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Necesidades de una mujer embarazada

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La navidad se acercaba y hacía cinco meses que la semilla de mi suegro germinaba en mi vientre. El dinero que el viejo me había dado cuando decidí venderle mi cuerpo, seguía intacto en mi cuenta bancaria e iba creciendo con los depósitos que el padre de mi hijo hacía mensualmente. Nunca supe si era la culpa lo que movía su voluntad de hacerse cargo de los gastos que pudiera tener durante mi embarazo, o si era algún resto de bondad que hubiera aún en su corazón. Pero muy en el fondo, le agradecía el gesto y sobre todo le agradecía que hubiera desistido de buscarme.

Yo me sentía muy mal por Roberto, quien fuera mi marido; y pasaba noches enteras preguntándome si quedándome a su lado podría haberlo salvado del alcoholismo en que estaba profundamente hundido desde hacía más de un año, todavía lo amaba aunque yo quisiera negarlo. No pude evitar llorar cuando mi abogado me citó en su oficina para firmar mi divorcio. Tal y como sucedieron las cosas, nuestra separación fue un duro golpe para mi ex esposo y para mí. Le había sido infiel con su propio padre y lo había hecho por dinero. Y lo peor es que en ocasiones me había gustado someterme a los deseos de mi suegro.

Además del sentimiento horrible de haber traicionado al hombre con el que compartí diez años de mi vida, sufría también por los achaques de mi estado y por las constantes fluctuaciones de mis hormonas, que en un instante me hacían pasar de la euforia a la más absoluta de las nostalgias, solo para ponerme caliente al minuto siguiente.

Ahora que vivía con mi amiga Angélica y su novio, me sentía afortunada de tener una recámara para mi solita (bueno, así sería al menos hasta que naciera mi hijo). Salvo un breve periodo en mis veintitantos, yo había tenido que compartir mi cuarto desde niña, con mi hermana Flor y luego ya de adulta, con el que fuera mi esposo. Tener mi propio espacio era una gran ventaja, sobre todo a la hora de desahogar mis ataques de cachondez. Había adquirido la costumbre de empinarme en la cama todas las mañanas al despertar y masturbarme usando uno de esos peines de masaje (la verdad siempre he pensado que son juguetes sexuales mal disfrazados). Con el culo al aire, ponía a vibrar el aparato en mi clítoris y luego, cuando me estaba viniendo, ensartaba el mango en mi vagina.

Jorge, mi abogado, con quien cogí una vez mientras mi suegro nos espiaba, había tomado luego de nuestro acostón, la habitual distancia entre un profesional y su cliente. Así que no hubo más encuentros con él. Durante mi embarazo, además del sexo, extrañaba los piropos de mis compañeros de oficina. Es bonito ver cómo los hombres te tratan como a una deidad dadora de vida cuando estás encinta. Y es más bonito aún verlos traspasar esa invisible barrera de la maternidad para ceder al impulso de fornicar contigo, como pude saberlo después.

Cuando les dije a Angélica y a su novio que mi sobrino vendría de los Estados Unidos a pasar unos días en la Ciudad de México, inmediatamente pusieron su casa a nuestra disposición. –Sandy, puedes dormir conmigo si quieres- Había propuesto mi querida amiga mientras cenábamos en compañía de su novio. -¿Tu sobrino no es gay, verdad?- Había dicho ella en broma mirando la cara que ponía su galán. –Porque si duerme con mi noviecito, no quiero que me lo baje- entre risas acordamos que además de recibir a mi sobrino Oscar, haríamos una fiesta de bienvenida para él.

Ricardo, el novio de mi amiga y siempre atento conmigo, se ofreció a pasar por mi sobrino al aeropuerto y llevarlo a la casa. Cuando yo llegué por la noche, después de trabajar, ya había tres amigos de Angélica riendo en la sala; dos eran unas chavitas lindísimas, como de 20 o 22 años, se levantaron al verme y se acercaron para saludarme y presentarse. En el sofá de donde ellas se levantaron, se quedó sentado un joven atractivo, que me miraba fijamente sin decir nada, así que decidí acercarme. Nos quedamos viendo y de pronto se puso de pie para abrazarme. Al tenerlo cerca, reconocí de repente en sus ojos, los ojos de mi hermana. -¡No puede ser! ¡Oscar!- Y otra vez mis hormonas exageraron mi reacción haciéndome llorar de gusto.

