Nuevos relatos publicados: 9

Con nuestra amiga

  • 7
  • 14.812
  • 9,67 (24 Val.)
  • 1

Todo sucedió una bonita y cálida noche en la ciudad de Manaos, capital del Amazonas brasileño. Mi esposa y yo fuimos invitados a celebrar los 10 años de fundación de la empresa donde actualmente trabajo.

Había buena comida, variedad de bebidas y excelente compañía, mi hermosa esposa: una morena de infarto con un gran culo apretado, piernas bien contorneadas, preciosas y redondas tetas y una carita de esas, a las que es imposible decir que no a ninguna sus peticiones.

La noche transcurrió sin contratiempos, hasta que mi suegra nos telefoneó para alertar que no se sentía bien y decidimos trasladarnos hasta allá.

Llegamos pasadas las 2:00 de la madrugada y yo estaba realmente incómodo, nunca me la he llevado bien con mi suegra, así que convencí a mi esposa para irme a casa mientras ella pasaba la noche con su madre.

Nuestro apartamento es pequeño, dos habitaciones, un baño y una sala de estar. Actualmente, una amiga de mi esposa se está quedando con nosotros, debido a que está pasando por una situación económica difícil.

La amiga es una mujer igual de guapa que mi esposa, siempre que puedo le echo un ojo rápidamente y me deleito con lo buena que está: rubia, buen culo, grandes tetas, rostro bonito, y unos labios carnosos.

Pues esa madrugada, después de librarme de mi suegra, llegué a mi hogar aun estando bajo los efectos del alcohol de aquella fiesta del trabajo y olvidé por completo que la casa no estaba sola.

Al entrar al cuarto, me desnudé de la cintura para abajo y sin encender luz me metí debajo de las sábanas de mi cama, sólo para pegarme un susto de muerte, había alguien más allí y corrí despavorido a prender la luz.

Era Andreina, nuestra amiga! Estábamos los dos asustados viéndonos fijamente, yo con las bolas al aire y ella con una diminuta blusa que dejaba notar sus puntiagudos pezones y una pequeñísima tanga. Al caer en cuenta, ambos nos cubrimos rápidamente como pudimos.

Después de semejante susto que nos pegamos nos dimos cuenta de la cómica y peculiar situación. No pude evitar ponerme duro casi al instante y alcancé a notar que ella me echó un ojo descaradamente, tornando la situación altamente excitante.

Ella sonriéndome se excusó y pidió disculpas por estar en mi cama, me contó que no podía dormir en su habitación aquella noche porque sentía algo de miedo y como sabía que llegábamos por la mañana se cambió de cuarto.

En un intento por cambiar la atención me preguntó por mi esposa y le conté lo ocurrido, inmediatamente su rostro esbozó una tímida sonrisa y dijo apenas susurrando ‘’estamos solos’’, entonces la interrumpí y le dije que podía dormir en mi cama y yo me iría al sofá de la sala.

Sonrojándose y con esa tímida sonrisa me pidió que la acompañara porque aún sentía algo de miedo, advirtió que no iba a pasar nada, que ella quería mucho a mi esposa, nos respetaba y agradecía el favor de recibirla en casa.

Me lo pensé un instante, pero muy maliciosamente accedí, me coloqué un short y me tumbé a su lado, debo admitir que la situación de estar tan cerca de ella más los tragos que traía en mi organismo, me tenían sumamente excitado.

De pronto en la penumbra ella irrumpe el silencio preguntándome si me parecía bonita, a lo cual le respondí nerviosamente que sí, que era muy bella y muy apetecible, quedando así los dos en un incómodo silencio.

Nuevamente ella en la absoluta oscuridad, con esa sensual voz entrecortada y nerviosa me confesó que disfrutaba secretamente como la miro cada vez que nos cruzamos por la casa:

-Realmente me emociona como me miras las nalgas y piernas tan descaradamente, tanto así que me he masturbado cuando escucho que le haces el amor a mi amiga, imaginando que soy yo la que está llevando de ese delicioso pene que con mucha regularidad ha sido protagonista de mis fantasías.

Dejándome sorprendido, sin palabras y sin tiempo siquiera de recuperar el aliento, se acercó a mí y tocó mi miembro con sus manos por encima del short y simultáneamente acarició mi oreja con sus carnosos labios susurrando:

-Si tú estás así de duro ni te imaginas como estoy yo de mojada.

