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Sabina (01-Ya eyaculé)

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La letra: Ya eyaculé

 

Tumbado en la cama, desnudo bajo una sábana que malamente me cubre de cintura para abajo, un porro entre los dedos y un libro de poesía de Nicolás Guillén en la otra mano, observo cómo delante de mí Claudia tambalea su cuerpo al ritmo caribeño de los versos del poeta.

- Tamba -digo, y a cada palabra ella me responde con un golpe de caderas que se lleva mis ojos en su movimiento-. Tamba -Cadera a la izquierda-. Tamba -A la derecha-. Tamba -Izquierda-. Tamba del negro que tumba -Derecha… izquierda, derecha-. Tumba del negro caramba -Izquierda… derecha, izquierda-. Caramba que el negro tumba -Derecha, izquierda, derecha, izquierda-. ¡Yamba, yambó, yambambé! -Y su culo se convierte en una batidora que arranca mis miradas del libro y se las lleva todas consigo mientras me levanta, a su vez, la verga que yace bajo el blanco sucio de la sábana.

Claudia tiene un culo de diosa. Jamás le he visto el culo a una diosa pero, seguramente, si existe alguna, tiene un culo como el de Claudia. Cuando baila al son de los poemas de Guillén, vestida sólo con ese tanga blanco, sus nalgas son curvas perfectas, inmaculadas parábolas extraídas de los trabajos de Da Vinci, una redondez llena y exquisita que se menea y me excita.

La veo moverse, de espaldas a mí, y no puedo evitar que mi cabeza se caliente con visiones de las que no consigo diferenciar recuerdos e imaginaciones. Ella lo sabe y se deja mirar, luego se gira levemente y me permite ver el perfil de uno de sus pechos. Su pezón parece gritarme un "lámeme, chúpame, muérdeme" con su peqeuñez abultada.

Miro a Claudia y la vuelvo a mirar. De pie, casi desnuda al lado de la ventana, la piel morena, casi mulata de sol, brillando con las primeras luces del domingo… Y ese culo. Ese culo que me vuelve loco. Un culo por el que mataría, por el que pagaría… Sí… daría todo lo que tengo por perderme en él.

- ¿En qué estarás pensando? -me dice, con mirada perversa.

- ¿Te acuerdas esa ropa que jamás te dejo ponerte?

- ¿La mini de cuero y las medias esas con las que dices que parezco una puta? -sus palabras llevan el retintín del resentimiento y la broma.

- Sí, esas.

- ¿Qué quieres?

- Vístete de putita, corazón.

- ¿Cómo?

- Venga, va… un favor que te pido.

Sonríe. Claudia sonríe y se acerca al armario. Abre los cajones, rebusca, revuelve, se sumerge en mar de camisetas y sostenes y vuelve triunfante con la ropa que le he dicho.

- ¿Y ahora? -pregunta, agitando minifalda, medias y top ajustadísimo.

- Vístete de putita, corazón, vuélveme loco… Ponte esas braguitas de nylon...

- ¿Y luego me las quitarás poco a poco?

- No -sueno tajante-. Te las quitaré a mordiscos, a estirones, con la boca, con las manos, salvaje, sucio, visceral… -En plena sarta de adjetivos me voy levantando, saliendo de la cama y acercándome a ella. Llego a milímetros de su cuerpo, la miro durante un segundo y la beso en los labios. Labios que me responden como siempre: calientes, sencillos y lascivos.

Cuando me separo de ella, le paso el porro y me vuelvo a la cama, mientras le repito:

- Vístete de putita, corazón.

Oigo, casi al instante, y tras la calada de rigor que agota el canuto, el susurro inconfundible de cuero subiendo por la piel de las piernas de Claudia. Mi verga, que andaba a medio camino de cualquier parte, se decide a endurecerse completamente llevada por las imágenes que cruzan mi mente.

Me tumbo nuevamente en la cama y la observo. Intenta, con dificultad, embutir sus pequeños senos en el diminuto top. Cuando al final lo consigue, me mira con ése brillo especial en la mirada que me enamoró de ella hace dos años.