-La última vez que te vi, medias como esto- Le dije, señalando con mi mano a la altura de mi cintura.

-Sí, tía. Hace mucho que no nos veíamos. –Su voz tenía un ligero acento gringo -Yo siempre te recuerdo recibiendo los regaños de mi madre por llegar tarde- Y luego dirigiéndose a las otras dos muchachas, dijo –Mi tía le sacaba canas verdes a mi mamá cada fin de semana.

-¿En serio te acuerdas de eso?- Mis padres murieron cuando yo era una adolescente, así que viví con mi hermana Flor y su hijo por un largo periodo. Luego, ella y el niño se fueron a vivir a Los Ángeles en donde mi cuñado ya los esperaba. De eso hacía tanto tiempo, que la última vez que vi a mi sobrino, él tenía 3 años y yo terminaba la preparatoria a los 20 (nunca me gustó la escuela jaja, así que reprobé el último año en dos ocasiones).

-Sí, tía. También me acuerdo de las veces que me llevabas al kínder y me comprabas un chocolate de esos con forma de conejo- dijo Oscar.

-¡No es cierto! ¿Cómo puedes acordarte de eso?- Y otra vez me puse a llorar, mientras viajaba en el tiempo hasta los días en los que mi sobrino corría hacia el interior del jardín de niños con su pequeña mochila oscilando en su espalda.

Oscar volvió a abrazarme hasta que terminó mi acceso de llanto. –Ay, perdón, chicas. Mis hormonas no dejan de jugar conmigo- Les dije a las amigas de Angélica mientras me secaba las lágrimas.

Al poco rato llegaron mis compañeros de piso, junto con un numeroso grupo de amigos. Traían consigo una buena cantidad de alcohol, del que yo no podría disfrutar por mucho que quisiera. Cuando era más joven y aunque no fui ni de cerca la más sociable en la escuela, me gustaba salir a divertirme y beber con mis amigos, aunque a veces tuviera problemas con mi hermana por que no llegaba a la casa sino hasta el día siguiente.

A mitad de la fiesta, uno de los amigos de Angélica se acercó a mí para ofrecerme una cerveza helada.-Oye, gracias. Pero no puedo tomar- Le hice saber al muchacho.

-Una no le hará daño a tu bebé. Soy médico y te aseguro que se lo que digo- me sonrió mientras se sentaba junto a mí en el sillón.

-¿Hablas en serio?

-Seguro. Tómate una, pero solo una. Para que no te quedes con las ganas.

Héctor era un médico recién egresado y amigo de Angélica desde la infancia. Me quedé platicando con él durante un buen rato y supe que tenía 25 años, como mi sobrino. Al principio me sentía extraña al ser la más vieja del lugar y pensé que me costaría trabajo conectar con los amigos de mis “roomies”, pero al poco rato, me habían integrado al grupo de veinteañeros como una más de ellos y ahora estaba muy a gusto platicando con Héctor. Por su forma amable de tratarme y su animada conversación, el joven médico se fue ganando mi confianza y cuando llegó mi turno de platicar de cosas más personales, no tuve reparos en hablarle de mi situación sentimental; omitiendo claro, todo el sórdido asunto del padre de mi hijo.

-Qué vida tan difícil has tenido, Sandra- me dijo Héctor luego de escuchar mi historia.

-Tal vez, pero procuro disfrutarla. Ahora seré madre y vendrán un millón de cosas nuevas para mí.

-¿Crees que te reconcilies un día con tu esposo?

-No... No veo la forma en que podamos superar nuestras diferencias. Además, los últimos meses que vivimos juntos, era como si todo se hubiera muerto entre nosotros y ninguno de los dos tuviera muchas ganas de resucitar fantasmas.

-Qué pena. ¿Entonces te embarazaste la última vez que estuviste con tu esposo? -Me cuestionó y yo me apuré a mentir diciéndole que sí, solo para cambiar de tema inmediatamente.

