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Alex, 18 años, casi Alexia de tan lindo (8)

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La cazadora, apostada en la camioneta muy cerca del edificio indicado por Alex, vio salir a Diego a las 18,50 y se dispuso a cumplir con su misión. Adelantó el vehículo unos veinte metros y aprestó la cámara fotográfica. El jovencito vestía una remera y un short, calzaba zapatillas y llevaba una mochila cargada en la espalda.

—Qué lindo es… Precioso de cara, buenas piernas y ahora habrá que ver el culito… —se dijo y le tomó las dos primeras fotos de frente cuando el chico estaba por alcanzar la línea de la camioneta. Lo dejó avanzar unos pasos y volvió a accionar la cámara para registrarlo de espaldas, en dos imágenes sucesivas.

—Mmmmhhhhh, ¡cómo abultan esas nalgas debajo del short!... ¡Qué buen culo! –dictaminó mientras ponía en marcha el vehículo para regresar a la mansión.

—Segura estoy de que los Amos van a dar el visto bueno… —arriesgó con el deseo de volver con otras cazadoras y concretar la captura de la nueva presa.

Efectivamente así sucedió. Cuando los Amos vieron las fotos que les entregó Ligia no dudaron en aprobar la captura del jovencito.

—Según usted nos dijo el nene vuelve a ir al gimnasio el miércoles, ¿cierto, señora? –quiso asegurarse el escribano.

La matrona confirmó el dato y dispuso ordenar a tres de las cazadoras que realizaran la captura del chico ese día, mientras los Amos informaban al señor Z sobre la situación, para que se abocara a recabar los datos de la familia y estar atento a cajonear cualquier denuncia sobre desaparición de persona que fuera presentada.

Inmediatamente después de la charla con los Amos Ligia se hacía presente al atardecer en el cuarto de Alex.

—Bueno, ya está todo dispuesto. Los viejos aprobaron a tu compañerito, así que pasado mañana, el miércoles, las cazadoras lo agarran, me lo traen y te llevo conmigo.

Un curioso interrogante le surgió al chico y preguntó:

—¿Puedo preguntarle algo, señora Ligia?

—Pegunta nomás.

—¿Me va a… a llevar con la túnica y las ojotas o… o tengo que dejarla para Diego?...

La mujerona rio ante la pregunta y luego dijo:

—Te gusta andar con la túnica, ¿eh, putito?

—Sí… Sí, señora… La verdad que sí…

—Bueno, no te preocupes, porque te voy a llevar así como estás, con la túnica, las ojotas y tu collar. A tu compañerito le voy a dar otra túnica, otro par de ojotas y otro collar. Tengo un stock… —terminó bromeando Ligia.

—Gracias, señora… —dijo Alex con ese murmullo que empleaba siempre con la mujerona.

Llegó el miércoles y a las siete de la tarde Diego yacía inconsciente en la caja cerrada de la camioneta, narcotizado según el procedimiento habitual de los raptos. Junto a él, cazadora 2 y cazadora 1 se disponían a desvestirlo luego de haberle avisado a Ligia que la cacería había concluido con éxito y cazadora 3 guiaba raudamente al vehículo hacia la mansión.

Al llegar debieron bajar al chico de la camioneta entre cazadora 1 y cazadora 2, puesto que, como siempre, el efecto de la anestesia duraba alrededor de dos horas. Ligia observaba la escena relamiéndose atraída por la belleza del nuevo mientras éste era traslado hacia la celda del sótano por ambas cazadoras.

—Qué buen culo tiene… —dijo la matrona.

—Un culo hermoso. –coincidió cazadora 2.

—Bueno, enciérrenlo ahí abajo que mañana empiezo a ocuparme de él. –dispuso Ligia y se dirigió rápidamente al cuarto de Alex, que yacía de espaldas en la cama.

—Bueno, bebé, ya tenemos a tu compañerito en el sótano, así que levantate y seguime, que ya sos mío.

—Sí, señora… —contestó el jovencito con el corazón latiéndole aceleradamente.

Mientras iba detrás de la matrona, con la cabeza gacha y las manos en la espalda trató de descifrar cuáles serían esos planes que ella había mencionado, pero le fue imposible. Entonces se conformó con saber que iba a seguir teniendo dedos y el consolador en manos de quien ya era su Ama. Se dijo que extrañaría las vergas, eso de sentirlas ir y venir en su culo o en la boca echándole chorros de semen, pero se consoló imaginando qué habría sido de él si los Amos lo echaban a la calle y la idea lo estremeció.

