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Persuasión a la perversión (II)

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Cuando volvió del baño, ya tenía pensado su lista de exigencias.

—Cuando se me cure el culo quiero que me vuelvas a hacer lo mismo que me hiciste.

Casi me atraganto con el café.

—¿Cómo? —dije tosiendo intentando no morir.

—Lo que has oído. No es justo, tú estabas consciente disfrutando, yo no. Así que, lo repites.

—Eh, vale —dije con sarcasmo— algo podremos hacer. Me voy a trabajar.

—Vale, pásalo bien —me dijo haciendo un guiño y se fue a su cuarto.

Después de la experiencia de anoche, vi con diferentes ojos a algunas de mis compañeras. Me empecé a fijar lo buenas que estaban y me comía sus traseros con la mirada. Lo único que quería era llegar a casa y cascármela para quitarme estas ansias de encima. Y cuando me acordaba de tener a Sarah a mi disponibilidad, me ponía más nervioso todavía. Me moría por romperle el culo otra vez. O por rompérselo a alguna de mis compañeras. Había un par de candidatas que me llevaría al baño ahora mismo para que me deleiten con una felación. Eva, una cuarentona con un cuerpo más bien adolescente, o Elena, una rubia con el pelo largo con sus 25 años bien puestecitos, ambas entrarían en la categoría "petite", aunque ella tenía el culo más regordete.

—Estás empanado —me dijo Ángel, un compañero—. Te llevo llamando 5 minutos.

Cuando bajé del cielo donde me estaba tirando a Elena en el baño, me percaté de la erección que tenía, por suerte, debajo de la mesa y no se notaba.

—Perdona, una mala noche —le contesté—. ¿Qué necesitas?

—Que me imprimas las tres últimas actas para la reunión de esta tarde, con ya sabes —su tono desprendía cierto desprecio y hacía gestos con la mirada a la oficina del jefe. Me sacudí de hombros y cuando se me pasó la erección hice las impresiones, las grapé y las dejé en su mesa.

La jornada se me hizo insufrible, y conduje hacia casa con unas ganas de follar que no había tenido en años. Aunque Sarah no me caiga del todo bien, hay que admitir que tenemos cierta conexión sexual. Cuando llegué a casa estaba en la puerta esperándome de rodillas, con la boca abierta y un cartel en el que ponía "aliméntame".

Solté un suspiro de incredulidad mientras dejaba la maleta y cerraba la puerta. Me acerqué a ella desabrochándome el pantalón y sacándome la polla, que ya estaba erecta desde que salí del parquin y se la metí en la boca. Enseguida empezó a menear la cabeza acompañando el ritmo de mis caderas.

Me costaba resistirme a correrme en su boca. Llevo cachondo toda la mañana y me encuentro esto, un pivón de rodillas dispuesta a lo que quiera, ¡Dios! ¡Su boca me pertenece y se la voy a llenar enterita!

No me aguantaba más, la cogí de la cabeza y empecé con unas embestidas más fuertes, a lo que me puso las manos en los muslos pero no me detuvo. En cuestión ya de pocos segundos empecé a correrme como un poseso en su boca. Esta vez controló más la recepción del semen y cuando terminé y se la saqué de la boca, me lo enseño jugueteando con la lengua y se lo tragó. Le volví a meter la polla en la boca para que la terminara de limpiar bien, y, sin decirle nada, me fui a mi cuarto, dejándola tirada de rodillas, casi sin aliento recuperándose de la cogida oral que le acababa de dar.

Por la tarde había quedado con unas chicas para ir a comprar cosas para un festival. Las conocí a través de un foro de asistentes y pedían ayuda y consejo. Con ánimo de integrarme y conocer gente, me ofrecí a ayudarlas.

Quedamos a las 17 h en un bar. Me encontré a dos postadolescentes que tendrían 20 años como mucho. Erica y Carol.

Erica lucía un pelo ondulado rojo claro, ojos azules, piel blanca, complexión delgada y un piercing en la nariz. Con la vestimenta adecuada podría considerarse una chica "pin—up". Carol parecía sacada de una película de "horror punk", pelo negro lacio y escalado de flequillo hasta la melena. Más alta que Erica y con la cadera más estrecha. Quise tirármelas enseguida, a una o a la otra o las dos a la vez. Me daba igual, solo esperaba que no se me notara. Estuvimos charlando un rato antes de ir a comprar y la cosa acabó con intercambio de teléfonos y que quedaríamos el finde para salir de fiesta. Era una buena señal.

Por segunda vez llego a casa cachondo como un conejo, esta vez pensando en cómo me hubiera follado a esas dos mozas, en el coche, en los probadores, donde sea.

Esta vez Sarah no me estaba esperando dispuesta. Piqué a su puerta y me abrió en bragas y en top, con cola de caballo. Sonrió.

—¿Estás ocupada?

—No —dijo, negando con la cabeza.

—Bien.

La cogí de los hombros y la metí para dentro del cuarto. Le quité el top y le sobé las tetas, mordiendo suavemente sus pezones. La acomodé en su silla de escritorio y me desabroché el pantalón.

—¿Puedes echar el respaldo para atrás?

—Si —respondió sin bien entender por qué hasta que me situé encima de ella colocando mi polla entre sus tetas.