Héctor comenzó a mostrar mucho interés por mí. Entre cerveza y cerveza sus ojos se desviaban discretamente hacia mi escote. Yo estaba encantada de volverme a sentir deseada luego de mucho tiempo y fui correspondiendo al juego de seducción que el joven doctor iba desarrollando. Él ya estaba algo alegre por el alcohol y cuando se acercó a mí con toda la intensión de besarme, me sorprendí tanto que me puse rápidamente de pie. Claro que tenía ganas de besarlo, pero no quería hacerlo frente a todos y menos, con mi sobrino ahí al lado mío. Así que hice un gran esfuerzo para aguantarme las ganas.

Aunque Héctor no tomó a mal mi negativa a ser besada, su humor cambió y pronto comenzaron a faltarnos temas de conversación. Para cuando fui a servirme algo de botana, Héctor se había cambiado de lugar en la sala y se unió a un grupito que discutía no sé qué cosas de cine. Estuve un rato más conviviendo con los otros invitados y con mi sobrino, hasta que pensé que era suficiente y me despedí de todos para irme a dormir.

En mi recámara, estaba frente al espejo despintándome los ojos, cuando alguien tocó la puerta de mi habitación. Le dije a quien fuera que pasara y cuando levanté la vista para ver de quién se trataba, Héctor se asomaba por el borde de la puerta, al tiempo que me preguntaba si ya me iba a dormir.

-Sí. Estoy algo cansada.

-Oye, quería disculparme contigo por lo de hace rato.

-¿Qué? Si no hiciste nada. No tienes por qué pedir disculpas.

-Bueno… - volvió a decir el muchacho –Es que me pareces muy bonita, así embarazada como estás. Perdóname si te incomodo con esto, pero es… - No lo dejé continuar hablando, porque me lancé a su boca y empecé a comérsela como si fuera un rico helado. Cerré la puerta y abrazados caminamos hacia mi cama mientras le iba quitando el pantalón y él me tocaba toda debajo de mi vestido de maternidad. Sobra decir que para ese momento yo estaba lista para que me penetrara con un camión de tres ejes, si le daba la gana. Estaba tan mojada que escuchaba cómo los dedos de Héctor resbalaban hacia el interior de mi vagina haciendo un ruido muy peculiar y por demás excitante.

Me quité las bragas y me acosté en la cama con Héctor. Estuvimos besándonos y tocándonos un par de minutos, pero el tamaño de mi barriga de 5 meses dificultaba tremendamente las cosas para algo más, así que me puse de pie y levantándome la falda le dije que me lo hiciera ahí parada. Me empiné frente a él y le ofrecí mi vagina abriéndome las nalgas con las manos. No sabía por qué rayos el doctorcito tardaba tanto, yo estaba urgida como una perra en celo. -¿Qué haces? Cógeme ya- Le pregunté desesperada porque me penetrara. Cuando sentí que por fin me empezaba a meter su miembro, supe que había tomado tanto tiempo porque se había puesto un preservativo.

No pasó mucho tiempo para que yo tuviera un orgasmo y supongo que mis gemidos excitaron mucho a Héctor, porque cuando yo estaba terminando de disfrutar de mi clímax, el muchacho me sujetó de los senos y empezó a darme con tantas ganas que me tuve que agarrar del borde del clóset. Empecé a mecer el culo fuertemente y al poco rato estaba otra vez por alcanzar el cielo. Pero la deliciosa sensación desató algo curioso en mi cuerpo (no entiendo bien por qué, así que culparé de nuevo a mi embarazo). Cuando el miembro de mi amante llegaba más al fondo de mi cavidad, yo sentía muchas ganas de orinar.

-No tan duro, guapo- Le pedí pensando que así podía quitarme las ganas de hacer pipí.

-¿Te estoy lastimando?

-No es eso, es que creo que tengo que ir al baño y cuando me lo metes fuerte me dan más ganas de hacer pís.

Héctor rio un poco y en lugar de hacer caso a mi petición, me tomó del cabello y empezó a cogerme violentamente mientras mi cabeza se levantaba hacia atrás. -¡No! ¿Qué haces?- Le pregunté e intenté retirar su pene de mi vagina, pero Héctor no me dejó.

Un potente chorro de orina escapó de mi vagina al mismo tiempo que todo mi cuerpo se tensaba en uno de los orgasmos más intensos que he tenido. El líquido me escurría por los muslos hasta los tobillos mientras mi hombre seguía taladrándome.

