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Lágrimas (relato corto no consentido)

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  • Al principio, sólo era cariñoso; luego le susurró obscenidades al oído, y le palpó las tetas y el culo

    Al policía Martínez lo llamaron por teléfono, cuando estaba saboreando un café en su pequeño despacho, para realizar una investigación preliminar sobre el caso de una muchacha, dependienta de una tienda de ropas de modas en un centro comercial, que se había precipitado desde el primer piso de dicho centro, causándole la muerte tal caída.

    Martínez cogió su tablet; realizó búsquedas por las redes sociales en busca de una descripción o unas fotos de la muchacha; la encontró: 21 años, pelo largo rubio y liso, seguramente tintado y planchado; en una foto de cuerpo entero vio que era obesa, pero no mórbida, lo que ahora estaba de moda llamar "una gordibuena", de anchas caderas y tetas abundantes y frondosas. "Un formidable hallazgo, como encontrar el elixir de la eterna juventud", pensó Martínez.

    Martínez hizo una sola llamada: "Hola, qué tal Andrés, cuanto tiempo sin saber de ti..., sí..., sí, pues... verás, te llamo porque"...; en un cuarto de hora tomó su coche particular, conectó una sirena que llevaba en la guantera por si las moscas y arribó al centro comercial.

    Saludó a sus compañeros policías uniformados, que custodiaban la puerta de la tienda; éstos le franquearon la entrada.

    Nada más entrar, sintió la tragedia. Las dos compañeras de la muchacha, compungidas, se abrazaban. "Buenos días", las saludó Martínez; "Oh, oh, buenos días, señor policía", respondieron ambas al unísono': "Llámenme Martínez, a secas", aclaró Martínez.

    "¿Saben qué le pudo ocurrir a su compañera... ¿cómo se llama?"...; "La Jessi", dijo una; "Jessica", dijo la otra; "Eso, Jessica, ¿saben qué ocurrió?", terminó de preguntar Martínez.

    Ellas explicaron que a primera hora, nada más abrir, salió de la tienda, y el resto pues... "Ya", dijo Martínez.

    En esto se oyó un alboroto en el exterior. "Oigan, déjenme pasar, soy el dueño", se oyó en tono imperativo. "Dejen pasar, dejen"..., solicitó Martínez.

    "Me he enterado por las redes sociales, ¿qué le ha pasado?, ¿ha muerto?", preguntó el dueño; "Sí, lo siento", dijo Martínez; "Pobre Jessi", soltó el dueño; "¿Cuándo fue la última vez que la vio?", le preguntó Martínez; "No sé, déjeme pensar"...; "Ayer vino usted por la noche, Pepe", indicó una de las empleadas; "Cierto, sí, vine a cerrar caja, porque el encargado está de vacaciones y"...;" Y Jessica se quedó con usted", dijo la otra; "Sí, es verdad, le pedí que se quedara, pagándole por supuesto las horas extras"; "Ya", dijo Martínez.

    El dueño fue detenido por un delito de acoso laboral como causa de suicidio.

    "Jessi, por favor, quédate un poco más tiempo esta noche para ayudarme con el nuevo envío de prendas..., además, debo cerrar caja, preferiría hacerlo acompañado, ya sabes, para que se me haga más ameno"; "No sé si podré, Pepe"; "Por descontado, Jessi, que el tiempo que te quedes te lo incluiré en tu retribución semanal..., ¡por favor!; "Está bien, Pepe, me quedaré."

    Al principio, sólo era cariñoso; luego se aproximó, a pocos centímetros de ella; posó la barbilla sobre su cuello, cerca de su oreja, para susurrarle obscenidades; y le palpó las tetas y el culo; después se tornó serio: la amenazó con despedirla si no era a su vez cariñosa con él; más tarde la sujetó por la cintura, por los hombros, y la fue inclinando hasta que quedó tumbada sobre el suelo enmoquetado; seguidamente le subió la tela de su falda hasta el ombligo, dejando desnudos sus tiernos y hermosos muslos carnosos, y le bajó las bragas; por último, montó sobre su estremecido cuerpo, se sacó el endurecido pene por la portañuela del pantalón, lo llevó empuñado hasta su vagina y, empujando, usándolo como si fuese un ardiente ariete que abrasa e hiere, la penetró. El de seguridad oyó sonidos; le pareció distinguir un ronco resuello seguido de hipidos lastimeros; se acercó, preguntó que qué pasaba puesto que las luces estaban apagadas y no podía ver con precisión. "¡Nada, Andrés, un trabajillo atrasado, ya me voy!".

    Casi era madrugada cuando Andrés, en uno de sus rutinarios paseos por el centro comercial, a media luz, vio salir de la tienda a dos personas; una era corpulenta, tenía una larga melena, vestía una ancha falda larga y calzaba zuecos; la otra era él.

    Martínez, poco después de mandar detener al dueño de la tienda, echó un vistazo a la taquilla de la muchacha. Sus objetos personales eran pocos: un móvil, unos pendientes, un llavero y un pañuelo bordado con rosas; éste estaba húmedo. Martínez se lo acercó a la cara: no, no era colonia, olía a otra cosa, su tacto era otro: estaba empapado en lágrimas.

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