- ¡Ay, negra, si tú supiera!/ Anoche te vi pasar y no quise que me viera./ A él tú le hará como a mí,/ que cuando no tuve plata/ te corrite de bachata,/ sin acordarte de mí -recito con los ojos recorriéndola sin cesar.

Claudia sonríe, y se ajusta las tetas en el top con un gesto provocador y lascivo. Un gesto de puta.

- ¿Cuánto cobras? -le pregunto, sin dejar de mirarla a los ojos.

Por un momento parece confundida. Pero al instante se confía y contesta con convicción; no es la primera vez que tomamos roles para jugar en la cama.

- Cuarenta el completo y diez por mamada, nene -responde, con el deje despectivo de su papel.

- Está bien. Métete en la cama -sonrío.

Obedece con sumisión y se sube al colchón. Gatea sobre él, viniendo hacia mí y permitiéndome comprobar con la vista lo ajustado que le queda su top. Tras su cabeza, más allá de su espalda y su cintura, el culo de Claudia llena la minifalda en su curva de cuero, en una suerte de planeta negro y desierto que espera ser habitado.

Se me acerca y me planta un beso en la boca. Pero este beso no es beso. Carece de ternura, de la caricia blanda y suave de lenguas que se rozan. Este beso es torbellino de lascivia y saliva, se desentienden los labios, luchan las lenguas una contra otra con el único propósito de despertar las pasiones. Nada de cariño, nada de mecernos en dulce suavidad mientras nos calentamos poco a poco. Este beso es llamamiento urgente al sexo desenamorado.

- Ummmm... Parece que tu amiguito se está despertando -me dice Claudia mientras me agarra la verga erecta. Lentamente, comienza a masturbarme.

Se me escapa un jadeo. Es la señal que ella busca. Acelera la masturbación y baja su cabeza hasta mi polla. Me dibuja garabatos en el glande con la lengua al tiempo que su mano va y viene con rapidez sobre mi verga. Sin amor. Sólo sexo.

Me incendia. Claudia me incendia. Aparta su mano, mete mi polla en su boca, hasta el fondo, y me incendia aún más. Me encierra todo yo en sus labios. Sube y baja. Sin amor. Sólo sexo. Su lengua acaricia y sus labios siguen el mismo camino marcado. Late mi polla en su boca. La agarro de la melena morena mientras mi pie busca infiltrarse entre sus piernas y, tras sortear la mini, acariciarle el coño por encima de la ropa interior.

Sube y baja su cabeza sobre mi polla. Sube y baja mi pecho llevado por la respiración. Vuelven a subir y vuelven a bajar sus labios sobre mi verga. Fija sus ojos en los míos mientras lo hace. No hay amor en esa mirada. Me reta. Hay altanería, confrontación, choque y lascivia. Todo eso hay en esos dos ojos negros de noche y lujuria. Exploto en su boca con un gemido. Sin amor. Sólo sexo. Me derramo en su boca sin amor, es una boca más, no esa que me ha dado de beber tantas noches. Es una boca desconocida, unos labios que pertenecen a una extraña y una garganta que jamás he probado y que se traga mi semen.

- Riquísimo... -ronronea, pegando sus labios a mi oreja.

- Ahora desnúdate que te voy a follar -le contesto.

Se levanta. De pie en la cama, vestida con esa ropa, se imbuye de cierto aire de superioridad mientras se contonea para deshacerse del top. Sus pechos pequeños se ven apetitosos desde aquí abajo, me siento como un demonio que alza la vista para ver a los ángeles volar.

- No hace falta que te quites la mini -le digo, poniéndome también en pie y a sus espaldas. Mi verga choca contra el frío cuero.

La obligo a arrodillarse, primero, y a ponerse a cuatro patas, después, ofreciéndome una vista prodigiosa de su trasero. Le subo la mini y la acaricio un poco por encima del tanga. Está increíblemente húmeda. La íntima prenda se adhiere a su sexo cuando empiezo a quitársela.

- ¡Qué mojada está mi puta! -digo, volcándome sobre ella, haciendo que mi verga tome contacto con la superficie de sus nalgas.