Para mi buena suerte, estábamos follando cerca de la puerta y con un rápido movimiento, alcancé a empujarla cuando mi sobrino intentó entrar. Y sin embargo, era demasiado tarde. La mirada de Oscar se cruzó con la mía, pues mi cabeza sobresalía del borde del clóset que ocultaba el resto de mi cuerpo y a Héctor, que en ese momento se quedó muy quieto detrás de mí.

-¿Estás bien, tía?- Me preguntó Oscar con un gesto de inquietud.

-Sí… Eh… Sí, estoy bien. Aproveché que Héctor es médico y le pedí que me resolviera una duda que tengo. ¿Puedes cerrar la puerta? Me está revisando en este momento, querido. Pero ya casi terminamos.

-Ah… Bueno… ¿Me podrías avisar cuando pueda pasar? Es que necesito el cargador de mi celular y lo tengo en mi maleta. Está junto a tu cama.

-Sí, en cuanto terminemos con esto, te salgo a buscar- Luego La cara de Oscar desapareció tras la puerta.

La sorpresiva interrupción había hecho que Héctor perdiera la firmeza de su erección.

-Está bien, Sandra. No te preocupes, estuvo muy bien. Lo bueno es que tú sí pudiste venirte.

-¿No quieres que tratemos de nuevo? No quisiera dejarte con las ganas- Luego de decirle eso, me hinqué con dificultad frente a él y sentí en las rodillas el enorme charco que mi orina había dejado en el piso “Ya lo limpiaré después” pensé. Despojé de su látex al semidormido miembro de Héctor y me lo metí en la boca. Bastaron unos pocos minutos de sexo oral para que el delicioso instrumento de mi amante estuviera tieso otra vez.

-Ven acá- Le dije mientras lo tumbaba de espaldas en la cama.

-Espera, Sandra- Me pidió Héctor mientras yo me acomodaba con las piernas abiertas encima de él.

-¿Qué pasa?

-Deja que me ponga un condón. Aquí traigo otro- Sacó de no sé dónde otro preservativo, mismo que yo le arrebaté para arrojarlo lejos de la cama.

-¿Tienes miedo de embarazarme?- Le pregunté con ironía

-No es eso… Es que… ¿Podemos confiar?

-¡confiar!- me hizo reír –Mira, amiguito. Durante diez años le fui fiel a mi marido- le mentí –Si tuviera algo que te pudiera contagiar, ya lo sabría ¿no? Además una vez al mes un doctor como tú se asoma entre mis piernas y el último que estuvo ahí, dijo que todo estaba en orden, así que…- Acomodé su miembro en la jugosa entrada de mi vagina y me dejé caer sobre él, haciendo que se hundiera riquísimo, hasta el fondo de mi cavidad.

-Oh… Sandra…- Dijo Héctor antes de ponerse a disfrutar del intenso movimiento que yo hacía para darnos placer. Lo monté tan rico que a los pocos minutos eyaculó dentro de mi.

Héctor tuvo que correr al baño cuando salió de mi recámara para que nadie notara de dónde venía. Luego, fui a buscar algo con qué secar el piso y cuando acabé, le avisé a mi sobrino que podía pasar. En la sala ya solo quedaban mi par “roomates”, una de las amigas de Angélica (la que me había parecido la más guapa de las dos que conocí al principio de la fiesta) y mi sobrino. Oscar no es ningún tonto y cuando entró a mi cuarto notó en seguida la atmósfera cargada con los olores del sexo, pero solo sonrió en complicidad conmigo. Tomó de su maleta lo que necesitaba y luego de darme un beso de buenas noches en la mejilla, salió de nuevo a la sala.

Aunque mi sesión de urgencia con Héctor estuvo muy bien, me metí a la cama sintiendo ganas de un poco más. Había intercambiado número con el doctorcito, así que podría llamarlo para repetir si me sentía muy desesperada de nuevo. No supe en qué momento me quedé dormida, pero todavía no amanecía cuando sentí que alguien en la cama me abrazaba desde atrás y me arrimaba su pene erecto. Asustada, volteé de prisa. Oscar estaba ahí, buscando el contacto de su miembro con mi trasero.

