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En la sala de juntas...

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Hacía poco tiempo que Xiomara, mi colaboradora en la oficina, se había atrevido a forzar las situaciones para que tuviéramos un pequeño encuentro sexual en nuestras oficinas, casi que en presencia de todos nuestros compañeros de trabajo. La discreción no había sido el patrón a seguir para llegar a tal aventura y tal vez faltó poco para que fuéramos descubiertos. Al final, sin embargo, todo pareció ir bien y nada pasó.

Después de aquello nuestro vínculo se fortaleció, pero aquella demostración de decisión por parte de ella parecía haber quedado en el pasado. Seguimos trabajando juntos y reuniéndonos para almorzar, como lo habíamos venido haciendo durante un año. Esa rutina, por supuesto, había generado un estrecho vínculo entre los dos y a esas alturas ya no había muchos secretos entre ambos. En la oficina era evidente que había más que una relación entre jefe y empleada y no faltaban las miradas y comentarios pícaros cada vez que nos veían salir juntos. El vínculo se ceñía a lo estrictamente laboral y no había motivo ni evidencia para que se señalara otra cosa.

El esposo de Xiomara, Carlos, a quien yo conocía, fue despedido de un importante puesto en una importante institución gubernamental y, a partir de ese momento, su matrimonio empezó a desmoronarse. Él había adquirido deudas para solventar sus compromisos y ahora, sin trabajo, la situación económica era insuficiente para sufragar todos los gastos que tenían. No pasó mucho tiempo antes de que tuvieran que entregar su casa al banco, porque no pudieron seguir pagando las cuotas del préstamo y su situación financiera no permitía acordar ningún tipo de refinanciación. Para acabar de completar, Xiomara había intervenido para que uno de sus hermanos apoyara con dinero a Carlos unos meses atrás y reclamaba ahora a su hermana la devolución, porque también estaba necesitado. Y ella, para no quedar mal, estaba respondiendo con su salario, que resultaba aún más insuficiente para cubrir todos los frentes.

En búsqueda de salidas, Xiomara exploró la posibilidad de que Carlos, a través de un amigo común, viajara a los Estados Unidos y probara suerte allá. La idea empezó a tomar forma y, ambos entusiasmados, empezaron a hacer planes para el futuro. El viajaría primero para tantear el ambiente laboral, establecerse y, conforme se dieran las cosas, dar luz verde para que Xiomara viajara a reunirse con él. En ese contexto, su aventura conmigo, sólo había sido la satisfacción de un capricho y la demostración de que ella, como lo dijo aquel día, hacía lo que se proponía.

No obstante, aun cuando la posibilidad del viaje estaba en marcha, ellos no dejaban de tener enfrentamientos y su relación se veía muy afectada, principalmente porque las relaciones familiares ante la aparente irresponsabilidad de Carlos para poner la cara y responder por sus compromisos, generaba continuas discusiones y enfrentamientos. Xiomara trataba de defender a su marido, entendiendo que hacía lo que podía y que la suerte no estaba de su parte en ese momento. Fueron pasando los meses, ires y venires, y, por fin, después de conseguir dinero prestado, el viaje de Carlos a los Estados Unidos se hizo realidad. La idea era que él llegara allá y que, con la ayuda de su amigo, empezara a trabajar en lo que fuera para empezar a amortizar los préstamos adquiridos para financiar su viaje. Al parecer ellos estuvieron de acuerdo en eso y había un compromiso para llevarlo a cabo.

Carlos viajó y, al principio, todo pareció fluirles de la mejor manera. Las conversaciones con Xiomara tenían que ver con lo que él estaba haciendo en el día a día. Le habían conseguido un empleo como valet parking en una zona comercial y las cosas parecían marchar viento en popa. Cualquier posibilidad de coqueteo o insinuación hacia ella, que de mi parte nunca la hubo, podría haberse obstaculizado con el seguimiento que ella permanentemente venía haciendo al desempeño de su marido en el extranjero. Y, en ese estado de expectativa y euforia, porque las cosas estaban saliendo bien, llegó una noticia sorpresiva e inesperada.

