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Cuando nada está planeado

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A veces la vida confabula para que las cosas sucedan de manera espontánea e imprevista.  Andábamos de compras por un sector céntrico de la ciudad y, al salir de un almacén, mi esposa se encuentra de frente con su amante de color. ¡Hola!, saluda él. ¿Qué haces por acá? Necesitábamos unas cosas y vinimos de compras, contesta ella. ¿Y tú? Estaba por acá cerca haciendo diligencias varias y necesité dinero, así que entré acá para buscar un cajero, contestó él. Grata sorpresa; quién se iba a imaginar que nos íbamos a encontrar por aquí. Y ¿estás sola? No, mi esposo está conmigo, por ahí debe venir.

Y, en efecto, cuando salía del sitio, los vi conversar a la entrada del local. Me resultó sorpresivo e incluso pasó por mi cabeza pensar que aquello no era fruto de la casualidad, sino que había sido acordado. Sin embargo, muy controlado ante la novedad, le saludé muy cordialmente. Hola, ¿qué haces por acá? Le decía a Laura que estaba por acá cerca haciendo diligencias y que entré aquí para buscar un cajero. ¡Qué casualidad! dije yo, porque si acordamos encontrarnos, alguna situación se presenta para complicar todo. Bueno, dijo él, es verdad, así ha pasado otras veces. Pero, en fin, pues hoy nos encontramos, de casualidad.

Mi esposa estaba vestida normal, de calle, nada especial. Tampoco había una idea en mente, no era de noche, no estaba ella vestida como acostumbra para sus encuentros, así que nada hacía prever que este singular encuentro fuera a terminar en nada particular. ¡Les invito un café! ¿Tienen tiempo? preguntó él. Bueno, dijo ella mirándome, ¿por qué no? Okey, dije yo, pero dejemos los paquetes en el carro; yo los llevo. ¿Dónde van a estar? No, pues, mejor lo esperamos aquí, dijo él. Está bien, respondí. Ya vuelvo. Y me dirigí hacia los parqueaderos.

Me tardaría unos diez minutos entre ir y volver, tiempo suficiente para que ellos hablaran de lo que fuera. Les encontré de nuevo y empezamos a caminar hacia algún lugar dentro de aquel centro comercial. Pronto vimos un local de Starbucks al cual, sin consultarnos, ingresamos. Wilson, muy educado, acomodó a mi esposa y me mostró la silla en la cual me podía yo acomodar e, instalados en nuestros puestos, pedidos café, unas tortas, y empezamos a conversar.

Entre hablar del clima, de la cantidad de gente que frecuentaba aquel lugar, de lo caro que era todo en ese Centro Comercial y demás, resultamos hablando de las parejas de jóvenes estudiantes que, uniformados, veíamos cruzar frente a nosotros. Debe haber algún colegio mixto por aquí cerca, porque todos estos andan emparejaditos. Yo estudié en colegio para varones y, si fuera yo, estaría andando con el grupo de compañeros. Si, dijo él, lo que pasa es que han inaugurado unos motelitos por acá cerca y ellos van o viene de allá, por eso las parejitas. ¿De verdad? pregunté. Si, dijo él, pudiéramos darnos una vuelta para detallar la cosa. No hay necesidad, dije yo. Pero podríamos darnos una vuelta, dijo mi esposa; para conocer.

La verdad, no me llamaba la atención la propuesta, pero como no teníamos algo especial que hacer, pues accedí a echar un vistazo. Bueno, pero me acompañan a sacar el carro al parqueadero. No hace falta, dijo él, eso queda aquí, no más a dos o tres cuadras. Podemos ir caminando. Bueno, dije yo, entonces déjeme ir a un baño y vamos pues.

Cuando volví, echamos a andar. A ver, Magallanes, guíenos, dije. Muéstrenos el mundo. ¡Listo! dijo él y echó a andar tomando a mi mujer de la mano. Para nada me pareció raro, porque habiéndoles visto intimar otras veces, que la tomara de la mano me pareció de lo más natural y ella, además, lo permitió, y caminó a su lado. Ellos iban adelante, charlando, y yo atrás, siguiendo sus pasos. No tardamos en llegar a una cuadra donde todos los locales eran moteles. Los sitios eran vistosos, coloridos y bien decorados. Y, ciertamente, vimos como entraban y salían parejitas de colegiales de ahí.