Cuando llegaron a las dependencias de la mujerona, ya Mara había cumplido con lo indicado por su amante y en el living estaba el futón en el que Alex dormiría.

—Bueno, aquí estamos…Tu nuevo hogar... —ironizó Ligia en medio de la emoción que le provocaba materializar la posesión del chico.

—Ahí vas a dormir. –le explicó señalando el futón. –Y ésa es la puerta del baño. –agregó señalando hacia el fondo del living.

Una vez instalado Alex la matrona llamó a su amante desde su dormitorio, para que el chico no oyera.

—Ya lo tengo, Mara…

—¿Al chico?

—Sí, ¿a quién si no?...

—Mmmmmhhhhh, se me hace agua la boca…

—Venite y lo cogemos…

—Síiiiiiiiii, y me contás eso del plan que tenés para él…

Ligia previno a su amante cómo iba a saludarla el chico y una vez finalizado el diálogo llevó a Alex al baño para que tomara una ducha y aplicarle una enema con la pera de goma que tenía para uso personal.

Alex se excitó imaginando que la higienización significaba que iba a ser usado y Ligia se lo confirmó mientras le aplicaba la enema luego de la ducha:

—Está por venir Mara, mi pareja. Te acordás de ella, ¿cierto, rico?

—Mmmmhhhhh… aaahhhhhh… sí… sí, señora Ligia… —confirmó Alex mientras sentía la incomodidad del agua que comenzaba a inundarlo. Sin embargo, a pesar de esa incomodidad creciente, ¿o tal vez precisamente por esa incomodidad?, comenzó a excitarse mientras Ligia le aplicaba, por puro gusto de hacerlo sufrir, una segunda carga de agua y se solazaba oyendo gemir al chico, que movía sus caderas hacia un costado y hacia el otro aunque procurando, por temor a la matrona, que el fino extremo de la pera no se saliera de su ano.

Por fin Ligia dio por concluida la enema y el jovencito debió sentarse en el inodoro y evacuar el agua y con ella todo resto de caca que pudiera haber. Después la mujerona le introdujo en el culo el dedo medio de su mano derecha para comprobar que el estrecho sendero estuviera totalmente limpio.

—Muy bien. –dijo satisfecha. –Bien limpito y listo para ser usado. –y le volvió a colocar el collar con la cadena. Inmediatamente le ordenó ponerse la túnica y calzar las ojotas, le aplicó perfume en ambos costados del cuello y en el orificio anal. Le roció las axilas con desodorante y se lo llevó al living justo en el momento en que sonaba el llamador.

—Ésa es Mara, nene, la vas a saludar de rodillas y besándole la mano. ¿Oíste, putito?

—Sí, señora, lo que usted me ordene… —murmuró mientras se arrodillaba con las manos atrás.

Ligia abrió la puerta y se hizo a un lado para franquearle la entrada a su amante. Mara era una muy atractiva mujer de treinta y cinco años, de mediana estatura, pelirroja de cabello enrulado, ojos verdes, delgada aunque de sugerentes curvas. Luego de cerrada la puerta ambas se besaron apasionadamente en la boca, con los brazos de Ligia rodeando firmemente la estrecha cintura de la visitante. Cuando se separaron con algún esfuerzo por demanda de la mutua calentura, Mara envolvió al chico en una mirada lujuriosa mientras Ligia le tomaba la cartera para depositarla en la mesa.

—¿No vas a saludarme, rico?... –dijo la pelirroja.

—Sí… Sí, señora Mara… contestó el chico y avanzó hacia la mujer desplazándose sobre sus rodillas. Mara adelantó su mano, entre soberbia y excitada y Alex la besó sintiendo que su calentura crecía aceleradamente.

—¡Qué bien educadito lo tenés, amor! ¡me encanta! –exclamó Mara entusiasmada, para después ordenarle a Alex que se pusiera de pie.

—Quiero verte todo, precioso…

Alex se incorporó y quedó de frente ante la mujer, en actitud sumisa, con las piernas juntas, las manos atrás y mirando al piso. Ligia lo observaba complacida y excitada a la vez.

—Es increíble… —opinó Mara tocándose entre las piernas por sobre el jean celeste.

—Sí, nunca vi nada igual… —coincidió Ligia. —Es el intermedio exacto entre chico y chica…

—Y ese pelo largo rodeando esa carita tan linda… —completó la pelirroja y caminó hacia su cartera mientras giraba un poco para mirar a Ligia por sobre el hombro derecho:

—Traje una sorpresa… —adelantó guiñando un ojo.