Xiomara fue requerida por parte de un juzgado para responder por una deuda que Carlos, su marido, había contraído poco antes del viaje, sin que ella lo supiera. El 30% de su sueldo fue embargado para responder ante el acreedor y ella, sin recurso alguno de defensa, no tuvo otra opción que resignarse a que así fuera. Eso le casó mucha rabia, tristeza y una profunda decepción. ¿Cómo es que su marido la había engañado y se había aprovechado de su precaria situación para embaucarla en más deudas y compromisos? Ella, simplemente, no lo podía creer. Discutió con él a distancia, para reclamarle, pero por algún motivo aquel logró justificarse y convencerla de que se trataba de una situación pasajera de la cual pronto iban a salir. Y, aún con rabia por lo sucedido, ella le creyó.

Ella se apoyó en mí para recibir descargar su molestia y recibir consuelo. No podía yo justificar el accionar de su marido, pero sí empoderarla a ella para que hiciera lo pertinente y buscara salidas y posibles soluciones a su situación. Se habló con los jefes para que se modificara su contrato de trabajo, que era temporal en ese momento a uno por término indefinido y que se le asignara en un cargo de mayor remuneración, pero también de mayor responsabilidad. La gerencia no estaba muy convencida de que ella pudiera manejar el puesto, pero entendía que requería apoyo y esa era la única manera para hacerlo.

Y en desarrollo de todas esas situaciones, tratando de buscar salidas y soluciones, le llega otra noticia inesperada. Carlos le informa que aquella situación le resulta insostenible, que la soledad lo afecta mucho, que la extraña y que ha decidido regresarse a su país. Ella, visiblemente ofuscada, no puede creer que Carlos tenga tan poca voluntad para afrontar dificultades, resistir y, por el contrario, buscar la manera de adaptarse y salir adelante. Y, en ese momento, tomó la decisión de que, si él regresaba, su matrimonio no iba a continuar. No estaba dispuesta a seguir con él; se había desencantado totalmente, además que se sentía utilizada y abusada en su confianza. Ella, tratando de resolver a costa de mucho trabajo y él, portándose como un niño pequeño, quejumbroso y desvalido.

Esa semana fue difícil. Ella no quería saber nada de su marido, quien, para completar, ahora le pedía a ella apoyo monetario para comprar el tiquete de vuelta y regresar al país. Sin embargo, había, como le dije a ella, opciones para enfrentar este nuevo contratiempo sin que su matrimonio se fuera a ver afectado. Había que entender que Carlos, el menor y único varón en una familia de seis hijos, había sido sobreprotegido y mimado por su mamá y sus hermanas. Y eso, indudablemente, traía consecuencias. Había inmadurez y falta de herramientas para enfrentar la vida, pero se podía corregir, le decía yo. Pero ella, imperturbable, manifestaba que ya no había vuelta atrás.

Nuestro jefe, queriendo asegurar que no hubiera fallas en el manejo del puesto para el que ella había sido nombrada, me designó a mi como su tutor para que la instruyera y la entrenara en el desempeño del nuevo puesto. Y eso significaba que íbamos a compartir mucho más tiempo del que ya compartíamos y la transición debía hacerse de inmediato. No había mucho tiempo disponible, así que nos tocaba trabajar horas extra para lograr el cometido. Y así lo hicimos. Durante un mes, de forma continua, incluidos sábados y domingos, estuvimos poniéndola al día en todo lo que requería saber para manejar sus nuevas responsabilidades. En nuestro trabajo, fue normal empezar a ver algunas muestras de afecto en reconocimiento a sus rápidos logros y comprensiones; un apretón de manos, una caricia o un tímido beso en la frente o en la mejilla, alentándola a seguir adelante porque lo estaba haciendo bien.

Un día, sin embargo, la jornada se extendió hasta la noche, y el trabajo demandó horas extra. Habíamos estado muy juiciosos haciendo la tarea, pero llegó un momento en que simplemente nos cansamos y decidimos darnos un respiro. Estábamos trabajando en la sala de juntas, llena la mesa de carpetas, legajadores y papeles, de manera que salimos de allí para tomarnos un café. Teníamos que ir a otro piso donde, la vigilancia tenía una cafetera y podíamos tener acceso a un café. Estuvimos hablando de lo mucho que habíamos progresado y de lo reconfortante que había sido ver cómo ella había manejado su situación con fortaleza y decisión. Quienes trabajaban conmigo ya lo habían visto en ella y me lo habían manifestado, así que simplemente le comenté lo que me había sido confiado. Se mostró muy contenta y animada.

