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Las confesiones de Jorgito (6)

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Fue en su casa, con él y el señor Enrique incluidos entre los diez cincuentones que habían sido conseguidos a pedido del señor Manuel por el señor Miguel Ángel, el señor Javier y el señor Antonio que, por supuesto, integraban la decena de cogedores.

Puede imaginar el lector con qué ánimo alborotado recibí el llamado del señor Manuel un día lunes.

-Hola, Jorgito, buenas noticias, estamos los diez hombres que vamos a usarte a fondo. Sería este miércoles en mi casa, como siempre, a las diez de la noche. ¿Vas a poder?

-¡Claro!... ¡Me muero de ganas, señor Manuel!… -dije y como me encontraba solo en casa me desnudé en mi cuarto y corrí hacia el baño con el vibrador entre los dientes. Lo unté con una de las cremas de mamá, me tendí en la bañera de costado, lo activé y… ¡qué placer fue sentirlo bien metido en el culo después de que desapareció ese dolor inicial que siempre siento ante cada penetración!

En mi mente no había otra cosa que la fantasía de esos diez hombres dándoles de comer a mi trasero y a mi boca.

Desde ese momento me hice muchísimas puñetas y fue un esfuerzo atender el repaso de apuntes de varias asignaturas de la Universidad y la asistencia a clases.

El martes, víspera de mi entrega a los diez hombres, mamá y papá me asustaron durante la cena: -Te noto raro, Jorgito, ¿te pasa algo? –me preguntó mamá

-Sí, yo también te veo extraño, hijo… -se sumó mi padre.

-No… no… quédense tranquilos, de verdad, es un tema del estudio, problemas con una asignatura, pero nada grave… -y me esforcé por sonreírles para terminar de convencerlos.

Al día siguiente, el día D, nuevas puñetas y a las ocho de la noche una ducha muy prolija, higienización del culo, lavado de cabeza, perfume, cenar rápidamente y el despedirme de mis padres con la excusa acostumbrada:

-Me quedo a estudiar toda la noche en casa de un compañero… Es por ese problema con una asignatura complicada que les comenté… Hasta mañana… -y el salir poco menos que volando hacia el paraíso erótico que me esperaba en la casa del señor Manuel.

Fue él que bajó a abrirme la puerta del edificio y nos saludamos con un beso en la boca.

-Estás especialmente lindo, Jorgito… -me dijo mientras íbamos hacia el ascensor con una de sus manos sobándome las nalgas.

Yo vestía un jean color crema bien ceñido, chomba celeste y zapatillas rojas y sobrepasado por la ansiedad y los nervios le pregunté: -¿Están… están todos los señores?...

-Todos, lindo, y deseosos de conocerte…

-Ay, qué nervios, señor Manuel…

-Tranquilo, Jorgito, tranquilo…

Entramos al apartamento con el señor Manuel llevándome de la mano y al llegar al living el corazón se me desbocó al ver a esos señores que esa noche iban a adueñarse de mí…

Algunos sentados, otros de pie, todos charlando y bebiendo. Los había de todo tipo: altos, petisos, gordos, flacos, canosos, calvos, pero todos cincuentones, deliciosamente maduros…

-¡Bueno, aquí tenemos a Jorgito! –exclamó el señor Enrique y se adelantó a saludarme con un beso en la boca.

-Ho… hola, señor Enrique… -lo saludé entre tímido, excitado y nervioso mientras advertía que las charlas habían cesado y los señores se acercaban a nosotros.

-Amigos, éste es Jorgito, el chico del que les hablé… -anunció el señor Manuel y me dio un leve empujoncito en la espalda para que me adelantara hacia ellos.

Me rodearon de inmediato entre elogios encendidos y algunas expresiones subidas de tono. Habían dejado sus copas y al tiempo que me halagaban me hacían sentir sus manos en mi cuerpo, sobre todo en el culo.

-Pero, oiga, Manuel, ¿está seguro de que es mayor de edad? Mire que podríamos tener un problema muy grave si nos cogemos a un menor… -observó un gordo calvo mientras me miraba con desconfianza.

-Despreocúpese, amigo, de entrada, me aseguré que tiene dieciocho añitos, aunque parezca de quince… Vi su carnet de identidad…

-Bueno, entonces a gozar… -dijo el señor que había desconfiado de mi edad y otro, un señor alto, canoso, de bigotes y barba candado propuso:

-¿Qué tal si no perdemos tiempo? Que se desnude y nosotros también. La propuesta fue aceptada y el señor Manuel me ordenó quitarme la ropa mientras todos los señores, incluidos el señor Manuel y el señor Enrique se desvestían alrededor de mí y a medida que se iban despojando de sus prendas estrechaban el círculo a mi alrededor hasta terminar en un confuso montón de cuerpos pegados al mío, que temblaba de excitación mientras sentía manos en mi culo.

-Al dormitorio, señores, síganme… -dispuso el señor Manuel y al dormitorio me llevaron entre tironeos y empujones que aumentaron mi calentura.

Cuando llegamos a destino yo estaba súper excitado. El señor Manuel me mandó a la cama y que me pusiera en cuatro patas mientras él armaba las parejas.

-Vos conmigo, Enrique, ¿boca o culito?...

El señor Enrique pensó durante algunos segundos, eligió culito y empezaron a usarme.

Primero fueron un señor panzón, que gozó de mi culo y otro señor más bien delgado que me dio su pene en la boca. El señor panzón no tardo mucho en llenarme el trasero de semen y poco después tragué toda la leche del otro señor, ansiando que subieran pronto a la cama otros dos señores.

Cuando me estaba usando la cuarta pareja, el culito empezó a arderme un poco, pero a la vez era tanto el goce que yo sentía que soporté bien esa sensación algo molesta.

