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Conociendo a Juanita

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La fiesta a la que acudí ese sábado estaba tranquila, yo fui solo pues mi última pareja me había mandado a volar hacía un par de meses porque no acepté embarazarla y casarnos. Le dije “No soy fértil”, sólo por bromear, pero ella reaccionó furiosa: “¡Con razón no me he embarazado, no quiero un eunuco!”, me gritó y dándose la vuelta se largó dejándome solo y sumamente asombrado de su volubilidad.

En la fiesta vi a una chica delgada, morena, de pelo lacio que platicaba con una pareja. Bueno, eso de delgada es un decir, el busto era mediano y se marcaba el canalito, sin sostén, la cintura evidente pues le seguía una cadera esplendorosa con unas nalgas estupendas y piernas bien torneadas. El vestido traía un gran escote en la espalda que invitaba a besarla desde arriba hasta el talle. “¡A ésta sí soy capaz de embarazarla!”, me dije emocionado cuando me baño con su mirada y ensanchó la sonrisa al verme que la veía embelesado.

Sin dudarlo, me acerqué a ella y empecé a escudriñar su rostro al tiempo que la saludaba. Sus pestañas grandes, con poco rímel, el maquillaje era tenue.

–Hola, soy Román –le dije extendiéndole mi mano; ella, sin soltarla, y antes de contestarme se despidió de la pareja con la que había platicado.

–Perdón, pero ya habíamos terminado. Puedes decirme Juanita, así me dicen mis amigos desde niña –me contestó sin deshacer la sonrisa cautivante.

–Gracias por la amistad. ¿A qué te dedicas, Juanita? –pregunté tratando de iniciar una plática.

–Soy diseñadora y tengo una boutique donde vendo mis diseños, ropa de marca y accesorios diversos –contestó como si hiciera un anuncio de publicidad– ¿Y tú?

–Ehh… yo tengo un despacho contable, me independicé hace un par de años para trabajar por mi cuenta. ¿Ya tienes contador? –le contesté y regresé la pregunta como si estuviésemos hablando de negocios.

–No, mi negocio es pequeño y, aunque es fastidioso lidiar con los impuestos, aún puedo sola.

–Bien, si necesitas ayuda puedes llamarme –le dije extendiéndole mi tarjeta de presentación, la cual leyó y la guardó en su bolso, extrayendo otra de su negocio para dármela.

–Por si requieres hacer algún regalo a tu novia, esposa, amante o a alguna amiga –me dijo al entregarla.

–Gracias, cuando tenga necesidad lo consideraré, por lo pronto no hay nadie –le dije, contestando a su curiosidad implícita–, aunque me gustaría tener a quien…

–Sí, te pasa como a mí. No tengo contador, pero sería divino tenerlo para que me cuente las estrellas donde he depositado mis ilusiones y mis sueños… –expresó lanzándose a la arena de la aventura a la que invité con mis últimas palabras.

En ese momento pasó el mesero con una charola de tragos y lo detuve. “¿Qué gustas tomar?”, le pregunté a Juanita. “Refresco”, contestó. Bueno, tomaremos refresco, contesté y tomé los vasos de la zona donde servicialmente me indicó el empleado. Sólo había de dos sabores: toronja y cola. Así que le pregunté a ella “¿Cuál quieres?”, “Toronja”. Se lo di y me quedé con el otro.

–Vamos a la terraza –sugirió ella y yo asentí dando un sorbo al vaso. Ella inició la marcha en dirección a la terraza yo la seguí– ¿Te gusta la cola? –preguntó volteando justamente cuando yo miraba su trasero y se me atoró el trago, provocándome una severa tos– ¡¿Qué pasó?! –me preguntó asustada.

–Nada, me confundí – dije después de toser otra vez–…de camino en la garganta –precisé, limpiándome con el pañuelo, pero en mi mente seguía la imagen de su soberbio culo y el sabor al refresco, que era a lo que seguramente ella hacía referencia y yo pensaba que había descubierto mi mirada libidinosa.

–¿Y qué te ha impedido no tener a alguien? –pregunte con franca impertinencia una vez que nos sentamos a conversar.

–Varias cosas, pero contesta primero las razones por las que no tienes a quién colmar de regalos, caricias, besos y… todo lo demás –exigió con la misma arrogancia que yo lo hice, lo cual me agradó mucho pues no se trataba de alguien que se intimidara: exigía y daba trato igual, por lo que accedí a responder primero.

–Tenía, pero me dejó porque le dije que no podía cumplir sus expectativas.

–Bueno, ¿las de ella eran tan altas y fuera de lugar para ti?

–En realidad no; es más, fue una broma el haberme negado y se fue sin dejarme aclararlo. No la busqué porque reflexioné en que los problemas podrían crecer enormemente mientras avanzara nuestra unión. No me arrepiento y tomo el acontecimiento que nos distanció como una admonición de esa relación, que por cierto no tenía mayor relevancia que otras en el pasado. Y antes que preguntes qué solicitó y cuál fue la broma, te toca contestar a mi pregunta –dije como si se tratara de una contestación a un juego de ping-pong.

Juanita intentó empezar a contestar, pero se mostró dubitativa y me lazó una pregunta: “¿Tomas alcohol?”, a lo que contesté afirmativamente, sospechando que odiaba a los alcohólicos, “¿Vino?” preguntó inmediatamente después de mi afirmación y volví a asentir. “Entonces, te invito a mi casa, porque éste no es un lugar donde deba contestarte”, dijo poniéndose de pie, quedando su culo a la altura de mi cara cuando, volteada se inclinó para tomar su bolso y no pude evitar un suspiro antes de ponerme de pie, lo cual fue tan rápido que aunado a la erección inmediata que tuve rocé sus nalgas como si hubiese tratado de hacer un movimiento descarado. Inmediatamente me disculpé, pero ella volteó despacio, se fijó en la rigidez que ostentosamente aún tenía mi miembro y con el rostro enrojecido y subiendo el tono de voz me aclaró lo siguiente.