Al volver a la sala de juntas, para reiniciar nuestra labor, Xiomara me pidió que nos olvidáramos de eso por un rato, se acercó a mí y me besó. No había temor alguno de intrusiones, porque éramos los únicos que estábamos en la oficina a esas horas, 11 pm, las persianas estaban abajo, y ella, para asegurar que nada importunara, apagó las luces. La única luz que llegaba a través de las ventanas, procedía de la iluminación instalada en el exterior del edificio. Aquel beso, tímido e inesperado, pronto subió en intensidad. A los besos siguieron las caricias. Ella guiaba mis manos para que acariciara sus muslos, por debajo de su falda, y yo fui un poco más allá. Además, el escote de su blusa permitía que mi rostro hiciera contacto con sus pechos, protegidos con un diminuto sostén.

Pensé que aquello no iba a pasar de ahí, pero me equivocaba. Ella empezó a jadear con cada una de mis caricias y eso, indudablemente, invitaba a más. No estaba cómodo allí, como la primera vez, en mi oficina, pero estábamos allí y era una oportunidad. Yo estaba dudoso. Lleve mis dedos a la boca para hacerle a ella la señal de que guardáramos silencio. Aquello, si iba a pasar, tenía que ser en total silencio. Y ella, al verme hacerlo, asintió con la cabeza.

Ella, en seguida, y sin yo decir una palabra, se sentó en la mesa, frente a mí, colocando sus piernas abiertas, se despojó de su blusa y yo, muy colaborador, desabroché y retiré su brasier, dedicándome entonces a besar sus pechos y lamer delicadamente sus pezones que, en este momento, ya estaban tiesos. Ella guiaba mi cabeza para que siguiera en esa labor y, después de un rato, me empujó para que dirigiera mis besos hacia su sexo. Entonces, hice que se pusiera de pie, desabotoné y retiré su falda, y también sus bragas, quedando tan solo con sus medias y zapatos. Volvió a sentarse en la mesa, frente a mí, con sus piernas abiertas, pero se dejó caer de espaldas, quedando yo sentado, con su sexo en frente de mi rostro. Era evidente lo que quería.

Empecé a besar su vagina y lamer con delicadeza su clítoris, a la vez que acariciaba sus piernas y sus pechos. Empezó a gemir muy suavemente y yo, lleve una de mis manos a su boca, para hacerle saber que debía quedarse callada mientras yo la atendía. Creo que lo entendió, porque no volví a escuchar nada. La presión de sus manos sobre mi cabeza me daba indicios de la intensidad de las sensaciones que ella experimentaba. Y seguí así largo rato, utilizando también mis dedos dentro de su vagina para estimularle y procurarle más placer. Ella comprimía mi cabeza con sus piernas, empujaba sus caderas contra mi cara y movía incesantemente sus manos sobre mi cabeza.

Decidí, entonces, hacer algo más. Me levante, me bajé los pantalones, saque mi pene y la penetré. Ella continuaba recostada de espaldas sobre la mesa, con sus piernas descolgando sobre el borde y yo, parado en medio de ella, metiendo y sacando mi verga en su vagina, que estaba calientica y húmeda, apretadita. La sensación era deliciosa. Mientras lo hacía, acariciaba con mis manos sus pechos y ella, manteniendo sus ojos cerrados, gesticulaba con su boca; apretaba sus labios, sonreía, movía su cabeza a lado y lado, y trataba de gemir, en tono bajito, muy pasito.