Claudia no contesta. Simplemente mantiene la posición y espera que sea yo el que dé el primer paso. Gime cuando paso mi mano entre las piernas, comprobando fehacientemente la humedad que desprende su sexo.

- Oumpfff... -se le escapa cuando introduzco dos dedos en su sexo. El coño de Claudia siempre ha sido ligera y placenteramente más estrecho de lo normal.

Mientras con una mano continúo masturbándola, la otra empieza a lubricar, con los propios jugos de Claudia y con saliva que dejo caer de mi boca, la quebrada de sus nalgas. Ella no se da cuenta, perdida como está en los dos dedos que se internan en su ser y el otro que le acaricia el clítoris.

Los gemidos cada vez son mayores. De repente, sin previo aviso, cuelo un dedo en su ano. Su esfínter se resiste pero cede, y mi índice se introduce arrancándole un quejido a la garganta de Claudia.

- ¡No! -Pero su grito pierde convicción cuando un segundo más tarde es cortado por un gemido.

- ¿Tú sabes por dónde se follan a las putas? -prácticamente gruño con voz rasposa.

Claudia echa la vista atrás y me mira con cierto rencor. Pero no lo evita, me deja que siga disfrutando de penetrarla con mis dedos. Quizá, en cualquier otra situación, las protestas hubieran tenido más énfasis, pero en este caso todo indica que la protesta es una mentira contada en vano. Que nada buscaría y nada conseguiría.

Sigo lubricando sus dos agujeros, masturbándola por sendos santuarios. Claudia gime, su voz se ha convertido en un arrabal de suspiros, jadeos e interjecciones de placer. Mi lengua empieza a acariciar su ano con suavidad, y la oigo perderse en un jadeo que se extiende durante unos segundos.

- No... por favor... -Su voz ya no tiene fuerza, no tiene convicción, me hace entender justo lo contrario de lo que dice.

Meto un segundo dedo en su ano mientras con la otra mano me encargo de seguir dándole placer a su coño. Empieza a jadear cada vez más fuerte, mecida por mis dos manos, dos más dos dedos que se meten en ella además de otro que se encarga de su clítoris. Los gemidos son ya sollozos, pequeños sollozos que demuestran lo que la humedad de su coñito me corrobora. Está terriblemente cachonda.

- No... Por dios... Para, que... para, que me voy a...

No consigue acabar la frase. Empieza a convulsionarse y aprovecho para colar un tercer dedo en su esfínter. El grito de placer de Claudia resuena por toda la casa. Muerde la almohada para ahogar sus gemidos mientras sigue temblando, con cinco dedos míos en su interior.

Se deja caer en la cama cuando me levanto para desnudarme por completo. Parece agotada, exhausta, reventada por el orgasmo que ha sufrido. Me mira y su cara es reveladora. Sus ojos brillan de satisfacción, su sonrisa no le va a la zaga, y su frente perlada de sudor me dicen que ha sido uno de esos orgasmos para recordar.

La observo detenidamente, tumbada boca abajo en la cama, el culo respingón expuesto, la piel morena anegada de sudor... Suavemente, la agarro de las caderas y las subo un poco, hasta dejarlas a la altura de mi polla. Ya no se queja, ya no intenta evitarlo, ahora sólo susurra un:

- Ten cuidado...

- Siempre lo tengo -le contesto con una sonrisa.

Me agarro la verga y la apunto a su ano. Empujo levemente. Claudia gime. Entra el glande con suavidad y mi compañera vuelve a gemir.

- Dale... -susurra, enloquecida por el arder de las pieles.

De un empujón, entierro mi verga en ella. Claudia no puede apagar un grito que le sale del alma. Mi mano viaja a su coño y se sorprende hallándolo ocupado con una de las suyas. La acaricio levemente, recreándome en el sentir mi polla en ese apretado agujero. Claudia contrae, no sé si conscientemente o sin querer, los músculos de su recto y yo me estremezco de placer. Creo que tengo que agarrarme de sus caderas para no caer.

Claudia empieza a gemir, y a mover sus caderas no sé si para ayudar a su mano a mi pene. De todas formas, decido salir de mi inmovilidad para controlar la penetracion. Salgo y embisto su cuerpo, y mi chica suelta un grito que me incendia los oídos.