–A ver, fui clara en que no me parecía este un lugar adecuado para contestarte, por ello te invité a charlar en mi casa. De ninguna manera tenía otra intención que platicar, pero parece que tú buscas otra cosa. Mejor lo dejamos así –me recriminó tomando su teléfono para pedir un taxi.

Al darme cuenta de lo que produjo mi torpeza y la lascivia que me provocaron sus nalgas tan cerca de mí, jalé su mano suavemente para evitar que continuara su llamada.

–Juanita, por favor, escúchame antes de que te vayas –imploré con sinceridad y ella colgó la llamada mirándome con enojo, pero observando que ya no traía el montículo en el pantalón–. Fue un mal entendido de tu parte y un movimiento torpe al ponerme de pie después de ver tu hermoso trasero, ¡pero fue accidental que se juntaran ambas cosas, créeme! Por lo demás, disfruté tu presencia –expliqué de seguidilla, advirtiendo el final de nuestro incipiente entusiasmo.

Ella se mantuvo silente observando las perlas de sudor que botaban en mi frente. Después de unos segundos, sacó su pañuelo y delicadamente enjugó mi frente diciendo “Te creo” y su expresión cambió mostrando un rostro muy tranquilo.

–¿Te puedo llevar a tu casa? –le propuse y ella aceptó, supuse como un gesto de benevolencia hacia el arrepentimiento que mostré.

Me indicó dónde vivía. En el trayecto platicamos sobre la razón por la que habíamos elegido nuestras respectivas profesiones y algo sobre las familias que teníamos. Al llegar al fraccionamiento donde vivía me guio hasta quedar a la puerta de su casa, en cuya cochera estaba un automóvil similar al mío. Sin apagar el automóvil descendí pidiéndole que me esperara para abrirle la puerta.

–Gracias –me dijo al bajar sin soltar mi mano.

–¿Cuándo podremos continuar la plática? –pregunté, seguro de que para ella todo había concluido.

–¿Aún tienes tiempo? Podría ser ahora.

–¡Claro que sí!, sólo déjame apagar el auto y hacerlo para atrás para no estorbar la entrada –le dije soltándome de su mano.

Al entrar a su casa, encendió las luces y me invitó a pasar. “Permíteme tantito, voy a quitarme el abrigo y a cambiarme los zapatos, ponte cómodo, no tardo”; aproveché el momento para fisgonear en lugar de sentarme. El interior se veía bastante limpio, ordenado y acogedor, como mi casa cuando va la señora del aseo, lo que me indujo a pensar que ella también tenía una empleada doméstica. La sala-comedor era amplia. Diversos adornos de piezas artesanales, de ésos había más que de otros. En una de las paredes estaba empotrado un gran librero, la mayoría era literatura y una gran parte eran libros propios de su carrera de diseñadora de modas y de arte. Sin embargo, me llamaba la atención uno de los espacios donde había divulgación científica. También, los adornos en ese espacio del librero, que contrastaba con los que estaban en otros sitios ya que se trataba de esculturas geométricas y algunos desarrollables al estilo del escultor Sebastián, también había juguetes científicos, rompecabezas y juegos matemáticos. De inmediato supuse que vivía con otra persona de gustos diferentes o… ¿era ella una mujer de conocimientos amplios? Su regreso impidió que husmeara más.

–¿Me ayudas abriendo una botella de vino? –dijo señalando hacia una pequeña cantina, la cual tenía una angosta cava de tres botellas por nivel, ¡pero de piso a techo! – Escoge el que te guste, mientras iré a la cocina a preparar algo de bocadillos– y desapareció por una puerta que dejó abierta después de señalarme “Allá está el baño, por si lo requieres”.

Fui al baño, a lavarme las manos. También allí todo estaba pulcro, aunque sólo era medio baño, pero decorado con sencillez y buen gusto. Salí y me fui a ver los vinos de la cava; en cada nivel había dos o tres botellas iguales pero la variedad era mucha, me acuclillé a mirar bien los de la parte baja y de reojo descubrí que el banco de la cantina tenía unos travesaños en la parte baja del asiento, ¡era la escalera para bajar los de la parte alta! Así, con esa ayuda escudriñé la parte alta de la cava, eran vinos más fuertes, oporto y demás, entonces, caí en cuenta que el acomodo no solo se trataba de tipos de uva sino también de otras características, quedé sorprendido y fui a la cocina a pedir ayuda, porque el vino sólo me lo tomo, y no sé mucho más allá de “está rico”, “seco”, “dulce”, “afrutado” y pequeñeces así.

–¿Listo? Yo ya voy a terminar –me dijo Juanita.

–No, dime cuál botella quieres que abra. Yo no sé gran cosa de eso, ni maridajes. Para mí, lo que importa es la compañía –confesé, dando un toque de finura a mi comentario de ignorancia.

–¡Eso es lo verdaderamente importante para tomar el vino! –me contestó y se encaminó a la cava donde extrajo una botella de una zona relativamente alta –éste se llevará bien con lo que preparo –dijo dándomela y se volvió a la cocina.

Su transitar me atrajo irremediablemente, pero no se me paró mucho la verga, ¡ya había entendido que ese no era el plan de ella! Abrí el vino y olía muy bien, lo dejé airear. Al regresar Juanita con un par de platos que contenían una variedad de bocadillos, los puso en la mesa de centro en la sala junto con dos copas. Tomé la botella y serví el vino.

–Porque aguantes mi perorata, que no será breve –dijo levantando su copa para chocarla con la mía y tomó un pequeño trago invitándome a tomar asiento –¿Sabes lo que es un o una travesti, transgénero, transexual y hermafrodita, y cuáles son las diferencias entre ellos? –preguntó dejándome pasmado y con la copa en los labios, porque no se me ocurrió un tema adecuado para abrir una conversación, y esperó mi respuesta.

–En los tres primeros casos se trata de alguien que posee un sexo al nacer y en el último posee los dos –contesté–. El primero se viste de su sexo opuesto; el segundo se siente del sexo opuesto; el tercero lleva tratamientos, sean hormonales o químicos, y se hace cirugías para reasignar su sexo.