Bueno, quién lo creyera, comenté. Uno pensando que los muchachos están estudiando y resulta que andan en estas faenas. Con tal que no pierdan el año y no le hagan perder plata a los papás, pues que disfruten su vida. Si, dijo él, hay que aprovechar todos los momentos. Es verdad. Y, llegando en frente a uno de esos lugares, dijo, este está recién abierto y luce muy bien. ¿Entramos a conocer? Mi mujer me miró, esperando mi reacción, de manera que yo dije: ¡Entremos pues! La idea es conocer, ¿no?

El entró, habló algo en la recepción y dijo, ya está, subamos. Confieso que pequé de inocente, porque estaba convencido de que íbamos en plan de “tour” a echar un vistazo al sitio, de manera que no entendí muy bien lo que quiso decir con… ¡ya está!, ¡subamos! Al llegar al tercer piso, Wilson se dirigió de inmediato a una habitación, abrió la puerta y nos invitó a seguir.

Cuando estuvimos adentro dijo, déjeme entro un momentico al baño. Con Laura nos quedamos detallando la habitación. No era nada del otro mundo, pero estaba bien arreglada, decorada y nos pareció agradable. Yo me puse a chequear la programación del televisor, el sonido, la música, el control de la luz y estos detalles, cuando Wilson salió del baño totalmente desnudo y con su miembro totalmente erecto. Bueno, dijo él, si la cuestión es de afán, ya estoy listo.

¿Y eso? pregunté yo. Nada, dijo. Laura me dijo que estaban algo apurados y que, si hacíamos algo, no podían demorarse mucho, así que aquí estoy, listo y con la herramienta a mil revoluciones. Yo la miré a ella, entre sorprendido y atónito, pues no supe en qué momento se había dicho o sugerido algo, así que me cuestionaba en qué momento fue y le pregunté, oye, ¿y a qué hora arreglaste esto? No, yo no arreglé nada. Wilson me dijo que tenía ganas de estar conmigo y preguntó que si había alguna posibilidad. Yo le respondí que teníamos cosas que hacer y que, de pronto, tendría que ser algo rápido. Pero nada más. Y, cómo tú estuviste de acuerdo en venir, yo supuse que estabas al tanto. ¡Aaahhh! dije yo, ahora resulta que yo fui el responsable de esto. No, para nada, respondió ella, pero si hay inconveniente, lo dejamos así y no pasó nada.

Bueno, pero si yo pregunto, como preguntó él, y le dicen que de pronto tendría que ser algo rápido, yo entendería que hay luz verde, que sí hay posibilidad y sigo adelante. Bueno, pues eso entendí yo, dijo Wilson. Te das cuenta, le dije. Pero si no estás de acuerdo, dijo ella, tranquilo, nos vamos y no pasa nada…

Ella terminó de decir eso y yo, viendo a Wilson desnudo y ansioso de follar a mi mujer, sentí pena ajena. ¿Cómo es que ella responde eso con tanta tranquilidad? ¿Por qué no expresa abiertamente que también quiere estar con él y ya? Pensaría yo que no habría malos rollos si todo fuera más claro. En fin. El caso es que dije, bueno, si ya lo habían conversado, pues ni modo, a lo que vinimos vamos. Lo cierto es que me sentí como ignorado y tonto, porque no adiviné cuál era el juego.

No pasa nada, tranquilo, dijo Wilson. Lo que sucede es que usted como que todavía no sabe cómo se expresa ella. Pues si yo era el despistado, no lo dudo, dije. Y usted, ¿cómo se da cuenta? Bueno, dijo riendo, de muchas maneras, creo yo; la forma como me habla, la forma como me mira, la forma como aprieta mi mano. Y yo sé que ella también sabe qué estoy pensando yo. ¿No es cierto? Preguntó mientras la miraba. Para ese momento él se frotaba su pene, arriba y abajo, procurando mantener su erección. Pues, dijo ella, tú me habías dicho que tenías ganas y yo interpreté que querías estar conmigo. Eso es todo.

