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Pídemelo

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La ropa arrugada en el suelo, las mantas medio arrancadas y nuestros cuerpos desnudos enredados sobre el colchón. La excitación ha tomado el control, la temperatura aumenta y el sudor aparece entre nuestra piel, el sabor de nuestras lenguas, los suspiros que escapan, mis manos acariciando tus pechos y nuestros sexos rozándose aún sin llegar a más.

Me acomodo sobre ti, escabulléndome entre tus piernas en busca del calor de tu vulva, pero tú tienes algo distinto en mente. Me empujas suavemente para alejarme un poco, me miras fijamente a los ojos con tu rostro sonrojado y una expresión lasciva, tomas aire y sin dudarlo te diriges a mí de forma imperativa, me das una orden segura de lo que quieres, de tus labios salen tajantes las siguientes palabras.

—Cómeme el coño.

Esa forma en que me lo dices, ese modo tan directo me provoca una excitación diferente, un deseo incontrolable de darte placer, de hacer lo que me pidas y dedicarme por completo a ti.

Beso tu vientre de camino a mi destino, recorro tus muslos suavemente con mis dedos. Me coloco en tu entrepierna y mis labios hallan tu vulva, te miro fijamente a los ojos hasta que mi lengua encuentra tu clítoris y dejas caer tu cabeza hacia atrás acompañada de un suspiro.

Saboreo cada rincón de tu sexo, exploro con intensidad buscando los puntos que te hacen estremecer las piernas, liberar un suspiro o un gemido para provocarte aún más excitación. Te envuelvo con toda mi boca para recibir tu humedad en todas mis fauces y sientes la succión que la fuerza a derramarse en mí.

Tu ansia de más se apodera de ti, enredas tus dedos en mi cabello para empujar mi rostro más adentro de tu entrepierna. Mi lengua de plano te presiona con la misma intensidad y ritmo que marcan tus suspiros. Te penetro con mi dedo medio para estimular tu interior, las contracciones de tu coño me indican cuando hago bien mi trabajo.

—¡No pares!

Tus jadeos toman más fuerza, tus dedos se aferran a mi cabello para que no piense en interrumpir el momento. Entre potentes exhalaciones me exiges más, me comandas cómo tu marioneta para obtener exactamente lo que deseas y yo me lleno de lujuria proveyéndotelo.

Tu cuerpo toma la ruta al clímax, te veo y siento cómo la exaltación se apodera por completo de ti. Te aferras con fuerza a la sábana casi rasgándola con tus uñas, mueves tu cadera controlada por tu deseo para que llegue más a fondo.

—¡Méteme más dedos!

Obedezco con gusto deslizando un segundo dedo sin hallar resistencia entre los húmedos labios de tu sexo, curvándolos hacia arriba para estimular directamente tu punto G.

—Mmmm.... siiii...

Mi miembro erecto gotea sobre tus pies por la calentura que me provoca de sólo verte así. Aumento la potencia para llevarte directo al orgasmo.

—Ahhhh... ¡Me corro!

Meto y saco mis dedos con fuerza al ritmo que mi lengua continúa estimulando tu clítoris para hacerte explotar de una vez.

—Hmm... Hmm... Hmmmm...

Tu último gemido se ahoga al mismo momento que te derramas en mí. Disfruto tu flujo que me inunda cómo un gran premio a mi labor y mientras te retuerces de placer sobre la cama, con tus piernas enredándome, no me detengo hasta que escapa de ti el último signo de éxtasis.

Siempre que desees algo ya sabes, sólo pídemelo.

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