–¡Vaya, vamos bien, mucha gente no sabe eso! –expresó con una sonrisa que dejaba ver su hermosa dentadura.

–Uh, ya estoy en problemas, porque no me había percatado que no son clases ajenas ya que puede haber mezclas ellas –advertí.

–Sí hay un gran número de posibilidades, y más cuando añadimos otros grupos: quienes gustan de las mujeres o de los hombres, o de ambos o de ninguno, cada vez hay más nombres que definen cada grupo… Pero cuando yo nací no había tanta claridad como ahora –expresó y yo puse una cara de sorpresa tremenda a la que seguramente se me añadió un gesto de duda y temor al preguntarme de cuál tipo sería Juanita, porque yo, yo sí sabía que me gustaba, ¿o no?

–¡Mira qué cara pusiste…! No te alarmes tanto, querías saber por qué no tengo quién cuente mis estrellas y sueños, ¿o no? –dijo divertida– pues seré franca, aunque te advierto que casi nunca hablo de esto, y menos con alguien a quien acabo de conocer, pero es importante en este caso –condescendió.

–Gracias por la confianza, pero si lo prefieres podemos dejarlo para otra ocasión –condescendí también.

–No. Así está bien, me servirá de terapia. Cuando nací, el obstetra dijo que yo era mujer, pero cuando tocó el turno al médico pediatra les dijo a mis padres que, a reserva de más elementos y exámenes que haría durante mi desarrollo, tenía también órganos masculinos –expresó Juanita quebrando un poco la voz, lo que me dejó estupefacto. Ella se dio cuenta de mi asombro y continuó–. A los dos años, no sin muchas dificultades sobre mi comportamiento, optaron por educarme como si fuese una niña.

–¿Y…? –empecé a preguntar, seguro de que esa era la explicación final que me daría Juanita sobre el porqué no tenía a nadie a su lado, pero interrumpió de inmediato el cuestionamiento.

–…Y acertaron –concluyó–, aunque sólo en parte –dijo mirándome con fijeza para estudiar mi reacción–. Durante muchos años yo crecí sintiéndome niña, mis padres descansaron cuando ocurrió mi menarquía, aun así, los médicos me hicieron estudios y declararon que todo aparentaba que era una mujer fértil. En ese momento pasé a ser completamente mujer para ellos. En el bachillerato tuve novios, pero en los escarceos, cuando me calentaba mucho, por ejemplo, con los besos donde jugueteaban las lenguas y con las inevitables caricias sobre los senos o los glúteos, mi pequeñísimo juguetito se endurecía.

–¿Tu juguetito? –pregunté espontáneamente.

–Así le digo a mi clítoris, que se endurece y crece como el tamaño de un dedo meñique –explicó y continuó de inmediato–. El problema fue que cuando más excitados estábamos e intentaban acariciarme la vagina por encima de mi ropa, los chicos se encontraban con una protuberancia, aunque no tan notoria y grande como la de ellos, y no pocas veces sentí en mis piernas o en mis manos cómo se desinflamaba de golpe su erección y se cancelaban sus ganas de continuar el morreo.

–Jaj, jaj, jaj… –reí, también de manera espontánea, imaginando la escena de la cara de susto de sus parejas.

–Sí, es para reírse, y yo también lo haría si no es por lo mal que me sentía al verlos marcharse de inmediato, sólo uno con un pretexto, pero a ninguno volvía a verlo. Me evadían, no volvían a dirigirme la palabra o en su casa me negaban la comunicación telefónica. Lo peor fue que algunos llegaron a correr rumores con los compañeros de grupo que yo era hombre. ¡Me sentí destrozada y juré no volver a hacerles caso a los hombres! –exclamó antes se soltar un llanto franco que me dejó apesadumbrado.

Lo único que se me ocurrió hacer fue tomarle la mano y acariciársela, mientras ella lloraba. Tomó un pañuelo y se sonó la nariz. Sollozó un poco antes de volver su rostro hacia mí y comenzar a hablar calmadamente porque yo me había quedado mudo. Ella entendió que mi silencio no era por el asombro sino empatía con su tragedia.

–Ahora ya sabes por qué no tengo a alguien que me cuente las estrellas y comparta mis sueños. Pero esto que te digo es para contarte algo que he pensado desde hace un año y vi la oportunidad de comentarlo con alguien que no tuviese derivación en mi trato diario –señaló y yo me alerté pues en sus palabras intuí, afortunadamente de manera errónea, que Juanita pensaba atentar contra su vida.

–Vamos, Juanita, yo creo que para todo hay solución –traté de reconfortarla y besé su mano como signo de apaciguamiento.

–Sí, y de eso quiero hablar y pedirte opinión, tú que sabes de “haberes y deberes” –dijo sonriendo, en alusión a la partida doble inventada por el renacentista Luca Paccioli, y discretamente retiró su mano de la mía para tomar otro bocadillo y aumentar la distancia entre nosotros.

–Soy todo oídos para ti – dije sin acusar recibo del distanciamiento que hizo.

–Una de las cosas que he investigado es que por medio de una operación quirúrgica pueden reducirme el tamaño del clítoris, pero seguramente esa ablación puede traer otras consecuencias. ¿Crees que valdría la pena para no ahuyentar a los hombres, o mejor será seguir mi camino de soledad?

–¡No, no lo hagas! –otra vez hablé con la franqueza de mi reacción inmediata –¡Podrías tener problemas mayores a los que quieres arreglar! –insistí con menor volumen, pero firme.

–Lo sé, pero lo que no sé es cómo hacerme de una vida normal –dijo y se quedó callada esperando mi opinión sobre los “haberes”.

–Debemos aprender a vivir con lo que tenemos, y “nunca falta un roto para un descosido” –dije con seguridad y una alegría de haberme equivocado en la posibilidad de que ella pensaba suicidarse.

–Sí, eso puede decir alguien a quien no le pese lo que a otro le sucede, pero ¿cómo me convences que está bien vivir sola –insistió.