Acto seguido, agarró mi mano derecha y la llevó hasta su entrepierna y me percato de que ya no estaba con tanga! Pude sentir lo húmeda que estaba y la deliciosa sensación de deslizar mis dedos por esa caliente y deseable vagina.

Me estremecí e inmediatamente con mucho pesar me aparté diciendo que estábamos haciendo mal, prendí la luz y dije que pensáramos en mi esposa. Ella me observó pícaramente y exclamó:

-Sí, tienes razón, pero me quieres dejar así? Emocionada y deseosa de ti? Recuerda que estamos solos y quedará entre nosotros.

Mordiendo sus labios, llevó su mano hacia la vagina y se tocó para mí, sus movimientos eran como un imán que me acercaba nuevamente a ella, luego subió sus dedos humedecidos y los metió en su boca.

-Madre mía! Andreina, eres una perversa.

Y con una sonrisa se abalanzó a mi short, bajándolo de un solo tirón. Se metió completamente mi pene dentro de su boca y aferrándose a mis nalgas como una desesperada inició una majestuosa y apasionada mamada que me desarmó y me rendí ante las ganas de cogerme a esa hembra.

Disfrutando de lo hábil de su lengua, de cómo lamía y succionaba, eventualmente dejaba escapar unos suaves gemidos, que me prendían al saber que ella estaba gozando de darme placer.

Caramba! Esta mujer me estaba chupando como si no hubiese un mañana. Le agarré la cabeza para dirigirle el ritmo mientras me imaginaba penetrando esa rica vagina que a pedía a gritos ser perforada.

Dentro de mi emoción y mi espiral de pensamientos, no podía creer aquella situación tan irreal, sentía como aquella mujer me violaba el miembro con su boca en la misma habitación donde yo compartía con mi esposa, lo cual yo realmente estaba disfrutando...

Fue entonces cuando se detuvo y me empujó a la cama, se montó sobre mí y con una cara de loca hambrienta se metió mi polla entera sin titubear, pegando un delicioso grito de satisfacción, al tiempo que se le erizaba todo el cuerpo.

-Cuantas ganas tenía de devorarte amiguito!

Y así sin más, comenzó a cabalgar sobre mí dándose frenéticamente, restregando su clítoris sobre mi pelvis mojando todo en aquella danza de perversión y deseo.

Mientras más ella gemía, yo con mayor agresividad entraba y salía de esa vagina, se la estaba dejando cada vez más roja e hinchada, nos dábamos lo más duro que podíamos, como si tuviéramos un lenguaje secreto de aprovechar ese único momento a solas que la circunstancia nos regaló.

Dios... que sublime gemía aquella mujer! Y con tono de desesperación me pedía más y más.

-Qué divino se siente! Reviéntame la vagina! Qué rico que me cojas! Métemelo todo!

Entonces con una mano agarré sus grandes tetas, comencé masajearlas, apretarlas, jugué con sus parados pezones y con mi otra mano introduje dos de mis dedos en su boca, los cuales chupó con excitante gracia.

-Qué placer de mujer!

Luego bajé ambas manos a sus nalgas para apretarlas y darle unas cuantas nalgadas. Ayudándome con su culo procedí a darle aún más fuerte a aquel vaivén que nos tenía extasiados.

Ella gritaba una y otra vez más fuerte:

-Así, así, así! Sigue así! No pares! Dame más!

Su boca, las cosas que decía, sus temas rebotando, sus pezones duros, sus nalgas en mis manos, su húmeda vagina, que exquisita mujer!

En la cúspide de la excitación, nuestros cuerpos iban a un compás más acelerado y Andreina se aferró a mis pectorales con tanta fuerza que clavó sus uñas en mi piel y al mismo tiempo, soltó un largo y placentero gemido con el que se desvaneció en mi pecho mientras le temblaban sus piernas y se entrecortaba su respiración.

-Qué delicia! Qué rico cogerte! Me gustó!

Yo seguía moviéndome sin bajar la velocidad, al sentir como la vagina de mi amiga palpitaba y apretaba mi verga, no me pude contener más y la llené de una potente eyaculación, que llegó hasta los rincones más profundos de esa hermosa mujer.

Cansado y extasiado en la cama, no me podía creer lo ocurrido, no quería que la ebriedad me borrara ese momento prohibido. Una ambigua sensación entre culpable y complacido, me dejó la amiga nuestra al habérmela cogido.

(9,67)