerogeneradores y que, si los quería ver, a lo que yo asentí apresuradamente. Me invitó a sentarme sobre sus piernas apoyado sobre su torso y sin pensarlo siquiera me subí sobre él. Admirábamos las vistas juntos por la pequeña ventanilla, pero eso era lo de menos, pensar que tenía mis nalgas apoyadas donde él tenía su pene dormido me producía una enorme excitación. Por mi cabeza pasaban un montón de ideas, entre ellas intentar despertar a esa fiera que me imaginaba enorme bajo sus pantalones. Empecé a mover el trasero disimuladamente de vez en cuando presionando más la zona esa con mis nalgas y cambiando de posición; y aunque al principio no pasó nada, poco a poco se iba endureciendo. Era como suponía bastante grande y yo de cada vez estaba más caliente, así que seguí con mi misión hasta que Max al ver que se estaba endureciendo sin querer, me quitó de sobre él disimuladamente intentando esconder esa excitación momentánea con una revista.

No podía más, tenía que ir al baño, esperé a que me bajase lo suficiente la excitación para ir sin levantar sospechas, y una vez allí empecé a quitarme la ropa hasta quedarme desnudo al completo, bajé la tapa del retrete y me senté en él, cerré los ojos y empecé a imaginarme a Max desnudo, con sus abdominales y sus pectorales marcados, con sus ojos azules y su pelo rubio, con esa cara que me había enamorado y con un estupendo y hermoso pene duro que me apuntaba hacia mí. También me imaginaba sentado sobre él como minutos antes había estado, pero esta vez sin ropajes de por medio, piel con piel. Empecé a coger mi pene, intentando no perder la imagen que mi mente había creado de Max y yo, y empecé a mover de arriba abajo simulando que mis manos eran las de él. Luego continué a una mano y después de chupar durante unos segundos los dedos me decidí a introducir primero uno y luego otro en el ano. No podía gemir ni chillar, pero mi excitación era tal que casi me salió inconscientemente uno. Pasó unos cinco minutos hasta que me corrí en el suelo. Estuve unos minutos más limpiándome y volviéndome a vestir, no tenía que dejar ninguna pista que pudiera dar a conocer lo que había sucedido en el baño.

Al volver, Max me dijo que había tardado mucho, a ver si me encontraba bien. Asentí diciendo que era lento haciendo mis cosas, que no me gustaba correr en ese sentido.

Max no tardó mucho en volver a hablar. Esta vez quiso contestar a la pregunta que antes le había hecho sobre su virginidad:

-Fran, sé que te sientes mayor y que pareces más joven de lo que eres, pero hay cosas que aún no has de tener prisa por conocer. En mi caso, todo llegó antes de lo que tocaría, lo hice sin pensar y ahora añoro esos momentos de incertidumbre y de niñez. No cometas el mismo error que cometí yo.

No quise decirle que era demasiado tarde para esas palabras, pero aun así no les hubiera hecho mucho caso si me las hubieran dicho antes. En esa época se podría decir que me movía más por lo que me decía mi pene que la cabeza.

El vuelo estaba llegando a su fin y no quería que este acabase porque supondría la despedida con Max. Le pedí el número de móvil para no perder el contacto y al tomar tierra nos despedimos. Aunque me hubiera gustado que hubiera sido con un abrazo o quien sabe que más, pero fue con un apretón de manos y con una caricia por parte suya en la cabeza. Algo me hacía suponer que no sería la última vez que nos veríamos.

En salida, después de coger las maletas y todo, me estaba esperando un hombre con un cartel para llevarme a la zona del campamento. Quien diría que Ibiza siendo una isla tan pequeña estaríamos 20 minutos en llegar. Era una isla auténticamente bella, con unas playas estupendas y con un clima húmedo y templado que incitaba a quedarse para siempre. Pero lo mejor estaba aún por llegar.

TO BE CONTINUED (continuará)

*****

autor: EXCAR-PRODUCTION

 

torresvalverdejuan@gmail.com

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