–Yo no sé si sea bueno o no vivir con o sin compañía diaria, amándose y peleándose o hacer lo que a uno se le pegue la gana sin ser recriminado por su pareja. Hay mucha gente que ha podido vivir de una u otra forma hasta la ancianidad, no sé si feliz o no. Del amor no sé gran cosa pues, aunque he estado enamorado, no he tenido la oportunidad de vivir diario con otra persona a la que deba aguantarle sus olores, humores y manías, ni tampoco quien soporte mis defectos –concluí.

–Es decir, por siempre, ¿me debo aguantar las ganas de probar si es bueno o no estar casado o soltero? ¡Bonito panorama me sugieres: dejar que la vida pase, ¡la inacción para no tener derecho a equivocarme! ¡Cero ingresos y cero gastos! ¡Ningún riesgo y ninguna satisfacción ni sufrimiento! ¿Para qué nacer si habremos de morir? –soltó en tono de sarcasmo ante mi discurso que recomendaba pasividad.

–Bien, ya hablaste. Ahora voy a hablar yo y te contaré dos cosas. Una que no te importa, pero que me molestó y otra que es muy cara y nunca la he contado, aunque soy contador –rematé para seguir su broma sobre los contables.

–Escucho… –dijo y sirvió más vino en las copas.

–¡Salud por la compañía de dos desconocidos! –exclamé chocando mi copa con la de ella.

–¡Salud!, aunque tú ya conoces mis dudas íntimas –dijo y yo apuré todo el contenido, ante su asombro, y volví a llenar mi copa antes de hablar.

Primero le conté lo que había dado motivo a mi separación con mi última pareja, lo cual escuchó entre asombrada y jocosa. Al terminar esa primera parte me bebí mi copa completamente y le serví el residuo que quedaba en la botella. “Permíteme” me dijo y fue por otra botella igual a la que habíamos terminado, la cual me dio junto con el sacacorchos para que la abriera y se fue a la cocina. Regresó pronto con dos platos uno con paté y otro con angulas antes de volver a la cocina para traer unas galletas y jamón serrano. Al sentarse, yo me serví vino, mordisqueé un poco de jamón y pasé a contar la parte escabrosa de mis asuntos sexuales.

–La segunda historia es para hacerte ver que hay gustos para todos, es decir “nunca falta un roto para un descosido” y aclaro que no se trata de obtener algo de ti sino de ejemplificar con mi persona. Por medio de Internet supe que existían los hermafroditas y algunas mujeres con clítoris muy grandes, incluso se erguían aparentando ser pequeños penes. Seguramente por alguna fijación a muy temprana edad, deseaba chupar un pene, pero no uno “grande, gordo, venoso y peludo” como dicen algunos sino uno pequeño y manejable con la lengua. Deseé tener una de esas mujeres como pareja, pero nunca me topé con alguien así. También vi fotos de algunos transexuales y sentí atracción por los que lucían como bellas mujeres jóvenes y tenían el pene pequeño, el cual me agradaba más cuando estaban con el pubis rasurado. Me masturbaba fantaseando estar con alguna mujer así. Eso no quiere decir que no me gusten las peludas de labios y clítoris minúsculos. Pero seguramente te podrás encontrar a alguien que no se asuste con tu juguetito y, por el contrario, le guste para acariciarlo, besarlo, lamerlo o chuparlo con verdadera excitación. Sensaciones y falta de sensibilidad que te perderías si te haces ablación. ¡Salud por que encuentres quien te ame como eres, que de eso se trata el amor! –finalicé y me tomé todo el vino que había en mi copa.

–¡Salud! ¡Gracias porque ahora veo todo distinto! – y tomó todo el contenido de su copa.

–Me gustó haberte sido útil –dije poniéndome de pie para retirarme.

–¡¿Qué?! Aún no terminamos la segunda botella –reclamó.

–¡Qué bueno!, porque aún puedo manejar –dije como excusa–, las próximas botellas las invitaré yo –dije al extenderle la mano para despedirme.

–¡No, ni madres! Ahora nos las acabamos, sirve que nos conoceremos mejor. Y si no quieres, pide un taxi porque ya estás muy tomado –explicó con voz pastosa.

–Mientras llega el taxi terminemos la botella –dijo al empujarme hacia el sillón donde al caer me di cuenta que el borracho era yo–. Marcas el teléfono cuando nos sirvamos la última parte que queda –concluyó y me pareció razonable.

En la charla que siguió, platicamos sobre nuestros gustos, nuestras lecturas y otras actividades no profesionales. Hasta que, próximos a concluir con el vino, tomé el teléfono y llamé para el servicio de un taxi. “En quince minutos estará allí” fue la contestación final, la cual se la comuniqué a Juanita.

–Tu auto estará seguro allí hasta que lo recojas, no te preocupes –sentenció para tranquilizarme–. Te agradezco el tiempo que le diste a esta desconocida y también tu gratísima compañía, pero quiero que nos volvamos a ver la próxima semana, tú dirás dónde –concluyó en tono de súplica.

–El placer ha sido mío, Juanita, y te agradezco que hayas entendido que mis torpezas fueron involuntarias, más no así el gusto de recrearme con tu caminar –dije en franca alusión al hermoso culo que se le veía, y ella sonrió moviendo negativamente la cabeza.

Entre agradecimientos, risas y halagos mutuos transcurrieron los minutos hasta que sonó el teléfono avisando que el taxi ya estaba esperándome. Nos levantamos y ella me acompañó a la acera dándome un beso en la mejilla que le correspondí de la misma forma.

Al llegar a mi departamento, me sentía mareado. Le envié un texto breve a Juanita avisándole que ya estaba en casa. Me desvestí completamente y entró una video llamada de ella, la cual tomé mostrando mi rostro en contrapicada y no se notara mi desnudez. Ella se veía acostada y cobijada.

–Me da gusto que ya estés en tu casa. ¿Por qué te ves así, contra el techo? –preguntó intrigada.

–Porque no quiero recibir un regaño aludiendo falsamente un hostigamiento sexual mediante Internet: ya estoy listo para meterme a la cama y duermo sin ropa.