—Escupe —le ordené. Me había quedado con ganas de follarme sus tetas al mediodía.

Escupió hasta lubricar suficiente para que el roce fuera suave y agradable. Apretaba sus tetas contra mi miembro jugando al mete saca con su canalillo. Me encanta hacérmelo con sus tetas. Ella buscaba lamerme la polla y de tanto en tanto le daba el gusto de hacerlo. Iba alternando entre su boca y sus pechos. No me había dado cuento, pero ella se había empezado a masturbar mientras sus tetas me complacían, y por ello estaba gimiendo. Según el ritmo con el que trataba sus pechos se daba más caña. Era terriblemente excitante oírla gemir como si me la estuviera follando de manera tradicional. Pero ahora quería acabar con una cubana. Aún no había terminado esta ronda y ya tenía ganas de follármela otra vez.

—Abre la boca —ordené.

Echó la cabeza hacia delante y abrió la boca todo lo que pudo, tratando de alcanzar la puntita con la lengua. Seguí apretando sus pechos contra mi rabo y empecé la recta final, hasta bendecirla con mi semen, producto del orgasmo provocado por sus tetas. Aunque traté de correrme en su boca, mucho más fue a parar a su cara. Seguía tocándose, no había llegado. Le terminé de bajar las bragas y le empecé comer el coño. Lo disfrutó enseguida mientras se relamía en mi corrida. Le metí dos dedos, simulando una penetración mientras paseaba mi lengua por su clítoris alternando círculos.

Cuando le encontré el punto, me agarró del pelo y me apretó más contra su pubis.

—Sí, sigue así, más...

Sus palabras se quedaron atrancadas por el orgasmo que se estaba llevando. Notaba las contracciones en mis dedos.

Se quedó exhausta en su silla recuperando la respiración. Yo sentado en el suelo miraba su cuerpo, deseando cogerla del pelo y ponerla a cuatro patas y empezar a darle duro por el culo, pero hasta que no consiga otra erección... habrá que esperar.

Me incorporé observándola fijamente mientras me tocaba el miembro, a ver si conseguía levantar el campamento.

—¿Quieres más? —me preguntó cuando se dio cuenta.

—Te follaba hasta partirte en dos.

Se rio.

—Aquí estaré, no tengo planes para la noche, así que ¡estoy a tu servicio! —exclamó haciendo el saludo del ejército. Todavía tenía rastros de mi semen entre sus tetas y los labios. Esbocé una sonrisa y salí del cuarto, tomé una ducha y me fui a dormir.

A las cuatro de la mañana me desperté con la tienda de campaña. Aún quedaban dos horas para levantarme, así que opté por probar a ver donde estaba el límite con mi pequeña soldadita.

Piqué a su puerta, puede que esté despierta jugando a algún juego, pero no respondió. Abrí la puerta un poco y me asomé, viéndola dormida. Pensé un momento en dejarlo, pero ¡qué demonios! Todo esto empezó por follarnos dormidos. Cogí una goma, entré en su cuarto y encendí la lamparilla. Estaba tumbada boca abajo, durmiendo profundamente. Me saqué el manubrio, le aparté las bragas y me froté un poco con sus nalgas, a lo que respondió con un "um" e hizo una mueca. Me puse el condón y me lancé a la aventura.

Seguro que se despertará, y me daba igual lo que pasara. Entró fácil, comparado con lo que me costó clavársela en el trasero, esto era pan comido. Cuando ya estaba dentro, empecé a bombear suavemente mientras le agarraba las nalgas y se las subía para tener una mejor visión de la penetración. Empezó a gemir y a morder la almohada, y en atisbo me echó una mirada con una sonrisa. Estaba despierta, pero hacía como que no, a mi me daba igual, estaba disfrutando de su coño, y pronto disfrutaré de su culo otra vez. Le abrí las nalgas para contemplar su ojete, esa fuente de placer que me ha hecho disfrutar del sexo otra vez. Pensando en follarle el culo llegué al orgasmo. Sentía mi rabo con sus espasmos en su vagina mientras le agarraba el culo.

Ella seguía haciéndose la dormida. Así que se la saqué, comprobé que no hubiera problemas con la goma y me dispuse a salir del cuarto.

—Buenas noches —me dijo mientras se daba la vuelta bocarriba, con un tono de resentimiento por dejarla a medias.

—Buenas noches respondí —y cerré la puerta. Dejarla a medias me daba igual, pues es lo que ella había estado haciendo también.

Seguía con una sensación de ansiedad en la polla, no sé cómo describirlo. Cuanto más follaba con ella más quería, como una droga. Tomé una ducha y desayuné, y por mi me la hubiera follado otra vez antes de irme.

El resto de la semana pasó así, por la mañana poniéndome cachondo con mis compañeras y a la tarde follaba con Sarah hasta que no podíamos más. Me corrí en casi cada parte de su cuerpo. Había más semen dentro de ella que en mis huevos.

Cuando llegó el fin de semana le dije que el sábado salía con compañeros del curro a tomar algo. No lo quería decir la verdad, porque no quería que viniera. Aunque no hemos acordado nada y nuestra relación es meramente sexual, quedaría raro intentar ligarme a otra chica estando ella presente.

Aunque iba bastante desahogado, me preguntaba qué pasará el fin de semana.

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