Abrió su cartera y con expresión lujuriosa sacó un consolar con arnés de cintura. Lo tomó por la base y exhibiéndolo a la altura de su rostro exclamó

—¡Mirá lo que le vamos a dar al nene!

Ligia abrió mucho los ojos y la boca, deslumbrada por el objeto de color piel que semejaba un pene de considerables dimensiones.

—¿Creés que se lo va a poder tragar sin que se le rompa el culo? –interrogó Mara acercándose. Alex se estremeció de miedo ante la pregunta formulado en un lenguaje tan brutal y le costó vencer la tentación de darse vuelta y ver de qué hablaban ambas mujeres.

—No te preocupes, amor. Viene tragándose vergas de ese mismo tamaño y una incluso bien gorda. –detalló la mujerona relamiéndose por anticipado ante la inminente violación del chico.

—Mirá qué bueno esto… —dijo Mara y le mostró a su amante un pequeño apéndice que el sex toy tenía en la parte trasera del cuero que se ajustaba contra la vagina y que servía para estimular el clítoris durante la penetración.

—¡Buenísimo!... –exclamó Ligia muy gratamente asombrada, por cierto. –Me lo dejás… —dijo. –Total vos cogés únicamente conmigo, espero.

—¡Claro que solamente con vos!... pero a partir de ahora quiero darle al nene, vengo y le damos las dos, así que te lo dejo.

La excitación de Alex iba creciendo y se expresaba en la erección de su verga, detalle que al ser advertido por Ligia le arrancó una carcajada y dijo batiendo palmas:

—Bueno, basta de cháchara… ¡A cogerlo! –y al oír a la mujerona Alex se estremeció al punto de que sus piernas flaquearon y debió sentarse en el piso.

Al verlo, Ligia se le acercó, lo puso de pie tirando con fuerza de su cabellera y pegando su rostro al del chico le dijo mordiendo las palabras:

—¿Se te ordenó que te sentaras, putito impertinente?

—Pe… perdón, señora, es que…

Ligia dio un paso atrás y le asestó una fuerte bofetada:

—¡Es que nada! ¡¿Acaso te olvidaste de que no podés hacer nada que no te sea ordenado o permitido? –y le cruzó la cara de una bofetada de tal fuerza que hizo que los ojos de Alex se llenaran de lágrimas.

—Ponelo de rodillas, me calienta eso. –intervino Mara, que había empezado a desvestirse.

—Ordenáselo. –le respondió la mujerona.

—¡Ay! ¡¿puedo?! –preguntó la pelirroja con la expresión de quien recibe un regalo.

—Por supuesto, nena…

—Bueno, ay, nunca di una orden pero… A ver… Arrodillate, ricura… —dijo Mara con una voz que intentaba sonar imperiosa.

Alex se había excitado con el reto duro y la bofetada de Ligia y el deseo de ser penetrado lo atravesaba.

—Sí, señora… musitó antes de hincarse.

—Las manos en la nuca. –completó la matrona.

—Sí, señora…

—Ay, pero qué bien educadito lo tenés. –se admiró Mara ya desnuda y acercándose al chico le acarició la rubia y sedosa cabellera para después enredar sus dedos en los de él.

—¿Me dejás que empiece yo, porfi?... –pidió la pelirroja empleando ese tonito mimoso que usaba cuando quería conseguir algo de su amante.

—El nenenena te tiene calentita, ¿eh?...

—Muuuuuuiuuuuy… —admitió Mara revoleando sus ojos verdes mientras acariciaba con la yema sus dedos la nuca de Alex, que temblaba.

—Él también está calentito, ¿cierto, bebé? —preguntó la pelirroja.

—Sí… sí, señora…

—No te oí. –intervino Ligia mientras terminaba de desvestirse.

—Perdón, señora, dije… dije que… que estoy… que estoy… calentito…

El término le causó gracia a Ligia y lanzó una carcajada. El chico no hubiese empleado esa palabra, pero supo que debía repetir la expresión usada por Mara y eso dejó conforme a la mujerona en su deseo de humillar a su presa.

La pelirroja ya estaba armada con el consolador y le preguntó a Ligia:

—¿Puedo ordenarle que se ponga en cuatro patas?

—¡Ay, che, dejá de preguntarme si podés! ¡Quiero que lo mandes! ¡Que lo mandemos las dos!... –le respondió la mujerona, molesta. –Eso me calienta, no que te portes como si fueras una sumisa.

—Bueno, perdón, querida… Yo no sabía…

—Bueno, ahora sabés, así que adelante. –remató Ligia mientras se quitaba el corpiño, última prenda que la preservaba de la desnudez total.