–¡Jaj, jaj, jaj! ¡Perdón! Buenas noches –dijo y yo contesté “buenas noches” antes de cerrar la llamada.

Dormí seguido por más de nueve horas. En el baño me masturbé recordando mis sueños, principalmente la parte en la que le chupaba el clítoris a Juanita abrazado de sus nalgas. Gocé mi sueño y también recordarlo con esa paja.

Fui a recoger mi auto ese domingo. Estando allá, vi que no estaba el auto de ella así que sólo toqué el timbre para poder decir después que “no había nadie para avisarle que ya había ido por mi automóvil”. Pero justo en el momento de que subí a mi auto se abrió la puerta automática del garaje, Juanita llegó en su carro alineándolo a la puerta de la cochera para meterlo. Sin apagar el motor del mío bajé para, saludarla antes de que continuara su avance. Recargado en la puerta de su carro para que no se bajara, gradecí nuevamente su hospitalidad y me despedí preguntándole si le parecía bien que reservara un lugar en un conocido restaurante de postín para nuestra próxima cita. “No, no acostumbro esos lugares, prefiero que vayamos a las taquerías de San Cosme, si a ti no te molesta, claro”, replicó y acepté de buen grado prometiéndole que le hablaría después para ponernos de acuerdo. “Anoche soñé varias cosas y en la mañana decidí hacerte una propuesta que te diré después. Espero tu llamada”, me dijo en tono que picó mi curiosidad. “Bueno, hasta entonces”, le dije dándole yo el beso en su mejilla, pero ella movió levemente la cara para que las comisuras de nuestros labios se juntaran. Nos reímos y me fui al auto y ella metió el suyo a la cochera.

“¡Ese culo va a ser mío!” dije en voz alta en cuanto me alejé de allí y pensé en que no debería mostrarme ansioso ante ella para lograrlo. Pero el destino y su devenir lo marcaba Juanita con su franqueza...

El sábado siguiente la recogí en su casa, fuimos a cenar tacos donde ella dijo, los cuales estaban riquísimos, más acompañados de un tepache helado y no sentí malestar alguno. Nada que ver con la cena que yo había propuesto. Caminamos más de un kilómetro de regreso para recoger mi auto ya que lo dejé en un estacionamiento retirado del lugar, pensando en cruzar de ida y vuelta La Alameda Central con ella del brazo. De regreso nos instalamos en una banca frente a la fuente.

–Cuéntame qué soñaste –la exhorté para transitar de manera natural hacia el punto de su propuesta.

–Hubo de todo, pero lo peor fue revivir cada momento de los romances truncados por mi “amiguito” al excitarme. Todo se replicó en mi memoria, en orden y uno tras otro, hasta el último rompimiento, pero siguió uno más a quien no pude reconocer, pero que no se fue y, además, me hizo mujer; yo estaba feliz de sentirlo tan real y creo que me asusté porque desperté sudando y tallándome el sexo –yo escuché e imaginé su ápice lleno de flujo haciéndose una chaqueta con dos o tres dedos –. Me maldije por haber cerrado los ojos en mi sueño ante tanta felicidad y no haberle visto la cara al fulano que me dio esa dicha, ¡aunque fuera en sueño!–... Dijo con los ojos llorosos, pero con una sonrisa amplia.

Me quedé en silencio, crucé las piernas para esconder mi turgencia motivada por lo directo de su relato. “¡Vaya!”, exclamé y miré hacia el reloj de la Torre Latinoamericana. Quedé acompañándola en su silencio. Al poco rato, ella me tomó de las manos, me miró a los ojos para solicitar mi atención a las palabras que vendrían, las cuales ya esperaba por su claridad acostumbrada: ahora vendría su propuesta.

–¿Estaré tan mal donde sueño cosas así? –me preguntó, echando por la borda la seguridad de mi línea de razonamiento.

–¡Vamos, Juanita, no estamos mal porque soñemos con fantasías sexuales! –dije, pero más bien para mí, para justificarme por haber soñado a sus nalgas mamando un penecito. Cerré los ojos y sin abrirlos continué hablando–: es usual, es más, estará muy mal quien no tenga ensoñaciones de esa índole.

–¿Tú las tienes? ¿Son frecuentes? ¡Abre los ojos para contestarme, Román! –exclamó exigiéndome respuesta donde ella pudiera constatar mi sinceridad.

–¡Claro que las tengo, y con frecuencia! A veces son imaginando a personas que no conozco, pero las disfruto, como también lo hago con mis pesadillas ya que mi desarrollo onírico me permite conocerme mejor y vivir más vidas, no sólo la de la vigilia. Además, trato de analizar el porqué de los sueños recurrentes o de otros cuya impronta me dura varias horas o vuelven el día menos pensado en algún momento en que una pequeñísima relación o coincidencia en un instante que me los recuerda en todo su esplendor una acción común y corriente, ya que eso me hace pensar en que tengo cabos sin atar o asuntos no resueltos.

–¡Wow!, debiste ser analista, psiquiatra o algo así y no un simple cuentachiles de los ricos o los perseguidos por el sistema tributario. ¿Te gustan las matemáticas?

–¡Claro, soy contador! –dije molesto, pero ella fue la que se molestó con mi respuesta.

–Eso ni a aritmética llega, ¿cuándo has tenido que usar teoría de números en tu profesión o utilizar propiedades modulares de los números y cambios de base para atender a tus clientes? –preguntó y me quedé con la boca abierta, no por desconocer esos temas y conceptos sino porque siendo diseñadora textil y de modas su conocimiento era basto, además de darme una cachetada con su precisión sobre mi campo profesional tan limitado y el alejamiento con las matemáticas, pues ni el cálculo integral de la preparatoria lo usaba más allá de la teoría bursátil–. ¡Perdón! –dijo al ver mi gesto de asombro y molestia–, ya me desvié del tema, pero me maravilló tu explicación, a mí que difícilmente recuerdo si soñé o no, y percibí que tu mente era muy analítica, por eso mi pregunta de las matemáticas –concluyó a manera de disculpa.