Se le notaba a ella el deseo de ser poseída por aquel, pues miraba con ganas cómo él se estimulaba para mantener viva su erección. Y a ella eso parecía gustarle. A mí aquello me tomó por sorpresa, porque acostumbro ir preparado con cámara y videograbadora para esos encuentros. Y en esta ocasión tan sólo disponía de mi celular, pero, entrados en gastos, qué más da, pensé, así que dije, bueno, y si todo está claro y ustedes saben cómo es la vuelta, ¿qué impide que lo hagan, como ya lo han hecho otras veces? No, nada, dijo él. Que ella quiera, porque yo ya estoy listo.

Ella, entonces, se quitó sus bragas sin quitarse lo demás. Se la veía vestida, normal, como si nada, pero se colocó de espaldas a él, acomodándose tímidamente y ofreciendo sus nalgas para ser penetrada por detrás por este macho excitado. El no dudó en hacerlo. Estímulo con sus manos el clítoris de mi mujer y, cuando sintió húmeda su vagina, la tomó por sus caderas y la atrajo hacía si, penetrándola suavemente. Ella, al principio, pareció guiar sus movimientos y moverse sobre aquel pene al ritmo que le dictaban sus sensaciones. Lo hizo arriba y abajo, de un lado a otro y en movimiento circular, mientras aquel muchacho, contemplaba cómo su sexo aparecía y desaparecía de su vista al entrar y salir de la vagina de mi dispuesta mujer.

Bien rápido ella empezó a acelerar sus movimientos y Wilson, ya excitado, empezó a desnudarla mientras ella seguía disfrutando del contacto con su miembro. Poco a poco, y sin que ella dejara de moverse y empezar a gemir de placer, aquel le fue retirando su chaqueta, luego su blusa y por último el brasier, dejando su torso desnudo y disponible para ser acariciado. El, se concentró en acariciar con especial esmero sus senos, y delinear con sus manos la silueta de su torso, mientras ella retozaba a gusto sobre aquel miembro.

Wilson seguía fascinado mirando cómo su pene entraba y salía del cuerpo de mi esposa y, poco a poco, fue tomando el control de la situación. Empujaba y empujaba con gran vigor dentro de la vagina de mi excitada y obediente mujer que, seguía a pie juntillas todo lo que aquel le decía. ¡Levántate un momento! dijo él, mientras se incorporaba, sin dejar de empujar una y otra vez. ¡Voltéate y apoya las manos en la cama! le insistió, quedando él de pie detrás de ella.

Cogió su cabellera con las manos y halaba de su cabeza hacia atrás mientras seguía empujando dentro de ella con gran vigor. Y luego, en vista que la falda de mi esposa le bloqueaba la visión, la despojó de la prenda. Tuvo que sacar su miembro unos instantes para que la falda pudiera caer a los pies de mi esposa, ahora sólo vestida por sus zapatos y sus medias veladas. El, ahora sí, tenía a la vista todo su cuerpo y disfrutaba ver como su miembro se perdía dentro del cuerpo de mi mujer, a veces superficialmente y a veces muy profundo.

De un momento a otro sacó su pene y dice ¡voltéate y recuéstate en la cama! Ella obediente lo hace y él, estando ella acostada, levanta sus piernas, una en cada mano, y la penetra, empujando ahora con mucha más velocidad y vigor. Ella gime, contorsiona su cuerpo y se acaricia a sí misma sus senos mientras él continúa con sus embestidas.