Yo seguí empujando mi pene dentro de ella y levanté sus piernas para que mi penetración fuera más profunda. Aquello le gustó, abrió sus ojos para mirarme y sus manos se aferraron a las mías, que mantenían sus muslos levantados. Ella movía sus caderas y la mesa llegó a rechinar por la intensidad de los movimientos que los dos producíamos. Aquellos sonidos nos parecieron excesivos y los dos parecimos detenernos para aminorar el volumen del ruido. Sin embargo, pausadamente y sin dejar de moverme, yo seguí penetrándola rítmicamente. Pasado un tiempo, yo me retiré…

Ella se incorporó, se sentó sobre la mesa y me pidió que me sentara en la silla, luego de lo cual se acomodó sobre mi en esa posición en insertó mi pene en su vagina. Ahora ella empezó a controlar sus movimientos y yo, observándola, me quedé quieto. Ella, mientras cabalgaba sobre mí, apoyados sus pies en el piso, me besaba. Y yo, con mis manos libres, acariciaba su cuerpo, sus muslos, su silueta, sus nalgas en movimiento y su espalda. Su lengua entraba en mi boca al ritmo de sus embestidas y aquello se sentía bastante bien. Se detenía de tanto en tanto, se quedaba quieta unos instantes, y volvía a arremeter con su cadera. Estábamos bien acoplados.

Luego, pasado un largo rato, se levantó, se puso de espaldas a mí, recostó su torso sobre la mesa y me ofreció sus nalgas. Yo entendí de inmediato que quería que la penetrara desde atrás y presuroso me dispuse a hacerlo. Su sexo estaba totalmente húmedo y mi pene entró en ella sin dificultad alguna. Empujé con intensidad dentro de ella y subí la velocidad. No sé, en esa posición, el nivel de excitación fue subiendo y sentí que el momento de eyacular había llegado. Traté de contenerme un poco y, mientras me retiraba, le dije… oye, me vine… Ella me dijo, espera, se incorporó de inmediato, se puso de cuclillas y metió mi sexo en su boca.

Aquello fue demasiado y ya no pude retener más, así que me vine en su boca. A ella no le importó. Se tragó mi semen y chupó y chupo mi sexo, lo cual me produjo mucho, pero mucho placer. Con mis manos retiré su rostro de mi sexo y la levanté para besarla. Y lo hicimos. Nos besamos. Su boca se sintió algo salada y la piel de su rostro olía a sexo. Era algo extraño aquello, dadas las circunstancias, yo semivestido y ella desnuda, pero así y todo nos besamos y nos abrazamos por largo rato. A ella no le importó para nada y se entregó a la experiencia sin reprochar nada.

Veía mucha entrega en ella y le agradecí por proporcionarme ese momento de emoción. Ella, sonriente, me dijo, es un gana-gana. De esto nos beneficiamos los dos. Me has proporcionado mucha alegría. Y me he sentido plena y muy hembra esta noche. Yo no sabía que responder, porque aquello era inusual. Estábamos en una sala, rodeados de muebles y papeles a montón, nada romántico y un escenario nada propicio para una aventura de este tipo, pero había pasado. Nuevamente habíamos sido presa del deseo y habíamos desfogado nuestra pasión, aun cuando el lugar no fuera el adecuado.

Ella se vistió y, una vez más, ya vestida, volvimos a besarnos y acariciarnos por otro largo rato. Si aquello hubiera sido un dormitorio, de seguro hubiéramos seguido en nuestro amorío hasta el amanecer, pero había que darle término al asunto y, al fin, después de mucho dudar, encendimos las luces y nos dispusimos a dejar todo aquello en orden, no dejando de sonreír cada vez que nuestras miradas se encontraban mientras arreglábamos todo el desorden. Ella, incluso, trajo líquido desinfectante para limpiar la mesa y ambientador para aromatizar el lugar. No podía quedar evidencia alguna de lo que allí había sucedido.

No volvimos a coincidir en aquella sala, porque nuestras aventuras se escalaron a otro nivel, pero sé que, tanto ella como yo, tendremos recuerdos recurrentes y placenteros cada vez que pasemos por ahí. No sé si otras parejas habrán tenido aventuras similares en aquella oficina, pero para nosotros dos fue el escenario perfecto. De todo me imaginé en la vida, menos que fuéramos a tener una aventura sexual en una sala juntas. Así es la vida, sorpresiva e inesperada. Yo la acompañé a tomar un taxi y, muy formalmente, nos despedimos aquella noche. Hasta mañana Xiomy. Hasta mañana, que duermas, dijo. No sé si lo podré hacer, contesté sonriendo y le guiñé un ojo. Saludos a Carlos...!!!

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