–No tengo que perdonarte, mi respuesta fue petulante, hiciste bien en llamarme cuentachiles. Hubiera sido mejor contestarte que sí me gustan las matemáticas, las biólogas, las filósofas, las químicas y, ahora, también las diseñadoras –y al terminar de hablar acerqué mi cara para darle un beso que me correspondió, sólo juntando nuestros labios, y sonrió festejando mi galantería.

–¿Alguna vez has soñado que haces el amor con un hombre? –me preguntó a bocajarro. No podía evadirme, era claro que lo sabría.

–Si te refieres a la penetración: no, ni de aquí para allá o viceversa. Sí me he soñado atraído o quizá enamorado de alguno a quien admiro. La única vez que disfruté abrazando, besando y suspirando enamorado con alguien, descubrí al mirarlo frente a frente que se trataba de mí mismo, y lo festejé (¿festejamos?) haciendo un placentero 69. Esa vez desperté maldiciendo no haber tenido un hermano gemelo.

–Ególatra el señor… –dijo Juanita con sarcasmo, recargando la cabeza sobre sus dos puños.

–Eso pensé cuando empecé a analizarlo. Lo primero que hice fue escribir con sumo detalle, lo soñado, sin omitir contradicciones o asuntos ilógicos. De mis anteriores ensoñaciones con hombres, concluí que me quiero mucho (sí abona a la egolatría), pero que en la situación de los otros casos que soñé, es porque también les guardo cariño. También encontré que estoy satisfecho con lo que soy (sea eso lo que sea). Y que tengo fijación por los penes pequeños (de 5 a 10 cm), aunque si se trata de uno más grande debe ser como el mío –concluí y esperé que enseguida ella me platicara algunos sueños con otras de su mismo sexo que le estuvieran causando alguna incomodidad, pero, otra vez, me equivoqué.

–Sí que eres una cajita de sorpresas y no tengo la menor idea de cómo habrá de lidiar contigo quien te toque como pareja y ahora sí me queda claro que mi propuesta sólo será de mutuo beneficio y no quiero que acarree más compromiso que no romper nuestra incipiente amistad –dijo solemnemente sin dejo de alegría, o esperanza ni tristeza.

–Tu propuesta… ¿Qué me propondrás? –pregunté temeroso porque, de acuerdo a su tono, me parecía algo superficial.

–El domingo, después de despertar me quedé un buen rato en la cama razonando lo que soñé y sentí, conste que no digo analizando –precisó–. Llegué a la conclusión de que el hombre que soñé y no pude ver eras tú. Reviví esa última parte, pero ahora con tu rostro y añadiéndole otros detalles, como abrazos, besos, caricias y me masturbé feliz –dijo, pero ahora se notaba exultante y convencida en su tono, lo cual me desorientó.

–Menos mal que te serví otra vez para algo… –dije sonriendo y guiñé un ojo.

–Mi idea es que nos seamos útiles uno al otro. Yo soy virgen y con muchos deseos de dejar de serlo, pero de una manera que recuerde con felicidad toda la vida. Tú tienes la fantasía de acostarte con una mujer “buenona”, guapa, o al menos no fea, y que tenga un clítoris grande para chupárselo. ¿Qué dices? –preguntó después de hacer una propuesta que más bien me parecía un convenio cambiario de “ganar-ganar”.

La puse de pie y me le quedé viendo de arriba abajo, le di una vuelta para mirarla como se examina un objeto que se va a adquirir, aunque sea solo por unos momentos de usufructo. Sí, ya lo sabía: era bonita; sus tetas no eran despreciables; la cintura plana al frente y el resto con las redondeces propias para sujetarla con suavidad y buen agarre; el culo era formidable; las piernas bien torneadas, ni gordas ni delgadas; también la sabía sumamente inteligente y suficientemente sensible. “Oye no me gusta que me veas como mercancía, ¡soy una persona!” dijo molesta al terminar mi inspección visual. “Y qué hermosa persona…”, dije abrazándola para continuar así nuestro camino al estacionamiento. Pero a mí seguía sin atraerme el carácter convenenciero y mercantilista como ella veía el acuerdo, acuerdo por demás no despreciable. Sólo teníamos ocho días de conocernos y saludarnos amablemente por mensajes o llamadas.

–¿Qué respondes de mi propuesta? –insistió susurrándome la pregunta en el oído, dándome una lamida en el lóbulo al terminarla.

–Qué lindo preguntas –susurré ahora yo y levanté su cabello para darle un beso en la nuca.

–¡Ay, desgraciado, así no se vale! ¡Me vas a encuerar en plena calle! –Exclamó sumamente excitada.

–Creo que tu propuesta la debemos platicar con más calma. Yo había dicho que las siguientes botellas de vino corrían por mi cuenta. ¿Vamos a mi casa a platicarlo? –le sugerí.

–Vamos –contestó abrazando mi cintura y apurando el paso.

En el auto prendí el aparato de sonido y nos fuimos cantando. Llegamos, metí el auto al estacionamiento del edificio. Antes de bajar del auto le dije “Déjame abrirte” y Juanita abrió los ojos manifestando sorpresa, ante lo cual añadí: “la puerta” y ella sonrió de inmediato. Ya en el departamento le señalé el baño llevándola hasta la puerta para que se lavara las manos o lo que quisiera hacer y yo me fui a lavar al fregadero de la cocina. Saqué una botella de vino rosado de la nevera, la descorché y la llevé a la mesa de la sala, junto con un par de charolas de carnes frías y una tabla de quesos que desde la mañana había preparado para la ocasión. Para terminar, calenté un pan blanco de cebolla que corté en rebanadas finas y también fueron a dar a la sala. Debido a que la noche empezaba a refrescar, prendí el calentador de la sala y el de la recámara, también quité la colcha y recorrí las cobijas (¿qué tal si yo aceptaba su propuesta?) De tal manera que, cuando ella salió del baño, todo estaba listo y la invité a sentarse. “Ahorita, déjame ver primero tus cuadros, ¿puedo?” me pidió. Contesté inmediatamente “¡Claro!” dejándole libre el paso. Momento que aproveché para sacar dos copas que me habían faltado. Desde la sala vi su recorrido en el que observaba con cierto detenimiento las obras. Prendí el aparato de sonido con música instrumental variada.

