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Heridos de ausencia y deseo

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— ¡Qué recuerdos!, -dijo mi hermana.

Durante la cena de Nochebuena se había hablado de un libro que el abuelo había adquirido en su juventud. Las Mil y una noches, magníficamente ilustrado. No recordaba haberlo visto nunca, así que, cuando la familia se retiró y quedamos solos mi hermana y yo, decidimos bajar a buscarlo al cobertizo.

La antigua cuadra era ahora un trastero con un pequeño taller; aperos de labranza, baúles con ropa, cajas con libros... A la luz de una bombilla desnuda, entramos y mi hermana fue mirando todo por encima, en silencio. Hasta que dijo ¡qué recuerdos! Y tras una pausa, continuó:

— Entonces no lo sabíamos pero éramos felices. ¡Cuánta horas! ¡Cuántos juegos! ¿Recuerdas? A papás y mamás, a médicos, a príncipe y princesa... Y ahora, míranos, ya en la sesentena...

Me acerqué a ella y la abracé por detrás. Le dije que también yo, con mucha frecuencia, recordaba aquellos años con ternura y nostalgia. Lo inocentes que éramos y lo poco que sabíamos de la vida. Junté mi mejilla con la suya para seguir hablando así, abrazados espalda contra pecho, cuando percibí su llanto. Le di la vuelta, tome su rostro en mis manos y empecé a besar su frente, sus ojos sus lágrimas...

— No llores, Teta, le susurré. Ven, vamos al sofá; siéntate y yo subiré a por una botella y dos copas.

— No, no quiero beber más. Pero abrázame y acaríciame el pelo como entonces.

Y de pie, en medio del cobertizo, nos abrazamos mientras con una mano hundía mis dedos en su pelo y con suavidad recorría su cabeza. Al poco, levantó el rostro hacia mí. Aunque tenía los ojos brillantes ya no lloraba y en su boca entreabierta había una leve sonrisa. Le di un suave beso en los labios, nos miramos a los ojos y se lanzó a mi boca con un beso desesperado, herido de tiempo y deseo. Cuando nos faltó el aire juntamos de nuevo los rostros mientras ella solo acertaba a susurrar tete, tete, tete... Tomé su mano y nos dirigimos al sofá.

Sentada en mi regazo, como antaño, seguimos besándonos mientras con una mano acariciaba su rodilla, su muslo; separaba con suavidad sus piernas rozando la cara interna de sus muslos del modo que recordaba a ella la volvía loca. Dejó de besarme para desabrocharse la blusa. Respiraba con dificultad y el deseo desbordaba su mirada. Las tetas que asomaban por encima del sujetador no eran como yo las recordaba. Se veían más plenas, con unas deliciosas venitas azules, algunas grietas... Ella misma se las sacó por encima del sujetador y tomándome de la nuca dirigió mi boca hacia ellas. Más que lamer engullí un pezón que no recordaba tan oscuro. Fui cambiando de uno a otro, juntando sus tetas para besar ambos a la vez, sorberlos, morderlos... ¡Para, para!, me suplicó.

Con inusitada agilidad para sus 61 años, se subió la falda, se quitó las bragas, saltó de mi regazo, me hizo levantar del sofá, se tumbó ella, extendió los brazos y con voz ronca dijo: ¡ven! Ni siquiera traté de descalzarme ni quitarme los pantalones. Me los bajé hasta medio muslo junto con los calzoncillos, me tumbé sobre ella y apoyé el glande dispuesto a entrar poco a poco mientras la besaba. No puede. De un golpe de cadera se la clavó ella misma, echando a continuación la cabeza hacia atrás con un suspiro seco. Me lancé sobre su cuello ofrecido a mí dándole ligeros bocados mientras me movía lentamente dentro de ella. Volvió a mirarme fijamente, con intensidad y, más que pedir, exigió: ¡clávame!

Frenético, empecé a entrar y salir, clavando con rudeza, con furia. Nos mirábamos fijamente, nada veíamos más allá de nosotros. Su mirada se volvió exigente, retadora; y con voz apenas audible, casi agónica, apenas articuló ¡clava, clava, clava! Estalló en un orgasmo silencioso que me hizo eyacular sin control.

Calmados, pero aún juntos y abrazados, era ella la que ahora acariciaba mi cabeza mientras me llamaba tete. Nos quedamos charlando un rato y después volvimos hacerlo. Sin ansiedad, despacio, ternura incluso. Al día siguiente ella y su marido volvieron a Francia. Tres meses después, vino la pandemia, el aislamiento. No hemos vuelto a vernos desde entonces. Tal vez, sólo tal vez, regrese esta próxima Navidad. Y entonces, tal vez podamos hacer realidad todo lo que durante estos dos años nos hemos dicho por correo.

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