-¡¿Qué rayos te pasa?!- Le pregunté enojada a mi sobrino. Pero él no respondió. Le puse más atención a su cara, que apenas se distinguía en la oscuridad de la madrugada y noté que estaba dormido. Me quité de encima el brazo con que él me sujetaba y me levanté de la cama. Oscar ni se inmutó.

Salí de mi cuarto para ir al baño mientras me preguntaba qué diablos hacía Oscar en mi cama en lugar de estarse revolcando con la guapa invitada de Angélica. La respuesta apareció nítida frente a mis ojos cuando di un paso en el espacio de la sala. La amiga de Angélica, estaba de rodillas frente a Ricardo, haciéndole una buena mamada, mientras el novio de mi amiga fumaba despreocupadamente sentado en el sillón. Eché un rápido vistazo por el lugar en busca de Angélica, pero no pude encontrarla. Pensé que era mi deber acercarme a Ricardo para reclamarle por su infidelidad, pero luego de unos segundos, decidí que no era tan buena idea. “Angie está tan loca que es posible que le haya dado permiso a su novio para tirarse a su amiguita” pensé. Entonces, dejé que me ganara la curiosidad y con cuidado de no hacer ruido, permanecí observando la escena sin mostrarme a los ojos de los protagonistas.

-Ya lo extrañaba- Susurró la amiga de Angélica.

-Siempre serás mi puta ¿Lo sabes, verdad?- Respondía Ricardo, en un tono de autoridad que yo jamás le había escuchado y que me pareció muy excitante.

-Claro que lo sé- La guapa muchacha se plantó de espaldas frente a Ricardo, se levantó la falda de su vestido corto y luego de deslizar su diminuta tanga hasta las rodillas, se acomodó sobre su hombre y empezó a ensartarse su miembro mientras él le acariciaba los muslos desnudos.

La linda cara de la chica tenía un gesto de profundo placer y cuando sus gemidos se hicieron escuchar, Ricardo le tapó la boca mientras la forzaba a darse unos sentones fortísimos sobre él. La amiga de Angie estaba muy caliente y se puso a chupar los dedos de Ricardo de una forma tan cachonda, que me encendí de solo verla. “Qué ganas tengo de que me cojan así” pensé, intentando resistirme a la tentación de darme placer ahí mismo.

Dejé a los amantes cuando ella se puso a gatas en el sofá luego de quitarse la ropa. Ricardo siempre me pareció poco atractivo y aunque vi que estaba bien equipado para el amor, su apariencia desaliñada no dejaba de hacer contraste con la de la chava, que tenía un cuerpo bastante bonito, era algo flaquita, pero con unas piernas muy largas de muslos rellenitos y unos senos bellísimos. Hasta a mí se me antojó tocar la curva de su cintura cuando paró el culo invitando a Ricardo que le diera su verga. –Soy tu perrita, papi, métemelo todo-

“¡Oh, dios!” grité en mi interior y no pude más, mi vagina estaba escurriendo. Pensé en ir al baño a dedearme, pero si ellos llegaban a escucharme o a verme, les iba a interrumpir la rica cogida que estaban teniendo y mejor me volví a mi cuarto.

Me metí en la cama y traté de calmarme. Pero era imposible. La vulva me daba placenteras punzadas y pedía a gritos tener algo más de acción esa noche. Necesitaba masturbarme, no podía estarme quieta. Me acosté de lado y de frente a Oscar para poder darme cuenta si se despertaba y entonces, comencé a acariciarme. Primero los senos, recordando cómo los apretaba Héctor mientras me cogía. Probé a colocarme una almohada entre las piernas y me froté en ella. Mi sobrino se movió y quedó boca arriba, pero no se despertó. Debajo de la sábana se notaba que la seguía teniendo bien parada. Cerré los ojos para no excitarme viendo el pene de mi sobrino; no quería que se me antojara, aunque sinceramente lo tenía bastante grandecito. “Pero es mi sobrino, esto no está bien” pensaba mientras sentía cómo la almohada entre mis piernas se iba humedeciendo con mis fluidos. La fricción que me producía en el clítoris no era suficiente para hacerme terminar y lo único que estaba logrando era ponerme súper caliente.