–¿Hay alguno tuyo? –preguntó al terminar su recorrido, señalando hacia los cuadros.

–Todos son míos, unos los compré y otros me los regalaron, pero yo no pinto –contesté respondiendo su inquietud, le quité el abrigo y nos sentamos.

Platicamos esta vez de gustos musicales, a Juanita se le antojó bailar y bailamos. Sentía el calor de una mujer que poco a poco se ponía arrecha con la cercanía y los besos, las caricias en los brazos, en la espalda y el contacto de nuestras piernas en los giros. Ella bajó mi mano desde su cintura para que la reposara en su nalga y la otra me la hundió en el canal de su pecho y me dio un beso donde nuestras lenguas se entrelazaron. A la cuarta pieza me dijo “Sentémonos, ya me acaloré” y después de compartirnos en la boca nuestros tragos de vino continuó el morreo. Le quité la blusa y recorrí con mi nariz el escote de su pecho. Juanita se quitó el sostén para que mi regodeo creciera, pero el goce de ella creció mucho más cuando le mamé las chiches, los pezones estaban rugosos y erectos. Mientras Juanita echaba la cabeza hacia atrás para que su pecho quedara erguido, y yo no me encorvara mucho, suspiraba al ritmo de mis mamadas. Afortunadamente no traía medias y acaricié a mi gusto sus piernas. Escurrí una mano desde su rodilla, avanzando bajo la falda y sobre la tela de sus pantaletas, toqué el pequeño montículo que tenía y había sido la causa de asustar definitivamente a sus pretendientes. Con el índice masajeé el pico de su erección y juanita lanzo un grito seguido de gemidos que acusaban un orgasmo continuo y enterró sus uñas en mi espalda una y otra vez al compás de sus oleadas de placer. La nena estaba lista para ser desflorada. La besé en la boca y la cargué para llevarla a la cama sin separar nuestros labios. Con ternura la deposité sobre la sábana y comencé a quitarle las únicas dos piezas de ropa que le faltaban. Mi lengua recorría desde el periné hasta la punta de su penecito, pues ese clítoris terminaba en un notorio glande. Me desvestí sin dejar de chuparla y ella no dejaba de jadear. Me monté sobre su cuerpo y la besé, le metí las manos bajo la espalda y las deslicé hasta sus nalgas. ¡Qué banquete de caricias me estaba dando y qué receptiva estaba Juanita que besaba queriéndome comer!

–¡Haz lo que tienes que hacer! –me suplicaba y sus piernas rodeaban a mi cintura. “Eso es lo que deben hacer las vírgenes, ¡enterrarse la verga solas, hasta el fondo!, que no haya el más ligero dolor para enturbiar su pasión”, me decía a mí mismo.

Con mi verga, seguí el camino que había recorrido con la lengua y sentí las uñas de Juanita enterrándose en mi espalda en el momento que nuestros glandes se frotaban humedecidos con mi presemen. Bajé otra vez para hacer el mismo viaje por el camino, pero mi verga fue capturada por su deseo de ser mujer y se la clavó completamente agarrándome de las nalgas para que no pudiera salirme, me presionó más con las piernas, volvieron sus manos hacia arriba y sentí otro ardor en mi espalda provocado por sus uñas, justo cuando mi verga rompió su himen.

Me moví cada vez más rápido, tal como me lo exigía su deseo y sus orgasmos vinieron en catarata hasta que Juanita aflojó el abrazo y quedó exhausta. Di tres viajes más y me salí para vaciar los chorros de semen sobre su vientre. Al sentir el líquido en su pelambre, el ombligo y algunas gotas en sus tetas, trató de abrir los ojos para ver lo que había ocurrido. Le bastó un flashazo para darse cuenta y sonreír, pero volvió al nirvana contemplativo de sus propias sensaciones.

Volteé a ver su clítoris y estaba tan yerto como mi pene. Le cubrí las piernas con la cobija y la dejé dormir. Me fui al baño a curar como pude las heridas que dejaron los rasguños en mi espalda. Mientras las plaquetas hacían su trabajo recogí los trastos y apagué el calentador de la sala, luego llevé la ropa de Juanita a mi recámara y me acosté a su lado para besar sus chiches y su cara. Me di cuenta que ella había esparcido mi semen en su pecho y vientre. Me acarició la cara y dijo “Fue más maravilloso que mi sueño. Fuiste un caballero al no eyacular dentro de mí, ni tiempo tuve de solicitar que te pusieras condón”. Me besó amorosamente y me preguntó: “Oye, si alguna vez quiero tener un hijo, ¿puedo contar contigo?” Sólo sonreí y me abstuve de contestar. Dormimos un poco. Me desperté molesto cuando sentí el movimiento friccionante de sus dientes en mi glande.

–¡Perdón! quise que sintieras tan rico como yo cuando me chupaste –dijo soltando mi pene.

–Sí, las chupadas se sienten deliciosas, pero se hacen sin que los dientes lastimen –le expliqué y empujé su cabeza hacia mi sexo. Volvió a chupar con mejor resultado.

–¿Así? –dijo después de darme otras tres mamadas.

–Sí –le contesté y volví a presionar su cara contra los vellos de mi pubis. Juanita abrió la boca y se tragó todo mi pene flácido que empezó a crecer al contacto con los movimientos de su boca. ¡Cada vez lo hacía mejor!