Ella sigue gimiendo y él, ahora, coloca las piernas de ella a los costados y deja caer su tronco sobre el de ella, quedando sus pechos en contacto mientras sigue empujando. Pasan unos minutos y le dice, ¡muévete al centro de la cama! Ella lo hace y esto permite que él pueda subirse a la cama y quedar sobre ella, en posición de misionero, poniendo sus cuerpos en contacto pechos, sexos y piernas. El sigue retorciéndose sobre mi esposa y empujando a placer mientras ella no atina a hacer otra cosa que acariciar las nalgas de aquel e insinuar con sus caricias que vaya más y más profundo dentro de ella, y que no se vaya a separar.

El, ahora, preso de la excitación, la besa y mueve su lengua dentro de su boca al ritmo de las embestidas de aquel dentro de su vagina. Esto, definitivamente, la vuelve loca, la excita, parece que su pecho quisiera salirse de la piel, aparta su boca de la de Wilson y explota en un grito de placer que no cesa mientras él sigue empujando, todavía más y más aprisa, hasta que saca su miembro y deja caer sobre el vientre y pecho de ella un profuso y denso chorro blanco que extiende con su pene por todo el torso de mi excitada esposa.

Todo está dicho. Mi esposa sigue sobre la cama con sus piernas abiertas y su sexo palpitante, agotado y ansioso, mientras Wilson continúa sobre ella, besándola y acariciando sus piernas. Pasado un rato, se coloca a un costado de ella y se dedica a acariciar sus pechos, cuyos pezones están parditos y duros, signo de que la excitación aún está viva. ¿Te gusto? ¿Cómo estuvo? Si, dice ella, estuvo súper.

Quedaron allí tendidos un rato, uno junto al otro, recuperándose, sin decir nada, solo atentos al sonido de una música suave que procedía del equipo de sonido. Y, pasados los minutos, él vuelve a tener bríos y empieza a estimularse manualmente su miembro para que vuelva a despertar. ¿Quieres que lo hagamos otra vez? pregunta él… y ella responde que sí. Pues yo ya estoy listo dice, y ella, riendo dice, yo soy la que tengo que esperarte, porque no he dejado de estar lista. Bueno, demuéstramelo, dice él.

El sigue acostado sobre la cama y ella, ahora, entonces, se incorpora y lo monta, tomando con la mano derecha su pene e insertándoselo dentro de su vagina. Una vez lo ha hecho, empieza a mover sus caderas rítmicamente, adelante y atrás, sin parar, suave pero continuo. Wilson empieza a gesticular, a expresar a través de las facciones de su rostro que está sintiendo placer. Ella se mueve y se mueve y él acaricia, una y otra vez, sus senos. A él le fascinan los senos de mi esposa.

Poco rato después cambian de posición, ella es quien se acuesta y él quien la monta. Se coloca de lado formado una cruz con el cuerpo de mi mujer y la penetra. En esta posición las sensaciones que ella experimenta parecen ser más intensas. Mi esposa gime, mueve sus brazos, contorsiona su cuerpo y se aferra a las nalgas de aquel, que no deja de bombear y bombear. Luego vuelve a alinear su cuerpo con el de ella, vuelve el juego de los besos, vuelve a acelerar el ritmo de sus embestidas y ambos, esta vez, parecen haber llegado al clímax al tiempo. El ha eyaculado dentro de ella, deja de moverse, pero no saca su miembro de la vagina de mi mujer. Y ahí se quedan.

Parece que se han dormido. Y, al rato, él se coloca a un costado de ella, su miembro ya totalmente flácido. Parece que ya todo acabó. Bueno, dice ella, yo creo que ya es hora de irnos. ¿Te parece? pregunto yo. Si, dice ella, creo que ya es suficiente. No me preocupo entonces, digo, porque si eso es un “rapidín”, que tal que la cosa fuera para largo. Pues si ella quiere seguir, dice Wilson, denme un chance para recuperarme. No dice ella, otro día nos programamos y le damos toda la noche.

Y si lo dice ella, seguramente lo ha pensado y tiene en mente llevarlo a cabo en algún momento. En esta ocasión, sin embargo, todo se dio de manera casual y no planeada. A veces, de esos momentos, resultan las mejores folladas. Y a ella, esos momentos, inesperados y no previstos parecen gustarle. Veremos con qué sale la próxima vez.

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