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Reencuentro con mi hermana

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Después de estar un largo tiempo cortada la relación con mi hermana, finalmente nos reconciliamos. Fue para su cumpleaños 43, pues nos habíamos encontrado en el shopping y tomando un café, dejamos de lado las diferencias que teníamos y terminó invitándome al festejo en su casa...

Ella, es 4 años mayor que yo. Su marido es un tipo buenazo que tiene una pequeña inmobiliaria. Tienen un hijo de 21 años. Yo no tengo hijos. A Jorge, mi marido, no le interesa tener descendencia. En realidad, pensará que siendo mecánico naval y estando a veces embarcado 2 meses (a veces más), sería un incordio el compromiso de un hijo. Por otra parte, mi esposo no era lo que se dice un impetuoso amante e incluso a veces, debía insistirle para tener algo de sexo. 

La noche del festejo, llegué con un remis a la casa quinta de mi hermana Patricia. Me sentí muy cómoda con la recepción feliz que demostraron al verme. Me había vestido, aprovechando que no estaba mi marido, con una falda corta y una blusa floja y con un interesante escote en mi espalda. Zapatos de taco aguja, que resaltaban mis piernas bien torneadas y el cabello largo suelto hasta los hombros. Soy bastante bonita y gracias al gimnasio tengo un cuerpo bien formado con unos pechos firmes y una cola paradita y atractiva.

—Daniela —dijo Patricia— Te presentaré a los invitados y después de tanto tiempo sin verlos, quiero que veas a mi esposo y a mi hijo Mauro. 

A Mauro, no lo veía desde que era un imberbe flacucho de 15 años. Hoy, era un muchachón rubio (como mi hermana) de 1.80 metro y junto a su amigo Bruno, ambos eran jugadores de rugby en el club del country.

—Tía, realmente me acordaba de ti a pesar del tiempo transcurrido —y con una mirada pícara a su amigo Bruno, agregó— lo que no recordaba, era que te vieras tan linda. 

El piropo me hizo feliz y me quedé charlando con ellos bastante, durante la velada. Notaba que ambos me atendían solícitamente y hacían por hacerme sentir bien. Fue una noche muy alegre y como la reunión se hacía en el quincho, la bebida y la música entonaban mi espíritu. Bailé con ambos despreocupadamente sintiendo el contacto de unos cuerpos juveniles y firmes (mi esposo es 15 años mayor que yo y estando gordo, no le interesa hacer gimnasia ni bailar), Bruno, más atrevido que Mauro, cuando bailábamos, acariciaba mi desnuda espalda con disimulo. 

A eso de la 1 de la mañana, ya se retiraban los invitados y le dije a Patricia, si me pedía un remis para irme a mi casa. Mi hermana dijo que me llevarían los muchachos ya que se iban al centro, a lo que ellos asintieron con repetidas inclinaciones.

—No quiero que se molesten —dije— ni desviarlos de sus planes.

—Por favor, tía —dijo Mauro— nos queda de paso y también será un gusto acompañarte.

Agradecí las atenciones, saludé a todos y salimos a mi casa con el automóvil de Mauro. En el viaje, iba sentada en el lugar del acompañante y Bruno en el asiento trasero. Sentía su respiración cálida en mi cuello mientras hablábamos tonterías. A llegar a mi casa por cortesía, los invité si gustaban tomar un café. Aceptaron de inmediato.

Mientras preparaba y servía los cafés, Mauro curioseaba el equipo de música. 

—Tía, puedo poner algo de música —preguntó.

—Por supuesto —contesté— lo que gustes.

Una suave melodía sonaba en el amplio living. Bruno se acercó a mi sillón y con una inclinación caballeresca, dijo: 

—¿Baila, bella dama?

—Encantada, caballero —dije levantándome y siguiendo su tono.

Mientras Mauro repasaba los temas musicales, Bruno me llevaba girando lentamente hacia la zona de penumbras del living. Sentía en mi espalda la mano del muchacho, acariciando mi piel. Presionaba mi cuerpo al suyo y empecé a sentir una leve excitación al notar la viril fuerza de la juventud.

—¿qué estás haciendo, Bruno?

—Estoy bailando contigo —contestó.

—Pero me estás excitando, acariciando mi espalda, pendejo —dije tratando de componer y frenar su actitud.

—Me encantaría lograrlo —musitó en mi oído.

La falta de afecto y el desamor de mi marido, me ponía a merced de este muchacho apasionado. Mientras girábamos acompañando la música, me presionaba en dirección al pasillo penumbroso de las habitaciones. Estaba realmente excitada como una gata en celo. La calidez de su aliento en mi cuello, la presión de sus músculos en mis pechos, y las caricias en mi espalda, me llevaban a un éxtasis impensado e incontrolado.

Entre sus brazos fuimos desplazándonos por el pasillo hacia el dormitorio. Puso mi espalda contra la pared y su boca buscó la mía, con una ternura no carente de ansias y pasión. Presa de mis más escondidas pasiones, respondí a sus besos casi con desesperación. Su lengua en mi boca entregada, recorría sus espacios.

No sé cómo, me encontré de espaldas en la cama matrimonial. la oscuridad de la habitación, solo iluminada por la luz del pasillo, me dejo ver como se deshacía de sus ropas y lentamente fue quitando las mías. 

—Haceme tuya. Te necesito —pude murmurar en medio de los besos.

El frenesí y la pasión me embargó. El descontrol de las caricias era brutal. Me olvidé de mi marido, de mi posición, de mi sobrino que estaba en el living. El mundo no importaba. Solo la desnudez de nuestros cuerpos.

En medio de tanta lujuria, noto en las sombras del cuarto la presencia de mi sobrino junto al lecho. El asombro dejo unos segundos de quietud. Cuando siento los labios de Bruno recorriendo mi vagina, siento también las manos de Mauro acariciando mis pechos.

—Tía Daniela —dijo en voz muy baja— dejame que yo también te quiera. Eres hermosa. Te deseo.

—Hagan de mí lo que quieran —casi grité— Los quiero dentro de mí. háganme suya.

—Te haremos feliz —dijo Bruno— Serás nuestra hembra. 

—Quiero ser su puta. Llénenme de sexo que necesito sentirlos —les rogué. 

Mientras Bruno se ponía encima mío en un intenso mete y saca, Mauro me besaba desesperado y sus manos en mis pechos me apretaban los pezones. El paroxismo del momento era incontrolable. Yo después de muchas abstinencias, sentía dos machos viriles profanando mi cuerpo satisfecho con desesperación.

Llegué al orgasmo y no sé si fue con Mauro o Bruno, pero sí sé que nunca había sentido tanto placer en el sexo. Mis uñas se clavaban en sus espaldas y mi boca buscaba sus miembros para darles el placer que quería que sintieran. El esperma de ambos quedaba en mi cuerpo y mis orgasmos eran intensos.

—Llénenme la vagina —rogaba— los quiero brutos machos míos. 

Fue una noche desenfrenada de sexo y bruta pasión. Quedamos satisfechos y agotados, abrazados en la cama. Bruno y Mauro, me dieron la satisfacción que mi marido me niega. La juventud de ellos, me contagiaba los deseos y quería seguir con todas las cosas que no tenía de hace tanto tiempo. Me penetraron nuevamente y me amaron con ternura. Tuvimos desenfreno y brutalidad en las penetraciones. Fui feliz y los hice felices. El futuro será desconocido, pero sé que no me faltará sexo de hoy en más. 

 

                                                                                      Danino

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