–Ven –le dije acomodándola en posición del 69 y nos mamamos mutuamente

Después empecé a pasear mi lengua desde el ano a su vagina y ella se retorcía de placer, pero no soltaba mi pene. Su clítoris estaba erguido y medía tanto como mi dedo meñique. Mi sueño se transformó en realidad y chupé con sumo deleite abrazándome de sus hermosas nalgas hasta que me vine en su boca. Ella tragó mi semen y al terminar su orgasmo exclamó “¡Sí, sabe tan rico como el que probé tomándolo de mi ombligo, que me dejaste inundado!”. Después la volteé bocabajo y me puse a lamer su ano. Ella gemía cada vez que mi lengua entraba un poco y me facilitó el trabajo separándoselas con las manos para que pudiera entrar más. “¡Qué rico se siente!”, gritó y tuvo otro orgasmo. “Me vas a matar de felicidad” precisó cuando se repuso y me di cuenta que ya era hora de descansar. Apagué el calentador, cubrí con la cobija nuestros cuerpos y la abracé de frente, quedando nuestras bocas juntas y así quedamos dormidos.

Muy de mañana, al abrir los ojos, vi su cara radiante. Volví a dormirme para despertar horas después. Al poco rato ella despertó, entreabrió los ojos y como si le hubiese impresionado algo, los abrió completamente de golpe, volteó la cara hacia mí, y al parecer lo recordó todo porque su cara se volvió a iluminar de felicidad. Sonrió, me dio un beso en los labios y dijo “buenos días”.

–¿Te digo lo que soñé? –me preguntó sonriente agarrándome de la verga.

–Sí –contesté acariciándole la mata en busca de que su amiguito también despertara… ¡y despertó!

–Soñé con lo último que hicimos, con tu lengua en mi ano y que te gritaba “méteme la verga, Román” y tú me volvías a coger por la vagina, pero yo quería también por el recto y volvía a insistir “¡Por el culo, Román, por el culo!”, pero tú me hacías venir mucho y yo quedaba satisfecha.

–¡Qué bonito sueño! ¿Y me vine en él? –pregunté.

–No. Pero ¿qué tal si me lo metes por el ano y te vienes? –ofreció.

–Por ahí duele, al menos las primeras veces… –le advertí.

–No importa, quiero que también seas tú el de la primera vez –replicó.

Le sonreí y me dije “Sí, méteselo, tiene un culo divino” entonces asentí con un gesto. Ella retiró las cobijas, se puso bocabajo y se abrió las nalgas. Yo le lamí el ano dejando en él suficiente saliva. Traté de meter un dedo y ella dio un pequeño grito de dolor. Volví con la lengua metiéndola hasta donde me lo permitían mis músculos y ahora intenté abrirlo con mi glande. Fue inútil, ni eso pudo entrar sin evitar su dolor.

–Deja ponerte crema o aceite –le dije y me levanté por el frasco de lubricante que había estado esperando esa oportunidad hacía mucho tiempo.

Ella vio el lubricante que traje y se volvió a poner en posición. comencé a ponérselo después de besarle y lamerle las nalgas, además del periné.

–¡Ah, ya estás preparado para esto! Tienes lubricante a la mano… –me señaló Juanita al darse cuenta que el frasco aún tenía el sello de garantía intacto.

–Jaj, jaj, jaj. Me gustaría decir que lo compré para usarlo contigo, pero desgraciadamente fue hace tiempo que tuve una amante tan buena de nalgas como tú y que cuando se lo intenté meter por allí ella se negó “¡No, Román, me estás violando!”, me gritó, así que me detuve y le prometí que para la siguiente tendría un lubricante. Desgraciadamente, ya no hubo siguiente.

–Pues yo ya dije que sí, y espero que no duela tanto con eso –me contestó esperanzada.

Le puse el aceite a Juanita como marcan los cánones: primero metiendo un dedo, luego dos y por último tres. Tuvo un poco de dolor, pero ya lo esperaba. Después le fui metiendo la verga poco a poco, deteniéndome a que se acostumbrara cuando me lo pedía, hasta que entró toda. Nunca se me bajó la erección pues sus nalgas son muy hermosas y ella aguantó para cumplirse a sí misma el ser estrenada de ahí también por el mismo hombre. Me fui moviendo poco a poco y la tensión de ella cambió a placer, hasta disfrutarlo a gritos. Flexionó las rodillas para que sus nalgas subieran y pudiera entrarle más hondo el pene. “¡Está rico, Román, vente en mí, vente!”, me gritaba y yo la complací… Sin sacársela, descansamos de cucharita hasta que se le salió. Me levanté para hacer el desayuno, pidiéndole que siguiera acostada. Le traje un jugo de naranja, unos huevos tibios condimentados como me gustan a mí y café. Puse la charola en la mesa de cama después que se acomodó y empezó a comer. “¿Así las tratas a todas?”, preguntó sonriendo. “No, pero veo que sí debería hacerlo”, contesté.

Al terminar de desayunar, llevé los platos a la cocina y los lavé, pidiéndole antes que se metiera a bañar. “Te espero allá adentro”, me dijo. “Sí, también en el baño quiero estar adentro…”, le contesté dándole un beso en la frente. Al regresar, después de haber metido una toalla más para ella, me metí a la ducha, le enjaboné la espalda, bajé a sus nalgas y le metí la punta del jabón en el culo. Ella se agachó pidiéndome implícitamente que la penetrara por atrás, lo cual hice sin tanta dificultad. Cuando estaba bien atornillada la enderecé y le enjaboné su conchita y con dos dedos me puse a darle jalones a su pene al mismo ritmo que le daba por el culo. Seguramente los vecinos escucharon sus gritos por el ducto común de ventilación de los baños envidiándonos. Antes de salir de la ducha, la cargué de frente, con ella colgada de mi cuello y le hice el amor, o me la cogí, porque yo no quise venirme dentro de su vagina, y otra vez gritó pidiendo más.

Desde aquella vez, hace ya un par de años, seguimos como amigos. Ella, aunque ya usa un DIU, no ha tenido suerte con otros, siguen huyéndole, pero me invita un vino y hace la cena para que “platiquemos con tranquilidad” algunos fines de semana, Yo estoy bien así, sólo salgo con alguna que otra mujer, pero sin la gracia y la inteligencia que tiene ella. Espero que cuando quiera ser madre me lo pida, pero el trato deberá ser el de vivir como familia, para recorrer ambos el otro lado de la vida que corren las parejas.

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