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Cuando alguien te descubre lo puta que eres

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A veces una no sabe hasta dónde puede llegar.

Por aquellas fechas las cosas no iban nada bien con mi pareja.

Internet hizo el resto, nos encontramos en una de esas muchas páginas donde te metes para buscar un ligue calentito cerca de tu casa.

Así nos conocimos.

Quedamos una noche.

Yo llevaba un pantalón corto, muy muy corto y una camiseta muy insinuante.

Nos fuimos a dar un paseo en coche mientras manteníamos la mítica conversación de dos desconocidos que acaban de verse en persona por primera vez.

Fuimos a una playa y aparcamos.

Me pareciste un chico muy mono desde el principio, y como odio las hipocresías te pedí que nos fuésemos para el asiento de atrás.

La excusa, que me hicieses un masaje en la espalda.

Yo iba con claras intenciones de acostarme contigo asique me quité la camiseta sin miramientos, dejando que tus manos nada expertas pudiesen rozar de vez en cuando la parte delantera de mi cuerpo.

Pero eras muy sutil y no querías tocarme las tetas. Yo me moría de ganas y tu te hacías de rogar.

Te pedí que parases y te sentases. Me senté a horcajadas tuya, muy abierta de piernas y te llevé las manos a mis tetas y luego a mi culo.

Estaba deseosa de follarte y dejar de lado las tonterías que tienen la mayoría de las mujeres que se creen que no se puede follar en la primera cita porque si no jamás te verán como una futura pareja.

¿Y quien te ve como eso si eres una estrecha?

¿Que no hay segunda cita?

Te pierdes este tremendo culo y ese coñito tan cerradito y apetitoso que tengo.

Pero aquella noche aprovechaste la ocasión.

Tu polla pronto creció dentro de tu pantalón.

Cuando ya estabas que reventabas me cogiste del pelo y me pusiste a cuatro patas.

Yo estaba deseosa de que me la metieras pero no esperaba aquella embestida sin piedad que me diste.

Eso provocó que me mojase toda.

En la siguiente embestida no tuviste que hacer fuerza para que entrase sin esfuerzo.

Estaba chorreando y te encantaba.

Me follaste en cuanta posición se te ocurrió, arriba, abajo, de lado, a cuatro patas…

Dentro del coche hacía demasiado calor.

Excusa perfecta para desentenderte de mí y dejarme a medias.

Hijo puta. Me fui para casa más salida que una monja de clausura, deseando un segundo encuentro tórrido.

Y lo hubo.

Esta vez te dejé subir a mi piso.

Una cama era un buen lugar para que me demostrases que eras el amante que necesito y enseñarme como follan los buenos amantes.

La cama  poco la usamos al final.

Como aún no llegaran mis compañeros de piso hicimos una ronda por cada estancia.

Lo que más me gustó fue mancillarles las camas a todos.

Luego usar sus escritorios como zona sexual y no de estudio.

Estar sentada en el borde de la mesa y verte a ti sentado en la silla del escritorio mientras me abres de piernas y empiezas a recoger todos mis fluidos.

Luego mientras sigues sentado bajar lentamente y sentarme encima de ti.

No necesitaba ya ni siquiera meterme tu polla con la mano.

Simplemente acercar mi coño húmedo y sentarme encima.

Estaba tan dura y yo tan mojada que los dos solo teníamos que movernos frenéticamente para darnos placer.

Ese placer que hasta ahora nadie me había enseñado como tú.

Ahora nos vamos para el salón.

La ventana da hacia la terraza  y hacia los pisos de otros vecinos.

No hay cortinas puestas aún, pero da igual.

Que disfruten del espectáculo.

Pensar que quizás me estén mirando, eso me excita en demasía.

Te encanta tenerme a cuatro patas para observa, tocar y golpear mi culo redondito con tu gran polla.

Te gusta que respingue con cada azote que me das con ella.

Por eso me pones sobre el brazo del sofá con las rodillas apoyadas en él.

Me inclinas hacia delante.

Tienes mi culo y mi coño delante de ti, para hacer con ellos lo que quieras.

Escupes en mi coño y me metes la polla de nuevo.

Gimo de placer.

Sigues follándome hasta que notas que me corro.

Es mi postura favorita.

En ella puedo notar mejor la gran polla que me está follando y permitir que entre completamente.

Hasta hay momentos en que con el desenfreno que llevas me empujas tan fuerte que rozo el dolor.

