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De niña a perra (II)

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  • En este capítulo conoceremos el sadismo de mi mujer y lo que me obliga a hacer para poder quedarme con la perra.

    La ordené a vestirse de forma más o menos decente con algunas de las ropas que traía consigo en uno de los múltiples callejones que había por el barrio pues no había forma de que la presentara con esas pintas a mi esposa...

    Mi esposa. Bueno, como a partir de ahora va ser un personaje importante en la historia supongo que ha llegado el momento de una breve presentación. Es de mi edad y nos casamos por penalti. Hace mucho tiempo que ella y yo no nos entendemos en la cama, entre muchísimas otras cosas, porque descubrí con el tiempo que en realidad ella era lesbiana. Pero tampoco puedo quejarme de ella porque no se metía conmigo en ninguno de mis caprichos. Aunque dudaba mucho que me permitiera quedarme con este capricho en particular.

    Perra se había puesto un conjunto negro de camisa y una minifalda, dejando sus hermosas piernas expuestas a todas las miradas... Y si os lo estáis preguntando, no, no llevaba ningún tipo de ropa interior.

    El viaje en coche se me hizo ¿Eterno? ¿Demasiado corto? Dios, no podía evitar de ninguna manera echar vistazos furtivos al par de piernas que tenía en el asiento del copiloto así como tocarlas de vez en cuando. Ya en el garaje la metí una buena soba y no pare de masturbarla hasta que la perra se corrió de nuevo. Ni que decir tiene que me limpie la corrida de nuevo en sus muslos.

    María se lo tomó bien, mucho mejor de lo esperado, seguramente por la posición absolutamente sumisa que Perra había adoptado para presentarse ante mi mujer. Mirada baja, manos entrelazadas a la espalda, ni una gota de orgullo o de ironía mientras yo iba relatando toda una historia. La estaba intentando convencer de que en realidad esa chica no era una chica, era una perra que había renunciado incluso a su nombre para estar conmigo. En un primer momento yo pensaba que me iba a dar la tabarra por tomar a una especie de esclava sexual, pero ella me indicó apropiadamente que no era ninguna niña.

    -¿Por qué has escogido a mi marido?

    -Me gusto como me miraba las piernas – contestó ella de forma muy coqueta.

    -Eres una chica muy guapa. Seguro que todos los hombres te miran igual.

    -Su marido no se arrepintió ni disimulo. Me hizo suya. Tomo mi primera vez y ahora le pertenezco.

    Bueno, más o menos era lo que habíamos preparado...

    -¿Puedes demostrar hasta qué punto?

    Perra se abrió la camisa dejando al descubierto las inscripciones que aún adornaban su hermoso cuerpo.

    -No sabía que tenías estos gustos.

    -Yo tampoco -reconocí- Pero tenía que ponerla a prueba.

    Mi esposa se acercó despacio a ella y comenzó a manosearla pechos y pezones. Estos aún estaban muy sensibles debido a las pinzas que le habían colocado hacía unas pocas horas y mi esposa lo noto en seguida. Se los retorció tanto que perra terminó doblando las rodillas, pero ni un grito de dolor salió de la boca de Perra. Ni si quiera intentó defenderse, las manos seguían sujetando la camisa. La levantó su minifalda y me miró con reproche cuando sintió el pringue de sus muslos.

    -Hay tres machos en esta casa, mi marido y mis dos hijos. Sí quieres quedarte aquí vas a tener que encargarte de las necesidades de los tres.

    -Si quieres quedarte con ella, será bajo mis normas.

    Me quede a cuadros, sin saber que decir ni que contestar. Perra seguía ahí inmóvil, como si nada de esto fuera con ella. María la colocó una de las correas del perro para demostrar lo enserio que iba. Lo siguiente que supe fue que la obligó a caminar a cuatro patas hasta el patio, donde tuvo que arrodillarse para comerse el peludo coño de mi esposa, que se corrió como una fuente encima de su cara. ¿Habéis visto Californication? Pues exactamente así fue.

    La forzó a agachar la cabeza y levantar el culo dejando este al desnudo. Agarró la fusta que teníamos para el perro y me la dio. Comencé a azotarla en sus glúteos un golpe tras otro sin el menor remordimiento.

    La perra no emitió ni un solo ruido mientras su blanca piel se iba enrojeciendo a causa de los golpes que iba recibiendo. Terminé golpeándola con violencia salvaje en la vagina hasta en cinco ocasiones.

    -Ya ha recibido su castigo por hoy. Dormirá en el sótano, atada.

    La lleve a cuatro patas hasta el frío y oscuro sótano de nuestra casa, donde aparte de despojarla de toda ropa, la esperaba una cama muy parecida a la del motel. Está vez en lugar de utilizar con ella medias use las cuerdas de tender la ropa para atarla en la misma posición del motel.

    Yo quería follármela, claro. Supongo que ea la posición en la que la veía, tan vulnerable y apetecible, lo que hacía que estuviese duro de nuevo.

    -Puedes disfrutarla ahora.

    Así lo hice, me la folle como si no hubiera mañana.

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