Los últimos en gozarme fueron el señor Manuel y el señor Enrique, mientras los otros señores aplaudían y los alentaban con palabras soeces,

El culo ya me ardía mucho y francamente me costó soportar hasta el final el pene del señor Enrique. Unos segundos después se corrió en mi boca el señor Manuel y disfruté entonces una vez más de ese placer que siento cuando eso pasa y yo trago toda, toooooda la lechita.

El resto de los señores descansaba, algunos en las sillas y el sofá, otros en el piso. Entonces le conté al señor Manuel lo que me pasaba:

-Mmmmhhhhh, hay que cuidar esa colita, nene. Vení, que en el baño tengo una crema que te va a hacer bien.

-Sí, señor Manuel… qué lástima, porque la verdad es que me hubiera gustado que siguieran usándome… -dije con expresión dolorida mientras íbamos camino al baño.

-¡Jajajajajajajajajaja!... –río él y dijo: -¡Qué puto sos, Jorgito! ¡qué puto sos!

-Sí… -acepté poniéndome colorado. –Y cada vez más… casi no puedo pensar en otra cosa…

El señor Manuel volvió a reír y una vez en el baño me hizo poner en cuatro patas y me aplicó la crema.

-¿A qué hora se van a trabajar tus papis?

-A eso de las nueve, señor Manuel…

-Bueno, entonces vas a volver después de esa hora para que te puedas llevar la crema, te limpiás bien el culito y te hacés otra aplicación. ¿Entendiste?

-Sí, señor Manuel. Lo que usted diga…

-Tenés carita triste, nene, ¿qué te pasa?

Bajé la cabeza y admití: -Es que me da… mucha pena no poder volver a… -y corté la frase, avergonzado.

Él me tomó la cara entre sus manos, emitió una risita, me besó en los labios y dijo: -Nada de eso, nene putito… No podemos volver a darte por el culo, pero sí vamos a usarte ese lindo hociquito que tenés… Y ahora vamos a ver si los amigos están en forma otra vez…

Y si lo estaban. Cuando volvimos al living un señor petiso y algo gordo se adelantó hacia nosotros: -Bueno, señor, ¿está el chico en condiciones de que volvamos a cogerlo?

-Sí, estimado, pero solamente por la boca, porque de tanta pija que le hicimos tragar el culito le arde y lo tiene un poco irritado.

.Ay, pero qué pena… Pero bueno, no estará mal hacerte tomar la mamadera.

-¡Señores!... ¡Vamos por la segunda vuelta! –anunció el señor Manuel y llamó al señor Enrique para contarle lo ocurrido con mi culo.

-Ay, nene, cuidate, ponete algo ahí… -dijo con tono compasivo y entonces le conté lo de la crema.

-Ah, perfecto; aplicátela varias veces al día y espero que muy pronto ese lindo culito esté otra vez en condiciones de alimentarse…

Le agradecí sus buenos deseos y el señor Manuel les contó a todos, el incidente y que entonces deberían limitarse a usarme por la boca.

Para mi alegría no hubo reproches ni lamentaciones sino todo lo contrario: solamente expresiones de entusiasmo y un señor alto y robusto, de cabello canoso, urgió a comenzar la acción.

El señor Manuel dispuso que esta vez no me usarían en la cama. Apartó las sillas y quedó en el centro del living un espacio considerable en el que hizo formar en círculo a todos los señores, incluido el señor Enrique.

-Vos, nene, te arrodillás en el medio y vas de rodillas de un señor al siguiente… Así les vas chupando la pija a todos… Y una cosa importante: no pierdas tiempo en tragar cada leche; con el semen de la verga que chupaste te vas a la siguiente, ¿entendiste?

¡Ay, qué morbo me dio eso! ¡chupar y chupar con cada vez más leche en la boca!

-¡Sí, señor Manuel!... ¡entendí!... –contesté sin disimular mi entusiasmo.

Él rio, me dio una palmada en la cola y me mandó a meterme en el círculo. Una vez adentro me arrodillé y así, desplazándome sobre mis rodillas fui hacia el primero de los señores, tomé sus huevos con mano temblorosa, él señor emitió un gemido y yo me metí en la boca su pene semi erecto hasta que él eyaculó y yo recibí la primera dosis de leche.

Y a esa siguieron nueve, con la del señor Enrique como último regalo. Fue maravilloso ir desplazándome de uno a otro señor sobre mis rodillas y con cada vez más semen en la boca. Algo iba tragando mientras me desplazaba, pero por lo corto del trayecto casi toda la lechita me quedaba en la boca.

Terminé con el pene del señor Enrique y recién entonces el señor Manuel me autorizó a que tragara todo el semen y me enjuagara la boca. Confieso que sentí algo de pena, porque me había dado mucho morbo tener la lengua, el paladar, las encías y los costados llenos de esa deliciosa lechita.

Poco después los señores iban yendo al baño para higienizar sus penes y luego vestirse. Se despidieron felicitándome calurosamente y prometiendo que volverían.

-¿Querés que vuelvan, Jorgito? –me preguntó risueño el señor Manuel.

-¡Sí, sí, claro que sí! –contesté entusiasmadísimo y sin el mínimo recato.

-Y a ver si la próxima vez tenés el culito recuperado, así podemos volver a darte por ahí. –me dijo desde la puerta del departamento un señor pelirrojo.

-Se lo prometo, señor… En dos o tres días mi culito estará como nuevo. –le aseguré.

-Esperame en la cama, Jorgito… -me ordenó el señor Manuel mientras el señor Enrique se despedía besándome en los labios: -Hasta pronto, lindo… -me dijo y siguió al resto de los señores encabezados por el señor Manuel que les abriría la puerta del edificio.

(continuará)

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