Son esos momentos que me hacen mojarme más aún.

Esa mezcla de placer y dolor.

¡Cómo me gusta y como sabes lo que me hace disfrutar!

Estoy disfrutando tanto que no me entero de la puerta.

Por suerte tú sí.

Cogemos una manta y nos tapamos aparentando estar viendo la tele.

Cuando mi compañera se mete en la habitación vuelves a metérmela.

Terminas de follarme allí en el sofá.

Te corres dentro de mí por completo.

Ummm, leche blanca y espesa dentro de mí, mezclándose con mis fluidos.

Esa noche dormí con tu corrida empapando mis bragas y al despertar aun olía a ti.

Por la mañana no me duché, me gustaba oler a ti y deseaba volver verte otra vez.

Y así fue.

Quedamos en sucesivas ocasiones de forma clandestina en mi piso.

La segunda vez bajé a buscarte al portal con una faldita de cuadros como la que llevan las niñas de uniforme al colegio.

Al meternos en el ascensor te pedí que me metieses la mano debajo de la falda.

No llevaba ropa interior.

En vez de subir nos quedamos en el ascensor.

Era por la tarde y mucha gente solía llamarlo, pero el morbo de que me pillasen era mejor que no hacerlo.

Me puse de rodillas ante ti y te saqué la polla del pantalón.

No estaba lo suficientemente dura para follarme pero un par de folladas a mi boca y ya lo estaba.

Aun así preferí deleitarme esta vez un buen rato comiéndotela polla.

Una buena mamada de esas que te la dejan llena de saliva hasta el punto en que la saliva te resbala por la boca y te moja las tetas y los muslos.

Como el ascensor tiene espejos en las tres paredes me arrinconas contra una.

Pegas mi cara contra el espejo y me metes la polla bajo la falda.

Poco a poco me vas abriendo el coño con ella.

Está húmedo, pero te cuesta entrar y haces más fuerza.

Me duele pero me encanta a la vez.

Me siento usada.

Aprisionada contra el espejo, medio violada y obligada a verlo todo.

Así estuvimos media hora, momento en el cual te corriste y llamaron al ascensor.

Yo me quedé sin correrme y estaba desesperada por hacerlo.

Subimos al piso, me cogiste por las trenzas que llevaba y me obligase esta vez a apoyar la cabeza sobre el escritorio.

Llevaste mis manos  a la espalda de manera que te servían de riendas para tirar de mí y llegar hasta el fondo.

Las piernas me temblaban.

Sentía que en cualquier momento me iba a correr y acabar cayendo de los tacones.

Aquella vez me corrí como nunca.

Estaba desesperada por hacerlo y tú sabías como conseguirlo.

Me decías que era tu puta, que sólo te pertenecía a ti y aunque yo lo negaba sabía que era así.

Es algo que no puedo evitar, es más me gusta.

Me encanta sentirme una puta barata, sin privilegios, simplemente un objeto que está hecho para dar placer a quien me use y tú, tú sacaste a esa puta.

Ahora ya no la puedo guardar dentro.

Cada día encuentro una nueva forma de sentirme sucia, usada y despreciable.

Y tengo que confesar que lo hago por complacerte.

Porque sé que te gusta tener una puta a tu entera disposición, que te complazca siempre y cuando lo exijas y porque no, que te rete y desobedezca de vez en cuando.

Porque de vez en cuando me gusta tener el control sobre ti.

Como hoy, cuando me tenías toda sumisa en la butaca y me sentaste encima de ti, dándote la espalda.

Disfrutabas como nunca mientras solo te follaba la punta de la polla, ¿verdad?

Deseoso de que decidiese sentarme más a dentro y poder abrirme todo el coño.

Pero no fue así.

Me levanté y te dejé a medias para irme al baño.

Aunque una puta es una puta, no lo debo olvidar. Yo sólo estoy para complacerte y darte placer.

Tenías que recordarme quien mandaba.

Tenías que recordarme que daba igual si yo disfrutaba o no.

Tenías que recordarme que yo sólo debo obedecer.

Tenías que recordarme que soy un objeto al que utilizas.

Te corriste sobre mi pubis  y mis muslos mientras estaba orinando en el baño.

Me quedó claro que soy una puta despreciable y barata, señor.

Ahora espero al siguiente encuentro. Espero sus órdenes y espero su castigo si me vuelvo a portar mal.

Porque seguro que lo haré.

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