Su culo es un refugio perfecto. Se amolda, me aprieta, rodea cálidamente a mi polla. Se complementan, polla y ano, en ese compás de dos tiempos que tiene mucho de mar y rocas, de embestida y paso atrás, para cebarnos de placeres el cerebro. Intento controlar mi cuerpo pero me es imposible, la cadera se me va sola, buscando adentrarse aún más en ese santuario de agradabilísimo calor que me envuelve, no ya la polla, si no todo el cuerpo.

Mi cadera golpea con las nalgas de Claudia. Cada empujón es contestado por un gemido. Claudia sigue masturbándose, acariciándose furiosamente el clítoris, empalada por detrás. Con la otra mano se agarra a la sábana, la arruga en su puño, mientras hunde su cabeza en la almohada para no escandalizar a todo el bloque con sus gritos. La mini de cuero, arremolinada en su cintura, parece ondear una vez por empujón.

Acelero mis embestidas, corrientes eléctricas nos surcan a los dos. Contraemos los músculos, late mi polla, late su culo, late su garganta de la que escapan blasfemias y peticiones de "Más, más, más", late el mundo entero. Obedezco y embisto, con velocidad, con furia. Chocan nuestras cuerpos. Percusión de dos nalgas y una cintura en choque, ritmo casi latino con el sabor a Cuba de su piel morena. Ritmo acelerado, ritmo latino, casi como...

Tamba.

Me hundo en las profundidades de su ano.

Tamba.

Repito el movimiento y su culo me aprieta la verga, como queriendo exprimirla.

Tamba.

Otra penetración, y un gemido que se escapa de su garganta y del abrazo de la almohada.

Tamba.

Nueva intrusión en su estrecho agujero. Nuevo gemido de Claudia al que me sumo.

Tamba del negro que tumba.

Claudia se olvida de su coño y se centra en ese placer especial, raro, diferente. Separa su mano de su húmedo sexo y se coloca a cuatro patas.

Tumba del negro caramba.

La aferro más fuerte. La penetro más fuerte. Me aprieta con sus músculos más fuerte la polla. Empezamos a gemir más fuerte. Toda sensación se hace más fuerte.

Caramba que el negro tumba.

Los movimientos se enloquecen. El placer crece cada vez más y más, se alimenta de cada rapidísima embestida que doy y se va haciendo más grande, rodeándonos en una burbuja gigantesca.

¡Yamba!

Mi chica levanta la cabeza, se prepara para esa explosión que se avecina, al igual que yo, que siento mi polla ansiosa de reventar en su culo.

¡Yambó!

Claudia agarra la sábana con las dos manos. Se muerde los labios. Yo clavo mis uñas en sus caderas, mientras siento la explosión barriendo todas y cada una de mis terminaciones nerviosas, que me envían la misma información "PLACER".

Y los dos nos corremos en un Yambambé de proporciones orgiásticas. Gruño, grito, gimo, me vuelco y rujo, todo a la vez, mientras Claudia no deja de gritar. Acaba tumbada sobre la cama y yo encima de ella, aún penetrándola. El orgasmo nos azota y nos lleva a cumbres que creíamos mentira de las novelas de amor. Nos fundimos los dos en uno solo que solamente siente placer. "¡Sí, sí, sí!" afirma ella a la pregunta que nadie ha formulado pero que siempre está ahí.

- ¿Te ha gustado? -pregunto, susurro ronco y cansino, mientras me dejo caer a su lado, sacando mi polla de su ano.

Ella no contesta, pero me mira sonriente mientras trata de recuperar la respiración y un hilo de semen se escurre entre sus perfectas nalgas.

Allí fuera, comienza un nuevo día. Bajo nuestro balcón, las ancianitas corren a misa y el señor policía le pone una multa a alguien que dejó su coche mal aparcado. Aquí dentro, en nuestra habitación, en nuestro mundo, Claudia y yo nos abrazamos, preparándonos para un día que se presenta excitante y genial.

 

 

Sabina (Vístete de putita [Ya eyaculé])

 

Caronte

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