-Perdóname- Susurré cuando no pude más y puse mi mano en la erecta polla de Oscar. Se sentía tan rico cómo le palpitaba dando breves saltos bajo la presión de mis dedos. –De verdad, perdóname- dije en voz baja cuando destapé a Oscar y metí la mano por la abertura del bóxer para sentir la deliciosa piel de su verga. –Ay, pero qué rica la tienes, cariño- le dije a mi durmiente sobrino cuando le saqué el miembro de la ropa y lo empecé a masturbar muy despacito. Al mismo tiempo que sentía el suculento pene de mi sobrino, introduje dos de mis dedos en mi coño y empecé a moverlos, expandiendo las paredes de mi conducto vaginal.

Oscar murmuró algo en inglés que no entendí y se acomodó dándome la espalda, obligándome a soltarlo –“Tal vez sea mejor no seguir con esto”- pensé. Pero hice caso a un impulso más fuerte, que me llevó a levantarme de la cama, dar la vuelta y acomodarme en los brazos de Oscar, adoptando la misma posición de “cucharitas” que teníamos cuando me desperté. Con cuidado de no despertarlo, me seguí tocando mientras frotaba la verga de mi sobrino entre mis nalgas. Él soltó un largo suspiro después del cual, y en un estado de sonambulismo absoluto, murmuró el nombre de una mujer en mi oído –Karen- dijo de nuevo y sus manos buscaron mis senos.

–Oh, esto está tan mal, tan mal… Perdóname- Con algo de dificultad, sujeté detrás de mí la maciza carne de mi sobrino e hice que penetrara mi vagina. –Ay, dios, pero qué rico está- me escuché decir, como si mi voz fuera ajena, mientras me iba moviendo despacito hacia adelante y hacia atrás, haciendo que Oscar me cogiera sin darse cuenta. Él me seguía confundiendo con esa tal Karen y entre sueños murmuraba palabras en inglés y permanecía quieto detrás de mí. Por un momento pensé que lograría salirme con la mía y que Oscar no iba a despertarse, así que me relajé y disfruté golosamente la verga de mi sobrino. Pero estaba equivocada si creía que las cosas podían salir así de bien.

-What the hell is this!?- Soltó Oscar cuando finalmente despertó

-Shh… Tranquilo, está bien. Fue un accidente- Le dije tratando de calmarlo y empujé el culo hacia atrás para que no escapara mi presa.

-Pero… Tía…- Dijo y permaneció quieto en lo que yo seguía ensartándome despacito en su pene.

-Está bien, cariño. Fue un accidente. Cuando desperté ya me tenías así. Me di cuenta que me estabas follando dormido. Pensé en hacerte eyacular antes que despertaras para que no te dieras cuenta de lo que me habías hecho mientras dormías. Pero no pude, mi amor, lo siento ¿Quieres que me detenga?

-No se… Es que es muy raro es todo esto. Qué raro y qué rico. Perdón que te lo diga, pero te mueves delicioso. Creo que no quiero que te detengas.

-¿Te gusta, amor? ¿Te gusta cómo coge tu tía?

-¡Rayos, sí! Y más si lo dices así. Estás loca, tía y más buena de lo que pensé- Cuando los labios de Oscar se apropiaron de mi cuello, perdí el control y aceleré el ritmo con el que me empalaba en su fierro, hasta que por fin pude venirme. Mi vagina le agradeció el favor a mi sobrino apretándose bien alrededor de su miembro, hasta que llenó mi cavidad con su cálido semen.

Aunque me costó trabajo convencerlo de repetir lo que había pasado en su primera noche de vacaciones, al final descubrí encantada que mi sobrino era un semental dispuesto a complacerme y pasamos toda la semana jugando a ser amantes. El domingo siguiente, Oscar tendría que irse por la noche; y nos salimos temprano de mi departamento para pasar todo el día encerrados en un hotel. Tuvimos que hacerlo así porque Angélica y Ricardo acostumbraban pasar los domingos en la casa, tumbados viendo películas todo el día y yo tenía ganas de que Oscar me dijera muchas cochinadas, y no se me antojaba para nada que mi amiga y su novio se enteraran de nuestro incesto.

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