—En cuatro patas, lindo… —ordenó Mara tratando nuevamente de dar a su voz un tono de firmeza.

—Ya oíste a la señora, putito. –agregó Ligia.

—Sí, señora… Sí, señora… —respondió Alex entendiendo que debía contestarles a ambas mujeres, en una muestra de su sumisión que ya era absoluta.

—¿A quién le contestaste primero? –quiso saber Ligia sólo para satisfacer uno de sus entretenimientos favoritos: humillar al chico.

—A usted, señora…

—¿Y después?

—A… a la… a la otra señora…

—Se llama Mara.

—A la señora Mara…

—Muy bien, ahora la señora Mara te va a coger y después te voy a coger yo…

—Sí, señora… —dijo el jovencito con un hilo de voz y presa de la más intensa excitación.

Mara ya estaba arrodillada entre las piernas del chico y Ligia le envaselinó el consolador. Puso un poco de vaselina en el orificio anal de Alex y dijo:

—Bueno, este hermoso culito es todo tuyo…

—Gracias, amor… —contestó la pelirroja y segundos después Alex se había tragado todo el consolador entre algún grito inicial, súplicas, gemidos y jadeos que encontraban eco en la respiración agitada de Mara.

La pelirroja comenzó a gemir acicateada en su excitación por el frotamiento de ese apéndice del falo artificial contra su clítoris, ya inflamadísimo, mientras Ligia, que no quería permanecer ociosa, había introducido sus dedos índice y medio en el trasero de su amante y los movía hacia delante y hacia atrás y también en redondo.

—¡¡¡Así, mi amor, asíiiiiiiiiiiiiiii! –gritaba Mara y Alex jadeaba roncamente en la cúspide del goce sexual.

Por fin Mara alcanzó el orgasmo, una explosión prolongada, casi interminable, que la derrumbó sobre la espalda del chico, de cuyo pene brotaba líquido pre seminal.

Ligia echó de costado a su amante al piso, le quitó apresuradamente el consolador, ajustó el arnés en su cintura y sin preocuparse por volver a lubricarlo lo introdujo luego de varios intentos en el culo del jovencito, cuyo alarido de dolor hizo que Mara corcoveara sobresaltada cuando había sido ganada por la somnolencia.

—¡Me duele, señora!… ¡Me dueleeeeeeee!... –aulló el jovencito moviendo desesperadamente sus caderas como si así pudiera expulsar de su culo ese ariete que lo martirizaba.

Ligia siguió con sus embates y dijo con esa crueldad que le era característica:

—¿Creés que me importa que te duela, perro putito?

El dolor intenso continuó hasta que el consolador estuvo hundido por completo en el trasero del chico. Entonces se fue reduciendo hasta casi desaparecer y dejar su lugar al goce, al que Alex se entregó por completo entre jadeos y suspiros. Ligia también gozaba y mucho, por la estimulación en su clítoris, pero también, y esto desde lo sicológico, por estar poseyendo ese culo precioso de un jovencito que de tan lindo era casi una chica.

Por fin la mujerona explotó en un orgasmo largo y violento que la derribó en el piso de costado arrastrando con ella al chico, que mantenía el consolador dentro de su trasero.

Alex ardía de deseo y no pudo contener una súplica:

—Señora, estoy… estoy muy… muy caliente… ¿puedo… puedo masturbarme?...

—Callate y esperá que me recupere, putito de mierda… —dijo despectiva mientras movía sus caderas hacia atrás para sacar el consolador del culo de Alex. –Y basta de hablar sin permiso porque si volvés a hacerlo te dejo el culo rojo a cinturonazos.

A punto estuvo el chico, movido por el terror a semejante castigo, de pedir perdón, pero por fortuna para él pudo pensar que no se le había ordenado y permaneció en silencio y echado en el piso, como un perro.

Minutos después Ligia y Mara estaban recuperadas del trajín sexual y la matrona le dijo a su amante mientras ambas se vestían.

—Che, está muy calentito el nene… Se pone así cuando lo clavan… Quiere masturbarse.

—¿Lo vas a dejar? –preguntó la pelirroja.

—Sí, y te voy a ofrecer ese show.

—Mmmhhhh, no sé si me interesa ve cómo se masturba un varón. –dudó Mara.

—Ver a éste te va a interesar. –prometió la mujerona que se acercó a Alex, lo tomó de un brazo y le dijo:

—Vamos, bebé, parate y vamos al baño que vas a tener tu pajita… —y el jovencito se incorporó de inmediato estimulado por la inminencia de ese placer que estaba necesitando desesperadamente.

Al ponerse de pie exhibió su verga erecta por debajo del borde inferior de la túnica y Mara dijo con un rictus de desagrado.

—Me le pongo detrás, no me gusta ver pijas y mucho menos paradas.

Ligia río ante lo dicho por su amante y dijo mientras los tres se dirigían al baño:

—Sos lesbiana hasta la médula, mi vida, y eso me encanta.

—Tan lesbiana hasta la médula como vos. ¿O me vas a decir que te gusta verle la pija parada a este putito?

—No, pero lo que me gusta y me da morbo es ver lo que hace cuando se pajea, lo que hace por orden mía, por supuesto.

—Ay, me intrigaste, mi amor… Qué hace?

—Ya lo vas a ver. –y los tres entraron al baño, Mara mirando obsesivamente el culo de Alex abultando la túnica.

—Sentate ahí –ordenó Ligia. –Ya sabés lo que tenés que hacer.

—Sí, señora… —aceptó el jovencito mientras respiraba agitadamente por la boca. Se sentó de inmediato al revés en el inodoro y comenzó a masturbarse con Ligia a su lado izquierdo y Mara a su espalda.

—¿Me trajiste acá para que mire cómo se pajea? –protestó la pelirroja con expresión de fastidio en su rostro.

—No. Te traje para que veas lo que hace cuando acaba. No seas impaciente.

Excitadísimo como estaba, Alex no tardó demasiado en llegar al orgasmo y derramó cuatro chorros de semen en la palma de su mano izquierda.

Fijate ahora… —alertó la mujerona a Mara, exhortándola a que se ubicara al costado del chico. La pelirroja lo hizo y entonces, entre el asombro y el asco vio cómo Alex lamía y tragaba los goterones de semen para después volver su rostro hacia Ligia con la boca abierta al máximo para mostrarle a su Ama que había tragado todo.

—Que asqueroso… —dijo Mara moviendo la cabeza de un lado al otro y retirándose del baño mientras oía la risa de su amante.

—Bien, bebé, muy bien. Ahora esperá acá que tengo que hablar con Mara. –dijo la mujerona retirándose mientras escuchaba en boca del chico ese “sí, señora” que tanto la complacía.

Mara estaba sentada en el sofá del living, con el ceño fruncido.

—No me hagas ver más esa asquerosidad, te lo pido por favor. –pidió tras dar una primera y larga pitada al cigarrillo que acababa de encender.

—Le encanta tragar su propia lechita… —explicó Ligia.

—¿Y a vos te gusta mirar esa asquerosidad?

—Me encanta, me da muchísimo morbo. Pero ya basta de eso. Te voy a contar el plan que tengo para el putito y me vas a ayudar en algo.

La expresión de disgusto despareció del rostro de Mara.

—Ah, sí, me había olvidado de eso. Me interesa, contame.

—Quiero emputecerlo.

La pelirroja puso cara de no entender: —¿Emputecerlo? Ya está emputecido, es un putito.

—No, quiero que trague pijas, muchas pijas por el culo y la boca. Centenares de pijas.

—Explicame… —pidió Mara.

Ligia se levantó y fue hasta la cómoda que formaba parte del mobiliario. Abrió el cajón superior y regresó con una hoja de cuaderno que extendió a su amante. La hoja tenía un texto escrito a mano con tinta azul:

“Chico pasivo, 18 años, para caballeros o grupos mayores de 60 años. No es arancelado.”

Mara leyó con los ojos muy abiertos y preguntó:

—¿Entendí bien?...

—Supongo que sí, mi amor. Voy a publicar ese aviso en páginas web de contactos, con una foto del nene. Lo que necesito es que me digas qué te pareció el texto. ¿Lo ves bien?

Mara volvió a leer el aviso y dijo: —Yo le agregaría que la foto es real.

—¡Perfecto! –se entusiasmó Ligia.

—¿Tenés fotos? –se interesó Mara.

—Muchas que le saqué en sesiones de sexo con los Amos.

—Oíme, eso sí me gustaría verlo. Ver cómo se lo coge algún viejo o un grupo.

—Te voy a invitar, por supuesto. –prometió Ligia y esa misma noche eligió en su PC la que estimó mejor foto de Alex, en la que se advertía claramente su bello y delicado rostro, la curva de sus nalgas, sus largos y bien torneados muslos, lo estrecho de la cintura que realzaba la armoniosa curva de las caderas. Al día siguiente el aviso estaba enviado a varias páginas web de contactos.

(continuará)

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